Espiral de Saraswati

domingo, 7 de junio de 2015

GLORIA PAMPILLO: SU NOVELA "UNA MALA MUJER"

                 

                    NOVELA PÓSTUMA DE GLORIA PAMPILLO
   "Una mala mujer"- Gloria Pampillo. Ediciones Cienvolando- Buenos Aires 2014
          

La novela “Una mala mujer” de Gloria Pampillo   narra con  fina ironía la historia  de un grupo de personas relacionadas por vínculos parentales y de amistad. Conocemos la historia desde la perspectiva de esta narradora testigo. Hay una frondosidad de personajes que se entrecruzan cuyo perfil es trazado con rapidez. La propuesta parece ir hacia un realismo sucio o narración pura, escapa de cualquier posible detenimiento,  elude adrede la morosidad del relato,  se trata de apresar lo sustancial. Es preciso contar la historia rápidamente y abarcarlo todo de un tirón, quitarle cualquier hojarasca para quedarse con la pulpa. La narradora se caracteriza por enfocar sólo aquello que le permite llegar a una verdad oculta, es una indagadora, una buceadora y hace un pase rasante por sobre situaciones y personajes, sólo se detiene en tanto y en cuanto haya una pista que la conduzca a la verdad buscada, incluso podría afirmarse que  es una espiona, una curiosa, una coleccionista de secretos. En esta novela todo es concluyente, aún así el lugar de la narradora nos mantiene prácticamente  en un estado de perplejidad por ese no saber que sustenta el relato. No hay tiempo, el tiempo del relato es devorado por una  urgencia que va al compás de la ansiedad de búsqueda. A la vertiginosidad del relato sólo parece oponerse en tensión permanente esa impronta de buscar lo oculto que hay en la vida de personajes que retacean y a veces impiden el acceso  al ansiado conocimiento, así  la narradora se convierte en una desafiadora que va despejando ardides e impedimentos, en  alguien que esquiva  hasta el menor  de los obstáculos en  su persistente indagación. El foco está puesto en los otros, los personajes indagados, casi acosados por su voracidad de conocer la verdad, y sólo se alude a esta narradora testigo en la medida que ciertas acciones de estos personajes la impactaron. Hay algo precioso que debe ser rescatado de su condición de secreto o de ocultamiento  y el relato avanza en virtud de esta  exigencia: la novela se organiza a partir del enigma. Quien narra está en la orilla y debe develar  eso que se le escamotea, debe desentrañar un misterio de la vida ajena como quien rescata un tesoro.  Frente a esta actitud detectivesca, en especial en gestos y palabras,  en el seno familiar y de amigos, en esta suerte de mapa en el que todos parecen estar vinculados,  surgen las trampas que la narradora detecta y que  se presentan como impedimentos que los personajes parecen imponerle a ella, la narradora, de manera personal, para  entorpecerle llegar a su meta.  La sensación que se tiene es la del merodeo constante en torno a un núcleo de información a la que la narradora no puede acceder, este juego de tensión hace avanzar la novela en su profusa composición de historias que se entrelazan produciendo una maraña de acontecimientos que encierran hechos significantes. Así que  los lectores nos convertimos en cómplices de  un entramado de relaciones  -entre mujeres especialmente- y perseguimos  junto a la narradora el desocultamiento de lo que se resiste a ser descubierto. El misterio tarda en  ser descifrado y constantemente es  acechado con un movimiento metonímico que produce una especie de vértigo. A partir de ese acecho  se ha ido tejiendo la novela. La tensión está planteada entre dos ejes:  la revelación de lo oculto y la maldad o maledicencia notorias de algunos personajes. Este vertiginoso vuelo rasante sobre las vidas de estos seres observados con recelo, sólo se detiene en dos escenas significativas: la  muerte de Eva Perón y las páginas finales donde encuentra la revelación. También podría pensarse en la muerte como revelación.
   Novela que pone en escena el  cotorreo  femenino donde  la muerte  de una  madre fue ocultada  y desde allí develar la verdad asomándose a las vidas ajenas se  transforma en lo primordial del relato. Hay una muerte ocurrida antes, la de la madre, que se corresponde con otra  muerte que atraviesa toda la novela,  una muerte anunciada: la de Denise,  la agonía de Denise, un proceso cuyo final  está develado de ante mano, la muerte  de Denise es un suceso  que se adelanta,  nada se encubre allí. 
  Esta es la historia de alguien que mira, que mira la muerte y la vida y hurga detrás de ella con cierta desesperación,  arrebatándole el  tiempo a la  historia, con urgencia, la urgencia de saber, desenmascarar,  mostrar lo que  ha  sido plegado;  desplegar entonces es el proceso que permite el desarrollo de esta historia  contada por  un personaje  que  apenas participa de ella, una voyeur con mucha,  mucha  hambre de  conocimiento sobre  la vida ajena  que, al fin   de cuentas, termina dejando de serlo por un acto de apropiación: el de la palabra, lisa y llanamente.


                               


"La muerte de Evita era esperada. Fue el 26 de julio de 1952, aunque todos mis familiares aseguraron que tanto la fecha como la hora eran un engaño. Papá tenía encendida la radio mientas mamá, como era habitual, para ver cómo marchaba todo, había pasado por la cocina. Mis hermanos habían salido. Ni papá ni yo la sentimos llegar; en cuanto oímos la música solemne que antecedía los noticieros del Gobierno, fijamos los ojos en el combinado, como si pudiéramos ver a través de esa tela marrón con algo de brillo y de dorado muy oscuro que tapaba el parlante al hombre que con voz grave, lenta y solemne, dijo la frase que tanto se iba a repetir después: “A las 20.25 horas ha fallecido la señora Eva Perón, jefa espiritual de la Nación…”
Papá se echó atrás y me sorprendió cómo reaccionó.
-¿Qué va a hacer este hombre ahora?- se preguntó.
Era un tono grave. No se burlaba. Se estaba proyectando en un futuro sin Evita, sin su mística y su fuerte incidencia política. Miré a mi madre que estaba apoyada en e vano de la puerta. Tenía una expresión extraña. Me pareció ue se sentía desconcertada ante sus propios sentimientos.
Entonces, sonó el teléfono. Ella se apresuró a atender y sus primeras palabras fueron monosílabos. Fui detrás de ella. No era curiosidad. Sentí que me necesitaba. Al rato, apoyó el tubo contra su pecho –llevaba un suéter celeste- y lo retuvo allí un rato, para que su interlocutor no oyese nada. Después lo alzó y dijo con voz rápida:
-Está cansado, pido que lo disculpen.
Y casi enseguida cortó. Cuando volvió al living el viejo ya no tenía los ojos clavados e el sitio por donde ella tenía que entrar. Su expresión de enojo se fue aplacando a medida que mi madre se dirigió a su sillón habitual, y apoyado  el codo en el antebrazo del mueble se tapó la cara con una mano.
Desde atrás de esa barrera dijo dos veces:
-Brindaban. Dios mío, brindaban por la muerte de Eva.
Creo que se habían olvidado de que yo estaba allí porque se sobresaltaron cuando pregunté:
-¿Por qué brindaban, mamá?
Me miraron y después se miraron entre ellos. Entonces mi madre, como si sobre ella cayera esa obligación terrible, repitió:
-Por la muerte de Evita. – Quiso aclararlo del todo, seguir lastimándose y agregó-: Están felices porque la odian.- Después se dirigió a papa-: Querían que los acompañásemos.
Quizá él, que había oído toda la conversación podría haberle reprochado a mi madre que ella sólo hubiera usado una excusa en vez de rechazarlos de plano. En cambio, se puso de pie y apoyó con fuerza y cariño las manos sobre los hombros de ella. En el recuerdo, el pelo de mi madre cae sobre sus mejillas y la oculta. Pero eso es imposible, porque el pelo suelto y largo no se usaba entonces. Debe de haber pasado un rato largo, porque ella dijo que la comida ya debía haberse enfriado y nosotros comíamos casi puntualmente a las nueve y media. Papá dijo que él iba a ir a la cocina, como si quisiera protegerla de una obligación penosa, y así fue, porque oímos un rato el murmullo de su voz grave, y no se necesita tantas palabras para pedir que se caliente la comida."
                                               Fragmento- Páginas  52-53-54-55 de “Una mala mujer”

Gloria Pampillo nació en Buenos Aires en 1938 y falleció en 2013. Como narradora incursionó tanto en el género de la novela, que era su predilecto, como en el del relato. Publicó dos libros de cuentos “Estimado Lerner” y “Cuatro viajes y un prostíbulo” y varias novelas: “Las invenciones inglesas ( Sudamericana 1992), “Costanera Sur” (Sudamericana 1995) y “Pegamento” (Sudamericana 2004). En 2008 obtuvo el segundo premio de novela otorgado por la Biblioteca Nacional por “La deuda” que finalmente fue publicado en 2010 con el título de “El héroe que vino a buscarme”. Escribió también relatos infantiles, libros sobre didáctica de la escritura y teoría de la narración, así como trabajos críticos sobre autores como Rodolfo Walsh, Beatriz Guido y Silvina Ocampo. Se destacó como profesora consulta e investigadora de la Universidad de Buenos Aires y fue una autora comprometida profundamente con todo lo relativo a la producción escritural, tanto en el campo de la ficción como en el de la comunicación. En el ámbito docente se la reconoce por haber difundido la teoría y la práctica de los talleres literarios. Fue una de la Asociación Sudestada de Escritoras de Buenos Aires que organizó en  2000 El Encuentro Nacional de Escritoras y es recordada su defensa de la inclusión de mujeres en los cánones de lectura.

                                    -Derechos reservados- En caso de reproducir citar la fuente



                                                     

domingo, 19 de abril de 2015

DOLORES ETCHECOPAR: LA COSMOGONÍA DEL LENGUAJE



                                   


Hay algo indecible en la poesía de Dolores Etchecopar, algo que se escabulle y reaparece en  el lugar menos pensado o que se esfuma o queda flotando a lo largo del poema como una presencia de significación que inquieta y produce encantamiento. En algún reportaje ella ha hablado de la búsqueda del “vacío de los significados” cuando las palabras están “desasidas de sus viejas muletas”, lo  que recuerda a los formalistas rusos de principios del siglo XX que procuraban en el acto creativo desautomatizar la percepción. En el caso de la poesía de Etchecopar se trata de producir el desacomodamiento de un orden establecido pero efectuado desde una determinada franja, muy recortado, se desbarata una ley implícita, que desde el principio en vez de ser ley se presenta bajo la  ruptura del orden. Sin embargo decir esto no alcanza, algo fulgura en la poesía de Etchecopar, el poema leído ejerce una suerte de imán en su juego de devastación y encandilamiento. Se experimenta la sensación de que el poema está rodeado de un infinito silencio, tiene un toque de conclusión y es ese rasgo conclusivo precisamente el que eleva  lo enunciado a un lugar de objeto inaccesible. El poema entonces relumbra en su soledad de palabra única, final.  Y sin embargo la voz continúa manifestándose y un finísimo hilo conductor une un poema con otro otorgándoles nuevos significados, un plus  de connotación tenue pero que retumba en otra parte y desde allí regresa.  Estamos frente a una poesía que busca expresar lo que está del otro lado, en sordina, en la trastienda de las cosas pero que, a su vez, nos define completamente como humanos.  Da la impresión de que presenciamos un intento de desmantelamiento para descubrir el revés de  las cosas y los acontecimientos que completa o sostiene la manifestación de lo visible, acaso la trama oculta que se encuentra debajo, el misterio de la vida.
  Por otra parte hay un cierto clima primordial, cosmogónico, el poema habla o da  cuenta por momentos de un estado inocente de la conciencia humana, estado que es quebrado con un descenso a los infiernos, una pincelada de lo oscuro: “quiero escuchar los preparativos del universo/ la primera vez de los caballos/ la primera vez del silencio” (Notas salvajes). Es como si se hubiese arrasado con los  condicionamientos y el poema surgiera un instante inmediato después de ese arrasamiento. La palabra tiene entonces un rictus de recién nacida, de objeto nuevo y, como tal, exige una constante reubicación del lector con respecto al pacto de lectura. En esta poesía se puede rastrear la búsqueda de lo fundacional pero a la vez y en forma de acto continuo está la disolución, como un movimiento paralelo al de fundar,  es decir, lo que inaugura y está  también lo último a la manera de un oxímoron  de los procedimientos en un intento de captar  a través del lenguaje la totalidad de sus funciones en un solo acto. Lo único es también un axioma. La captación de un hecho único y a la vez totalizante como premisa para que el poema tenga cabida.  Incluso es posible detectaren esta voz poética la percepción de  la mirada de un niño, el registro de un nivel de la conciencia que se ubica en un estadio diferente, tal vez el lado más primario y, al mismo tiempo,  superando el límite de su evolución.
  Enfrentarse al trabajo alucinante que  Etchecopar realiza con las palabras puede resultar una tarea demoledora. La palabra se escabulle, el artificio no se pone en evidencia, se despliega en el poema por un instante lo que parecía no poder ser desplegado nunca. Pero es en el instante y en ese rasgo de fugacidad se encuentra la clave. Lo conclusivo, lo único, lo que es dicho una sola vez, de allí que después de eso, alrededor no haya nada, el silencio sostenedor, realzador, potenciador: la palabra en mitad del vacío. Atrapar lo fugaz e incandescente en un aventurado acto de arrebato. Podría  afirmarse que hay una operación de recorte, de desgranamiento de la palabra, de despojamiento pero además me atrevería a decir  que se procura espiarle la espalda a la palabra. Bucear mediante un operativo de desnudamiento lo que está debajo, lo que está detrás, lo no visible ni palpable. Cómo es entonces en la poesía de Etchecopar la inextricable relación entre la palabra y el mundo. Me animo a  susurrar que es de persecución, la palabra persiste pero sólo logra atrapar  lo perseguido cuando se desnuda, cuando pierde hasta el menor de sus ornamentos. Etchecopar desamarra los hilos que están detrás, los que nos sujetaban a eso –inaudito, inexpresable-  y que no nos permitía ver. Quizá se trate de sacar a la palabra de su encastre, alejarla lo más posible de su domesticación, de su historia, imprimirle una marca de atemporalidad en la que el principio –la cosmogonía- y el final –lo apocalíptico- se rozan o se confunden pero no hacen más que disolver la linealidad del tiempo y siguiendo este camino, se percibe un trabajo con los arquetipos (la nieve, el sol, el amanecer, los bosques, el abismo, la esfinge) que refuerza esta búsqueda de lo primordial, lo abarcador fuera de las marcas diferenciadoras de las culturas. De este modo los poemas nos conectan con el  desencaje de lo gutural, de lo primigenio de un cántico desolado que nos empuja al origen. Muchas veces al leer un poema de Etchecopar se tiene la sensación de caer en el vacío, el poema nos arroja a la intemperie de la palabra, no hay agarraderas, el poema es casi una preparación para  el desapego de la muerte.
 La autora dice en un reportaje aludiendo a las cosas que regresan regularmente, en su temática y lo expresa así: “el desacato a todas las órdenes”,  retomando este concepto y por la manera de expresarlo  no resultaría aventurado pensar que su relación con el lenguaje es de desacato (la palabra alude a vulnerar un orden consensuado), salirse de la norma constantemente pero como de a chispazos o disparos en el transcurso del poema, como quien da un giro imprevisto, retorna a la normalidad del uso del lenguaje para dar luego otra huida u otro giro.

 Poesía donde lo cotidiano se abisma,  permitiéndonos ingresar en ese otro lado fantástico que sólo el revés de las palabras puede expresar, el rito de pasaje se ha producido desde la primera sílaba y ya, afortunadamente,  no hay retorno.






El pozo

mi hijo no hace pie en el alba
tampoco hace pie esa ciudad donde estuvimos
ni el tren que iba a Berlín
ni los muertos que suben y bajan
la ropa de los vivos
nada hace pie ni la pobreza ni la risa
ni los ruidos feroces ni las luciérnagas
bajo el gran país que suelta la noche
digo unas palabras aparto a la extraña mujer
que se prepara en mi sollozo digo unas palabras
antes de que ella me enmudezca con sus fábulas
y su desmemoria
mi hijo no hace pie en el alba
el tren que iba a Berlín
los vivos que suben y bajan
la ropa de los muertos
nada hace pie
             en el llamado
nada hace pie
                  en el silencio de ese niño
nunca sabrá
por qué afuera de la luna
golpean a un viejo caballo
                          De “Notas salvajes” Editorial Argonauta. Buenos Aires 1989


Primera y última escena

la casa natal no despareció
sólo el cuerpo del niño fue cerrado
y puesto en un grito de la basura y los árboles
entonces tuvo miedo porque lo que lloraba
no era él
sino otro niño que se había quedado para siempre
en el porvenir.
                    De “Notas salvajes” Editorial Argonauta. Buenos Aires 1989



las muñecas que de un lado besan
y del otro mueren
son muy buscadas
sólo ellas ocultan y encandilan
mojan y desaparecen
penetradas de soledad hasta nueva orden
dicen gracias
             De “La canción del precipicio”- Gel. -  Buenos Aires 1994



se desboca el suave bramido de las sílabas
una mano no puede cruzar el puente
una rosa en la voz que pierde sus olas
para empezar el mar
hay que dar otro paso
hacia lo directamente silencioso
amarrar la luz del precipicio
a la débil araucaria
a la bailarina que viste de mucho frío
y se vuelve pájaro
                    De “La canción del precipicio”- Gel-  Buenos Aires 1994





15
por mis ojos cansados
ella pasa y vuelve a perderse
como la marca en un libro
que estuve leyendo sin entender

mi madre ha cambiado

voy por su larga muerte
escucho sus pasos de madre muy joven
en el corazón de mi hermano
ella lleva a sus hijos
a bañarse al arroyo
porque el molino está quieto
y no da agua
desde esa soledad suya atravesada aún
por radiantes cosas vivas
ella me mira
no sabe que he nacido
que estoy en su muerte
para que algo mío la envuelva
le dé cabida y perdón
mis brazos extendidos
                                no sabe
que en mí se posan sus penas como pájaros
que acaso pronto
si amanece
alzarán vuelo.
                                            De “El comienzo”- Hilos editora. Buenos Aires 2010



18
en mi casa algo grave le sucedía al silencio había hielo
en un ojo un jardín aterrado era el otro
en la oscuridad nevaba los pasos de mi padre
rápidos llegaban en un día a todas mis edades y entraba
esa luz en mi oído esa luz que quieren los árboles
para tocar el día más allá de sus ramas
más allá de sus frutos heridos por el hielo
yo quería tocar la mañana de esa ciudad
que se iba en los trenes
                              De “El comienzo”- Hilos editora. Buenos Aires 2010



Dolores Etchecopar es poeta y pintora. Nació en Buenos Aires en 1956. Es una de las voces más destacadas de la poesía argentina. Ha publicado los libros de poesía "Su voz en la mía" - Ed. Corregidor 1982,"La tañedora"- Ed. El imaginero -1984, "El atavío" -Ed. El imaginero -1985, "Notas salvajes" . Ed. Argonauta 1989, "Canción del precipicio" -G.E.L-  1994 y "El comienzo" Hilos editora 2010.



                   

                       

jueves, 19 de marzo de 2015

IRMA VEROLÍN: TEXTOS SOBRE LA ABUELA

Escribí estos textos cuando cuidaba a mi abuela en un tiempo largo en el que la literatura y yo estuvimos distanciadas, aún así no pude dejar de escribir. Estando con mi abuela encerrada en un departamento y lejos de mi computadora, llené hojas numeradas de esas que se encarpetan y tienen un margen azul levísimo del lado izquierdo. Después, al armar un libro de cuentos, formaron parte de la última sección titulada: "Diario de la muerte de mi abuela". Transcribo algunos fragmentos:


1.
   Mi abuela se ha convertido en un pájaro. Esto sucedió hace un instante. Aunque supongo que todo empezó antes, poco a poco, disimuladamente en un sitio oculto de ella misma. Lo cierto es que una tarde me encontré llamándola “pajarita” y así la empecé a llamarla desde entonces. El nuevo nombre le queda perfecto, ha adelgazado, su nariz luce más afilada, sus ojos transparentes y ese aire continuo de estar lista para desprenderse de la tierra de un instante a otro.
   Sé que detrás del nombre “pajarita” está la idea de la muerte y que entre mi abuela y yo sólo existe la idea de la muerte y más aún, que siempre, desde el principio es lo único que había existido entre ella y yo: la idea de la muerte.
Haberle encontrado un nuevo nombre a mi abuela significaba tan sólo que de una buena vez he logrado que las cosas estén por fin en su sitio.


5.
   La voz de mi abuela suena triunfante en el teléfono. Me dice que salió sola. Me preocupo, le hago preguntas, le doy recomendaciones para el futuro. Sospecho que se animó a llegar hasta el supermercado ayudado por el sostén del changuito. Pero no bien se desarrolla la conversación me entero de que la gran salida de mi abuela fue sólo hasta el palier para dejar la bolsa de basura. Evidentemente sus expectativas y acciones temerarias se han empobrecido. Pienso que se parece a las niñas que empiezan a caminar. Se les festeja los primeros pasos, su iniciación en el mundo. En el caso de mi abuela me siento impulsada a festejarle sus últimos pasos. Así que en vez de haberse convertido en pájara es ahora una niñita, pero una niñita al revés, una niñita sin futuro. La vida da la impresión de plegarse para terminar siendo un acordeón retorcido. Todo retorna aunque de un modo deformado. Mi abuela aún camina y al hacerlo con cierta torpeza intenta de alguna manera recordar sus primeros pasos. Su mente cree recordar, pero su cuerpo no. Está contenta porque ella sola dio vuelta la llave y salió del departamento. Claro que igual a esos pájaros que fueron enjaulados mucho tiempo, pronto vuelve a su jaula por voluntad propia.


6.

       Mi abuela y yo hablamos de la desnudez. Nos hemos sentado, como siempre, cada una en el extremo de una mesa que no es rectangular ni redonda, una mesa alargada con un semicírculo que da  hacia el norte y otro hacia el sur. Hablamos de la desnudez así, de un modo descarnado, como bien podríamos estar hablando de la muerte,  lo que, desde ya, hemos hecho hasta cansarnos, pero no hoy. Hoy, por lo visto, le toca el turno a la desnudez. El tema apareció recortado entre un montón de palabras que mi abuela lanzó al azar  igual que se echa un conjunto de piedras que en el  ínterin se convierte en una bandada de pájaros. Lo que muerte y desnudez tienen en común es el cuerpo. Desnudez: percance o contrariedad que el cuerpo suele sufrir de una manera más reiterativa aunque no menos casual que el de la muerte. Mi abuela se ha puesto solemne y dice:
          - Desnuda, lo que se dice desnuda, tu abuelo no me vio nunca.
    Cuesta creerlo, pero yo sé que es la purísima verdad.  Lo cierto es que a esa frase la escuché desde que era chica hasta el cansancio. Mi abuela la ha repetido  para  patentizar su honorabilidad, aunque también podría considerarse una muestra de su capacidad huidiza, prestidigitadora de la luz y de los  múltiples escabullimientos de su persona. No cualquiera logra que al cabo de setenta y pico de años un hombre no la sorprenda en algún minúsculo e impertinente momento en ese estado en que la gente llega inevitablemente al mundo. Pues bien. A ella no.  Claro que mi abuelo no está vivo para confirmarlo. Porque, pensándolo bien,  ¿no podría mi abuelo haberla visto en su desnudez sin que ella lo supiera? Bueno, eso ya no importa, lo que importa es que mi abuela está situada en el extremo opuesto de esta mesa que no es redonda ni cuadrada hablando de la desnudez del cuerpo o, quién sabe, tal vez hablando solo del cuerpo sin el adorno o el cultural encubrimiento de la ropa. Es posible que a estas alturas mi abuela lamente haber consagrado su vida entera a mi abuelo o, lo que es peor, que mi abuelo se hubiese adueñado de ella de pies a cabeza, de adentro y de afuera, así que su único desquite fue privarlo de su desnudez.
  Y parece no importar que en playas, en la televisión, en las revistas o en Internet las mujeres se floreen desnudas, mi abuela ha sacado el tema como si lo extrajese de una galera sin fondo. Le da el mismo tratamiento que al tema de la muerte, enfatiza las frases con la misma apretada circunspección. Me muerdo para no decirle nada, empezando con la elección del tema en sí. Ella da su elocución. Dice lo  que ya le he escuchado decir desde hace  cincuenta años y entonces me siento fuera de lugar en el extremo de esta mesa. Se está hablando de lo que únicamente puede ser visto y no narrado, se intenta ponerle un corsé a la vida y, en el forcejeo, las palabras nacen intrincadas, tristes, venidas a menos. ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿De qué estamos hablando?  La desnudez del cuerpo no es ni buena ni mala, no es un atributo humano, ni siquiera es un incidente sino un estado natural que la ropa encubre. Es como si dobláramos nuestros pensamientos e intentáramos penetrar en la dobladura.  Y no se trata de que mi abuela esté  sufriendo alguna clase de demencia senil, su enfoque ante las cosas ha sido siempre el mismo, darlo vuelto todo, hacer tumba carnero con los asuntos  para sacarles el jugo y luego quedarse con nada. “Nada”, dije, mientras mi abuela continuaba echando palabras al aire y gesticulando. Mi cabeza, mis pensamientos, el andamiaje de mi cultura y hasta mi memoria celular se apoyaban en ese despropósito, hablar de lo que fue puesto cabeza abajo y luego presentarlo  con el aspecto más natural. Hablar de la muerte convirtiéndola en vida, hablar de lo malo presentado como bueno. Hablar, hablar, hablar, inventar al mundo de nuevo cerrando los ojos. No es un mecanismo del absurdo sino un gesto de impecabilidad que aplasta a garrotazos el aspecto inconmovible  de lo real. Entre lo percibido y lo que mi abuela afirmaba ha existido un abismo   y yo tuve que situarme en medio de ese abismo.
     Desde este lado de la mesa, le digo a mi abuela que estoy cansada, que me voy. Ella saca a relucir esos ojos de anciana que no quiere quedarse sola.  Pienso que no se anima a implorarme que me quede y no porque añore mi compañía sino porque mi persona le brinda la excusa de hablar. Lo que mi abuela necesita es sentirse acompañada por el sonido de su propia voz, por el sentido peculiar de sus palabras que reinventan el mundo a cada rato. La fuerza de lo real es tan potente que ella sabe que es preciso que la contrariedad de sus palabras continúe y continúe contrarrestando lo que sus ojos ven. La desnudez de un cuerpo es eso que de repente avasalla cuando la luz se entromete entre  nuestros ojos y el panorama que nos rodea. Mi abuela, ahora lo sé, quiere hablar de lo que se ve y lo que no se ve.  Quiere que yo siga viendo a través de sus ojos y eso, además de imposible, sería sencillamente insoportable.


7.
  Desnudeces. Mi abuela y yo seguimos hablando de desnudeces. Sucedió en la tarde de ayer. En la televisión unas cuantas coristas y unos strippers se contorsionaban. Algunas llevaban los senos al aire y en los hombres se adivinaba el bulto exagerado de su miembro. Pero mi abuela quería hablar de su desnudez que, según sus propias palabras, ha sido un acontecimiento imposible.  Su desnudez: una victoria frente a su virginidad perdida. La defendió a rajatabla para acrecentar el misterio femenino hasta llegar a extremos absurdos ante un médico joven y aburrido de ver pubis y tetas de viejas.  Y ahora la palabra desnudez sonaba tan exquisita en su boca con dientes postizos.  Parecía que hablaba de otra clase de desnudez, porque la desnudez del cuerpo no puede en tiempos como los que corren ser motivo de tantas extravagancias, cuidados y  recriminaciones.  Desde el primer capítulo de la Biblia, la desnudez es un acontecimiento aterrador aunque esté inmerso en el Paraíso, tanto es así que hubo que disimularla con el agregado de una hoja de parra. Mi abuela me hace reflexionar sobre el acontecimiento de pronunciar una palabra con semejante alcurnia. Ella dice “desnuda” y yo pienso en mi madre muerta, en la muñeca aquella a la que le comí los dedos, en los desaparecidos de la dictadura militar, en un cuerpo sorprendido que flota o huye en un sueño, en Marilyn Monroe llamando por teléfono con un frasco lleno de  píldoras en la mano, en una muchacha que da a luz sobre piedras mojadas o en un colchón de hojas secas, en una estatua de mármol con el brazo perdido sumergida en un mar muy lejos de la orilla. Desnuda es la palabra que dice “desnuda” y ninguna otra cosa más. Desnuda, la Tierra entera después del estallido de la bomba atómica.  Cuando mi abuela volvió a decir “desnuda” mi corazón se convulsionó y, de golpe, la desnudez surgió para mí  en un penoso intento de borrar la línea  que separa el adentro del afuera. Deslavar la memoria del trajinar de los tiempos, quitarse lo que envejece más rápido que esos músculos y esas untuosidades. Romper el pacto que hicimos al entrar en el mundo, ir hacia atrás sin perder completamente las nociones, dejarse arrastrar por el movimiento inverso de las galaxias. Correr, correr. Correr desesperadamente, alguien detrás, algo adelante y el aire a los costados para que los brazos, también desnudos, ayuden a batir ese aire siempre nuevo. Alas, los brazos desnudos. Desnuda yo con cinco años en verano entre las sábanas y mis padres en la habitación de al lado. Aire suelto, pensamientos deshilvanados. Desnuda: en el mundo todo fue acomodado para nacer y morir, antes y después la vida de cada día y sus rudimentos. Desnuda: una mano sobre la transparencia de lo que hoy está sobre la faz de lo que es y que mañana no será nada.  Nada la desnudez y todo brilla del otro lado de los asuntos. El cuerpo desnudo invita al alma a aparecer también desnuda,  porque cuando una ya no tiene nada que sacarse, todo entra en un orden desprolijo y verdadero. Mi abuela dijo “desnuda” y me dio pena que esa palabra se tambaleara entre su paladar y por los resquicios de su dentadura postiza que navega un poco hacia aquí y otro poco hacia allá,  sobre el vaivén de las conversaciones y del masticar esforzado. Entonces toda la desnudez del mundo se cayó en su boca y se precipitó hacia adentro y fue deglutida para pulverizarse sin pena ni gloria; y el silencio fue de plomo y golpeó en la boca de mi estómago.  Todo se detuvo y mi abuela me miró con rencor o yo creí que así me miraba. La conversación estaba deshecha y aparecieron los achaques, el dolor de reuma, la presión arterial. La desnudez había calado hondo y traspasado la superficie de un cuerpo ahora devastado. La desnudez, de tan honda que ha sido desde el principio, terminó husmeando en las interioridades. Y allí estábamos las dos, a medio camino entre el adentro y el afuera. Una anécdota nos rescató. Fue la del hombre araña, que siguiendo las presunciones de mi abuela, podía aparecerse en cualquier momento, entrar por la ventana y violarla a ella, como violó a esa mujer que vivía sola en un barrio de esta ciudad tan parecido al suyo,  según dicen en el diario y en el noticiero de la televisión.
     -Abuela, eso no es tan fácil.
      -Ah, decís eso porque no se trata de vos...
      -Pero el hombre araña no va a venir justo acá.
      -¡Claro!- se ofuscó mi abuela- decilo así, total a vos  no te pasa.
      Para calmar los ánimos hice un chiste:
       -Bueno, entonces, estate preparada y no duermas desnuda.
        No bien terminé de decir la frase me arrepentí. Ella, como era de esperarse, dijo muy explicativa y con bastante terquedad:
     -Ya te dije que yo jamás estoy desnuda. ¿O acaso de qué hemos estado hablando?    

9.
  
Llamo a mi abuela. He discado con la rapidez de costumbre, mis dedos conocen de memoria ese número esencial. Y el sonido comienza y se extiende horizontalmente desde mi oreja que lo recibe hasta un infinito que se prolonga en dirección al futuro. Mi abuela no contesta, su voz no interrumpe ese fluir ahora intolerable y yo sigo con el brazo curvado sosteniendo el aparato telefónico. Sé que este sonido, aunque se extiende hacia delante, no tiene porvenir. Imagino a mi abuela sin el audífono en su oreja, caminando entre los muebles y flexionando sus piernas. Imagino que recuerdo el color de las cortinas y la penumbra cambiando la fisonomía de su casa. Imagino los ruidos, siempre esos ruidos entrando por la ventana y el sonido del teléfono me agobia, me agobia tanto que quisiera morirme o que se muriera mi abuela o que se descompusieran todos los teléfonos para no tener que oír esta sirena eterna que me demuestra que del otro lado no hay nadie. Que no hubo ni habrá nadie.
En mi imaginación los teléfonos siempre serán negros. Negros, opacos, detestables. Y siempre del otro lado del teléfono hay una mujer vieja a la que llamo abuela, que nunca me contesta.


22.
Afilar la memoria como si se le sacara punta a un lápiz, día tras día, noche tras noche. A fuerza de no contar con otra cosa, de acercarse a la muerte sin demasiado cuidado, es preciso avivar lo acontecido. Eso hace mi abuela. Y usa no sólo su cabeza sino su voz, su voz de pajarita en un departamento de Villa Crespo. Le gusta escucharse a sí misma repitiendo lo que ya sabemos, lo que ella misma repitió ayer y anteayer y la semana pasada. Necesita convencerse de que tuvo una vida. Dice la palabra “yo” y eso la regocija. ¿Hay alguien detrás de la palabra “yo”? Mi abuela golpea y golpea una con sus palabras para ver si la puerta se abre. La puerta queda entornada y del otro lado circula el viento, el mismo viento que teje las palabras. Sólo palabras. ¿Es eso la vida? ¿Estamos hechas de viento y no de tierra y agua como dice la Biblia?. Y 
el fuego está lejos, muy lejos, está en el sol que ya no se puede mirar, porque lastima los ojos. Lejos viento y sol, tierra y agua dentro de un libro y luego esto, la vida misma, hecha y deshecha, nada entre las manos, palabras.


33.
Dejo en mi casa a mis dos gatos solos para ir a cuidar a mi abuela. Uno de los gatos está continuamente lastimado. Se pelean entre ellos y el pobre pierde siempre la partida. Mi abuela también está lastimada; no bien llego se levanta el camisón y me muestra. Debajo de uno de sus senos tiene una gruesa línea roja. Le coloco con suavidad la pomada y ella me mira. Me mira y me dice:
-¿Viste? Tengo dos tetas distintas. Una más chica que la otra. Es por culpa de tu abuelo. Se ve que le quedaba más cómodo sobarme ésta. Y se me achicó de tanto ser sobada.
Mi abuelo murió hace muchos años y es raro que ella vuelva con un relato así. Lo que abuela no quiere decir es que bajo su seno se acurrucan sus hijos muertos.
Ahora se baja el camisón.
-¿Te duele?- le pregunto.
Me contesta que no. Que no. Y apaga la luz.

                       Fragmentos del libro "Una luz que encandila" -2009


 




                                             Fotos de Anna Atkins
  

viernes, 23 de enero de 2015

PATRICIA SEVERIN: LA NOVELA ":SALIR DE CACERÍA"

                           

     Cuando el arte simboliza los procesos de la evolución humana




                    

   Lo primero que llama la atención en “:Salir de cacería” de Patricia Severin es el dominio de una  prosa  que mantiene con solvencia el ritmo narrativo a lo largo de una extensa cantidad de páginas.  En segundo término, si nos atenemos al llamado “pacto de lectura” o en otras palabras si consideramos  la propuesta de la novela desde lo  literario,  la pauta implícita es la de dejarse llevar por la historia o por el flujo de los acontecimientos, lo que de inmediato nos pone a los lectores en situación de complicidad, debido  precisamente a que son la trama y el perfil de los personajes  el modo en que se articulan los lineamientos estéticos. Novela clásica, de tono neutro con una bien tejida trama y con un sostenimiento dosificado del suspenso.
   En este mundo previsible de un espacio provinciano,  son varias las situaciones  en las que los personajes  resultan rebautizados. Esto se puede interpretar de varias maneras. Al cambiar el nombre cambia el destino, decían los antiguos griegos. O bien poseen doble identidad o tienen una máscara o inician una etapa nueva en su vida. El cambio de nombre  en un determinado momento de la vida puede ser un indicio de apropiación si el otro, el que rebautiza, como  ocurre en la novela  de  parte de Federico hacia Amelia,   que al rebautizar corta su nombre completo, como un acto de fragmentación o cercenamiento que es lo que, en resumidas cuentas, hace en un plano emocional o psíquico. En ese cambio de nombre podría entonces anticiparse el comienzo de la destrucción de la  relación afectiva entre Amelia, llamada por Federico  “Ame” y el mismo Federico. Aquí funcionaría el nombre como máscara, el nombre nuevo como cambio de destino y también como un indicador de que el personaje no se encontró a sí mismo. Al abreviar su nombre o quitarle una parte, Federico le amputa a  Amelia una dimensiónh de  su identidad en forma simbólica como si él le quitara algo de su integridad al tiempo que se apropia de su persona.
   Otra de las situaciones en la que aparece el cambio de nombre más marcadamente como disfraz es en la elección de la direcciones de mail, llamada por el narrador “nombre de fantasía”. Siguiendo esta línea de interpretación podría pensarse a la novela “:Salir de cacería” como a una novela sobre la identidad indagada en principio desde el punto de vista del género. Pero a medida que se avanza en la lectura  resulta evidente que se trata de la identidad en un sentido más existencial, ya que se va profundizando más y más en el planteo y el desmenuzamiento de esta quita de la individualidad del personaje femenino frente a la seducción ejercida por Federico a través de las máscaras. El amor romántico también aparece como un disfraz, una suerte de encantamiento que encubre su carácter de cacería, de atrapamiento y enajenación. Y en algún sentido el amor romántico se presenta como un travestirse. Siguiendo la misma línea de planteo podría afirmarse que en la novela hay toda una cultura sobre la vestimenta femenina, las descripciones de la ropa, especialmente de las mujeres, es precisa y distintiva y se apoya en el trazado de lo simbólico en los nombres, la elección del atuendo en las mujeres tiene su  particular significación, tal sería el caso de los trajecitos todos iguales y múltiples de la esposa de Federico por ejemplo que es un personaje que representa el modo mecánico de vivir, el viejo camino trazado de los roles fijos, la manipulación de unas personas sobre otras para obtener beneficios personales, en suma el viejo paradigma de la era piscina, patriarcal, vertical, sostenedor  del predominio de unos sobre otros, de fuertes sobre débiles, de energía masculina sobre la femenina. Lo interesante es que en esta novela ese papel de energía masculina dominante que ha nutrido la literatura en América Latina bajo el personaje del dictador o en la novela de la serie negra norteamericana, la del asesino a sueldo o el gángster o en la tradición de la novela italiana la del capo mafia  tiene aquí un plus simbólico que es la dupla de la unión de dos energías, masculina y femenina, encarnados en la figura de Federico y su esposa, quienes obtienen el beneficio de devorar la energía femenina mediante la seducción romántica en forma organizada y premeditada.
    No es casual entonces que el personaje protagónico -Amelia- tenga por profesión la de intérprete: domina dos idiomas, conoce el código. Ella desentraña el plan que automáticamente vienen poniendo en práctica Federico y su esposa en el que la energía masculina opera como accionadora y la femenina como organizadora de esa acción.
     Al adocenamiento, acumulación, al culto a la cantidad sin contenido que supone coleccionar mujeres para seducir y en este sentido apoderarse de ellas, practicado por Federico, se le opone el intento de originalidad de Amelia que busca construir su identidad arrasada mediante un acto de sinceramiento y separación, casi podría decirse en términos junguianos de “individuación”. Los ejes sobre los que se articula toda la historia son el de verdad versus encubrimiento, de amor genuino versus  relación enfermiza  hacia las personas o dependencia emocional al extremo de que el mal llamado amor se presenta como una adicción y en la etimología de la palabra adicción encontramos: dependencia, falta de libertad y entonces “ser cazado” o atrapado resultan sinónimos y “no dicción”,  falta de expresión de lenguajes, ausencia de palabras ordenadoras y nombradoras de lo real, no traducción al código conocido, lo que nos remite  por oposición al manejo de la palabra que Amelia posee en tanto traductora de dos sistemas lingüísticos.
       Cabe señalar que en la novela se  registran  además  al menos dos planos: el de la llamada vida real con toda su serie de capas de engaños y puestas en escena y el mundo onírico como un espacio revelador mediante su lenguaje simbólico.
   Es casi inevitable no homologar “:Salir de cacería” a una parábola, o no pensarla como una gran metáfora que nos habla del viejo paradigma entendiendo que por el modo en que los seres humanos hemos actuado frente a todo lo existente  puede ser  representado en la forma del cazador, de aquel que va y mata,  del que  de un modo instintivo y egoísta se apodera de la energía, del cuerpo, del bien ajeno mediante un acto rapaz. En este acto que nos remite a nuestros primeros estadios de la evolución física, cuando el ser humano no conocía otra forma de alimentarse más que la caza, se  simboliza el modelo patriarcal, dominante que no respeta las necesidades de los que fueron ubicados por debajo de su poder omnímodo. La propuesta para acceder al nuevo paradigma  consiste en  pasar del modelo del cazador al modelo del agricultor. El agricultor ante todo no está fuera de los ciclos del tiempo, del cambio de las estaciones, del trabajo paciente y colaborador de los otros reinos de la naturaleza, y establece un diálogo con las fuerzas naturales donde el respeto y la autodependencia juegan su papel principal. La novela de Severín induce a  pensar en esta metáfora, toda la novela es una suerte de alegoría de pasaje evolutivo de la conciencia humana del patriarcado a la diversidad, en otros términos de la era pisciana a la era acuariana. Lo interesante  en este caso es la construcción de dos personajes para representar  la energía devoradora y dominante, el matrimonio de Federico y su señora, porque en realidad las energías se fusionan y no están separadas nunca. La novela  puede traducirse como  un viaje desde el sometimiento de una cárcel de oro a la liberación y el reconocimiento de sí misma a través de bucear en un nuevo paradigma, que está encarnado en la figura del personaje del hombre hindú que marca sus contradicciones y hace las veces de maestro espiritual.  Ese desorden de la energía femenino- masculina sólo puede reestablecer su equilibrio mediante un juicio público con el que nos encontramos en las páginas finales y que pone en jaque a toda la comunidad,  entroncándose en la tradición de las mejores historias ha aparecido un cadáver.  Un nuevo elemento desde lo literario es que cuando la historia se esclarece y los personajes parecen haber dividido las aguas, surge nuevamente sobre el filo del desenlace la ambigüedad que nos ofrece un final
abierto para esta singular composición novelística. 

                                  


           Patricia Severin   publicó : “La loca de ausencia”  Poesía. Ed. Libros de Tierra Firme –1992-  “Amor en mano y cien hombres volando”  Poesía. Ed. Libros de Tierra Firme -1993-  “Las líneas de la mano”  Cuentos. – Ed. UNL -1997- “Sólo de amor”,   Cuentos. Ed LUX -1999- “Poemas con Bichos”,  Poesía.. Ed. Vinciguerra – 2002,  “Libro de las certezas” Poemas. Ed. Grupo Editor Latinoamericano- 2009- “Poemas Inolvidables”   Poesía,   Ed. Latin Heritage Foundation-2011. “Abuela y la  niña” , Editorial Palabrava 2012-
  Ha recibido diversas distinciones, entre ellas  la Faja de Honor de la SADE 1993 y  en 1998, Premio Publicación ASDE 1999. - Premio Fondo Nacional de las Artes 2001 y Premio Municipalidad de Buenos Aires por libro edito, bienio 2002-2003 , Mención Especial del Jurado del Premio Macedonio Fernández en 2008. Ha incursionado en el ensayo y participado en numerosas publicaciones nacionales e internacionales. Integra junto a dos escritoras  la dirección de una editorial en Santa Fe.

Blog de Patricia Severin: http://www.severinlopezseverin.com.ar/blog/ 


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