Espiral de Saraswati

jueves, 19 de marzo de 2015

IRMA VEROLÍN: TEXTOS SOBRE LA ABUELA

Escribí estos textos cuando cuidaba a mi abuela en un tiempo largo en el que la literatura y yo estuvimos distanciadas, aún así no pude dejar de escribir. Estando con mi abuela encerrada en un departamento y lejos de mi computadora, llené hojas numeradas de esas que se encarpetan y tienen un margen azul levísimo del lado izquierdo. Después, al armar un libro de cuentos, formaron parte de la última sección titulada: "Diario de la muerte de mi abuela". Transcribo algunos fragmentos:


1.
   Mi abuela se ha convertido en un pájaro. Esto sucedió hace un instante. Aunque supongo que todo empezó antes, poco a poco, disimuladamente en un sitio oculto de ella misma. Lo cierto es que una tarde me encontré llamándola “pajarita” y así la empecé a llamarla desde entonces. El nuevo nombre le queda perfecto, ha adelgazado, su nariz luce más afilada, sus ojos transparentes y ese aire continuo de estar lista para desprenderse de la tierra de un instante a otro.
   Sé que detrás del nombre “pajarita” está la idea de la muerte y que entre mi abuela y yo sólo existe la idea de la muerte y más aún, que siempre, desde el principio es lo único que había existido entre ella y yo: la idea de la muerte.
Haberle encontrado un nuevo nombre a mi abuela significaba tan sólo que de una buena vez he logrado que las cosas estén por fin en su sitio.


5.
   La voz de mi abuela suena triunfante en el teléfono. Me dice que salió sola. Me preocupo, le hago preguntas, le doy recomendaciones para el futuro. Sospecho que se animó a llegar hasta el supermercado ayudado por el sostén del changuito. Pero no bien se desarrolla la conversación me entero de que la gran salida de mi abuela fue sólo hasta el palier para dejar la bolsa de basura. Evidentemente sus expectativas y acciones temerarias se han empobrecido. Pienso que se parece a las niñas que empiezan a caminar. Se les festeja los primeros pasos, su iniciación en el mundo. En el caso de mi abuela me siento impulsada a festejarle sus últimos pasos. Así que en vez de haberse convertido en pájara es ahora una niñita, pero una niñita al revés, una niñita sin futuro. La vida da la impresión de plegarse para terminar siendo un acordeón retorcido. Todo retorna aunque de un modo deformado. Mi abuela aún camina y al hacerlo con cierta torpeza intenta de alguna manera recordar sus primeros pasos. Su mente cree recordar, pero su cuerpo no. Está contenta porque ella sola dio vuelta la llave y salió del departamento. Claro que igual a esos pájaros que fueron enjaulados mucho tiempo, pronto vuelve a su jaula por voluntad propia.


6.

       Mi abuela y yo hablamos de la desnudez. Nos hemos sentado, como siempre, cada una en el extremo de una mesa que no es rectangular ni redonda, una mesa alargada con un semicírculo que da  hacia el norte y otro hacia el sur. Hablamos de la desnudez así, de un modo descarnado, como bien podríamos estar hablando de la muerte,  lo que, desde ya, hemos hecho hasta cansarnos, pero no hoy. Hoy, por lo visto, le toca el turno a la desnudez. El tema apareció recortado entre un montón de palabras que mi abuela lanzó al azar  igual que se echa un conjunto de piedras que en el  ínterin se convierte en una bandada de pájaros. Lo que muerte y desnudez tienen en común es el cuerpo. Desnudez: percance o contrariedad que el cuerpo suele sufrir de una manera más reiterativa aunque no menos casual que el de la muerte. Mi abuela se ha puesto solemne y dice:
          - Desnuda, lo que se dice desnuda, tu abuelo no me vio nunca.
    Cuesta creerlo, pero yo sé que es la purísima verdad.  Lo cierto es que a esa frase la escuché desde que era chica hasta el cansancio. Mi abuela la ha repetido  para  patentizar su honorabilidad, aunque también podría considerarse una muestra de su capacidad huidiza, prestidigitadora de la luz y de los  múltiples escabullimientos de su persona. No cualquiera logra que al cabo de setenta y pico de años un hombre no la sorprenda en algún minúsculo e impertinente momento en ese estado en que la gente llega inevitablemente al mundo. Pues bien. A ella no.  Claro que mi abuelo no está vivo para confirmarlo. Porque, pensándolo bien,  ¿no podría mi abuelo haberla visto en su desnudez sin que ella lo supiera? Bueno, eso ya no importa, lo que importa es que mi abuela está situada en el extremo opuesto de esta mesa que no es redonda ni cuadrada hablando de la desnudez del cuerpo o, quién sabe, tal vez hablando solo del cuerpo sin el adorno o el cultural encubrimiento de la ropa. Es posible que a estas alturas mi abuela lamente haber consagrado su vida entera a mi abuelo o, lo que es peor, que mi abuelo se hubiese adueñado de ella de pies a cabeza, de adentro y de afuera, así que su único desquite fue privarlo de su desnudez.
  Y parece no importar que en playas, en la televisión, en las revistas o en Internet las mujeres se floreen desnudas, mi abuela ha sacado el tema como si lo extrajese de una galera sin fondo. Le da el mismo tratamiento que al tema de la muerte, enfatiza las frases con la misma apretada circunspección. Me muerdo para no decirle nada, empezando con la elección del tema en sí. Ella da su elocución. Dice lo  que ya le he escuchado decir desde hace  cincuenta años y entonces me siento fuera de lugar en el extremo de esta mesa. Se está hablando de lo que únicamente puede ser visto y no narrado, se intenta ponerle un corsé a la vida y, en el forcejeo, las palabras nacen intrincadas, tristes, venidas a menos. ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿De qué estamos hablando?  La desnudez del cuerpo no es ni buena ni mala, no es un atributo humano, ni siquiera es un incidente sino un estado natural que la ropa encubre. Es como si dobláramos nuestros pensamientos e intentáramos penetrar en la dobladura.  Y no se trata de que mi abuela esté  sufriendo alguna clase de demencia senil, su enfoque ante las cosas ha sido siempre el mismo, darlo vuelto todo, hacer tumba carnero con los asuntos  para sacarles el jugo y luego quedarse con nada. “Nada”, dije, mientras mi abuela continuaba echando palabras al aire y gesticulando. Mi cabeza, mis pensamientos, el andamiaje de mi cultura y hasta mi memoria celular se apoyaban en ese despropósito, hablar de lo que fue puesto cabeza abajo y luego presentarlo  con el aspecto más natural. Hablar de la muerte convirtiéndola en vida, hablar de lo malo presentado como bueno. Hablar, hablar, hablar, inventar al mundo de nuevo cerrando los ojos. No es un mecanismo del absurdo sino un gesto de impecabilidad que aplasta a garrotazos el aspecto inconmovible  de lo real. Entre lo percibido y lo que mi abuela afirmaba ha existido un abismo   y yo tuve que situarme en medio de ese abismo.
     Desde este lado de la mesa, le digo a mi abuela que estoy cansada, que me voy. Ella saca a relucir esos ojos de anciana que no quiere quedarse sola.  Pienso que no se anima a implorarme que me quede y no porque añore mi compañía sino porque mi persona le brinda la excusa de hablar. Lo que mi abuela necesita es sentirse acompañada por el sonido de su propia voz, por el sentido peculiar de sus palabras que reinventan el mundo a cada rato. La fuerza de lo real es tan potente que ella sabe que es preciso que la contrariedad de sus palabras continúe y continúe contrarrestando lo que sus ojos ven. La desnudez de un cuerpo es eso que de repente avasalla cuando la luz se entromete entre  nuestros ojos y el panorama que nos rodea. Mi abuela, ahora lo sé, quiere hablar de lo que se ve y lo que no se ve.  Quiere que yo siga viendo a través de sus ojos y eso, además de imposible, sería sencillamente insoportable.


7.
  Desnudeces. Mi abuela y yo seguimos hablando de desnudeces. Sucedió en la tarde de ayer. En la televisión unas cuantas coristas y unos strippers se contorsionaban. Algunas llevaban los senos al aire y en los hombres se adivinaba el bulto exagerado de su miembro. Pero mi abuela quería hablar de su desnudez que, según sus propias palabras, ha sido un acontecimiento imposible.  Su desnudez: una victoria frente a su virginidad perdida. La defendió a rajatabla para acrecentar el misterio femenino hasta llegar a extremos absurdos ante un médico joven y aburrido de ver pubis y tetas de viejas.  Y ahora la palabra desnudez sonaba tan exquisita en su boca con dientes postizos.  Parecía que hablaba de otra clase de desnudez, porque la desnudez del cuerpo no puede en tiempos como los que corren ser motivo de tantas extravagancias, cuidados y  recriminaciones.  Desde el primer capítulo de la Biblia, la desnudez es un acontecimiento aterrador aunque esté inmerso en el Paraíso, tanto es así que hubo que disimularla con el agregado de una hoja de parra. Mi abuela me hace reflexionar sobre el acontecimiento de pronunciar una palabra con semejante alcurnia. Ella dice “desnuda” y yo pienso en mi madre muerta, en la muñeca aquella a la que le comí los dedos, en los desaparecidos de la dictadura militar, en un cuerpo sorprendido que flota o huye en un sueño, en Marilyn Monroe llamando por teléfono con un frasco lleno de  píldoras en la mano, en una muchacha que da a luz sobre piedras mojadas o en un colchón de hojas secas, en una estatua de mármol con el brazo perdido sumergida en un mar muy lejos de la orilla. Desnuda es la palabra que dice “desnuda” y ninguna otra cosa más. Desnuda, la Tierra entera después del estallido de la bomba atómica.  Cuando mi abuela volvió a decir “desnuda” mi corazón se convulsionó y, de golpe, la desnudez surgió para mí  en un penoso intento de borrar la línea  que separa el adentro del afuera. Deslavar la memoria del trajinar de los tiempos, quitarse lo que envejece más rápido que esos músculos y esas untuosidades. Romper el pacto que hicimos al entrar en el mundo, ir hacia atrás sin perder completamente las nociones, dejarse arrastrar por el movimiento inverso de las galaxias. Correr, correr. Correr desesperadamente, alguien detrás, algo adelante y el aire a los costados para que los brazos, también desnudos, ayuden a batir ese aire siempre nuevo. Alas, los brazos desnudos. Desnuda yo con cinco años en verano entre las sábanas y mis padres en la habitación de al lado. Aire suelto, pensamientos deshilvanados. Desnuda: en el mundo todo fue acomodado para nacer y morir, antes y después la vida de cada día y sus rudimentos. Desnuda: una mano sobre la transparencia de lo que hoy está sobre la faz de lo que es y que mañana no será nada.  Nada la desnudez y todo brilla del otro lado de los asuntos. El cuerpo desnudo invita al alma a aparecer también desnuda,  porque cuando una ya no tiene nada que sacarse, todo entra en un orden desprolijo y verdadero. Mi abuela dijo “desnuda” y me dio pena que esa palabra se tambaleara entre su paladar y por los resquicios de su dentadura postiza que navega un poco hacia aquí y otro poco hacia allá,  sobre el vaivén de las conversaciones y del masticar esforzado. Entonces toda la desnudez del mundo se cayó en su boca y se precipitó hacia adentro y fue deglutida para pulverizarse sin pena ni gloria; y el silencio fue de plomo y golpeó en la boca de mi estómago.  Todo se detuvo y mi abuela me miró con rencor o yo creí que así me miraba. La conversación estaba deshecha y aparecieron los achaques, el dolor de reuma, la presión arterial. La desnudez había calado hondo y traspasado la superficie de un cuerpo ahora devastado. La desnudez, de tan honda que ha sido desde el principio, terminó husmeando en las interioridades. Y allí estábamos las dos, a medio camino entre el adentro y el afuera. Una anécdota nos rescató. Fue la del hombre araña, que siguiendo las presunciones de mi abuela, podía aparecerse en cualquier momento, entrar por la ventana y violarla a ella, como violó a esa mujer que vivía sola en un barrio de esta ciudad tan parecido al suyo,  según dicen en el diario y en el noticiero de la televisión.
     -Abuela, eso no es tan fácil.
      -Ah, decís eso porque no se trata de vos...
      -Pero el hombre araña no va a venir justo acá.
      -¡Claro!- se ofuscó mi abuela- decilo así, total a vos  no te pasa.
      Para calmar los ánimos hice un chiste:
       -Bueno, entonces, estate preparada y no duermas desnuda.
        No bien terminé de decir la frase me arrepentí. Ella, como era de esperarse, dijo muy explicativa y con bastante terquedad:
     -Ya te dije que yo jamás estoy desnuda. ¿O acaso de qué hemos estado hablando?    

9.
  
Llamo a mi abuela. He discado con la rapidez de costumbre, mis dedos conocen de memoria ese número esencial. Y el sonido comienza y se extiende horizontalmente desde mi oreja que lo recibe hasta un infinito que se prolonga en dirección al futuro. Mi abuela no contesta, su voz no interrumpe ese fluir ahora intolerable y yo sigo con el brazo curvado sosteniendo el aparato telefónico. Sé que este sonido, aunque se extiende hacia delante, no tiene porvenir. Imagino a mi abuela sin el audífono en su oreja, caminando entre los muebles y flexionando sus piernas. Imagino que recuerdo el color de las cortinas y la penumbra cambiando la fisonomía de su casa. Imagino los ruidos, siempre esos ruidos entrando por la ventana y el sonido del teléfono me agobia, me agobia tanto que quisiera morirme o que se muriera mi abuela o que se descompusieran todos los teléfonos para no tener que oír esta sirena eterna que me demuestra que del otro lado no hay nadie. Que no hubo ni habrá nadie.
En mi imaginación los teléfonos siempre serán negros. Negros, opacos, detestables. Y siempre del otro lado del teléfono hay una mujer vieja a la que llamo abuela, que nunca me contesta.


22.
Afilar la memoria como si se le sacara punta a un lápiz, día tras día, noche tras noche. A fuerza de no contar con otra cosa, de acercarse a la muerte sin demasiado cuidado, es preciso avivar lo acontecido. Eso hace mi abuela. Y usa no sólo su cabeza sino su voz, su voz de pajarita en un departamento de Villa Crespo. Le gusta escucharse a sí misma repitiendo lo que ya sabemos, lo que ella misma repitió ayer y anteayer y la semana pasada. Necesita convencerse de que tuvo una vida. Dice la palabra “yo” y eso la regocija. ¿Hay alguien detrás de la palabra “yo”? Mi abuela golpea y golpea una con sus palabras para ver si la puerta se abre. La puerta queda entornada y del otro lado circula el viento, el mismo viento que teje las palabras. Sólo palabras. ¿Es eso la vida? ¿Estamos hechas de viento y no de tierra y agua como dice la Biblia?. Y 
el fuego está lejos, muy lejos, está en el sol que ya no se puede mirar, porque lastima los ojos. Lejos viento y sol, tierra y agua dentro de un libro y luego esto, la vida misma, hecha y deshecha, nada entre las manos, palabras.


33.
Dejo en mi casa a mis dos gatos solos para ir a cuidar a mi abuela. Uno de los gatos está continuamente lastimado. Se pelean entre ellos y el pobre pierde siempre la partida. Mi abuela también está lastimada; no bien llego se levanta el camisón y me muestra. Debajo de uno de sus senos tiene una gruesa línea roja. Le coloco con suavidad la pomada y ella me mira. Me mira y me dice:
-¿Viste? Tengo dos tetas distintas. Una más chica que la otra. Es por culpa de tu abuelo. Se ve que le quedaba más cómodo sobarme ésta. Y se me achicó de tanto ser sobada.
Mi abuelo murió hace muchos años y es raro que ella vuelva con un relato así. Lo que abuela no quiere decir es que bajo su seno se acurrucan sus hijos muertos.
Ahora se baja el camisón.
-¿Te duele?- le pregunto.
Me contesta que no. Que no. Y apaga la luz.

                       Fragmentos del libro "Una luz que encandila" -2009


 




                                             Fotos de Anna Atkins
  

viernes, 23 de enero de 2015

PATRICIA SEVERIN: LA NOVELA ":SALIR DE CACERÍA"

                           

     Cuando el arte simboliza los procesos de la evolución humana




                    

   Lo primero que llama la atención en “:Salir de cacería” de Patricia Severin es el dominio de una  prosa  que mantiene con solvencia el ritmo narrativo a lo largo de una extensa cantidad de páginas.  En segundo término, si nos atenemos al llamado “pacto de lectura” o en otras palabras si consideramos  la propuesta de la novela desde lo  literario,  la pauta implícita es la de dejarse llevar por la historia o por el flujo de los acontecimientos, lo que de inmediato nos pone a los lectores en situación de complicidad, debido  precisamente a que son la trama y el perfil de los personajes  el modo en que se articulan los lineamientos estéticos. Novela clásica, de tono neutro con una bien tejida trama y con un sostenimiento dosificado del suspenso.
   En este mundo previsible de un espacio provinciano,  son varias las situaciones  en las que los personajes  resultan rebautizados. Esto se puede interpretar de varias maneras. Al cambiar el nombre cambia el destino, decían los antiguos griegos. O bien poseen doble identidad o tienen una máscara o inician una etapa nueva en su vida. El cambio de nombre  en un determinado momento de la vida puede ser un indicio de apropiación si el otro, el que rebautiza, como  ocurre en la novela  de  parte de Federico hacia Amelia,   que al rebautizar corta su nombre completo, como un acto de fragmentación o cercenamiento que es lo que, en resumidas cuentas, hace en un plano emocional o psíquico. En ese cambio de nombre podría entonces anticiparse el comienzo de la destrucción de la  relación afectiva entre Amelia, llamada por Federico  “Ame” y el mismo Federico. Aquí funcionaría el nombre como máscara, el nombre nuevo como cambio de destino y también como un indicador de que el personaje no se encontró a sí mismo. Al abreviar su nombre o quitarle una parte, Federico le amputa a  Amelia una dimensiónh de  su identidad en forma simbólica como si él le quitara algo de su integridad al tiempo que se apropia de su persona.
   Otra de las situaciones en la que aparece el cambio de nombre más marcadamente como disfraz es en la elección de la direcciones de mail, llamada por el narrador “nombre de fantasía”. Siguiendo esta línea de interpretación podría pensarse a la novela “:Salir de cacería” como a una novela sobre la identidad indagada en principio desde el punto de vista del género. Pero a medida que se avanza en la lectura  resulta evidente que se trata de la identidad en un sentido más existencial, ya que se va profundizando más y más en el planteo y el desmenuzamiento de esta quita de la individualidad del personaje femenino frente a la seducción ejercida por Federico a través de las máscaras. El amor romántico también aparece como un disfraz, una suerte de encantamiento que encubre su carácter de cacería, de atrapamiento y enajenación. Y en algún sentido el amor romántico se presenta como un travestirse. Siguiendo la misma línea de planteo podría afirmarse que en la novela hay toda una cultura sobre la vestimenta femenina, las descripciones de la ropa, especialmente de las mujeres, es precisa y distintiva y se apoya en el trazado de lo simbólico en los nombres, la elección del atuendo en las mujeres tiene su  particular significación, tal sería el caso de los trajecitos todos iguales y múltiples de la esposa de Federico por ejemplo que es un personaje que representa el modo mecánico de vivir, el viejo camino trazado de los roles fijos, la manipulación de unas personas sobre otras para obtener beneficios personales, en suma el viejo paradigma de la era piscina, patriarcal, vertical, sostenedor  del predominio de unos sobre otros, de fuertes sobre débiles, de energía masculina sobre la femenina. Lo interesante es que en esta novela ese papel de energía masculina dominante que ha nutrido la literatura en América Latina bajo el personaje del dictador o en la novela de la serie negra norteamericana, la del asesino a sueldo o el gángster o en la tradición de la novela italiana la del capo mafia  tiene aquí un plus simbólico que es la dupla de la unión de dos energías, masculina y femenina, encarnados en la figura de Federico y su esposa, quienes obtienen el beneficio de devorar la energía femenina mediante la seducción romántica en forma organizada y premeditada.
    No es casual entonces que el personaje protagónico -Amelia- tenga por profesión la de intérprete: domina dos idiomas, conoce el código. Ella desentraña el plan que automáticamente vienen poniendo en práctica Federico y su esposa en el que la energía masculina opera como accionadora y la femenina como organizadora de esa acción.
     Al adocenamiento, acumulación, al culto a la cantidad sin contenido que supone coleccionar mujeres para seducir y en este sentido apoderarse de ellas, practicado por Federico, se le opone el intento de originalidad de Amelia que busca construir su identidad arrasada mediante un acto de sinceramiento y separación, casi podría decirse en términos junguianos de “individuación”. Los ejes sobre los que se articula toda la historia son el de verdad versus encubrimiento, de amor genuino versus  relación enfermiza  hacia las personas o dependencia emocional al extremo de que el mal llamado amor se presenta como una adicción y en la etimología de la palabra adicción encontramos: dependencia, falta de libertad y entonces “ser cazado” o atrapado resultan sinónimos y “no dicción”,  falta de expresión de lenguajes, ausencia de palabras ordenadoras y nombradoras de lo real, no traducción al código conocido, lo que nos remite  por oposición al manejo de la palabra que Amelia posee en tanto traductora de dos sistemas lingüísticos.
       Cabe señalar que en la novela se  registran  además  al menos dos planos: el de la llamada vida real con toda su serie de capas de engaños y puestas en escena y el mundo onírico como un espacio revelador mediante su lenguaje simbólico.
   Es casi inevitable no homologar “:Salir de cacería” a una parábola, o no pensarla como una gran metáfora que nos habla del viejo paradigma entendiendo que por el modo en que los seres humanos hemos actuado frente a todo lo existente  puede ser  representado en la forma del cazador, de aquel que va y mata,  del que  de un modo instintivo y egoísta se apodera de la energía, del cuerpo, del bien ajeno mediante un acto rapaz. En este acto que nos remite a nuestros primeros estadios de la evolución física, cuando el ser humano no conocía otra forma de alimentarse más que la caza, se  simboliza el modelo patriarcal, dominante que no respeta las necesidades de los que fueron ubicados por debajo de su poder omnímodo. La propuesta para acceder al nuevo paradigma  consiste en  pasar del modelo del cazador al modelo del agricultor. El agricultor ante todo no está fuera de los ciclos del tiempo, del cambio de las estaciones, del trabajo paciente y colaborador de los otros reinos de la naturaleza, y establece un diálogo con las fuerzas naturales donde el respeto y la autodependencia juegan su papel principal. La novela de Severín induce a  pensar en esta metáfora, toda la novela es una suerte de alegoría de pasaje evolutivo de la conciencia humana del patriarcado a la diversidad, en otros términos de la era pisciana a la era acuariana. Lo interesante  en este caso es la construcción de dos personajes para representar  la energía devoradora y dominante, el matrimonio de Federico y su señora, porque en realidad las energías se fusionan y no están separadas nunca. La novela  puede traducirse como  un viaje desde el sometimiento de una cárcel de oro a la liberación y el reconocimiento de sí misma a través de bucear en un nuevo paradigma, que está encarnado en la figura del personaje del hombre hindú que marca sus contradicciones y hace las veces de maestro espiritual.  Ese desorden de la energía femenino- masculina sólo puede reestablecer su equilibrio mediante un juicio público con el que nos encontramos en las páginas finales y que pone en jaque a toda la comunidad,  entroncándose en la tradición de las mejores historias ha aparecido un cadáver.  Un nuevo elemento desde lo literario es que cuando la historia se esclarece y los personajes parecen haber dividido las aguas, surge nuevamente sobre el filo del desenlace la ambigüedad que nos ofrece un final
abierto para esta singular composición novelística. 

                                  


           Patricia Severin   publicó : “La loca de ausencia”  Poesía. Ed. Libros de Tierra Firme –1992-  “Amor en mano y cien hombres volando”  Poesía. Ed. Libros de Tierra Firme -1993-  “Las líneas de la mano”  Cuentos. – Ed. UNL -1997- “Sólo de amor”,   Cuentos. Ed LUX -1999- “Poemas con Bichos”,  Poesía.. Ed. Vinciguerra – 2002,  “Libro de las certezas” Poemas. Ed. Grupo Editor Latinoamericano- 2009- “Poemas Inolvidables”   Poesía,   Ed. Latin Heritage Foundation-2011. “Abuela y la  niña” , Editorial Palabrava 2012-
  Ha recibido diversas distinciones, entre ellas  la Faja de Honor de la SADE 1993 y  en 1998, Premio Publicación ASDE 1999. - Premio Fondo Nacional de las Artes 2001 y Premio Municipalidad de Buenos Aires por libro edito, bienio 2002-2003 , Mención Especial del Jurado del Premio Macedonio Fernández en 2008. Ha incursionado en el ensayo y participado en numerosas publicaciones nacionales e internacionales. Integra junto a dos escritoras  la dirección de una editorial en Santa Fe.

Blog de Patricia Severin: http://www.severinlopezseverin.com.ar/blog/ 


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sábado, 20 de diciembre de 2014

CICLO DE NARRATIVA EN ARTISTAS PREMIADOS ARGENTINOS


No es sencillo compartir una experiencia de trabajo en la que se combinaron muchos aspectos. Lo cierto es que cuando Inés Legarreta y yo decidimos proponerle a la comisión directiva de Artistas Premiados Argentinos comenzar un ciclo de narrativa que coordinaríamos conjuntamente, no pensamos en todo el trabajo que eso significaba. Y como buenas principiantes en una tarea nueva comenzamos con tanto entusiasmo que armamos un cronograma a principios de año y nos aseguramos de que los escritores invitados quedaran comprometidos.  Preferimos eludir la lectura de textos y entrevistar a los escritores y escritoras. Siendo dos nosotras las coordinadoras elegimos invitar a dos narradores por mes. Pues bien, como además somos curiosa,   Cada mes Inés Legarreta y yo leímos gran parte de la obra de los dos escritores aunque nos dividimos el reportaje y así cada una se hizo cargo de analizar en mayor profundidad a uno de los autores/as invitados. El primer encuentro fue a una sola escritora: María Granata,  pero luego se sucedieron entrevistas a dos escritores, aunque por razones ajenas a nuestra voluntad y a la de los invitados, a veces la entrevista se redujo a uno de un modo inesperado. Lo cierto es que abordar con espíritu crítico una obra es una tarea que consumió gran parte de nuestra atención, fuimos trabajando conjuntamente esas obras, cotejando lecturas, profundizando, contrastando puntos de vista, lo que por supuesto resultó sumamente enriquecedor. Lectura y escritura son dos caras de una misma moneda, eso ya lo sabemos, pero en este caso la experiencia mostró nuevos perfiles para nosotras. Eso sí, fue una actividad sumamente absorbente. El desafío estaba planteado y logramos los objetivos planteados. La última reunión sí fue una ronda de lectura que también nos aportó miradas variadas sobre las distintas estéticas, diversas entre sí, valiosas. Afortunadamente la asistencia de público nos acompañó y alentó nuestro empeño mes a mes.
   Nuestro propósito inicial fue darle cabida a la narrativa, ya que no existen en Buenos Aires demasiados espacios dedicados a ella. al menos si lo comparamos con lo que ocurre en el ámbito de la poesía y fundamentalmente queríamos trabajar en el espacio de Artistas Premiados Argentinos para contribuir modestamente a fortalecer esta entidad a la que tanto le debemos los asociados. Invitamos a aquellos artistas de todos los rubros que hayan obtenido un Primer Premio Municipal de la ciudad de Buenos Aires a asociarse a la entidad que ha venido luchando denodadamente por nuestros derechos.

Reproduzco aquí nuestro último anuncio de fin de año que Inés Legarreta y yo escribimos  y las fotos que lo acompañan.


Inés Legarreta e Irma Verolín que durante el año 2014 coordinaron los Encuentros de Narrativa en la sede de ARTISTAS PREMIADOS ARGENTINOS quieren compartir con ustedes a través de estas fotografias algo del trabajo realizado en este ciclo que resultó fructífero en varios sentidos:  desde el punto de vista humano, artístico y también desde el fortalecimiento de la entidad que hizo posible estos encuentros: Artistas Premiados Argentinos representada por la Comisión Directiva en su conjunto, a quienes las coordinadoras agradecen el espacio ofrecido, la cordialidad, y el tesonero esfuerzo por promover el sostenimiento y la continuidad de los premios municipales así como la defensa de lo derechos de sus asociados quienes, en tanto trabajadores de la cultura, participan del espíritu de APA. Feliz año para todos y todas.








Invitamos a visitar la página de Artistas Premiados Argentinos  http://www.artistaspremiados.org.ar/


APA -Artistas Premiados Argentinos “Alfonsina Storni”-  es la única institución de nuestro país en la que confluyen  prácticamente todas las disciplinas  de la creación artística, la integran quienes han obtenido el máximo premio otorgado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en literatura, artes plásticas, música y teatro. La institución viene desarrollando una tarea sostenida desde hace muchos años para lograr la continuidad y puesta al día de los premios municipales de la ciudad de Buenos Aires  con el objeto de que sean cada días más los beneficiados, considerando que los artistas de las distintas ramas son trabajadores de la cultura, ese mismo concepto es el que impulsa el reclamo insistente ante las autoridades del gobierno de la ciudad porteña  con el fin de que se reconozcan los derechos de los premiados, entre ellos el de obtener una actualizada remuneración de acuerdo a lo establecido en la legislación vigente, que sigan abriéndose bianualmente las convocatorias a los premios, el justo pago al trabajo de los jurados y otros tantos. Se aspira a que esta tarea  vaya sentando las bases  de una nueva conciencia  en la sociedad hacia  el trabajo creador, fortaleciendo a la vez la integración  de los artistas como participantes de una labor compartida. Asimismo Apa entrega anualmente el premio a la trayectoria a personalidades destacadas en las distintas disciplinas que  la integran. En la sede de la institución se realizan otras actividades culturales: conciertos,  representaciones teatrales, actos literarios y se encuentran expuestas obras pictóricas de algunos de sus asociados en forma permanente.



lunes, 13 de octubre de 2014

INÉS LEGARRETA: UNA VOZ QUE TRANSITA LA INCERTIDUMBRE

                         

              
Los textos que componen este libro -"La imprecisa voz que me sueña" (Nuevohacer - Grupo Editorial Latinoamericano) Buenos Aires  2014- son parcelas de sueños, retazos que acaso fueron rescatados mediante un acto de voluntad, la voluntad de  quien logró darles forma y hacerlos fulgurar mediante una palabra poética, podría pensarse incluso que la factura del libro propone  un cuestionamiento al sentido y orden de las convenciones del relato. La vaguedad notoria del tono ya fue establecida en el título  bajo el apelativo de “imprecisa”, que alude de algún  forma a  alguien que habla con la voz de otro, de otra, esa voz que viene de  un espacio contiguo, que se filtra,  una voz fugada que tiene la palabra.  Este conjunto de fragmentos que suelen eludir cualquier modo convencional de cierre en su sentido más previsible, queda abierto hacia una suerte de inmensidad y sin embargo hay resolución desde el punto de vista estilístico, son textos en el estricto sentido de la palabra y podrían catalogarse dentro de lo que hoy es la llamada prosa lírica, ya que se ubican en un sitio intermedio que se extiende entre la narrativa y la poesía.  La opción por la vaguedad  genera un efecto que aunque roce lo imprevisto  deja al texto expuesto a  una connotación no conclusiva y convierte a cada uno de los cortos relatos en una suerte de zona  de amplios márgenes en  constante transformación. La casa  en sus múltiples variantes parece ser  el material preferido de estos sueños. Desde una simbología  tradicional la casa  ha sido entendida como la representación de la conciencia humana, sitio donde las formas aluden a procesos, intenciones, tendencias y decisiones últimas, en este sentido los textos tienen el carácter de lo transparente, espacios donde se cuela lo que multiplica significaciones, lugares de encuentro y de pérdida.
Cada relato  da la sensación de ir hacia una especie de vacío que deja abierta la puerta a un nuevo suceder,  flotan acaso en un vacío que los conecta entre sí de manera insospechada. El  acontecimiento  se presenta generalmente inesperado e inatrapable y es justamente esa condición de escurridizo lo que lo vuelve más precioso. La percepción predominante es la de la vista, una percepción cargada de emotividad sobre  el espacio íntimo de la casa, el paisaje y el mundo de alrededor. Casa, espacios, paisajes, son el marco privilegiado de figuras enigmáticas, seres sin nombre, pasajeros que representan algo más que su condición de género, filiación o vínculo parental, tienen  cualidades incorpóreas, y perfiles mágicos, deslumbrantes, con un toque fantástico. Y la configuración del espacio suele acompañarlos en estas características distintivas,  sitio mutable que  obedece a la ilogicidad de los sueños, sus límites difusos se corresponden con la estructura de los relatos o, mejor aún, la estructura formal se corresponde con ellos, es difícil establecerlo porque la palabra parece anteceder al fenómeno del sueño o confundirse con él, ese territorio de lo irracional en el que estalla el instinto no tiene forma sin la voz que se la otorgue, considerando desde ya que el sueño existe en tanto  y en cuanto se convierte en relato posible. Por debajo y por arriba, después de leer el primer relato la inasibilidad nos deja expuestos a un estado de riesgo, de vacilación y de encantamiento. Lo verdaderamente arriesgado  es que estos relatos son sostenidos fundamentalmente por la seducción del lenguaje. Entre la fugacidad y la inquietud prevalece la tersura del texto.
Si pretendiéramos establecer alguna clase de filiación literaria resultan ineludibles “Cuadernos de Infancia” de Norah Lange y ciertos giros, cierto modo de mirar propio de la escritura de Silvina Ocampo, especialmente por el aire de extrañeza que campea en los textos. Aunque también por momentos sobrevuela lo díscolo de un Felisberto Hernández.
No  ha sido inocente la inclusión de la palabra “voz” en la primera nomenclatura que intenta desde el título catalogar estos relatos, voz en tanto discurrir de un contenido vago, que se disuelve, que fluye con cierto  rasgo de oralidad y aunque el rigor formal es muy visible, su proximidad con ese “contar” desarticuladamente -eso que tiene el don de lo precioso quizá por lo inclasificable, raro, intangible- es innegable. Pero quién narra, de quién es esa voz. Narrador es el que sabe, por eso habla, sin embargo aquí no se termina de decir lo que  se roza tangencialmente, lo que es esquivado ex profeso, lo eludido precisamente es un saber acabado, nítido. Y es justamente el haber evitado la certeza lo que le confiere al texto su valor. El recorrido del discurso es metonímico, toca un borde y lo abandona de inmediato para ir en busca de   otras orillas que también pronto se dejarán atrás. De esta forma el texto en su conjunto funciona como una suma de epifanías, sobresaltos de lucidez, atrapadas fugaces de sentido. Y  de principio a fin se desliza una mirada pictórica.
 Relatos prácticamente sin personajes –las representaciones humanas son más bien figuras-, las acciones están desnudas y los espacios limpios de aditamentos, a veces un objeto lo es todo, pero la arquitectura de cada uno de ellos se sostiene en el vacío. Este despojamiento da la impresión de hacer  que el lenguaje se convierta en  el único protagonista.
Hay en “La imprecisa voz que me sueña”  un deslizamiento entre lo real y lo simulado, ente la lógica y la irracionalidad, entre lo amenazante y lo reparador, nada de lo que acontece tiene en verdad serias consecuencias, quizá por eso los deslizamientos continuos hacen que las palabras ocupen el sitio principal. Entre sueño y poesía, entre sueño y prosa lírica no hay tabiques, sólo palabras que fulguran: Literatura en grado exponencial.

                              



XV
Soñé y después olvidé; soñé y olvidé, soñé y después olvidaba: ése era el sueño.

XXIV
No debo mirar para abajo, sólo hacia arriba, llegaba hasta el cielo, tan alto subía, tan alto pero entonces caí, me hundí en el agua  clara de la pileta hasta el fondo y desde el fondo miraba las guardas y dibujos de las flores en los bordes de piedra; mi pelo se expandía con los movimientos del braceo y mientras buscaba en la superficie un agujero por donde salirme golpeaba contra el vidrio, contra la transparencia férrea del agua, contra las ondas heladas y el burbujeo de la asfixia; yo, sumergida, la cara de la desesperación en el espejo, mientras el sol, afuera, daba muchísima luz.

LIII
La casa mostraba su momento de mayor esplendor (como cuando éramos chicos y no sabíamos de todo lo que somos capaces). Olor a pintura fresca y yo, que salía al porche, envuelta en no sé qué sentimiento; encontré tres cajones de un mueble blanco y pensé en ataúdes, adentro, lamparitas listas para el uso, entonces levanté la vista y vi dos ángeles.

XLVI
Hojas doradas en la tierra ( se podía oír el viento); en los árboles, el amarillo llegaba hasta el bronce bermejo y una luz oscura; las acequias con agua dulce que sonó fresca y un pasadizo de álamos hacían levantar la vista por el asombro. Antes había recorrido variadas formas del amor con la curiosidad de las vírgenes y una sonrisa en los ojos.

Inés Legarreta nació y reside en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. Su libro de cuentos "En el bosque"- (Gel 1990) obtuvo el Premio iniciación otorgado por la secretaría de Cultura de la Nación y Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Tres años después ganó la Beca a la Creación del Fondo Nacional de las Artes. En 1997 publicó “Su segundo deseo” (Enecé), libro de cuentos que mereció el tercer premio  de Literatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos. Aires y una mención del honor del Premio Ricardo Rojas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En el 2000 le otorgaron la Medalla de Plata como Mujer Destacada Bonaerense.  En 2004 publicó “La dama habló” (Sigmur) libro de cuentos que mereció en 2008 el Premio Único de la categoría Inéditos (Bienio 2002-2003) del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En 2008 publicó en Nuevohacer (GEL) la nouvelle “El abrazo que se va” y en la misma editorial publicó  en 2010 “Tristeza de verse lejos” y wn 2012 el ibro de cuentos “La turbulencia del aire”- Ha recibido varios premios internacionales, entre ellos Primer Premio de los cuentos de la Granja, Segovia, España en 1989 y 1993. Codirigió desde 2005 hasta 2012 la revista literaria Fledermaus- En 2014 junto a la escritora Irma Verolín tiene a su cargo la coordinación del ciclo “Encuentros de narrativa en APA” (Artistas Premiados Argentinos). Ha sido traducida al inglés, alemán e italiano-


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viernes, 26 de septiembre de 2014

IRMA VEROLÍN: UN CUENTO

                                TRES NIÑAS FUERA DE CASA

   Siempre se reunían a charlar a esa hora. Era la mejor hora del día, la más sugestiva, la de la siesta. Nadie andaba por allí, no se oían  retos ni rezongos, sólo respiraciones más hondas, algún quejido inexplicable que se escapaba de las piezas donde, si la gente no dormía, lo disimulaba y hasta creía que estaba  hundida en el sueño a pesar de tener los ojos abiertos.  El mundo se había aplacado soberbiamente como si le hubiesen echado una pesada manta encima. A las niñas les gustaba estar juntas,  aunque no  tuvieran  nada que hacer,  aunque no se les ocurriera un juego para pasar el tiempo. Estar juntas ya era suficiente.
   La galería ancha se extendía al costado de la casa, era un remanso y ahí se quedaban, una al lado de la otra, las tres. A veces intercambiaban figuritas, escribían historias o copiaban versos que usaban palabras difíciles de esas que nadie sacaba a relucir en las conversaciones, al menos en  aquella casa de la galería ancha.
  El verano acababa de comenzar y ellas sabían que por lo menos durante la siesta el orden del mundo quedaba relegado.  Se acurrucaban una junto a la otra, bien pegaditas, bajo la espesa colcha tejida,  cobijadas ante cualquier amenaza.  Las voces de la gente grande que desde la mañana deambulaban por la casa se habían ido vaya a saber dónde y no necesitaban volver a escucharlas. Todo estaba bien así y, allá lejos, del otro lado de las ligustrinas, el  tranquilo pueblo tampoco tenía nada que decir. Las horas se volvían blandas, sigilosas y hasta el menor cuchicheo se transformaba en un espectáculo secreto. En  algunas ocasiones dejaban la galería y se iban al  jardín del fondo con un palito a desenterrar lombrices para verlas moverse: oscuras las lombrices sobre la tierra oscura. Pero los ojos de las niñas podían separar lo uno de lo otro y entretenerse. Por lo general se quedaban por acá o por allá, en el jardín de adelante, en el fondo o en la galería.  Preferían evitar el interior de la casa donde las respiraciones de los que dormían o simulaban hacerlo se iban haciendo cada vez más profundas, igual que un trueno en  mitad de la tormenta que surge con violencia y no se sabe de dónde ha surgido.
     Una siesta el calor se  volvió muy intenso. Parecía que la calle, tan silenciosa e iluminada, las estaba llamando.  Entre risas las tres niñas se fueron  arrimando hasta el portón de entrada y, en un gesto cómplice,  soltaron la tranca y salieron, así, sencillamente, sin dejar una nota, sin despertar a nadie ni dar explicaciones, salieron. ¿Qué problema podía haber? En el pueblo  quien más quien menos se conocía,  desde muy chicas  habían escuchado decir eso continuamente, ellas tan atentas a lo que la gente grande hablaba. Cruzaron calles de tierra, se resguardaron bajo un algarrobo y siguieron avanzando  entre el sopor y ese aire frágil, cálido que les rozaba las mejillas.  Escaso es lo que había  para hacer en  aquel pueblo, especialmente en  ese momento del día. Entonces, desde  lo más lejos del paisaje, se percibió un remolino blancuzco que fue creciendo y acercándose. Luego, poco a poco, entre el tumulto de aire y tierra  que se alzaba, las niñas distinguieron un coche. Era un coche grande, lustroso a pesar de la polvareda. La puerta se abrió produciendo un sonido compacto y metálico. Una voz amable surgió desde  el interior acolchado, una voz que las invitaba a subir. Nadie vio cuando las tres niñas  entraron en el coche. Es más, nadie dice haber  identificado un coche con tales características andando por allí y a esas horas. Pero se habló del coche cuando después, al anochecer,  ninguna persona pudo localizar a las tres niñas. Se habló del coche y también de alguien que creyó reconocerlas a la orilla del río. Otros  dijeron haberlas visto juntando moras  en las afueras del pueblo.  Tampoco faltaron los que aseguraban que estuvieron un largo tiempo bajo aquel algarrobo,  tendidas sobre el pasto,  en silencio. Con el correr de los días se dijo de todo un poco. Hubo quienes creyeron  verlas  acompañadas por un grupo de gitanos en dirección al sur. Alguien susurró que había soñado que  las vio muertas en el  recodo del río y estaban los que no dudaron en acusar al circo que  anda buscando chicas lindas  que bailen en sus funciones. A medida que el tiempo fue transcurriendo se dijeron muchas otras cosas más. Que alguien las vio en un prostíbulo en la Patagonia o en otro, muy cerca  de la frontera con el Brasil. También dicen que las  sorprendieron comiendo helados en el centro comercial más grande de la capital de la provincia.  Fueron unos cuantos los que insistieron en que fueron subidas a un barco que atravesó el océano. Lo cierto es que  en la mayoría de las historias, distintas entre sí, descabelladas a veces, inexplicables otras, las tres niñas  aparecían juntas, siempre muy juntas. El escenario del mundo ya no alcanzaba para  el montón de historias que la gente del pueblo   siguió  contando a través de los años y del misterio. Y, lógicamente, con el paso de los años, el misterio fue creciendo, como  sin duda crecieron los cuerpos de esas niñas que, seguro,  ya no serán niñas y que estarán vaya a saber en qué sitio con expresiones  distintas en sus rostros y el cansancio en sus pies de tanto ir y venir por aquí y por allá en la imaginación de la gente  que, por cierto, es un lugar demasiado grande para vagabundear sin descanso.

                                 

Este cuento integra la colección de relatos de "Una foto de Einstein tocando el violín" editado en Buenos Aires 2012- Contratapa de Roberto Ferro. Primer Premio del Concurso Macedonio Fernández de Narrativa.


lunes, 18 de agosto de 2014

GLORIA LENARDÓN: FRAGMENTO DE NOVELA



                                                   
          
                                                         
                                                 LUCES DEL ANONIMATO


            Probablemente este mundo de la novela “Shopping” de Gloria Lenardón, marcado por lo indiferenciado de un espacio estridente y  en continua aunque tramposa modificación, tenga su antecedente en la primera novela de la autora, que obtuvo el premio Emecé 1987: “La reina mora” que comienza con un entierro narrado por un yo plural y culmina en un club social, marcando  así una preferencia por ubicar los personajes en situaciones comunitarias. Por otra parte su segunda novela “A corta distancia” transcurre mayormente en un afuera, la calle, que también tiene el sello de lo común. “Shopping” es  ante todo mundo cerrado, móvil, inquietante por el que se desplaza la narradora, apenas perpleja algunas veces y casi siempre reconociendo sus leyes estables, inmodificables. Un mundo dentro del mundo, una voz que se deja cautivar por el espectáculo para formar parte de él. Aquí en el shopping los acontecimientos son presenciados por mucha gente y  lo que lo caracteriza es la fugacidad, en cierto sentido puede inscribirse en la serie de novelas de aeropuerto, espacio equivalente por ser un lugar de paso. Nada permanece, el transcurrir es la pauta determinante. La narradora, testigo y participante, combina este mundo con el de su oficina donde trabaja  y su departamento en el que  una gata, Lu, ocupa un sitio preferencial. La mirada tiene algo de la que se registra desde un panóptico, el gran ojo que mira, pero  aquí hay movimiento,  la voz  narradora se desplaza, es rozada por lo que ocurre aunque de un modo casi onírico podría decirse, como si este vivir se asimilara a un ver. Ver y vivir entonces se convierten en una tramposa equivalencia.
     Los personajes  carecen de nombre. Son identificados o señalados por algún elemento que los distingue: “la de las rastras” “el de los galones”, “el tallador”,  “los repositores” esto patentiza su anonimato en un mundo despersonalizado, pero a la vez su pertenencia a un tramo de ese pequeño mundo que es el shopping, un lugar abarrotado, repleto  de cosas y seres sin rostro en constante tránsito, donde nadie tiene nombre y apenas se diferencian unos de otros por alguna seña o un elemento de su vestimenta. Paráfrasis de la falta de identidad en un mundo globalizado, narrado con tono ligero ubica al texto en un lugar de modernidad.  Las características de este peculiar espacio se combinan con la agilidad en la manera de narrar, el repentismo, la frescura, discurso secuencial compuesto por segmentos relativamente breves que opera como un correlato del modo en que actualmente percibimos el mundo influidos   por la estética de los medios de comunicación de masas. Aunque en cierto momento el posicionamiento de un ángel decorativo y el nacimiento apresurado de un bebé en el ascensor van pulsando el ritmo del relato, la sucesión de hechos es desplegada deliberadamente en forma acumulativa, un rasgo más que hace espejo con el mundo actual. El texto pone en escena el movimiento, color y uniformidad encubierta detrás de ese juego de abalorios que oculta su aparente variabilidad. Lo difuso del mundo en el que hoy vivimos  encuentra su mejor simbolización en esta novela  en la que todo sucede sin solución de continuidad, con  mucha estridencia pero sin demasiado contraste y donde lo en apariencia diverso termina igualado por efecto de la estridencia. Beatriz Sarlo en un ensayo equiparó la arquitectura de los modernos shopping con la del laberinto. En cierto sentido, Lenardón nos introduce en una trama de la que no es fácil salir, laberíntica,  encandiladora,  y siempre un poco extraña.

    


   Pienso en el Renault 12 y en la puerta oxidada, más vale que le hace falta el taller, ya siento el olor a pintura fresca. A lo mejor con un par de horas sirviendo a los Estévez pero con la tarjeta de habilitación puedo acercarme a “chapa y pintura”.
   No recuerdo cuántas playas de estacionamiento necesito cruzar apara llegar hasta el 12, el color de los banderines va a ayudarme, doy gracias que están, pero para qué tantos. Tranquilidad.
   El Renault se pone melancólico, no sé cómo estará ahora tan lejos del estacionamiento vecino a mi casa, seguro que no acomodó la trompa como lo  hace en la cochera número veinte. Lejos se desinfla.
-¿Pero qué te pesa? – lo palmeo, en ocasiones lo palmeo.
No quiero que su esfuerzo por cumplir se vea mal coronado, que pierda materia, no está débil lo aliento,  cuando lo dejé aquí su aspecto de gato de la calle soportaba demasiados vecinos de raza muy diferente.
Cuando llegamos tosió, el motor tosió mientras avanzaba por entre las trompas lustradas, “me voy a estampar contra algo ¿a quién no ciegan semejantes luces?”, hice señas: luz baja, luz alta, “él es gaucho, minga con desmoronarse fácil”, por supuesto, enfiló derecho. Adelante, hay que largarse, si no nos encandilamos a lo mejor evitamos el ruido a chapa.
Hasta no hace tanto íbamos los tres, un veraneo era una buena ocasión para hacerlo marchar todo lo que aguantaba, con el 12 nuestras vacaciones adquirieron el gusto por la aventura, podíamos incluir la montaña, subir sobre nuestras propias ruedas.
Aquella vez partimos silbando la música del programa de radio, nos gustaba.
-No las desconoce, se porta- dije refiriéndome a su desenvoltura, a su solvencia en las curvas de esa ruta que subía, que se perdía entre los árboles en lucha con el viento, los caracoles no le daban vértigo, aunque se ahogara seguido.
Lo aplaudimos.
“No te ahogues”, Lu se ahogó recordando la última vez que lo palmeó. Anduvo, anduvo, de paso se lo dije, lo resalté. ¡Audaz 12!
El Renault me deposita en la oficina, por la mañana lo abro siempre con el mismo pensamiento: limpieza. ¿Dónde meto el plumero, el trapo? Así como si nada me espera, con su linda traza.
Por algo será lo que siento, reconozco ese calor de hogar, la mara que dejé en el tapizado, el olor familiar.
-Tratá de moverte sin él- bromean mis compañeros de oficina.
-¿A ver qué día vamos a tener hoy?, eso se lo pregunto, cuidado, me aclaro la voz, lo saco del garaje siempre con la misma pregunta, en realidad no puedo hacer otra cosa, abro el paraguas para que no me traiga sorpresas.
Pero el 12 arranca. Ojo que no le falta el reproche, va todavía más allá, hay ocasiones en que le aflora el rencor.
Esa tarde se acabó.
Volvíamos de la oficina en una tarde de calor, apareció aquel humito a un costado, en vez de alertarme me dormía, cuando se paró nos miramos los dos un rato sin saber qué hacer.
-¿Pero nadie? ¿A tu edad?
-A la oficina traigo buena cara. Sé para qué tengo cuerda.
En ese aspecto no me quedo con los brazos cruzados, tengo toda la intención, los domingos me intereso más, vamos con el 12 campaneando, hay que ver cómo, sin hacernos mala sangre arrastramos nuestro peso por la calle de la misma manera que Lola, gracias a ella vamos así, le copiamos punto por punto.
Conmigo no va a haber problemas, sobrellevo bien lo que me pasa, por supuesto Lola no evita mostrar las razones mezquinas, con qué derecho el entusiasmo la lleva a cortar el paso al que va tranquilamente  por su vida, pobre gato.
De todas maneras mi entusiasmo no selecciona bien, desde hace un tiempo está así, mientras le dura esa actitud va a tener de qué quejarse, para colmo insiste, no atina a mucho.
Empiezo con esa expresión que no me gusta, a veces soy como la heladera de mi casa, no tiro más que frío a la cara.
Paseo con el 12 los domingos, la gente pasea, en los parques hay olor a manzana con pororó, a azúcar que hierve. Al Shopping no me lo pierdo, en algún momento del día estaciono y me meto, y el baile empieza, por donde camino y en las pantallas de televisión el baile es el mismo, los domingos me muevo en el Shopping, eso ya lo sé.

Toqué todos los botones, levanté la tapa del motor, el calor salía en oleadas, entre ese calor y el del sol mi cabeza se aplastaba como una suela.
Bonito día, comenté. Él tuvo el buen gusto de no contestar. Después los dos entramos en un largo silencio.
El aceite no es eterno me dijo el de “urgencias mecánicas” cuando por fin llegó y metió manos a la obra. Hay que llevarlo. Me puse a gritar. Cuando me calmé vi el Renault alejarse a la rastra, vi el espectáculo que daba en la calle. Alguna vez vamos a tener que separarnos, me dije, ahora me acuerdo, pero no sé cuándo va a llegar ese momento.
                           Shopping” - Gloria Lenardón-  Editorial Ross -Rosario. Santa Fe. 2013 -Paginas 157-158-159-160


                                     

Gloria Lenardón es santafesina, vive en Rosario, edita narrativa y colabora en distintos medios. Novelas publicadas: “La reina mora” (premio Emecé 1987), “A corta distancia” (editorial Sudamericana 1994), “Eva maravillosa” (Editorial Alción 2006)

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