Espiral de Saraswati

miércoles, 1 de enero de 2014

ENRIQUE BUTTI: DOS FRAGMENTOS DE NOVELA


                                    

Si hay un rasgo sobresaliente en la obra de Enrique Butti es el de la singularidad. Su novela “Aiaiay” publicada por  Editorial Sudamericana en 1986 y ganadora del Premio del Fondo Nacional de las Artes parece entroncarse con la lejana tradición de Gargantúa y Pantagruel de Rabelais por su humor, su irreverencia, su trabajo sobre el lenguaje que entronca lo popular con lo culto. Su novela posterior “Indí”, publicada por Losada en 1998 fortalece y desarrolla más esta línea estética en la que Macedonio Fernández y Juan Filloy podrían citarse como antecedentes nacionales, al tiempo que podría establecerse un cierto paralelismo con “Karaí, el héroe” de Adolfo Colombres, aunque desde la perspectiva del tratamiento del lenguaje y la espesura del discurso tiene puntos en común con la novelística de Jorge Paolantonio, no es casual que estos tres autores – Paolantonio, Colombres y Butti - hayan nacido en provincias argentinas con un rico bagaje cultural, las del noroeste en los dos primeros autores y Santa Fe  para Butti donde la influencia de la inmigración italiana pautó el ritmo del habla local y nutrió su lenguaje de una riqueza particular que está presente en la escritura de Butti. Y, para no quedarme corta con las asociaciones, le encuentro además un parentesco con Dürenmatt por su lirismo socarrón y en parte porque roza la estructura teatral, sin embargo todos estos vínculos, tradiciones o contrapuntos con la herencia literaria dieron lugar a una propuesta nueva. Hay en “Indí” una marca explícita de este juego con el lenguaje y es ese el espacio en el que el humor encuentra su terreno. Lo indio se mezcla con lo italiano configurando lo que el autor subtitula “pasticciaccio argentino” y parafraseando y parodiando al mismo tiempo el porteño cocoliche en torno a la figura de un personaje displicente y candoroso. De esta manera la novela opera sobre varios niveles en sus desopilantes situaciones. Entre las muchas funciones que tiene el humor en este caso cabría citar la de desarticulación de las pautas sociales establecidas o desestructuración de las normas éticas, lo que presupone a su vez un aspecto crítico del que no está nunca ajeno el empleo del humor. Por la espesura del lenguaje, su carácter barroco, su tono a veces burlón y la pintura costumbrista resulta inevitable citar a Paolantonio. Pero en Butti las situaciones suelen rozar el absurdo y profundizar la fanfarria lingüística acercándolo más a la narrativa barroca centroamericana. El costumbrismo está presente esencialmente en el lenguaje, en frases, expresiones locales, interjecciones, giros idiomáticos  y un refranero trastocado. El trabajo sobre el habla coloquial en la obra de Butti merece una mención aparte.
Ahora bien, esta tradición estética desarrollada y profundizada incluso en obras de teatro como “La fruta de la perdición” da un giro o mejor aún un paso al costado con la publicación de su última novela en Palabrava- Santa Fe 2012: “El centro de la gravedad” en la que la tradición borgeana e incluso el universo de Bioy Casares abren una brecha para que esta historia peculiar se desarrolle. Es una novela cargada de silencio y, como su título lo indica, muestra un movimiento desde la expansión anterior, de la profusión de hechos y lenguajes a una contención que se sostiene a partir de un eje vertical. Si en las dos novelas citadas el tiempo se explaya a sus anchas y se desborda en situaciones delirantes, aquí aparece comprimido y alterado. “El centro de  la gravedad” tiene la belleza de lo parco, es una novela desnuda, un poco alucinante por todo eso que deja entrever con una arquitectura impecable. Podría afirmarse que no es un cambio drástico en el concepto de lenguaje sino un buceo más, una búsqueda en el desarrollo de una estética que desde el vamos se perfiló original en el marco de una producción nacional que no siempre  se ha caracterizado por dar cabida a la diversidad de discursos. Debo decir que no leí sus novelas de aventuras,  habría que ver de qué modo se insertan en este   somero cuadro. La sensación que se tiene frente a una obra como la de Butti es la de continuidad, es una obra que se abre a nuevas propuestas, a una rica la multiplicidad de voces que nos hace bien a todos en un país que  no suele estrechar sus horizontes en el terreno  de la producción   literaria  pero que a la vez , lamentablemente, no encuentra su debido relevamiento por parte del sistema editorial.  Sin embargo ya sabemos que el arte va por un lado y el negocio por otro, quizá nuestro país sea en esto también una expresión muy acabada de las dicotomías. Y no lo digo exclusivamente por Butti que se ha desarrollado y publicado en varios espacios, lo digo porque es lo que no puedo evitar decir al reconocer la existencia de autores excelentes en la ciudad de Buenos Aires y en las distintas provincias que realizan un trabajo paralelo y profundo al  relevado por un reducido grupo que se apiñó en la ciudad de Buenos Aires y que parece hacer un recorte de la producción nacional.  El tiempo, lo sabemos muy bien, es el aliado de las genuinas producciones artísticas como la de Butti, entre otras tantas.


CADETE INDÍ E INGENIERO EN CLAROSCUROS

Cruzó en la oscuridad un rayo, un relámpago milagroso en el cielo estrellado, y el ingeniero pudo atisbar los perfiles de una gran mole, destacada del resto de las modestas construcciones del lugar. Debía ser sin embargo un barrio de tradición señorial; el rayo sólo insinuó la presencia de las otras Vilas, como Rembrandt insinúa, con una cagarruta amarilla, un casco o un escudo alejado de la fogata, es decir, un soldado, como lo había sido el ingeniero antes de caer en manos de los puercos austríacos.
Se detuvo ante la puerta cancel del jardín, pero el cadete le dio un tirón a la manga de su saco. El ingeniero recordó que, después de todo, ésta era la casa-habitación del indiecito, donde él vivía a pesar de las patás nel culo, ahí en esa mansión, y se dejó arrastrar.
La construcción no tenía nada que envidiarle a Villa Borghese, ni siquiera las estatuas inmensas y la amplia terraza vacía delante del jardín.
Entraron. Cruzaron el jardín, la terraza, subieron la escalinata, e ingresaron en la húmeda oscuridad.
El cadete lo tomó de la mano.
Mirá vo` el Virgilio que me encontré, se sonrió el ingeniero, aunque temblando de miedo.
El indí le decía palabra incomprensibles, para tranquilizarlo, animarlo o indicarle que doblara, que empezara a subir una larga escalera. No sonaba a ¡Papé Satán, papé Satán aleppe!, pero por ahí andaban.
La escalera giraba dos veces en amplios rellanos, y allá arriba había una débil luz, una vela. La llamita ayudaba más de lo que dejaba ver. El paredón que limitaba el hueco de la escalera, y la pared del corredor superior, estaban cubiertos de murales.
El ingeniero coligió, ató cabos, recordó lo que en un momento del vermouth, o del paseo público, el víscido o el destripador boloñés le habían contado, de un avilla que era orgullo de la ciudad, en la que su dueño había hecho pintar, en cada pedazo libre de pared, una copia de las pinturas que estaban en el Museo de Lourdes (el ingeniero cachó: del Louvre querían decir). Los parientes franceses le mandaban postales con reproducciones del San Francisco y los pájaros, de Giotto, pero también  la muerte de Sandanápolos, del Delacroix, a juzgar por las descripciones libidinosas del víscido y del destripador.
Los murales habían sido pintados por un enano borrachín que se tambaleaba en los andamios. El pobre no sólo tenía que reproducir a gran escala sino también inventar los colores, porque las estampas que enviaban los galos eran en blanco y negro.
Después el enano salpicaba de mica las pinturas para darle brillo a los ojos, a los brocatos, a las aureolas de los santos, o en la culminación de los senos. El mecenas, su familia y los invitados juzgaban a cada nueva pintura con un dictamen categórico:
-Tiene mucha (o poca) mica- decían.
Un cuajo de mica, una montaña de mica, con un pectoral de momia egipcia, se enfervorizó el ingeniero recordando a cierto personaje de su edad, que ya publicaba poemas y novelas, con gran beneplácito general, allá, en la Vaticana, con ciertos favores de las revistas y los periódicos, favores que él devolvía con otros, prevalentemente de índole política y sexual, el inmundo.
Pero esta cueva en medio de pantanos no era Villa d´Este, y con el tiempo, en pocos años, los grumos de cristales fueron los primeros en caer, y los detalles que antes se habían destacado por su centelleo pasaron a ser agujeros en el rostro, en el pecho de los retratados, como puertas del infinito, o bocas del infierno. Y el ingeniero, ahí, como si nada.
                                                     De “Indí”, Sudamericana –Buenos Aires 1998-


“Designio extraño el suyo: mirar de frente al sol, desde el alba hasta el crepúsculo.
Eligió la esquina del Mudo como lugar de ejecución de su voto, así que durante las horas más frescas de los tres días que duró esa menopausia nos rodeaba una multitud: desocupados del bajo, sardónicas mucamas y jubilados babosos. Por momento el gentío llenaba las bocacalles.
-¡Ah, qué vivo! ¡Mirá cómo parpadea! ¡Así cualquiera es capaz de mirar al sol todo el día…!- se oía murmurar malignamente.
-Sí, ahora mira al sol de frente porque estamos nosotros, pero esperá que nos vayamos a comer y vas a ver como baja enseguida la cabeza- decía otro.
Esas estúpidas voces (y no porque me lo hubiera pedido Don Rolo) me decidieron a quedarme junto a él todo el tiempo que durara la promesa; más por los otros que por él o por mí mismo, más por significarles que si de locura se trataba, dos eran los locos, que por controlar lo que yo no dudaba; ¿de qué podía servirle a Don Rolo usar estratagemas idiotas?
Además, podía tener necesidad de mí, aunque durante los tres días nunca me llamó, y sólo una vez al día aceptó que le acercara un vaso de agua a los labios.
-Se habrá puesto lentes de contacto ahumados.
-Todo para broncearse la cara, viejo presumido.
-Se le va a achicharrar el cerebro.
-¿Por qué en vez de mirar al sol no va a mirar la pared que me pintó hace dos meses y que va está llena de hongos y manchas de humedad?
Las mismas personas a quienes yo había conocido pidiéndole favores y consejos ahora se burlaban, sin considerar que pudiese haber alguna grandeza en lo incomprensible. Se murmuraba que esta menopausia a de Don Rolo era definitiva, que todos los menstruos que ya no tendría le envenenarían cada vez más lo pensamientos, y que ahora sí había llegado la hora de insistir en la petición de un sacerdote permanente para el pueblo.
 En ésas estábamos: Don Rolo mirando al sol y yo mirando las lunas de Don Rolo, cuando pasó la estrella anunciando el Circo.”
                                       Páginas 66-67-68 de “Aiaiay”- Editorial Sudamericana- Bs. As. 1986

  Enrique Butti (Santa Fe, 1949) autor de basta producción en distintos géneros, ha obtenidos importantes reconocimientos, ha sido traducido a otras lenguas, creador de novelas  (“Indí”, “El novio”), cuentos (“La daga latente”, “Santos y desacrosantos”) obras de teatro y de cinco novelas de aventuras (“No me digan que no”, “Carnavalito”, “El fantasma del Teatro Municipal”, “Sin cabeza y encapuchados” y “Cada casa, un mundo”). 






             
 
   

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lunes, 23 de diciembre de 2013

LILIANA ALLAMI: "LA VUELTA DEL DESEO"- LIBRO DE CUENTOS


                                      
                            


                                             ENTRE LO PROFUNDO Y LO TRIVIAL

                                      “La vuelta del deseo” Liliana Allami, Editorial Vinciguerra. Buenos Aires 2013.



            “La vuelta del deseo”, el nuevo libro de cuentos de Liliana Allami sostiene el tono de su anterior obra “Novia que te veamos” en el que el trabajo sobre el clima alcanzó su mayor desafío, sin embargo aquí hay un  leve viraje, el acento parece estar puesto en el desarrollo de la historia, en la estructura cuentística en sí misma sin que el hallazgo del tono haya mermado en su aporte. Una voz honda que habla al pasar de cosas en apariencia intrascendentes pero que a lo largo del relato van  perdiendo la cáscara de la superficie. De esta manera el  juego entre lo profundo y lo trivial tiene cabida y el conflicto ser hace presente,  siempre de un modo tenue en la voz de un narrador que parece parapetarse en el filo entre  un extraño asombro y el miedo.
   El  espacio estrecho de cuatro paredes  es de pronto  irrumpido por el afuera y del impacto entre esos dos mundos, surge el conflicto y se desarrolla la trama. El constante contrapunto entre la interioridad y las  acaso crudas pautas mundanas, un enfrentamiento entre ilusión y decepción, el contraste entre el antes y el ahora así como entre el adentro y el afuera marcan el ritmo de estas historias que se desarrollan sin que los opuestos logren enfrentarse cabalmente gracias a una ambigüedad que pulsa el entretejido de los acontecimientos.
   Otro de los rasgos que diferencia este libro de cuentos del anterior es el empleo de un fino  humor que a veces roza la sorna: Una mujer que tiene problemas en su lengua y no puede pronunciar correctamente en una reunión social de fonoaudiólogos,  un padre que no hace otra cosa que dormir  es observado con ironía, un marido que sufre porque no gana River, las mangas de un vestido,  último recurso para ocultar la gordura,  que se ensucian con la comida de una mesa estupendamente servida, una melena de canas rebeldes en situaciones tratadas con sentido del ridículo.
    Personajes atrapados en su pequeño universo, mujeres balbuceantes, opacadas, que deletrean historias relatadas con un tono que elude  el desborde cuyo desenlace se resuelve en el desaliento, la decepción. Aunque la ambigüedad  es un rasgo bastante destacado en la producción de la autora, se detecta una voz más vibrante, la atmósfera evanescente de su producción anterior ha dado lugar a situaciones menos difusas que suelen tener un grado mayor de contundencia. Hay un  característica que parecer ser el común denominador de estos personajes y es la percepción de la propia existencia, captada en un momento de vacilación, de quiebre, de evaluación o riesgo. Mujeres y hombres en un recodo de la vida, asediados por una sensación de  vacío que no encuentra su representación.  Estos relatos van más allá de una pintura social, de un perfil de género,  mediante un discurso sutil ahondan en la condición humana con sus matices, sus claros y oscuros y su trágica y en parte paródica manera de ser en el mundo actual que nos toca vivir.





Liliana Allami nació en Buenos Aires. Es Licenciada en Química, egresada de la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado los libros de cuentos "Para mí que fue por eso" (1997); "Un impulso escondido" (2001), "Eso sin nombre" (2004), "Novia que te veamos" (2008) distinguido por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y finlista del Premio Internacional de Cuento "Juan José Manauta"-
Sus cuentos han sido premiados en el Concurso Municipal de Literatura Manuel Mujica Lainez (2011) y en el Certament Internacional Toledano Casco Histórico (2013, España). También han sido incluidos en distintas antologías

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jueves, 21 de noviembre de 2013

FEDERICO JEANMAIRE: DOS FRAGMENTOS DE NOVELA



Federico Jeanmaire es un creador de climas, de situaciones envolventes, sus relatos muestran un buen manejo de ambigüedad. Leí en los noventa “Prólogo anotado”, un libro lleno de guiños, según las palabras del autor "un gran juego lúdico sobre aspectos de los libros que me gustaban".  En sus narraciones no está ausente lo poético, se diría que lo poético las articula desde cierto lugar quebrado por el efecto de sorpresa. En su producción posterior en novelas como “Papá” o “Más liviano que el aire”  se acerca más al realismo, pero siempre es un realismo al que podría calificar de metafórico. Suelen predominar esos narradores con voces cuidadas, musitadas en la que la palabra alcanza su vibración justa, una escritura armónica  alejada de menor estridencia. 


                           Dos fragmentos 

Un dedo gigante de mujer abre un surco sobre la arena tibia. Un dedo inmenso, que pasa dejando olas de viento arenoso a sus costados. Remolinos de arena se levantarán y saldrán a correr. Desde lejos del lugar, se creerá en un círculo, en lo absoluto del viento, en la única posibilidad de remolinos y de arena. Desde cerca del lugar, el círculo se abrirá hasta el infinito con algún esfuerzo. Pero, lo cierto, es que debajo de ese dedo, no se creerá en nada. En absolutamente nada. La mujer, entonces, querrá quedarse a vivir allí, aplastar la lógica con el resto de su mano, acabar con lo implícito y lo perecedero; querrá quedarse a vivir allí, para siempre, justo adentro de su círculo divino, y regodearse con los remolinos y con la arena y con el viento. También pretenderá, desde los desechos de la lógica ya destruida, que crezcan flores amarillas, salten conejos anaranjados, nazcan infinidad de cosas. Sin embargo, la galera del mago, distraída, permanecerá inmóvil junto al tronco pelado de un eucalipto.

El dedo índice gigante de una mujer termina de cerrar el círculo sobre la arena tibia. El horizonte comienza a hacerse más pequeño. Mucho más pequeño. Entonces, ese dedo se achicará hasta su naturaleza de dedo índice de mujer y cesarán de inmediato las olas de viento arenoso a sus costados. Los remolinos de arena se detendrán. Desde lejos del lugar, se observará un círculo. Desde cerca del lugar, se creerá en los dedos, en la arena, en los enanos de circo y en la mujer. Las flores no pararán de cambiar de color, los conejos saltarán sin ninguna necesidad de hacerlo y la galera del mago brillará sobre la tumba rosa pálido de la lógica.
        De “Desatando casi los nudos”. Ed. Seix Barral. Buenos Aires 2007



 Hoy mi padre no quiso en todo el día que abriéramos la cortina de tiritas plásticas que cubre el ventanal de la habitación. No nos dejó. No soportaba la luz. Quería dormir, sólo quería dormir, que por favor no lo molestáramos. Casi no habló y, lo poco que habló, resultaba prácticamente incomprensible si no iba acompañado de las señas y de los gestos explicativos correspondientes. Pero igual comió. No todo, pero algo comió.
Sopor.
Creo que la palabra más justa, para definir la escasa vida que vivió mi padre durante ese día, es la palabra sopor.
Sopor, soporte, soportar.
Una jodida familia de palabras.
Los ojos cerrados, la respiración muy ruidosa, la sensación de estar a miles de kilómetros de distancia de su lucha íntima contra la enfermedad o contra el tiempo, no sé, y la paradoja de que cualquier mínimo movimiento dentro de la habitación alcanzaba para perturbarlo, para incomodarlo; cualquier mínimo movimiento lo hacía levantar inmediatamente los párpados e intentar enfocar  hacia la región desde donde suponía provenía la molestia: sus pupilas se mareaban demasiado rápido en un mar cada vez más amarillo y, mucho antes de descubrir lo que buscaban, parecían cansarse y volvía presurosas a encerrarse hasta la mínima próxima vez.
Mi hermano mayor había vuelto al pueblo porque necesitaba realizar algunos trámites. Entonces nos turnamos con mi madre para atenderlo y creo que en unas pocas horas lo acaricié bastante más de lo que lo había acariciado en toda mi vida, con la impunidad que me daba saberlo dormido. También le hablaba en voz muy baja, le hacía bromas sin esperar respuesta, por supuesto; seguro, completamente seguro, de que mi padre no me escuchaba.
Pero tenía miedo, mucho miedo.
Un miedo raro que no podía contarle ni a mi madre ni a los parientes o amigos que llegaban de visita. Tenía miedo de quedarme solo con él, de que se muriera frente a mi soledad y yo no estuviera a la altura de las circunstancias. Que solo no lo pudiera soportar, quiero decir.
Soportar, soporte, sopor.
Muchas veces, a lo largo de la vida, me he puesto a pensar en la valentía, en la cobardía.
Muchas veces.
Demasiadas, quizás.
El mundo no es de los cobardes, repetía mi viejo cuando yo era chico, y, ante cada nueva repetición, yo estaba todavía más convencido, incluso más convencido que la vez anterior que lo había escuchado, de que el mundo nunca sería mío. Jamás. Estaba convencido de que el mundo sería siempre de los valientes, de los otros, de las personas  como mi padre, en definitiva. Que era una lástima no haber nacido tan valiente como para merecer el mundo, pensaba. Y atribuía buena parte de mi inclinación hacia la escritura a esa profunda cobardía para con el más allá de mi encierro.
Prefería las palabras a las cosas que esas palabras nombraban.
Siempre.
Las palabras dependían de mi decisión de invocarlas o de transcribirlas en una cierta sucesión sobre el papel; el mundo, en cambio me resultaba inabarcable, un asunto lejano, casi imposible de abordar. Era un cobarde rodeado de valientes. Un chico que buscaba seguridades, que únicamente se sentía a resguardo en los lugares conocidos y que, ante la inesperada irrupción de lo desconocido,  sólo atinaba a forzar la situación hasta convertirla en familiar y, si no lo lograba, se escapaba de ella lo más rápido que sus piernas o sus pensamientos se lo permitían. Tardé mucho tiempo en descubrir que el mundo no era de nadie, o al menos no era de nadie conocido; que los hombres, como género, funcionaban a pesar del miedo o desde el miedo mismo, que tanto sus creaciones como sus construcciones le debían bastante más a la cobardía que al valor y que mi inclinación  hacia la escritura no me hacía más o menos cobarde que los demás, que apenas si era un lugar como cualquier otro, el lugar elegido por mí; el soporte desde donde hacerme con el mundo, el soporte a partir del cual podía ser valiente o al menos no demostrar con tanta facilidad mi desgraciada cobardía. Un soporte como cualquier otro, la escritura.
Soporte, sopor, soportar.
Me voy de la clínica muy tarde, por la noche. Al rato de que le inyecten un calmante y la insulina, me voy. Y camino varias cuadras en la oscuridad arbolada de Colegiales. Camino pensando, abstraído del afuera. Recién después de dejar atrás varias paradas subo al colectivo y me cuesta avisarle al conductor el precio del boleto que necesito. Me cuesta. Me sigue costando mucho el mundo a pesar de los años. Bastante más que las palabras.
Tal vez por eso estoy escribiendo, ahora mismo.
Tal vez porque ya es muy tarde y fui un cobarde durante todo el día. Y también porque tal vez esconda la zonza esperanza de que al menos esta noche las palabras sean las cosas.
Las cosas.
Durante mi niñez me divertía mucho escuchar a mi padre pidiéndome, por ejemplo, que le alcanzara esa cosa que estaba encima de aquella otra cosa, la alargada, la que estaba al lado, justo al lado, de la cosita esa que usábamos para limpiar las suelas de los zapatos cuando volvíamos del campo, que por favor, que le alcanzara esa cosa verde que estaba en el patio. Y enseguida, que no me hiciera el boludo que no me riera, que yo entendía perfectamente a qué cosa se estaba refiriendo, que se la alcanzara, que la necesitaba rápido, que se la alcanzara ya mismo o me rompía la risa de una trompada.
Las cosas.
Por eso creo que estoy escribiendo.
Porque por un rato necesito sentirme a resguardo entre las palabras, a salvo dentro del más familiar de mis ambientes. Y porque, además esta noche necesito ser valiente, de alguna manera.
                     De “Papá”,  Emecé editores, Buenos Aires, 2007 (páginas 118 a 112)


Federico Jeanmaire es licenciado en Letras y ha sido profesor en la Universidad de Buenos Aires,   en la cátedra de Beatriz Sarlo. Investigador del Siglo de Oro, fue becado en 1990 por el Ministerio de Relaciones Exteriores de España para trabajar en la Sala de Manuscritos de la Biblioteca Nacional, en Madrid.
Ese mismo año su libro Miguel, una biografía ficticia de Cervantes , resultó finalista del  Premio Herralde de Novela y publicado por la editorial Anagrama  Con su novela Mitre, obtuvo el Premio  Municipal Especial Ricardo Rojas. Asimismo, después de 20 años de estudio, publicó Una lectura del Quijote (Seix-Barral, 2004), un ensayo que lo confirmó como uno de los mejores especialistas y lectores de Cervantes. Algunas de sus obras: Desatando casi los nudos, Norma, 1986 (Seix Barral, 2007) Prólogo anotado, Sudamericana, 1993, Montevideo, Norma, 1997, Mitre, Norma, 1998 (Seix Barral, 2006), Papá, Sudamericana, 2003 (Seix Barral, 2007), Una lectura del Quijote, Seix Barral, 2004, Más liviano que el aire, Alfaguara/Clarín, 2009, Las madres no les decimos esas cosas a las hijas, Seix Barral, 2012



domingo, 27 de octubre de 2013

MARÍA NEDER: UN CUENTO

                         

María Neder, conocida como poeta y periodista cultural  y difusora de obras literarias argentinas, es además narradora. Han sido varios los críticos y lectores que han encontrado como  elementos constantes en su obra la presencia de la  música y el erotismo. En un reportaje reciente ella misma  dijo que siente la poesía corporalmente y que luego de haber escrito ciertos poemas y hasta algún cuento ha quedado en un estado de contractura física.  Haciendo referencia al proceso de producción confiesa que a medida que va escribiendo  se siente  entrar en un canal que le impone una vibración y  se instala en el cuerpo. Y es precisamente el cuerpo el personaje central de este relato, el cuerpo de la mujer que narra, las palabras se presentan por momentos como una fuerza extraña porque lo que comanda el ir y venir de los sucesos es ese cuerpo que  pulsa el mundo circundante, el eje vertical  de este relato en el que se maneja lo eludido y lo aludido en un contrapunto llevado con precisión. El primer párrafo podría ser considerado un microrrelato en sí mismo, pero sumado al resto adquiere gran significación. El texto tiene una respiración de corto alcance que se  desplaza, de pronto interrumpe y  después se renueva, un ritmo peculiar, el relato como el beso se encierra en sí mismo.


La visita
En aquel momento le pedí besame. Su mano tenaza caliente fue a mi cintura y con el otro brazo comenzó a presionarme la espalda hasta hacerme cimbrar, la mano de ese brazo se movió enloquecida rastreándome, llegándome al cuello y subiendo agazapada entre mi pelo. Había un impulso detestable, una urgencia rozando la belleza, porque mordía mis labios con la pasión no cotidiana, casi anclados los dos en la vereda y la gente caminando y el taxi habría pasado frente a nuestros cuerpos y su lengua buscando mi garganta en un ahogo maravilloso mientras la saliva me goteaba y su barba se dejaba humedecer y me  achiqué en su cuerpo, acepté el abuso y me dejé y sus diente tironearon hasta el último dolor insoportable, me temblaban las rodillas pero él estaba pisándome los pies para contener mi caída, la ilusión de no ver más, alguien lo había dicho antes y yo lo sentí, era real, que era suya, que lo fui en todo momento, en el ahogo y la sangre brutal, volcánica, ya con baba y todo fue un mismo líquido. Alguien (que habrá pasado frente a nosotros) dijo mirá mirá. Neil se separó dulcemente y escupió mi lengua hacia el cordón de la vereda. Después buscó un pañuelo y me tapó la boca.

Dos días antes Paul llegaba, de Francia, sin aviso y haciendo sonar el timbre del portero eléctrico en medio de un desayuno casi idílico, y sin exageraciones. Uno sabe de qué halo se cubren las cuestiones de rutina para lograr tener tintes idílicos. Con semejante timbre desafinado, yo me había asustado más que Neil porque últimamente nos perseguía la mala racha (dos días antes, a la misma hora, habían venido del Juzgado para entregar una citación). Paul tuvo que subir, porque somos atentos, porque ni Neil ni yo sabemos decir no,  porque qué bien Paul aquí, desde tan lejos. Porque no sé qué mecanismos Paul estaba sentado en uno de los sillones tomando café y diciéndole a Neil que estaba acá porque yo había estrenado una obra de teatro y yo pensando qué mierda le habré dicho a este Paul y no recordaba y no hubo caso, aún no lo recuerdo, aunque con seguridad debo haberle comentado en la única carta que le envié que mis planes, que una obra, que algo por el estilo. Neil sostuvo su cara de póker lo más que le da y yo inventé sonrisas y complacencias ridículas por alguno de sus mecanismos contradictorios. Neil se fue a la oficina y el dulce Paul nos invitó a cenar.
Por la noche fue Neil, que aun con su muela ausente y después de un helado postodontólogo, eligió un buen restaurante a su gusto, dispuesto a comer como en una gran noche. Paul habrá gozado el buen vino pero olvidó su invitación y Neil desembolsó nuestros billetes. Después hubo café bohemio, buen regreso con promesas y planes para el sábado. Entonces Paul debe haberse sentido grande muy grande. Como sin querer suele uno hacer sentir a cierta gente. Como sin querer le sale a uno esa puta modalidad, tan puta sensual que brinda placer más placer al otro y ni siquiera se toma el tiempo de sentir lo asqueroso que resulta que un tipo como Paul esté gozando a costa de sus anfitriones. Callé mil preguntas y calmé a Neil de sus, vulgares más que lógicas, suposiciones. En algún momento me sentí molesta o invadida o exigida. En algún momento Neil no soportó a Paul. En algún momento Paul no soportó su papel de simple visitante, simplemente de paso e igualmente atendido por cualquiera de nosotros.
El día siguiente fue sábado de Centro Cultural y galería de fotos, charla tonta e intercambio cuidadoso de chistes que no ofendieran demasiado a nuestras nacionalidades. Hubo excelente música, como Paul no está acostumbrado en su pueblo, con caricias de Neil a mi pierna y de mi mano al cuello de Neil. Habrá –también- habido alguna mirada celosa y caliente de Paul a nosotros.
Después del jazz y mi alegría musical hubo cena que Neil decidió, aunque por suerte para nosotros Paul usó su tarjeta internacional. Y allí sí comenzaron los sablazos verbales. Paul traía deseo encima  entonces pensé que mejor aguantar ya que faltaba poco. También deseaba que Neil me poseyera con su mirada, como acostumbra a hacerlo en público  yo me mojo. Pero hubo corolario de café. Caminamos unas seis cuadras hacia la avenida, tal vez para sentir el sábado o la gente o para llenarnos de extranjeros noctámbulos. La noche no estaba ventosa. Daba gusto. Final de café con más estupideces en forma de palabras y Paul que se anima a dar su estocada espléndida, con los ojos brillosos, con toda su sonrisa atragantada lo mira a Neil contándome que cuando yo lo llamé, no sé qué cosa.
Mutismo es también brutalidad, cuando no se dice lo que se tiene que decir. Por ejemplo mirar a Neil y sonreírle y recordar que es cierto, que algún día que en ese momento sabía cuál yo había llamado a Paul por no escribir una carta, porque quería saber cuándo venía, porque Neil y yo no estaríamos en la ciudad, por la locura altera todos los renglones de la memoria y los mecanismos terrosos de Neil, y también los mecanismos de elección de ciertos minutos fatales, algo como un derramamiento de silencio, la locura natural o circunstancial que uno no sabe, que uno no piensa que puede modular palabra y no lo hace mientras mira a Paul y le dice sin decir qué mierda pretende con lo que dijo o qué mala leche le ataca y desde qué hora de ese maldito día. Pero no, sin palabras. Entonces Paul dice que se irá al hotel porque mañana debe viajar y si nosotros nos quedamos ahí, en el bar. Neil dice nos vamos y nos vamos los tres.
Y en la vereda nos despedimos, paramos un taxi para Paul, porque nosotros vamos caminando, le dijimos.
El sonriente de Paul no había cerrado aún la puerta del taxi cuando Neil y yo comenzamos a caminar, lo tomé de la mano. Supe que hervía en imágenes por aquel llamado. No me gustó su cara pétrea. En aquel momento pedí besame.
                                                   de "Entre los huecos"- Ediciones del Dock, Buenos Aires 1994


María Neder ha publicado los libros de cuentos “Contra corazón” (Torres Agüero Editor 1993), “Entre los huecos” (Ediciones del Dock, 1994). En poesía: “Cuando octubre (Ediciones del Dock, 1997) y “Fisura de boca” (Alción editora, noviembre. 2003, libro que obtuvo excelentes críticas al igual que su novela “Reading Edge lector a domicilio” (Alción Editora, 2006). Es autora de los ensayos “El misterio es abanico”, sobre la obra de Felisberto Hernández (Ediciones El Arca, 1996) y “Una orquestación de palabras” sobre la obra de Daniel Moyano (1999).
Vivió en varias provincias argentinas dedicada a la gestión cultural. En Villa de Merlo (San Luis) fundó la Asociación Civil Puerto Almendro (difusión literaria) entidad que actualmente preside, siendo directora Artística de Conciertos y del Festival Guitarras del Mundo en esa localidad, como Sede regional.
Desde 1997 produce y realiza el programa cultural Puerto Almendro en los Estudios AM América (buenos Aires) FM Alternativa y en la radio de la UCA, Salta. Dirigió la revista en papel La idea fija, declarada de interés por la Secretaría de Cultura de la Nación. Colaboró en la Revista Ñ (2006-2010), Nómada, (UNSAM) y en otras publicaciones argentinas y latinoamericanas. Cuentos, poemas y capítulos de sus novelas integran antologías nacionales y extranjeras. Fue traducida parcialmente al inglés, italiano, alemán, croata y francés. Parte de su poesía y minificciones  fueron  publicadas en revistas extranjeras y en dossiers de literatura argentina.  Fue  Becaria del Fondo Nacional de las Artes en el año 2011, en el área de investigación, música y literatura. Vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Su página en la web: http://www.marianeder.com.ar/

viernes, 20 de septiembre de 2013

IRMA VEROLÍN: LA EXPERIENCIA DE LO ABIERTO A LA HORA DE ESCRIBIR


  


      LA EXPERIENCIA DE LO ABIERTO A LA HORA DE ESCRIBIR

   Durante el acto de escribir o más precisamente de hacer literatura se percibe, quizá con mayor intensidad, el hecho de que la conciencia vigilante, la mente racional opera sólo en un porcentaje  limitado durante el proceso. Somos conscientes de que  intervienen otras instancias que  necesitamos convocar pero que no podemos controlar. Tradicionalmente se habla de las musas, una metáfora que ha permitido resumir eso tan ignoto y no fácilmente decodificable. A través de los mails una amiga escritora me cuenta que ha comenzado a escribir un texto nuevo que adivina será una novela. Me dice algo que yo ya he pensado o dicho: ¿Lo podré sostener? ¿Lograré mantener en vilo este tono, esta vibración a lo largo de la extensión de todo el texto? ¿Continuaré el relato? Le contesto que generalmente cuando escribo experimento a diario yo también la  penosa sensación de estar en un hilo finito que amenaza con  echarme de prepo al otro lado y quedar fuera del texto. Ejercer este oficio es mantener un delicado equilibrio. Hay un concierto que debe hacerse presente, que requiere ser propiciado en el momento de escribir, de lo contrario, como le escuché decir a un  narrador argentino terminaremos escribiendo en “piloto automático”. ¿Pero qué es eso otro, intangible, prácticamente inmanejable que va a permitir que mi escritura sea literaria y no una simple redacción? La palabra está llena de dobleces, de frunces inusitados, de desproporciones y vacíos, hay que sacarle el jugo, como decía mi abuela, y para eso es preciso contar con las fuerzas invisibles de aquel espacio que por ahora no tiene nombre.
Durante años hemos intentado quitarle el dejo romántico al acto de escribir, esa idea anticuada de que hay algo que está más allá y así fuimos testigos del invalorable aporte de los talleres literarios,  del estructuralismo, del desconstructivismo, de los concienzudos análisis con que devanamos sesos y descuartizamos textos. Sin embargo, hoy por hoy, nadie puede sacarme de la cabeza que el resultado de un texto literario sólo deviene de esa capacidad de permanecer en el límite sin caerse del todo para el otro lado. Alguna vez en una mesa de debate dije que ese límite está ubicado entre el saber y el no saber y que la cuota de no saber y su buen manejo  nos conducen al deseado feliz resultado. Recuerdo que puse el ejemplo de la filmación de la película “Casablanca”,  la que comenzó a rodarse sin que el guión estuviese terminado, al parecer los actores iban a reclamarle al director por esa especie de proyecto de guión con el que se veían obligados a trabajar, lo que  los sumió en la incertidumbre. Esa incertidumbre, precisamente, fue la que diferenció a  la película “Casablanca” de las otras, la historia de amor tiene una dosis de vaguedad, de imprecisión, los actores no se instalaron en el código de las películas de amor porque temían, vacilaban, dudaban y ese temor los volvió vulnerables, vulnerabilidad que los actores llevaron a sus personajes. Nada mejor que ese estado de fragilidad de seres que se aman en plena guerra. Me intereso por el proceso de producción de las películas porque tengo la impresión de que como es un arte que incluye distintas ramas y oficios  tropieza con obstáculos muy materiales, pone en evidencia de un modo más tajante las dificultades y los pasos que todos los artistas escamoteamos y transitamos en nuestra labor. ¿El no saber, el disminuir el ego frente al acto creador abre las puertas de ese misterioso espacio desconocido? Ahora, años después, habiendo husmeado en la física cuántica, sé que la materia se percibe densa pero es puro vacío: lo lleno es lleno precisamente por su calidad de vacío.  El saber nos vuelve soberbios, nos  aleja de la actitud  despejada hacia lo inconmensurable, lo abierto, lo nuevo, sólo esa cuota de no saber nos rescata de lo establecido o remanido. ¿Pero cómo se dimensiona esa cantidad? ¿De qué modo podemos manejarla además de cuantificarla?  Mantenernos atentos ante ese misterio a la hora de escribir convierte a nuestra escritura en una obra literaria y no en un simple rejunte de palabras. Ahora bien, no existe nada más difícil para un ser humano que soportar la existencia del no saber, esa es la causa de que surja el chismorreo y el rumor social cuando no hay datos  concretos que corroboren una sospecha: frente al desconocimiento, como no lo toleramos, inventamos una historia que llene nuestro hueco de desinformación.  Posiblemente por ese motivo el acto creador se vuelve tan peligroso, tan atrayente y reactivo al mismo tiempo. Supongo  que esta es una de las causas por las que hacer literatura de ficción nos canse tanto,  debido a que entran en juego no sólo las emociones –que de por sí absorben gran caudal de energía- sino la vigilia permanente para que esa puerta que nos conduce a lo abierto  permanezca entornada. Es como tener un ojo cerrado y otro a plena luz. Escribir es mantener el equilibrio en un borde muy incómodo. Y cuando digo “incomodidad de la escritura” me surge un memorable texto de Clarice Lispector que asocia el acto de escribir con un parto, claro que no del modo burdo con que lo expreso yo en este momento. Y justamente la metáfora del parto viene a resolver este enigma del límite difuso entre el saber y el no saber: sabemos que nacerá un bebé pero todo es desconocido desde cierto lugar, el de las emociones, aunque seamos capaces de describir los pasos del nacimiento, todo es nuevo empezando por la criatura que pronto va a ver la luz del mundo. Lo que  precisamente debe  sostener el enigma es nuestra relación con las palabras y su carácter tangible, determinante, cargado de la oposición a la que nos remite, si confiamos en ellas –esas prostitutas que van con cualquiera como diría Abelardo Castillo- estaremos perdidas, perdidos de ante mano. Como un detective policial ante el cuerpo del delito, los escritores debemos  custodiar el estado de alerta frente al cuerpo del lenguaje que por un lado tironeará para que las palabras se acomoden en su sentido más literal, o más  apoltronado o más ligado al uso común o más trillado, y por otra, se aventuren hacia la zona desconocida o que al menos la rocen conservando su capacidad de evocar y de revolucionar nuestra percepción al mismo tiempo. Una parte de nosotros, en nuestro profundo interior tironea para que la costumbre y lo establecido confirmen o reafirmen o refunden el universo conocido, pero como estamos intentando rebautizar el mundo entonces  procuramos que el otro lado, ese sitio cargado de lo que aún no transitamos  se asome por la rendija. Es difícil no caer en la tentación de definir en qué consiste ese no saber, claro que si lográramos definirlo desaparecía su cualidad de misterioso, de modo que se trata una vez más de permanecer en el límite, para que el otro lado muestra sólo un perfil, así es que acariciamos, vislumbramos ese filo del cuchillo, ese margen que orillea dos abismos, ese lugar incómodo,   como ya se ha dicho, pero el único lugar posible para producir un texto que merezca el nombre de literario.
   
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lunes, 9 de septiembre de 2013

SELVA ALMADA: FRAGMENTO DE NOVELA





  Rescaté este texto de la novela “El viento que arrasa” quizá por la mirada o quizá porque tiene una  cierta autonomía o porque desde Kakfa en adelante me interesa el modo en que aparece la animalidad en los relatos. Obviamente aquí hay un trabajo sobre el lenguaje que es lo que ha llamado la atención sobre la escritura de esta autora nacida en Entre Ríos. Un suave desplazamiento de la mirada, las cosas son y sin embargo parecen estar enfocadas desde un perfil vagamente inesperado, con un toque leve, como si el foco estuviera siempre un poco corrido. Resulta inevitable la referencia a Carson McCullers en parte por el ambiente y en parte por esa mirada entre inocente y despiadada, es en ese límite donde se ubica el foco, no se mueve de allí, no hay desgarramiento pero tampoco absoluta ingenuidad. Hay un conocimiento previo, algo ya sabido y que el narrador da por sentado y en esa franja se mueve como si lo que ocurre no tuviera relevancia. Lenguaje parco, cristalino, depurado, produce una especie de vacío y silencio que envuelve al relato en un clima único.




“El perro bayo se sentó de golpe sobre las patas traseras. Estuvo todo el día echado en un pozo, cavado esa mañana temprano. El hoyo, fresco al principio, e había ido calentando en su letargo.
  El Bayo era una cruza con galgo y había heredado de la raza la elegancia, la alzada, las patas finas y veloces, la fibra. De la otra parte, madre o padre, ya no se sabía, había sacado el pelo duro, semilargo, amarillo y una barbita que le cubría  la parte superior del hocico y le daba el aspecto de un general ruso. Al Bayo a veces también le decían el Rusito, pero por el color del pelo nomás. La sensibilidad se habría ido perfeccionando tras décadas y décadas de mestizaje. O le habría venido sola, sería un rasgo propio ¿por qué no? ¿Por qué en los animales ha de ser diferente que en los hombres? Este era un perro particularmente sensible.
Aunque sus músculos habían estado quietos todo el día, la sangre que seguía bombeando como loca en su organismo había ido calentando el agujero en la tierra, al punto de que ni las pulgas lo habían soportado: saltando como los osos bailarines  sobre una chapa caliente, se habían largado de ese perro a otro perro o a la tierra suelta a esperar que apareciera un anfitrión más benevolente.
Pero el Bayo no se sentó de repente porque sintiera el abandono de sus pulgas. Otra cosa lo había arrancado del sopor seco y caliente y lo había traído de vuelta al mundo de los vivos.
Los ojos color caramelo del Bayo estaban llenos de lagañas, la delgada película del sueño persistía y le nublaba la visión, distorsionaba los objetos. Pero el Bayo no necesitaba ahora de su vista.
Sin moverse de su posición alzó levemente la cabeza. El cráneo triangular que terminaba en las sensibles narinas tentó el aire dos o tres veces seguidas. Devolvió la cabeza a su  eje, espetó un momento, y volvió a olfatear.
Ese olor era muchos olores a la vez. Olores que venían desde lejos, que había que separar, clasificar y volver a juntar para develar qué era ese olor hecho de mezclas.
Estaba el olor de la profundidad del monte. No del corazón del monte, si no de mucho más adentro, de las entrañas, podría decirse. El olor de la humedad del suelo debajo de los excrementos de los animales, del microcosmos que palpita debajo de las bostas: semillitas, insectos diminutos y los escorpiones azules, dueños y señores de ese pedacito de suelo umbrío.
El olor de las plumas que quedan en los nidos y se van pudriendo por las lluvias y el abandono, junto con las ramitas y hojas y pelos de animales usados para su construcción.
El olor de la madera de un árbol tocado por un rayo, incinerado hasta la médula, usurpado por gusanos y por termitas que cavan túneles y por los pájaros carpinteros que agujerean la corteza muerta para comerse todo lo vivo que encuentran.
El olor de los mamíferos más grandes: los osos mieleros, los zorritos, los gatos de los pajonales; de sus celos, sus pariciones y, por fin, su osamenta.
Saliendo del monte y ya en la planicie, el olor de los tacurúes.
El olor de los ranchos mal ventilados, llenos de vinchucas. El olor a humo de los fogones que crepitan bajo los aleros y el olor de la comida que se cuece sobre ellos. El olor a jabón en pan que usan las mujeres para lavar la ropa. El olor de la ropa mojada secándose en el tendedero.
El olor de los changarines doblados sobre los campos de algodón. El olor de los algodonales. El olor a combustible de las trilladoras.
Y más acá el olor del pueblo más cercano, del basural a un kilómetro del pueblo, del cementerio incrustado en la periferia, de las aguas servidas de los barrios sin red cloacal, de los pozos ciegos. Y el olor del mburucuyá que se empecina en trepar postes y alambrados, que llena el aire con el olor dulce de sus frutos babosos que atraen, con sus mieles, a las moscas.
El Bayo sacudió la cabeza, pesada por tantos olores reconocibles. Se rascó el hocico con un pata como si de este modo limpiase su nariz, la desintoxicase.
Ese olor que era todos los olores, era el olor de la tormenta que se aproximaba. Aunque el cielo siguiera impecable, sin una nube, azul como en la postal turística.
El Bayo volvió a levantar la cabeza, entreabrió la quijada y soltó un larguísimo aullido.
Se venía la tormenta.





miércoles, 12 de junio de 2013

PATRICIA SUÁREZ: DOS FRAGMENTOS




Literatura construida de a saltitos y con zarpazos geniales. En los relatos de Patricia Suárez el mundo se despliega contradictorio, huidizo, insoportable. El mundo es un ave de presa que no se deja domesticar y, además, por si fuera poco está encantado: cambia a cada instante. Versatilidad, ocurrencia, golpes brillantes, estallidos y la cuota imperiosa de melancolía que muestran al trasluz la pequeñez de la especie humana.  Merece un aparte el tratamiento de los espacios donde el campo suele ser ese otro lugar, punto de referencia, de partida o regreso en contrapunto con la ciudad o las ciudades. Aunque si se trata de desentrañar alguna clave tal vez sea el rasgo insólito, la mirada entre ingenua y lacerante, un deslizamiento de la perspectiva habitual, el movimiento continuo y la presencia de lo inesperado que colocan a sus textos en un sitio destacado en la literatura argentina actual. Historias a veces desopilantes, con humor y poesía dan cuenta de una estética difícil de catalogar, una nueva voz  reconocida en su originalidad.


 Y la hache, pensó Lena releyendo el cuento que había escrito y enviado a La Voz, la gaceta en español de Vancouver. La letra hache era todo un asunto. ¿Por qué era muda? ¿Para qué la tenían? Servía específicamente para hacer un sonido, el ch. Ése era un sonido constitutivo del castellano, a tal punto que se había dado aires de condestable, convirtiéndose en una letra aparte del alfabeto. La ch. Pero ahora ya no lo es. No hay más ch. Sucumbió a la democracia. ¿Y por qué? La w (doble u, doble uve, como la llaman en el mundo, y doble ve, como la llamaban ellos en la Argentina), ¿de dónde fue traída? ¿Del inglés? ¿Y por qué? ¿Quién la pidió? ¿Quién la quería? La w, ¿era una inmigrante o ya tenía los papeles legales de residencia en la lengua? Encima no sonaba siempre de la misma manera: a veces como v, otras como u. Era mudable, inconstante: era una cortesana La w era capaz de abrigarse con un tapadito de chulengo. Nada de zorro azul, nada de visón: tapadito de piel de rata, de vicuña herida, de llama viva. No queremos la w en nuestra lengua; tenemos con qué hacer ese sonido: en el Siglo de Oro español. Bien que Quevedo y Cervantes se la arreglaban sin la w. Pero ahora no podemos: necesitamos  la w, la computadora, el teléfono, el avión. ¿Es lo que llamamos “progreso” o lo que llamamos “invasión? ¿Era la w un pájaro cuclillo? ¿Qué huevos había puesto en el nido de la lengua? ¿Se criaba entre pichones de águilas patagónicas, entre halconcitos pampa? Este mundo es insoportable. Uno debe hablar como puede o pegarse un tiro. Ahora tenemos más signos escritos, una especie de lujuria. La Real Academia Española consigna veintiuna palabras que empiezan con w. ¿Qué palabras que valgan la pena escribimos con w? La verdad. Whisky y watt. Whisky y watt, concluyó Lena, dos formas insufribles de dominación, Te tomas un whisky y lees tu libro alumbrado por sesenta watts. Por supuesto, agregó ella, la w estaba en el medio del nombre Owen y al comienzo del apellido Wallace. Pero a ella, ¿Owen Wallace le gustaba?
                                      Extractado de “Perdida en el momento”- Alfaguara  Bs. As. 2004
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Al llegar la primavera, mi padre hizo inseminar las ciervas y esperaba con ansiedad el nacimiento de los cervatillos. Era la tercera primavera que pasábamos en el campo y no enfrentamos en una pelea a gritos. Pedí que me entregara  la parte de mi padre que me correspondía en herencia y él dijo que recién lo haría cuando yo cumpliera dieciocho años y fuera mayor de edad. Mientras tanto era mejor que lo conservara él: yo no sabría qué hacer con el dinero y seguro lo desperdiciaría. Compró una vaca lechera: ahora tendríamos leche y queso y manteca gratis. Como ninguno de todos nosotros supo cómo utilizar el suero en los quesos, enseguida se pusieron rancios. Don Lucas y mi padre viajaron a Esperanza para informarse correctamente sobre la producción de lácteos y esa noche yo abrí mi ventana por última vez Los postigos estaban herrumbrados, tanto hacía que no la abría, y chirriaron. Al otro lado, las ciervas contestaron bramando. Imaginaban, tal vez, que se trataba de un ciervo que las requería de amores. Había un dinero que mi padre había dejado sobre la mesada de la cocina, para pagar al proveedor de alfalfa y yo pensaba robarlo e irme al día siguiente en el primer ómnibus hacia la ciudad. Pero esa noche Fido se paró delante de mi ventana, estuvo un tiempo así, muy quieto y pareció que el tiempo se estiraba y duraba enormidades. Luego se sacó prenda por prenda y yo vi todo lo que anhelaba ver, y me causó profunda impresión. Su cuerpo tan blanco y esas astas que parecían los huesos de la cadera justo debajo de su cintura. Me acordé de las palabras del rey Gunter cuando ve a Brunilda en camisa de dormir por primera veza: “Heme aquí con todo lo que he deseado toda la vida”. Dejó sus ropas en el suelo y empezó a reírse. Entonces yo me tenté y traté de salir por la ventana hacia donde él estaba; pero el marco estaba muy alto y me golpeé las espinillas. Cuando estuve fuera, las ropas de Fido seguían en la tierra pero él ya no estaba. Alcancé a ver el espectro de su cuerpo blanco en la oscuridad yendo hacia el bosquecito de acebos. Me quedé entonces a esperarlo allí mismo y un cuarto de hora después lo llamé a grandes voces, pero él no contestaba. Era una noche cálida y había luna creciente. Lo busqué un rato por los alrededores y al fin lo vi alejarse de la casa, muy rápido, desnudo y montado en una de las ciervas. Iba camino al monte, hacia sus Oscuros. Cuando padre volvió al día siguiente montó en cólera y acusó a Fido de ingrato. Él lo había tratado como a un hijo, se quejó amargamente, y así era correspondido ahora por ese indio, ese loco, ese retrasado mental, ese ladrón que se había llevado a una de sus hermosas ciervas mansas. Mañana mismo, dijo mi padre, habría que contratar un peón de algún pago para ayudar en las tareas de la chacra, y costaba mucho mantener un peón. Todo esto era culpa de ese indio loco de Fido, ese infeliz.
Yo me quedé a esperarlo toda la primavera y el verano, y luego todo el otoño y el invierno hasta la primavera siguiente en que cumplí dieciocho años y mi padre me dejó marchar. Tenía la certeza de que Fido iba a volver; él creció tanto que el bosquecito de acebos le había quedado pequeño y muy justo. Eso él lo había aprendido en un libro que yo le regalé y él llevaba siempre consigo.  La mayor parte de las cosas que sé las aprendí leyendo libros; es casi lo único que yo hacía mientras mi madre vivió, además de bailar danzas clásicas. Pero cuando ella murió vino todo lo demás, la vida en la chacra y los cerdos y el fracaso del criadero, las ideas locas de mi padre y las ciervas. Y estuvo el muchacho a quien miré y me miró y por quien fui casi tocada. Casi tocada; aunque seguía igual de fuerte y de pura que Brunilda antes de Sigfrido y mi fortaleza y mi virginidad me pesaban tanto que me hacían débil frente a todo lo demás. La ciudad, anhelaba yo en ese entonces, me daría todo lo que me faltaba. En la ciudad cifraba yo mis esperanzas.
                 Fragmento del cuento “Las ciervas” de “Esta no es mi noche”- Bs. As. Alfaguara 2005

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