Espiral de Saraswati

lunes, 4 de marzo de 2013

GLORIA PAMPILLO



  Cuando yo andaba con mi primer libro bajo el brazo repartiéndolo por los barrios de Buenos Aires como una vagabunda, una tarde –recuerdo perfectamente que fue una tarde- llegué hasta el hall del departamento de Gloria Pampillo con la intención de darle “Hay una nena que gira”.  Por supuesto a Gloria yo no la conocía personalmente, había leído uno de sus libros: “Estimado Lerner” y la frecuentaba como crítica y pionera de los talleres literarios en desordenadas lecturas. En aquellos tiempos no se cerraba con llave como ahora en Buenos Aires la entrada de los edificios. No sé cómo terminé hablando en aquel dichoso hall con unos señores bastante mayores de edad  que la conocían porque eran vecinos. Ellos me regalaron tres tabas.  Después de mucha charla y de que los señores me explicaran cómo apoyar las tabas para evitar la mala suerte, les dejé a ellos el encargo de entregarle a Gloria mi libro y me fui con las tres   aquella tarde de 1988.
Pasaron los años hasta que Cristina Siscar me invitó a formar parte de un grupo literario. No sé si en el medio la conocí a Gloria en alguna lectura pública. No recuerdo bien. Lo que sí está en mi memoria es que la primera reunión de ese grupo literario se hizo en el mismo departamento de San Telmo donde años atrás  yo había aparecido con mi libro y donde me regalaron las tabas. A los señores esa nochecita no los vi. Al grupo lo bautizamos “De la serpiente”. Nos reuníamos una o dos veces por mes en la casa de alguno de los integrantes y luego íbamos a cenar. Puede decirse que ahí conocí verdaderamente a Gloria Pampillo  que enseguida atrapó mi corazón. Generosa, cálida, profunda y sobre todo compasiva, además de lúcida y talentosa desde ya. Yo fui la primera en irme de aquel grupo que terminó disolviéndose pronto. Gloria se mudó poco después. Aquello fue más o menos a mediados de los  noventa.  En el ínterin viajamos juntas a Rosario para asistir a un congreso de literatura femenina y compartimos la habitación. Entonces pude asociar su distracción con la mía, dispersas las dos, con la cabeza en las nubes.
Sin haber perdido nunca mi condición de vagabundeadora literaria y transcurridos esos diez años en los que yo prácticamente desaparecí del mundillo porteño, si es que alguna vez pertenecí en algún sentido, me la volví a encontrar a Gloria en estos últimos tres años. Coincidimos en una lectura en la Sade donde le saqué una foto o en una presentación en la Biblioteca Nacional.  De  ella me deslumbró  siempre lo mismo: su calidad humana y su pasión por escribir y leer, por indagar los textos literarios. Gloria tenía esa huella del que hizo una mística del arte de la lectura y la escritura, dedicó su vida a eso, enseñando en las universidades, en los talleres, creando novelas, profundizando el modo de leer como si en esa práctica se encerrara a la manera borgeana la clave para desentrañar el misterio del Universo, cosa que no pongo en duda o que secretamente pienso que todavía está por verse. De alguna manera ella ha representado algo para todos nosotros, los que nos dedicamos a buscar en el recorrido horizontal de la escritura una profundidad que el mundo presente se encarga de borronear.
   Entonces ocurrió un pequeño milagro, Gloria me pide literatura infantil y juvenil para un proyecto del que ella formaba parte. Así le envié algunos cuentos y una novela juvenil que retrabajé incansablemente. Ella la imprimió y me la corrigió de cabo a rabo. Fue una ayuda importantísima para alguien que aún trastabilla en un género como el juvenil al que. a diferencia del de la narrativa para adultos, aún no termino de hacer propio. Así Gloria y yo volvimos a intercambiar papeles y palabras, una verdadera felicidad estar en contacto con ella, con su magia. Luego vino su curso en la Universidad de Ciencia Sociales sobre literatura e infancia en el que ella incluyó mi novela “El puño del tiempo”. Valientemente me inscribí y fui parte de sus estudiantes. Ahora valoro más que nunca esa experiencia intelectual. Escucharla ir de un texto a otro  indagando hasta la médula, invitándonos a reflexionar junto con los críticos sobre los textos de ficción fue una aventura maravillosa. A la salida íbamos a tomar un café. Esto ocurrió en los últimos meses del año pasado. El curso se interrumpió porque Gloria no andaba bien de salud. No llegamos a analizar mi novela, nunca supe si “Hay una nena que gira” le había llegado a través de los señores que me regalaron las tabas. Cuando nos encontrábamos hablar con ella sobre literatura era tan fascinante que no había tiempo para otra cosa más. En estos meses del verano  continuó con sus problemas de  salud, entre nosotras hubo varios mails y alguna comunicación telefónica. No llegamos a ser amigas, pero ella para mí como para tanta otra gente representa eso que la sociedad parece garrapiñarnos a cada rato: el amor a la escritura estética como una puerta de salvación, como una tierra donde apoyar los pies para que el mundo no nos haga trastabillar, un espejo, un caleidoscopio, un pasaje al otro lado. Se me ocurre que hay muchos otros lados y desde alguno de ellos Gloria nos debe estar espiando ahora, con su mirada lúcida, con sus ojos claros y esa pasión que no estamos dispuestos a dejar empañar los que nos dedicamos a hacer literatura en un mundo antiliterario.
¿Y las tres tabas que me regalaron los señores? –este relato comienza con ellas y por una ley básica de la narración no puedo dejarlas afuera- ¿Las tabas? Están sobre mi escritorio mirando con la punta hacia la ventana para que den buena suerte. Ahora me doy cuenta de que nunca le hablé a Gloria de aquella tarde ni de los tres señores en el hall de su edificio. Así como los relatos necesitan de una cuota de silencio, las vidas de la gente también, sobre todo una vez que parten de este plano. Por eso digo que entre la breve relación que hubo entre Gloria y yo  existió mucho misterio, el necesario para que un texto –una vida- tenga la envergadura que se merece.


Biografía de Gloria Pampillo según Gloria Pampillo 
(tomado de su página personal:  www.gloriapampillo.com.ar)

Nací en Buenos Aires, un 11 de noviembre. Estudié Letras. Un tiempo después descubrí que lo que deseaba era escribir. Intenté varias veces pero deseaba encontrar una manera libre e imaginativa de hacerlo; quería también vivir rodeada de un mundo literario. Todo se cumplió cuando entré en el primer taller que abrió el grupo Grafein. Me pareció natural compartir con mis alumnos y alumnas mi experiencia y comencé a ensayar con ellos las consignas de ese taller. El resultado fue muy feliz y desde entonces, dos caminos se me abrieron: la escritura de ficción, y la especialización en la enseñanza de la escritura. 

Fui a España, donde llevé los primeros Talleres de Escritura. En Madrid publiqué mi primer relato, "El viejo bajo el timbó" en la Revista Hiperión y mi primer texto, "Haches", en La Moneda de Hierro. Comencé a sistematizar el trabajo de los Talleres y coordiné grupos privados, para licenciados y en colegios universitarios. Ya de vuelta en la Argentina, pude dar cursos en Buenos Aires y en muchas provincias .En 1984, con el fin de la dictadura, fui convocada por la Universidad de Buenos Aires, primero a la Facultad de Filosofía y Letras y luego a la Carrera de Ciencias de la Comunicación que se iniciaba. Allí, con Maite Alvarado diseñamos el Taller de Expresión I o Taller de Escritura. 

Fui cofundadora de Sudestada, Asociación de Escritoras Argentinas, junto con Lea Fletcher, Mirta Botta, María del Carmen Colombo, Hilda Rais y Ester Andradi. Participé en la organización del Primer Encuentro Nacional de Escritoras Argentinas, organizado en Buenos Aires por Sudestada en el año 2000, así como en homenajes y seminarios sobre escritoras argentinas y uruguayas. Actualmente además de escritora soy profesora consulta e investigadora de la Universidad de Buenos Aires. 



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sábado, 2 de marzo de 2013

LITERATURA Y VIDA



No deja de resultar elocuente que el escritor y crítico literario argentino Ricardo Piglia comente con cierta carga irónica que ha escrito sus novelas y libros de cuentos como un pretexto para que alguna vez esos lectores ansíen leer lo hasta ahora inédito: su diario personal. De algún modo Piglia está estableciendo una conexión entre escritura y vida en tanto su diario personal es un registro de su vida real, sospecho que debe contener reflexiones sobre el acto de leer y escribir también. Y en esto de sospechar lo que hago es aventurarme sobre lo que no conozco, es especular, pensar en la vida registrada de un escritor que se ha mostrado al mundo desde su quehacer ficcional y desde su visión particular de la literatura. Lo cierto es que los límites en el caso de la literatura han sido bien trazados y las distintas corrientes del siglo XX jugaron con esa división transgrediéndola y disfrazándola. Quizá como en ninguna de las otras artes, el ejercicio de la literatura evidencia con mayor fuerza estos dos mundos. La frase ya acuñada “la torre de marfil” alude a esa sensación de que para escribir es preciso apartarse del mundo y el mundo es ante todo el espacio de la acción de vivir, en este sentido escribir se plantea como un alternativa a vivir, no es un vivir completamente, es un sucedáneo, a veces con signo positivo y otros, negativo. Si el artista es el que se para frente al mundo para observarlo y simbolizarlo, en el ámbito específico de la escritura esa acción aparece redoblada, reforzada. De cierta manera el bailarín no experimenta demasiado que para bailar tiene que dejar de vivir, ni siquiera el pintor siente lo que un escritor experimenta, me refiero a esa necesidad de reclusión que aunque sea muy similar a la de un pintor tiene una marca diferente. Y esto se debe a que se trabaja con la palabra. El color y la forma son un “otro”, la arcilla es innegablemente otro, no hay confusión, en cambio la palabra es pensamiento exteriorizado y el pensamiento nos constituye. El acto de escribir quizá sea  un acto de ensimismamiento muy grande, cuando escribimos estamos profundamente metidos  en nosotros mismos y ese tejido que es nuestra propia proyección nos envuelve.  Es un repliegue y ese repliegue suele devorarnos. La palabra difícilmente pueda constituirse como  un otro. La palabra es el resultado de la mente y nos empuja hacia la dualidad porque  cada concepto es entendido por oposición a otro. La palabra llevada a su nivel de mayor concentración de significado, en el caso de la poesía, ha sido vinculada con la locura. No es casual que entre los escritores el alcoholismo haya sido una de las adicciones más frecuentes. También en los músicos que es una de las artes que trabaja con un lenguaje de muy alto nivel de abstracción.
  Muchas veces me pregunto  en que nos convierte haber creado un mundo paralelo a este otro en el que por lo general tenemos tan poca ingerencia. ¿En demiurgos?  Sin duda el escritor es un ser esencialmente insatisfecho, tomarse semejante trabajo día tras día no hace más que demostrarlo. En realidad reflexionamos sobre la vida dentro de los textos porque tenemos la certeza de que la vida es sumamente intrincada. Sin la conciencia de ese misterio no existiría  la literatura, en todo caso hubiésemos preferido ser filósofos, para producir arte es necesario permanecer en el misterio o sostener dentro de nosotros una amplia zona de  ambigüedad e incertidumbre, de lo contrario nos resbalaríamos hacia el terreno de la ciencia. Y lo paradojal es que siendo tan conscientes de la línea divisoria que se extiende entre el saber y el no saber, entre la vida y la literatura nos empeñemos en borrar esa línea.
     Antes de la llegada de la computadora personal escribir se planteaba también como un acto artesanal, ese acto no ha podido ser desterrado por el uso de la pc, sin embargo nos ha evitado tipear innumerables veces una misma página en esa continua y obsesiva tarea de corrección del texto, el llamado pulido. Piglia llegó a decir alguna vez que la diferencia entre escribir y vivir era que la vida no se podía corregir.
   No nos  olvidemos que en desde las más antiguas culturas la palabra ha sido utilizada como exorcismo, acto de magia, conjuro. La palabra es poder, la palabra actúa penetrantemente sobre la materia densa, la palabra crea un mundo paralelo, los escribas de la antigüedad estaban al servicio de una autoridad política y religiosa concebida como una divinidad, en su origen la palabra está asociada a Dios mismo, de modo que no es extraño que entre todas las artes los que elegimos la palabra nos planteemos y replanteemos constantemente el cariz de nuestro oficio, la marca que separa el oficio de la vida, el quehacer del perseguir un destino, la función de esta palabra poética con respecto a sus otras funciones, intuimos que estamos trabajando con un material altamente peligroso y hablamos de la vida como si nos escurriéramos del acto de trabajo: escribir porque la torre de marfil nos apresó en algún momento y vivir sólo es un escape transitorio para volver otra vez a ese yugo luminoso, a ese espacio sagrado, cautivante y enloquecedor: hacer literatura.
                                                       

miércoles, 13 de febrero de 2013

INÉS LEGARRETA: UN CUENTO




Este es sólo uno de los estupendos relatos del libro de Legarreta “La turbulencia del aire” que tiene entre sus muchas virtudes la de la unidad temática, primera de sus coherencias: son relatos sobre el Japón. Hay un  muy buen manejo del ritmo narrativo, suavidad, equilibrio, magnificencia. La mirada sobre la cultura japonesa está en la forma, en el desplazamiento del relato, en el alto grado de sugerencia, en la cuota de silencio, en el movimiento plástico y estético de sus descripciones, en el tono, en el juego de ambigüedades, de imprecisiones que vuelven al texto un poco inasible, fluctuante, cargado de sentido y claro está, no sólo en el asunto. Cuerpos travestidos, sueños que se asoman a la vigilia, versatilidad de registros y el cuerpo femenino y masculino presentado como eje de cada relato. Legarreta logra en este libro transmitir la fuerza de la vida desplegando el delicado andamiaje de la levedad. La tensión entre los contrarios está sostenida con una destreza y un modo magistral de narración. Dirán que me he ido en elogios, lean el libro completo y después me dicen.



Los demonios del sueño

   Había flores que semejaban lirios acuáticos, pero con el reborde de las hojas muy marcado; también un gato negro de ojos verdes que asomaba la cabeza y, de pronto, un siseo distante y cierta vibración de la tierra provocaba que el campo de flores se abriera en dos: allí aparecía una casa; en ella, un abanico gigante ocupaba todos los espacios al abrirse y cerrarse; dentro del abanico, colgada de uno de los dobleces y a punto de caerse, estaba una niña que, vista desde lejos, parecía un pájaro enfermo. 
La abuela le dijo a Keiko que no debía temer: eran los demonios del sueño y no otra cosa. Keiko quería mucho a la abuela, sin embargo, en este caso tenía sus dudas. 
  Los demonios del sueño no llegaban todas las noches; se presentaban a veces para mezclar los colores y las páginas de lo que había sucedido en el día: no eran más que juegos, como los de ellos – le había dicho la abuela tocándole al pasar la cabeza - . Si se aburrían mostraban cosas que sólo sucedían en el mundo de los demonios y por esto los sueños eran descabellados. Keiko recordó un grabado que el maestro de la escuela había mostrado días atrás: en él, un hombre corría mirando a sus espaldas; los ojos se le salían para afuera y tenía la ropa y el pelo como cuando sopla fuerte el viento. 
El maestro también les había contado historias de demonios: se tragaban a las damas y a los niños en un santiamén y hasta a los soldados más valientes les costaba gran trabajo encontrarlos. De manera que hubiese tenido unas cuantas razones para olvidarse de ellos si no se le hubiese repetido el sueño. Despertaba con la sensación de no saber de qué noche salía: los sueños eran un calco casi perfecto hasta que aparecía la niña colgando del abanico; allí, ese momento, había cambios: podía ser que la niña hiciera una mueca, la boca se abría y cerraba pero el grito no se oía. O que se balanceara indefinidamente, o que tratara de deslizarse como por un tobogán pero se transformaba en algo pesado y, por más que hacía un gran esfuerzo, la niña-piedra no se movía. Entonces despertaba – estaba segura- con la cara del hombre que corría mirando para atrás. Y esto no era todo: también con el corazón palpitando y ganas de llorar. 
Pero era una niña valiente, quizás porque su padre había sido soldado y su abuelo también. Cada año le rendía homenaje antes sus tumbas; se inclinaba y oraba con devoción, les pedía que no la abandonaran a pesar de no haberse conocido: no tenía de ellos sino el relato de su madre y su abuela. Habían dado la vida por el Emperador y la patria. Entonces, pensaba Keiko, el espíritu del padre y el abuelo, la ayudarían a combatir contra los demonios.

 De manera que, sentada frente al televisor, mientras la abuela iba y venía por la casa, - la madre llegaba muy de trabajar-, Keiko descartaba opciones. Había tratado de interesar a sus amigas aunque a ellas no les gustaba el tema. A la madre, no quería preocuparla. Estaba convencida de que la niña colgante necesitaba auxilio, sobre todo porque en cada noche mostraba cosas que le recordaban a ella misma: el vestido, las trenzas, una muñeca. Iba descartando elementos reconocibles para llegar a alguna conclusión: el gato de la familia Chiba era negro con ojos amarillos, lirios había en el estanque del jardín en donde paseaban los fines de semana; la casa no tenía las dimensiones de la suya y el gran abanico - ahora que lo pensaba - no era como los de su abuela: era un abanico extraño, liso como una pared. La niña colgaba de una varilla como si fuera la rama más alta de un árbol o la punta de un templo. Quizás - pensó - debería inspeccionar en los alrededores para ver si había algo que le recordara esto. Con el permiso de la abuela, lo hizo. Al no encontrar nada ni el vecindario ni en el camino de la escuela, esperó seguir soñando para tener más indicios. Imprevistamente, una tarde, mientras miraba dibujos animados en la televisión, entendió que tendría que entrar al sueño justo en el momento en que la niña parecía un pájaro. Lo vio en un dibujito y le pareció fácil: salirse de su cuerpo, disminuirse de tamaño para ir al lugar de los sueños, mientras, por ejemplo, se destapaba o se daba vuelta en la cama. En un descuido. Como quien entra a una casa sin que la escuchen, sigilosamente, se deslizaría; llevaría - con el permiso de la señora Chiba - al gato de los ojos amarillos porque con esos ojos podría alumbrarle el camino (si había) y, además, porque los gatos sabían andar en la niebla de los sueños.
Cuando la señora Chiba escuchó a Keiko le dijo que los demonios se iban solos; sin embargo, el gato pareció prestarle atención porque salió caminando detrás de ella y se instaló en la casa. Esa noche se dispuso a dormir con cierta tranquilidad pues el animal se portaba como si siempre hubiera vivido allí: estaba elegantemente recostado en el piso y tenía el aire de una estatua. Parecía no prestar atención a nada y, sin embargo, en el momento preciso– no se había equivocado - el gato entró al sueño y, desde allí, la llamó para que lo siguiera. Keiko tuvo la impresión de que caminaba entre nubes de algodón, se hundía aunque no demasiado; era una sensación de ligereza y angustia. Enseguida vio a la niña colgando de la punta del abanico liso; le hizo señas con la mano para que volara -cómo no se le había ocurrido antes, si parecía un pájaro-, pero la niña tardó en reaccionar, estaba acostumbrada a tener los ojos tristes y a pender en el vacío. El gato, a todo esto, se acurrucó en un rincón. Por fin, cuando la niña después de escuchar los variados argumentos que esgrimió Keiko para convencerla, decidió volar, el gato saltó, la atrapó de un zarpazo y se la comió. Sucedió en un santiamén. A Keiko le pareció ver la cara de disgusto de un demonio entre las fauces y los bigotes del animal al tiempo que ella caía por un tobogán en un campo de flores suaves y olorosas que no terminaban nunca, nunca, nunca. 
A la mañana siguiente, la señora Chiba reclamó su gato y ella no supo qué decir.
                                          Extraído de "Turbulencia del aire" Nuevohacer-(GEL)-Buenos Aires 2012

Inés Legarreta nació y reside en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. Su libro  de cuento “En el bosque” (Gel 1990) obtuvo  el Pemio Iniciación otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación y la Faja de Honor de la Sociedd Argentina de Escritores. Tres años después ganó la Beca a la Creación del Fondo Nacional de las Artes. En 1997 publicó “Su segundo deseo” (EMECÉ), libro de cuentos que mereció el Tercer Premio de Literatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y una mención de Honor en el Premio Ricardo Rojas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En 2000 le otorgaron Medalla de Plata como Mujer Destacada Bonaerense. En 2004 publicó “La Dama habló” (Simurg), libro de cuentos que mereció en 2008 el Premio Único de la Categoría Inéditos (bienio 2002-2003) del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires. En 2008 publicó la nouvelle “El abrazo que se va” y en  2010 “Tristeza de verse lejos”, ambas en Nuevohacer (GEL) . Ha recibido numerosos premios internacionales, entre ellos El Primer Premio Nacional de  Los cuentos de la Granja, Segovia, España, en 1989 y 1993. Co-dirigió desde 2005 hasta 2012 la revista literaria Fledermaus. Ha sido traducida al inglés, al alemán y al italiano.

                                                                             






lunes, 17 de diciembre de 2012

SUSANA ROMANO SUED: UNA NOVELA



Conozco a Susana Romano Sued desde hace muchos años por su obra poética y ensayística. Llegó a mis manos esta novela  -Procedimiento- que aborda un tema muy caro a nuestra conciencia colectiva de argentinos: la detención ilegal de personas durante la última dictadura militar. Susana es una sobreviviente de los campos de detención clandestinos y logra crear  esta obra absolutamente literaria que se abre paso y encuentra un sitio único en medio  de otros libros de ficción y de la profusa producción de testimonios con un registro testimonial en su mayoría periodísticos. Sospecho que este libro irá creciendo con el tiempo a medida que se sumen lectores  que sean capaces de sortear esa bruma que se extiende entre las palabras y los hechos. Las posibilidades de lectura de Procedimiento son innumerables, quizá se puede sintetizar citando las palabras de Luisa Valenzuela en la contratapa del libro: "Así, con todo coraje, con ternura, con verdadera poesía, Procedimiento pinta un fresco de los años de espanto, vistos desde dentro, con las entrañas. Y se vuelve entrañable".


  

                                        EL CUERPO COMO ESCENARIO

Nos enfrentamos a un libro  con dos tapas, con capas, un libro que ya desde su factura parece remedar una máscara que, como tal, puede ser quitada, para que al ir extrayendo capa tras capa  nos acerquemos a un centro. Procedimiento es un libro que ha sido escrito no sobre una página en blanco sino sobre un saber colectivo, un saber  que  nació antes de que abramos el libro, un marco muy sólido que nos encarcela a todos en un conocimiento demasiado hondo. Luego, el libro nos va sorprendiendo, aquello que  creímos saber se nos muestra en su desesperante belleza.
 Estamos frente a una novela  compuesta por capítulos que aluden exclusivamente a una nomenclatura del tiempo que no se corresponde con el calendario oficial, además no sigue una cronología, salta caprichosamente o quizá no tan caprichosamente siguiendo las pautas de un calendario  con otra clase de código. El modo en que una  cultura cataloga el tiempo habla de su percepción y ordenamiento del mundo. El tiempo es la materia de nuestra vida y el almanaque,  la cartografía de una cosmovisión.  Calendario: Tiempo. Tiempo  y espacio, dos coordenadas fundamentales para el acto de reconstruir el pasado.  Aquí el tiempo es un tiempo sin ropaje, pura carnadura. Indicado de esta forma  nos  señala claramente que estamos fuera  de las reglas del mundo. El calendario no es el nuestro, el gregoriano, el racional y masculino ni tampoco el lunar, armónico con la naturaleza y femenino, sino uno que sigue la lógica de quien narra, la lógica de la atrocidad para  dar cabida a estas voces entre las que se cuela la poesía y, de tanto en tanto, el desliz irónico.
 Para la memoria todo está en un mismo nivel, cuando la mente realiza el trabajo de recordar se mueve como una mano que captura en la semioscuridad y acopia,  todo  se encuentra allí asomándose y fluyendo a la vez sin solución de continuidad porque en este ejercicio de rescatar del olvido, de la supresión, de la represión interna que supone haber abolido una parte del conjunto, cualquier cosa puede adquirir relevancia. Sí, todo está allí y debe seguir allí, el sentido y la interpretación irán produciéndose si lo mantenemos sin aislar, si no ejecutamos supresión alguna.   El texto  de esta novela adquiere la forma de ese trayecto, de ese movimiento constante. La percepción de quien vive un momento culminante suele borrar lo accidental, no hay detalles cuando la memoria vuelve y rescata, la memoria  se aferra a lo que permanece y  en esta novela  no es el registro visual el determinante sino la  aprehensión de olores y especialmente percepciones táctiles. Quien narra no está siendo guiada primordialmente por su percepción visual.
Tal vez la vista sea el más racional de nuestros cinco sentidos en oposición al olfato y el tacto, que son más viscerales, menos codificados. En el acto de mirar suele haber juicio, catalogación. También en el acto de oír. Los sentidos del gusto, olfato y tacto son más inconscientes, menos afectados por la cultura,  estos tres sentidos no  están sujetos en la misma medida al tamiz de la evaluación, de la constatación y comparación como la vista y el oído.  No casualmente el relato tradicional está marcado por el recorrido de la mirada. La descripción de los personajes de la novela decimonónica, cumbre del racionalismo, dan cuenta del poder del que ve,  de quien domina la totalidad del escenario  con el control de su mirada, que al narrar certifica lo que ve y al emplear la palabra lo rubrica con su propia voz y al mismo tiempo establece su  predominio sobre el mundo. Aquí en Procedimiento quien narra parece ser alguien que está ajena a la percepción visual la mayor parte del tiempo y sabemos por qué. Voces como desprendidas de los cuerpos, diálogos interrumpidos por una voz plural por la que se filtran  otras voces. Voces dentro de voces. ¿Qué cuerpos hay detrás de esas voces? Ese yo colectivo tiene una fuerza inusitada y en su desgarramiento se esconde un conocimiento superior. Lo  significativo es que esta voz que narra nos hace perder la noción de que el otro es un otro, estamos todos envueltos y entrelazados en esta sinfonía sorda de cuerpos que  no pueden ver, que simulan no ver, que intentan no ver o que eligen la estrategia de no ver, arrastrados por una memoria que se alza  penosamente sobre su desmemoria.
  Los cuerpos son cuerpos de mujeres que aparecen siempre fragmentados, nombrados a través de sus partes y el discurso, igual que los cuerpos,  se corta, pierde algunas de sus porciones.  Esto se explica: quien narra no da preeminencia a su percepción visual, como es  principalmente la mirada la que  nos otorga la noción de conjunto y unidad esto no ocurre. El yo individual da la impresión de haberse disuelto a merced de la experiencia del cuerpo. Pero es la experiencia del cuerpo la que ha desbaratado y  desbordado las voces, las ha acoplado unas a otras, les ha otorgado intensidad, eco, el texto vuelve una y otra vez a contar  en variedad de matices esta sensación de voces y cuerpos que se buscan mutuamente y parecen desencontrarse  mientras se entrecruzan y se confunden. Cuando en nuestra percepción del mundo apagamos uno de nuestros sentidos, otros se despiertan. Olores, tacto, gusto compensan lo que no es conveniente ver, lo que no es táctico ver: en esta novela el acto de ver   es la antesala del final y quien narra lo sabe y lo expresa. Tradicionalmente  admitimos que apagar la visión del mundo exterior supone abrirse a una visión interna, sin embargo aquí la mirada interior se ve fracturada porque el cuerpo es un percance permanente.
 Hay algo sofocado detrás de las palabras de este texto que da la sensación de haber recopilado voces que estaban sueltas, voces de distinta procedencia, de distintos tenores y signos que de tanto en tanto adquieren la forma de diálogo. Las palabras  amagan desarmarse,  pierden su compostura, el ritmo se trunca, suelta su cadencia, la extravía, la retoma, la vuelve a soltar, la pierde otra vez, la recupera, como una bomba a punto de estallar sin estallar nunca, manteniéndose en una exasperante dualidad. El texto teje su propio ritmo, que es el ritmo de la respiración de un cuerpo que sabe y no sabe, en parte ciego y en parte vidente.  El tiempo del relato enloqueció, perdió su forma y su lógica medición, este trastorno del tiempo, de las voces y de los cuerpos se quebró una y mil veces para reacomodarse malamente y proseguir. El ritmo del texto,   aunque disonante, cercenado, crea su propia sostenible melodía y encuentra su correspondencia en el calendario que rompió con el orden del mundo, un calendario inarmónico,  estrictamente personal.
       El espacio del relato se opone a otro indicado como el “allá”.  El mundo de allá está  sólo enunciado con sus ceremonias, su pulcritud y sus banalidades. Aquí, en cambio,  no hay reloj, no hay calendario. Las marcas de la cultura han sido reemplazadas por el mapa del cuerpo, un mapa  armado como un rompecabezas. Un cuerpo al que se le quitan y se le colocan partes, un rompecabezas que no se termina de armar. Voces desprendidas de los cuerpos, cuerpos desasidos de su unidad, de su integridad, pedacitos de personas que esa gran voz en su continuo discurrir no alcanza a amalgamar. Una voz que se va construyendo a sí misma con pedazos, despojos, fragmentos, lonjas, recortes, manotazos de ahogado, sombras, sombras, penumbras, una voz que persiste en una continuidad que  multiplica nuestro asombro.  Esté “aquí”, el espacio del relato, se  perfila como un “no espacio”, una  suerte de agujero sin fin donde los cuerpos prevalecen en su denodado esfuerzo por encima de la inminente muerte que parece ser la única presencia legítima. Los cuerpos apenas se sostienen en este sitio mientras van cayendo sin llegar  jamás a tocar fondo, cuerpos sin escenarios que los contenga y perdidos en un tiempo sin forma. Caída infinita de los cuerpos en un espacio que no tiene  límites  No, no hay paisaje fuera del amontonamiento  de esos cuerpos lacerados y fragmentados. Podría afirmarse que la novela ha sido construida entonces convirtiendo a los  cuerpos en paisaje. El cuerpo es el gran escenario de esta novela. A ese espacio sólo le puede corresponder la marcación temporal de un calendario como el que tiene: arcaico, dislocado, un calendario descompuesto para un tiempo anacrónico,  que en términos del relato acaso  sea un intento de otorgarle  alguna clase de diferencia, de cualidad, de identidad a eso que no es otra cosa que igualdad repetitiva, agónica, mecánica, sin transformación,  sin renovación que es lo más parecido al concepto cultural que tenemos del infierno. Dar vuelta la última página de Procedimiento  es vivenciar la sensación de que se narró lo inenarrable de un modo magistral.  Novela escrita a contrapelo de la clásica  linealidad  que sigue el patrón de causa y efecto, su desplazamiento es el del espiral, estructura básica de la energía desde el átomo hasta el Universo, pero la expansión del espiral está contenida, refrenada desde el interior. Todo lo que fue contado allí  se ha sostenido en su propio movimiento hacia la destrucción, desmembramiento, disgregación, y el  desafío fue  edificar una  perfecta metáfora  del quebrantamiento de la vida en todas sus formas, metáfora en tanto captación de una totalidad que nos permite abarcar un sentido, simbolizar, restaurar un orden mediante el ejercicio suturador  y trascendente de la palabra.



Susana Romano Sued nació en Córdoba. Es profesora de s Literaria y de Teoría de la Traducción Literaria  en el grado y postgrado. Poeta, narradora, ensayista, dramaturga y traductora, es autora de una extensa obra traducida a varias lenguas. Ha sido distinguida con numerosos premios. Entre su obra en verso se destacan: Verdades como criptas, Males del Sur, El corazón constante, Decantar, Escriturienta, Frida Kahlo y otros poemas, Nomenclatura/ muros, Algesia, Los amantes, El meridiano, Leeré: los silencios del sonido, Parque temático y otros poemas. En narrativa, además de esta novela ha publicado Rouge,  un conjunto de relatos.
 De su vasta obra ensayística  citamos: La escritura en la diáspora, poéticas de traducción,  Borgesíada,  La traducción poética,  Mukartovsky y la fundación de una nueva estética, Umbrales y catástrofes, Literatura argentina de la década de 1990, Travesías, estética poética, traducción los noventa, otras indagaciones, Consuelo del lenguaje I, problemáticas de traducción, Itinerarios literarios, la cocina de la escritura, Itinerarios literarios, programas de escritura, Exposiciones metapoéticas de Literatura Argentina. Recientemente  obtuvo el Primer Premio Internacional de Ensayo Lucien Freud, Proyecto al Sur, por su trabajo El canon y lo inclasificable en “Sobre Héroes y Tumbas” de Ernesto Sábato”.
                                                                              
                  

lunes, 17 de septiembre de 2012

IRMA VEROLÍN. FRAGMENTOS DE LA NOVELA "EL CAMINO DE LOS VIAJEROS"



Sospecho que es más fácil hablar de la propia vida que de la escritura personal, posiblemente nunca logramos establecer la debida distancia con las palabras escritas como para alcanzar algún grado de rigor. Ya sabemos que cada artista se siente único en lo suyo y pensar la escritura nos obliga a encuadrarnos en algún tipo de tradición literaria. Por un lado amamos pertenecer, pero por otro, aparece una indomable necesidad de diferenciarnos. Entre esas tensiones se ubica el texto y de la transacción posible entre esas dos instancias surge o muere su originalidad. Escribí esta novela “El camino de los viajeros” a mediados de los noventa cuando la perspectiva histórica me permitía -esta vez sí- tomar una distancia con los años de la dictadura militar. La novela transcurre poco después de la guerra de Malvinas.  Intenté narrar la vida cotidiana de un modo sesgado, quise contar desde adentro lo que vivimos y ubicar el relato en  una frontera geográfica fue la simbología más apropiada para hacerlo: vivir en la orilla temiendo caer de este o del otro lado, la frontera de la vida y de la muerte, la frontera política que divide dos países, dos idiomas, la frontera del mundo social y la de la reclusión. Y tantas otras. Para mí fue un gran desafío salirme de escenario natural: el barrio en la ciudad  para componer lo que podría llamar una novela rural,  que impone un cambio en la mirada.  Frente a la tradición ineludible de Horacio Quiroga  se me planteó el dilema de cómo  presentar el paisaje  al contar una historia que transcurre en el monte misionero considerando que  el paisaje funciona como un personaje más. El trabajo de escritura que me facilitó este  tránsito es otra historia que también forma parte de mi vida. En mi caso escritura y vida han ido por carriles paralelos, claro que sufriendo una distorsión a veces bastante tajante. Como mi línea de escritura no está en la del realismo quiroguiano, en cierto sentido no corrí el riesgo de la imitación, digamos que en este caso puedo correr el riesgo de la extravagancia y sabemos que en arte el riesgo es parecido al  ideograma chino que equipara crisis con peligro y oportunidad al mismo tiempo. Sea como fuere, confieso que no me resultó fácil escoger algunos tramos de la novela que funcionaran individualmente de manera tal que al leerlos no se perdiera el sentido de la trama y la información general que otorga leer la novela en forma completa. En fin. Lo de siempre, con las palabras, todos lo sabemos, entramos en un terreno resbaladizo.


                                             


Fragmentos     de “El camino de los viajeros” - Ed. UNL- Santa Fe 2012

Estoy lavando ropa en la piletita. Una araña se enrosca y se desenrosca en su tela, se abre, es temible, la espío mientras el agua fría y escasa va cayendo sobre la tela estrujada, sobre mi piel que se paspará, sobre el pórtland rugoso y gastado de la pileta, sobre el aire que traspasa hasta llegar al agujero de la rejilla y se escurre musicalmente. Lavo la ropa, le quito la suciedad del mundo, del cuerpo, los recuerdos, las formas que mis codos, mis rodillas, mis senos le dejaron, la retuerzo y los infinitos hilos del entramado de algodón forman ángulos, dobleces, ondulaciones, forman una inaguantable desproporción con la naturaleza. Enjuago, enjuago, enjuago, ya nada queda de lo que dejó mi cuerpo sobre la ropa, el agua lava, bautiza de nuevo, el agua estira, estira, llueve sobre mi ropa, el agua se escurre por todas partes y una araña enorme y negra que tiene el tamaño de mi mano abierta, imita en la intemperie del aire los descuartizamientos de esta ropa mojada que estrujo una vez más, mis manos se cierran para retorcerla, mis ojos se achican para acompañar su tamaño. Hago desaparecer la forma de mi cuerpo en mis manos y la araña pendula, arañosa y negra la araña. Mientras tanto se precipitan, suben y bajan los pájaros de alas dientudas por el cielo, y la araña y yo aquí estamos, silenciosas, retorciendo lo que queda de nosotras y el agua cae y se escurre y se precipita hacia un fondo que soy incapaz de imaginar. El agua, los pájaros, la araña, yo. Mi ropa estirada en el aire chorreando agua. Agua. No muy lejos, a orillas del río, otras mujeres con los pies en el agua golpean ropa mojada contra las piedras. Golpean y golpean. Ese golpeteo intenso, perturbador, resuena en la boca de mi estómago.

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A veces pienso que viajábamos no para escapar de esos días chatos ni para vivir en la transitoriedad sino porque sinceramente creíamos que existía el final del camino. O al menos una parte de nosotros conservaba la ilusión de que sobre esta tierra había un lugar que equivalía al Paraíso. Es factible que alguna memoria ancestral nos empujara a emprender ese trayecto hacia la cuenca vacía, hacia ese sitio sin nombre que buscábamos afanosamente cuando mirábamos un mapa. Los puntos rojos de las ciudades no nos llamaban la atención ni nos incitaban a mirar por detrás queriendo averiguar si, en el reverso o más allá del reverso, se replegaba ese final que adivinábamos de una manera confusa. Entonces desplegar el mapa indicaba el principio de la búsqueda de un tesoro. Y las islas perdidas eran un punto infinitesimal, tan liliputiense que nuestros ojos ávidos sólo descubrirían luego de trasladar el esquema del mapa al escenario del mundo. Ese pasaje obligado de descifrar primero un mapa para después constatar su veracidad llevando el cuerpo por el mundo, me retrotrajo en varias ocasiones al pizarrón negro de la escuela secundaria. Las fórmulas algebraicas eran ininteligibles, pero la monja, que se había recibido con honores de profesora de matemáticas en Italia, insistía en su futura aplicación y nos juraba y perjuraba su incuestionable practicidad. Alguna vez nos había dicho que esas equis y esas íes griegas seguidas de tanto número absurdo bastaban para medir el tamaño de una montaña. Me costaba aceptar aquello; en el fondo nunca le creí a la monja, que terminó regresando a Italia porque una carraspera fue seguida por una intensa tos y luego por una neumonía. En el fondo yo pensé que era un castigo por decir tantas mentiras. La misma perplejidad sentía yo cuando, no bien llegábamos a algún sitio, Marcos, sonriente, desplegaba una vez más el ajado mapa y señalaba con su dedo aquel intento de restringir el mundo a la chatura geométrica, a un declive de líneas celestes y ondulantes o a una cantidad de puntos rojos. Repentinamente me acordaba de la monja y la imaginaba en un monasterio tosiendo y tosiendo, penosamente, sin cesar. En el extremo superior derecho, el ajado mapa que Marcos desplegaba y plegaba como las velas de un barco, tenía el dibujo de una veleta. Los cuatro puntos cardinales eran cuatro extremos que nos hundían en la angustia. Hacia dónde ir. ¿Hacia el calor?, ¿hacia el frío?, ¿hacia el océano o la selva? La línea firme que separaba una nación de otra me despertaba temblores. Los guiones que marcaban el final y el principio de una provincia me retrotraían a las conocidas entonaciones y a los chistes del lugar. Jamás podía pensar en un árbol, en un clima o en un paisaje. Tantas veces sentí lo mismo que tuve que aceptar que allí estaba mi sello de la ciudad. Veía sólo construcciones, espacios demarcados, fechas y nombres. Nada que estuviese vivo se adelantaba en mí al contemplar el mapa. Todo era cultura ante mis ojos anticipados, no adivinaba ni siquiera lejanamente a la naturaleza. Así que se me ocurrió especular que tal vez eso me impedía ver el monte como era en realidad: un espacio entregado enteramente a las leyes de lo natural. Quizá la prueba o el desafío mayor había sido tener que entreverarme en ese código inusitado. También —no era nada improbable— mi rechazo al agua explicaba mis incomprensiones. Una vez uno de los hombres que solíamos levantar en la ruta, un buceador submarino, nos aseguró con un tono de voz sentenciosa, que la gente que rehúye el agua es gente que no ama la vida. De más está decir que no volví a dirigirle la palabra en todo el viaje, y sólo lo hice en el momento en que descendió del coche y nada más que para indicarle que cerrara bien la puerta. Si el monte se me presentaba como un garabato se debía a que miraba con ojos de ciudad aquello que exigía un enfoque nuevo. Me hubiera gustado arrancarme los ojos para entrar en el monte, arrancármelos en todos los sentidos de la palabra, lo que no hubiese sido más que un gesto absolutamente literario que hubiera acusado mi profunda ligazón a la cultura, a ese repertorio conocido de saberes que se reiteran una y otra vez con voces y formas. Lo natural, al menos en el monte, tiene más de sorpresa que de repetición y al parecer yo no estaba dispuesta a aceptarlo, por eso insistía en no comprender. Con el tiempo llegué a establecer alguna relación entre los arranques furibundos por viajar y nuestra vida de todos los días. Cuando yo lograba aceptar que me encontraba situada a medio camino entre mi alma y mi cuerpo, sentía el impulso loco de hablar de un viaje. Por lo general trataba de olvidar ese desencaje mío, esa constante necesidad de quitarme el cuerpo de encima recurriendo al vestido oloroso que colaboraba malamente. Por entonces mi única estratagema conocida para sacudirme el alma del cuerpo era viajar. Tenía el total convencimiento de que los viajes me daban esa sensación única de que mi cuerpo y mi alma se separaban. Así lograba ser sólo cuerpo, al menos por un rato.

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  Los milicos desconocían la relación estrecha que sus pobres personas mantenían con la muerte, con esa misma muerte, la de todo el mundo, la que continuaba unida a mí por el lado izquierdo y me acompañaba dejando que un hilo de aire me confirmara su compañía. Para los milicos, en cambio, la muerte era el resultado de una acción que ellos podían realizar o a la que ellos se enfrentaban. La muerte podía acompañarlos o estar a su lado, era tan sólo un agregado de la vida, podía aparecer o no, y nada cambiaba. La muerte para ellos brotaba de una maniobra del cuerpo, a la que únicamente el cuerpo era capaz de responder. Ellos no creían que a la muerte se la pudiera mirar a los ojos. Es muy probable que, en el fondo, los milicos carecieran de ese don, de ese sentido de la simbolización y que sin duda, en el caso de haberlo poseído, los hubiera acercado a alguna forma de sabiduría o les habría cambiado el rostro para siempre y quitado la postura rígida y la sequedad de la mirada. Tal vez su prolongado, legendario contacto con las armas de fuego contribuyó bastante a que el acto de morir se les hiciera cotidiano, a que se les fuera metiendo adentro de las intenciones, al punto de que se les mezclara en sus quehaceres, tanto y tanto, que ya nunca más pudieran quitársela de las entrañas y de los escondites más escondidos de su cuerpo. Es muy factible que ese contacto repetido con las armas les hubiera pulverizado la capacidad de hacer de la muerte algo semejante a una sombra con la que, acaso, se pudiera conversar. Para ellos ver matar o convertir a las personas en muertos eran acciones simples, tan simples que hasta podía evitarse hablar de ellas. Después ningún resto, ningún vestigio, nada les quedaba, salvo el recuerdo o la memoria de un cuerpo que, al haber pasado por el acto de morir, se convertía en una cosa. De cualquier modo se trataba de una memoria insignificante. Si la vida era un envoltorio de celofán, la muerte era un objeto frágil, frágil o poco consistente o, tal vez, escurridizo como el agua que con todo se mezcla, menos con el aceite. Y la frágil muerte, simple, muy simple y enhebrada hilo por hilo, estaba en la torpeza de cada uno de sus movimientos, de la mañana a la noche. En ese sentido prácticamente nada en común tenían con Marcos. Por el contrario, Marcos sentía que la muerte era lo que era: una presencia que merodeaba a la gente y cada tanto se le escapaba por los ojos. Si en algo se vincularon y se enfrentaron los milicos y Marcos tal vez fuera en la relación que cada uno de ellos tenía con la muerte. Para los milicos la muerte no existía por sí sola, surgía de un acto de necesidad, eso que se desprendía de la gente o de la voluntad del cuerpo de la gente. Para Marcos, en cambio, se trataba de una contrincante casi sagrada. Sagrada y bestial. Por eso cada noche, al acariciarme, la acariciaba y la acariciaba sin descanso, con una lentitud exagerada, hasta volverla translúcida.

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   Inexplicablemente nació en nosotros una verdadera pasión por las películas de Chaplin. Nos desvivíamos por ir una y otra vez a las universidades y a los cineclubs donde las circunstancias y los policías vapuleaban al hombrecito gris, donde todo sucedía demasiado rápido y el cuerpo del hombrecito era flexible e inmaterial. La vida se volvía contundente y precisa, cada acción provocaba una consecuencia que se encadenaba a otra serie de consecuencias enlazando a las personas en una trama disparatada. Así el destino podía ser blanco o negro y en cinco minutos volverse grisáceo. La vida era efectiva en las películas de Chaplin y a la vez era devorada por el tiempo, cada hecho tenía un significado y un peso irrevocable, pero ese hecho no aplastaba ni decidía nada, se diluía en el instante y de esta manera cada instante, pleno y rotundo, era a la vez fugaz.
En las películas de Chaplin no había por ejemplo un monte ni ninguna frontera, en todo caso había frontera y ninguna era más importante que otra. No había un policía sino muchos policías y la ciudad era muchas ciudades. El mundo se veía tan extremadamente intangible y las personas tenían una trascendencia tan opaca que daban ganas de quedarse a vivir allí, de dejarse estar en esas avenidas blancas y hasta de poner la cabeza bajo el cachiporrazo de los policías. El mundo se podía inventar y descomponer con igual intensidad, se lo podía modificar sin que se lo tuviera una que tomar en serio. Ninguna cosa ocupaba un excesivo espacio en las películas de Chaplin y, aunque había máquinas que se olvidaban del cuerpo de la gente o tranvías infernales, todo parecía leve y antojadizo, la muerte no existía en las películas de Chaplin, porque nada duraba demasiado. Y eso ya era una gran ventaja para nosotros.

                                    

miércoles, 12 de septiembre de 2012

EL TIRONEADO OFICIO DE ESCRIBIR



  No es fácil lidiar con la escritura. La palabra escrita es un material denso. Con sólo  utilizar un diccionario de sinónimos comprobamos que un adjetivo no puede ser fácilmente reemplazado por otro.  Los límites entre una palabra y otras están marcados y ninguna puede suplantar holgadamente a la otra. Si las palabras fueran más dúctiles y lábiles se amañarían más blandamente entre sí, se dejarían intercambiar. No hay exactitud, no hay correspondencia entre dos sinónimos. Nuestras  percepciones se deshacen en lo dócil  de las vivencias del mundo mientras nuestras palabras adquieren la dureza del monumento. Sospecho que desde  sus orígenes se planteó el arte literario como una alternativa a la vida misma siempre en continua oposición  porque intentamos trasladar  mendiante un instrumento duro la blandura de la experiencia. Este es, desde ya, un dilema sin resolución. Durante siglos hemos visto que el alcoholismo fue un ingrediente común en la vida de los escritores como si hubieran pretendido disolver con el alcohol era pétrea condición del material de trabajo. Veamos. Durante el proceso de escritura atravesamos distintos momentos. El primero, el llamado "volcar la materia prima" o crear el magma puede imponer la dificultad de enfrentarse al vacío, hablamos del clásico miedo a la página en blanco. Pero una vez sorteada esa dificultad si es que se presenta, todo parece fluir. Y claro, esto es comprensible, todavía no nos hemos enfrentado a la dureza del lenguaje. Luego de trabajar el ritmo, de plantear las intrigas, de atar los cabos sueltos, de entretejer la maraña del relato y demás cuestiones, aparece la palabra en su desnudez. Nos enfrentamos a la cacofonía y ahí es donde  cada palabra muestra su falta de doblez, su condición marmórea. Y lo más terrible es que  justamente con esas  palabras hechas de la misma inalterable materia, pensamos: el acto de pensar está construido con palabras, y nuestro pensamiento nos constituye. Si no escribiéramos no nos hubiésemos dado cuenta de este exceso de cualidad de la palabra.  Nuestro pensamiento y lo que está  vertido  en la hoja comparten su condición. La vida va por otro lado, fluye, se sorprende constantemente de sí misma, se sobresalta, brinca, va por debajo de las aguas y fluye como un mar. Y nosotros, en el medio, intentando recrearla con un material que se nos rebela a cada paso.
  No es casual que cuando llega el momento de la publicación quedemos atormentados y extenuados porque nada de lo que pretendemos conquistar se doblega. En realidad escribir es un acto continuo de renunciamiento.  Aceptamos esta palabra, cambiada mil veces antes  en nuestra mente y durante la corrección porque no hay otra mejor. Publicamos, como decía Borges, para no seguir corrigiendo. ¿Corregir lo incorregible es acaso perseguir una ilusión que nunca se logra alcanzar? Resulta extenuante lidiar con  linealidad del lenguaje y su entrecortada urdimbre. ¿Una palabra escrita equivale a una decepción amorosa? No sé, no sé. Mi pensamiento, mis palabras escritas y el mundo se la pasan tironeando como en una cruenta relación amorosa. ¿Hacer literatura es estar casado con la desavenencia? No sé.  No sé.

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martes, 3 de julio de 2012

LILIANA ALLAMI: UN RELATO



Los relatos de Liliana Allami tienen una  condición inigualable: el silencio. Lo no dicho sostiene al texto desde lo profundo y le otorga intensidad. Como en este cuento, los personajes de su mundo narrativo se debaten entre la opacidad de la rutina y una posibilidad de salida, algo que resplandece y que está en otro lugar, un tanto esquivo, en parte clausurado. Entre estos dos mundos: el de lo que es y el de lo que podría haber sido se extiende una línea que, aunque delgada, no se fractura con facilidad.
    El ritmo narrativo suele quebrarse como al son de un balbuceo en esa continua indagación de personajes que bucean su interioridad, un recorrido que despliega el mundo circundante y muestra sus aristas, sus luces y sus sombras. Una prosa mesurada, una literatura de lo mínimo  que podría ser inscripta en la tradición de Raymond Carver,  aunque con una estética más estilizada, y que alcanza el logro de evadir el contraste logrando que la sugerencia ocupe el primer plano. En esta delicada tensión entre lo dicho y lo no dicho, entre lo posible y lo imposible se debaten los perfiles de la condición humana.



Bajo el caparazón

En el verano comemos langostinos casi todas las noches. A mi esposo le gusta pelarlos. Les quita la cabeza, las aparta prolijamente a un costado del  plato; después se dedica a los caparazones, extrae la carne delicada y rosa y me ofrece el primero. Un ritual antiguo como nuestra historia. Él lo repite donde sea. Nos miran. A Javier no le importó nunca, pero a mí siempre me avergonzó llamar de esa manera la atención de los demás, entonces volteo la cabeza como disimulando y sin dejar de comer lo que él me ofrece pienso en otra cosa, en lo que durante muchos años yo llamo mi mundo: el atelier, mis pinturas, la frustración de un dibujo inacabado o aquel efecto que logré, un haz de luz, una manzana o un zapato, una mirada desgarrada y unas manos que hasta ayer me tocaban; y me distancio, dejo a mi esposo solo pelando con fruición los langostinos en este restaurante al que venimos mucho.
Del otro lado del ventanal, las aguas fulguran bajo la luna llena. Hay una luz perfecta. La gente pasea aletargada -es el ritmo del verano- pero risueña. Aspira el aire transpirado de la noche, echa una mirada al río, le toma la mano a su pareja, ajustan dócilmente el paso como si fuera fácil caminar siempre con el mismo ritmo y para el mismo lado.
            Javier mueve las manos afanosas y sonríe -hay una confabulación de sonrisas esta noche- mientras realiza el rito. Toma los langostinos por la cola, les quita la cabeza, hace crujir todos los caparazones. No es delicado, es sucio. Cada tanto toma la servilleta y se limpia con un gesto rústico. Me mira. En mis ojos hay inquietud, desorden, turbulencias. Escondo la mirada.
            - Qué pasa -se alarma.
            Niego con la cabeza. Los aros que me puse son dos ruedas pesadas que me golpean la cara. Quiero arrancármelos, quiero contarle que estoy como de duelo.
            Vuelvo a mirar la luna nítida, entera, otorgándole a la noche matices que me dejan con la boca abierta. Quién pudiera captar la esencia de la noche para impregnar la tela. Yo no. Tengo el corazón partido, los ojos cansados por contener el llanto. Seis años compartiendo arrebatos, dolores, alegrías; la misma inclinación por la pintura, la misma urgencia de besarnos, de tocarnos, de hablar; hace un mes dijo basta y se fue. Y cuando se acaba una relación secreta se llora por dentro, secándose, apretándose; mi mano ya no puede desplegarse, sostiene el pincel, parece que está viva, espera vanamente pero se queda quieta. No hay mundo, ahora, en el que pueda refugiarme. Mis dibujos se quedaron sin alma, sin aliento. Y Javier sigue con los langostinos. Cuánto lo envidio: mantener a lo largo de la vida una pasión intacta.
     Y encima este sudor inesperado. El cuerpo rebelándose como si fuera de otra; el corazón golpea, el agua fluye, me moja las piernas, la nuca, el cuello, las axilas. La sangre me sube a la cabeza y debo estar violeta. Qué ironía. En lugar de lánguida y pálida como corresponde a una amante abandonada, estoy alerta y colorada. Justo cuando debería convencerme  de que soy joven todavía -todavía, un espacio de tiempo limitado, el último segmento de la línea- de que si Juan se fue -Juan… repito obsesivamente su nombre pero las paredes no responden, ni la almohada, ni el teléfono mudo, ni el espejo que me muestra con muy mal aspecto. Qué notable, en los últimos años me sentí atractiva. No hay caso, el deseo acentúa, redondea, y una en cada movimiento se delata, deja un halo, un reguero de miel- justo ahora digo, cuando debería convencerme de que si Juan se fue, no importa cuáles hayan sido sus motivos, andará por la vida como un zombi acariciándome en el aire y repitiendo mi nombre en los rincones. Pero estoy vieja, cansada. Me revuelvo en la silla, me recojo el pelo. Javier ha detenido su tarea, parece que me mira desde hace un rato largo. Acerca sus manos a las mías, recuerda que las tiene sucias, entonces con sus muñecas roza mis muñecas.
            -  Cada día te ponés más linda -dice.
Javier no pinta, no escribe, no hace música, es comerciante, se dedica al negocio de las luces, vende pantallas, tubos, lámparas, y por lo visto sabe iluminar con un sentido de la oportunidad único.
 El calor se apacigua. El agua que se desliza por mi cuerpo es absorbida por la ropa. 
            Un chico de una mesa vecina está junto a nosotros. Fija la vista en las siete cabezas que se encuentran alineadas en el borde del plato. Y yo, que siempre me sentí avergonzada por esa costumbre de Javier y escondía esa vergüenza pensando en otra cosa, negándole mi complicidad, ahora miro al chico, me esfuerzo y le hago un guiño haciéndome cargo también  de ese despliegue que se jugó en el plato. A Javier se le desborda la sonrisa: esperó mucho tiempo que me decidiera a ser su aliada.
            Queda todavía un langostino sin pelar -todavía, un trecho posible, un tiempo para modificar algo. Javier extrae la carne consciente de que nos mira el chico, y me la ofrece. Este último bocado le corresponde a él pero elige cedérmelo. Paso la pulpa por la salsa, me lo llevo a la boca. Javier, con insistencia, frota las manos en la servilleta: cómo cuesta quitarse los residuos pegajosos. Mientras deshago la carne contra mi paladar, pienso que apenas me manché dos dedos. Me vuelvo a arrebatar; una vergüenza nueva, no aquella de sentirme juzgada por vecinos ocasionales y curiosos. Miro a Javier y lo comprendo. Estuve años al lado de mi esposo mirando de costado, sin mancharme, refugiada en un mundo que nunca lo incluía porque, con una vanidad insoportable, consideraba menos interesantes sus gustos y sus aficiones.  Lo dejé solo. Sin embargo, él mantiene inalterada sus pasiones. Al menos por mí y los langostinos.
                                                                            
Liliana Allami nació y reside en Buenos Aires.
Es Licenciada en Química, egresada de la Universidad de Buenos Aires.
Publicó los libros de cuentos: Para mí que fue por eso; Un impulso escondido; Eso sin nombre; Novia que te veamos. En el 2007, este último libro obtuvo una distinción, como libro inédito, en la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En el 2011, este mismo libro, ya editado, fue finalista del Premio Internacional de Cuento “Juan José Manauta”.
En el 2011, uno de sus cuentos, obtuvo el Premio Municipal de Literatura “Manuel Mujica Lainez”.
Los cuentos de Liliana Allami han sido publicados en diversas antologías. Entre ellas:
Primera antología de cuento breve, 2006.
Mujeres con pelotas. Cuentos inspirados en fútbol. Prólogo de María Rosa Lojo.
Actualmente tiene una novela corta y un volumen de cuentos en preparación.


                                                                                                                Irma Verolín