Espiral de Saraswati

miércoles, 27 de abril de 2011

"EN LA RESACA": NOVELA DE JOSÉ GABRIEL CEBALLOS



  Leer “En la resaca” es sumergirse en un mundo en el que los personajes marcan el tempo y el ritmo de la novela. Y  cada personaje está allí como expuesto en un contexto que de pronto lo ilumina, le da su oportunidad de resplandecer para que,  en otra instancia,  esa luz siga su curso hacia otro personaje que encuentra su momento hasta que este también concluye. Hay una mirada que los recorre, precisa, un tanto implacable,  a veces con un rasgo levemente irónico. La voz que narra nos va llevando de la mano y nos acerca al pequeño mundo de  estos personajes convirtiéndonos en espías de eso que nos atrapa y también en cómplices de la voz de este narrador, que es un poco testigo y otro poco delator.
    En el trazado de  los personajes se pueden detectar varias líneas estéticas que son justamente las que –a mi criterio- caracterizan la prosa estilística en la obra de Ceballos. Hay un perfil rioplatense que se entronca en el grotesco criollo, cierto matiz del sainete, algún rasgo absurdo o ridículo asoma por allí entre el ropaje de estos  seres singulares. Sin embargo en la elección de sus nombres y en el  tono de algunas descripciones es detectable la tradición del realismo mágico. Estas dos líneas, cuya integración constituye un acierto literario,  se mixturan de tanto en tanto con el tono borgeano, se trata de esa ironía tan típica que encontramos especialmente en obras anteriores de Ceballos. Es una ironía solapada, contenida o mesurada que muestra un modo peculiar de ver el mundo. Quizá por eso los personajes se nos vuelven tan atrayentes.
       Este abanico de personajes juega su diversidad de roles en espacios comprendidos en un lugar llamado Fulgor, una ciudad de provincia,  son espacios que se  sitúan en distintos niveles  entre los que podríamos distinguir el que se encuentra  ajeno al mundo y, por lo tanto,  también fuera de la cotidianeidad del relato, enfatizado en el título de varios capítulos “Bajo la tierra” y luego, el de la interioridad de los seres que lo habitan, consideremos que la ensoñación provocada por un químico o la experiencia onírica forma parte de esta interioridad.
   “En la resaca” no es una novela fácil de abordar. Detrás de la aparente sencillez hay una trama compleja, un hilado sutil que  despliega gran profundidad y dado que eso es lo más difícil de lograr en términos de contar historias en el plano de lo literario, esta novela nos invita a entrar en un camino de indagación permanente.
    Desde el vamos no deja de llamar la atención que su título aluda al concepto de lo oscuro, lo denso, lo turbio, lo pesado: la resaca,  y que el nombre de la ciudad  se vincule a la luminosidad y resplandecencia. Ahora  bien, si tomamos en cuenta la  otra acepción de resaca entendida como movimiento, todo lo que ocurre en la novela alcanza diversas significaciones. Con lo primero que nos topamos en tanto originalidad es que en esta especie de subgénero que es el de la novela que aborda el tema de la  última dictadura militar argentina, Ceballos no cae en la clásica dicotomía, en el maniqueísmo,  aquí la oscuridad y lo que resplandece  permiten todo el tiempo su juego de filtraciones, entrelazamientos, impregnaciones de uno y otro perfil.
    No bien nos involucramos en la lectura,  el lenguaje depurado, la impecabilidad  y precisión en la descripción de lugares y personajes  actúa a la manera de un telón de fondo que encubre esa opacidad encerrada en  el título de la novela. De algún modo el nombre escogido para esta ciudad de provincia inventada, rasgo típico de la tradición del realismo mágico, es un gesto irónico. El fulgor está únicamente en el nombre, el resto, la ciudad entera y sus habitantes responden a las características de la resaca. La historia es atrapante y está sostenida por una intriga que va en crescendo, pero  de inmediato surge la pregunta: quién cuenta esta historia. ¿Quién narra aquí? Ante todo no estamos frente al narrador monumental de la novela clásica, el que todo lo sabe, el incuestionable.  En esta novela el narrador se acerca y se aleja de los personajes, se va desplazando; a veces los personajes son enfocados o mirados desde la perspectiva de otro personaje, eso le da movimiento y versatilidad al texto.   Cada personaje va surgiendo  después de ser nombrado como en un escenario teatral. El nombre no  es un título, no  responde a la grafía de un guión que abre el diálogo y le otorga la palabra o la voz a otro que no es el narrador. Al principio se tiene la impresión de que los personajes están en un escenario y la luz va cayendo sobre cada uno de ellos. A medida que el relato avanza esos personajes son iluminados de a poco con mayor intensidad en un movimiento que va hacia atrás en el tiempo y hacia  lo profundo en el espacio de la interioridad. La mirada sobre cada uno de estos personajes  se expresa con un tono conciso y un dejo de burla y a la vez de contenida compasión. Ahora bien, la característica de este narrador es su capacidad de migrar,  de desdoblarse. Este narrador maleable le da  lugar a una suerte de voz de la conciencia  que, de tanto en tanto, replica y ahonda en el mundo interno de algunos personajes. No podría  considerarse que esa es la voz del narrador, oficia más bien de otro personaje dentro de la novela. Todos estos recursos enriquecen notablemente la escritura. En su desplazamiento esta voz del narrador se desliza tenuemente  hacia un lenguaje legal,  su discurso se va asemejando al de un pesquisante, en este sentido la voz del narrador se modula y cambia a medida que el foco se acerca a distintos personajes, podría afirmarse que esta voz mutante se ve afectada por el halo de los personajes. Y al mismo tiempo en otros momentos este particular narrador da la sensación de que la trayectoria de su mirada  estuviese amarrada a una cámara  filmadora que se encuentra en movimiento.
    Estos personajes, a veces patéticos, conmovedores, desolados, se mueven en una serie de  ámbitos: La radio, el hotel  La Bienvenida”, la plaza,   el ingenio abandonado que es un lugar determinante en el desenlace de los hechos, remarcado por el título reiterado de “Bajo la tierra”  seguido por los números uno, dos, tres, cuatro y los ambientes donde estos personajes viven. Pero existe otro espacio no menos importante: la interioridad de los personajes y en esa interioridad  están sus sueños desplegados en la noche a través del relato en un programa de radio. Aunque también podría incluirse otro espacio, el de la virtualidad, la televisión en tanto representación del mundo de afuera. La radio muestra el espacio interior de los personajes, perceptible también a través de sus evocaciones, pensamientos y elucubraciones. Esta interioridad es el espacio más determinante de la novela,  de la misma forma en que lo es el del ingenio abandonado, ya que es aquí donde ocurre lo relevante. Estos dos espacios digamos interiores, digamos entonces, espacios ocultos,  son espacios bloqueados para el afuera que de pronto implosionan.  Esencialmente “En la resaca” es una novela de espacios cerrados, una o dos veces  alude a Buenos Aires, se dice “la capital”, pero de esta ciudad de provincia se hace sólo referencia al gran mundo que está afuera, del cual llegan los periodistas, un mundo que es apenas una referencia muy genérica, un  mundo  que se asemeja a una totalidad enfrentada a Fulgor. Finalmente Fulgor se pliega sobre sí misma y termina guardando sus secretos. La historia se cierra como una flor nocturna. Fulgor es un espacio simbólico donde nada cambia en realidad. Lo oculto sigue siendo oculto. Quien viene a develar – Patricia, la periodista extranjera- es tragada por las leyes del lugar y de reveladora se convierte en encubridora. De modo que una vez más reconocemos el rasgo irónico en la elección del nombre Fulgor que, aunque sugiera luminosidad, termina replegado en lo que encubre, lo que oscurece cualquier posibilidad de echar a luz la verdad escondida. Entonces si tomamos la otra acepción de resaca -movimiento de marea- convenimos en que el título es muy ajustado: la marea va y viene, el movimiento es continuo, pero el agua es siempre la misma. Y  la conclusión de esta historia lo confirma. Nada cambia en realidad.
         Los personajes y sus vínculos entre sí estructuran la novela. Trama de relaciones, vínculos visibles y ocultos. Eso que no se ve, lo oculto de los vínculos humanos, eso que no se muestra como la genitalidad entre hermanos, la subordinación de Alelí a Vernengo durante la represión, eso es el desencadenante de la historia. Y lo oculto es también el lugar donde están los cuerpos de los desaparecidos, lo oculto son palabras que no se pronuncian o palabras encubiertas por otras palabras a través de mentiras. Este juego de  múltiples ocultamientos está trabajado desde la palabra en la sutileza y en el entramado que  se desliza por detrás y sostiene el andamiaje del relato. Por eso esta novela es tan rica también en términos de estructura,  factura o armado Y eso precisamente es lo que presenta complejidad a la hora de analizarla.
    Especial importancia tienen en esta novela el lugar de las palabras. Sean estas pronunciadas o no, escritas y luego quitadas  de su sitio se encuentran presentes en ausencia  - las del libro de autos con sus páginas faltantes, las palabras que aparecen en pintadas callejeras, que fueron fraguadas por varios personajes para obtener una ventaja, las palabras un texto que está por escribirse, la escritura de un texto sobre la dictadura que finalmente no saldrá a la luz, que no mostrará la verdad-. Están además los apuntes que la periodista hizo, manipulados por Vernengo en el ingenio abandonado, están las palabras no pronunciadas por un mudo, las palabras dislocadas de un enfermo con Alzheimer, las que relatan sus sueños a través de un programa radial. En cualquier caso las palabras pronunciadas o escritas deben ser tapadas, bloqueadas, encubiertas. Ante la palabra, se impone el silencio o alguna forma del silencio como el ocultamiento o la tergiversación,  en cierta medida parece operar bajo cuerda el lema que se impuso desde el gobierno durante la dictadura militar: “El silencio es salud”. Sin embargo es desde el estricto punto de vista literario donde la palabra ha sido trabajada con cuidado, sin desmadre, manteniendo el pulso. Dentro de la intriga el valor de las distintas acepciones de un término se desmenuzan, nada sobra aquí ni nada falta. Es el narrador quien reflexiona sobre la precisión del lenguaje dentro de la novela, como si se desdoblara una vez más. Y entre lo que se dice y lo que se calla se establece la tensión y el manejo de la intriga se sostiene hasta el final profundizándose. Las palabras, dichas, ocultas, desfiguradas, silenciadas ocupan en este texto el lugar de los cuerpos de los desaparecidos que en esta historia podrían dejar de ser esa entidad abstracta para convertirse en muertos lisa y llanamente si la verdad saliera a la luz. Pero,  puesto que no es así, todo, nosotros mismos, los lectores en tanto cómplices, quedamos sumidos en esa ambigüedad, en esa imprecisión, en esa fascinación de lo que se intuye o se adivina,  eso que se palpa sin que se muestre completamente que es el lugar de la literatura por excelencia.
                                                                  

Esta novela  fue la  ganadora del  XII PREMIO ALFONSO VIII DE LA DIPUTACIÓN DE CUENCA- ESPAÑA‏

 A propósito de los entretelones del premio:
El restaurante Figón del Huécar fue el escenario elegido para que el jurado del Premio de Narrativa Alfonso VIII diera a conocer su veredicto. Aunque los jueces tuvieron que analizar 160 obras, el trabajo que más les sedujo fue “En la resaca”, un material creado por el escritor y abogado argentino José Gabriel Ceballos.
Gracias a este fallo, el autor nacido en 1955 en la localidad de Alvear (Provincia de Corrientes) logró quedarse con los 18 mil euros que forman parte del galardón y acceder al beneficio de ver su novela publicada por la Editorial Edaf.
El relato que presentó Ceballos a este certamen español convocado por la Diputación Provincial de Cuenca está inspirado en la dictadura militar argentina y tiene como protagonista a un periodista que traslada a un torturador enfermo de Alzheimer desde un asilo hasta la ciudad que lo vio actuar con crueldad durante la década del  setenta. Desde el punto de vista de Almudena Grandes, la escritora española que presidió el jurado integrado por colegas como Pedro Zarraluki y Lorenzo Silva, el representante de la editorial Edaf Melquíades Prieto y Marta Segarra (encargada del Servicio de Publicaciones de la Diputación Provincial), esta obra merece ser premiada porque además de ser “ambiciosa y comprometida” es una novela arriesgada que gira en torno a un tema delicado. “No es una historia simple de buenos y malos, sino que aborda los límites de la crueldad y ofrece un final sorprendente”, expresó ante la prensa la creadora de títulos como “Malena es un nombre de tango”, “Atlas de geografía humana” y “Estaciones de paso".

  José Gabriel Ceballos nació en 1955 en Alvear, Pcia. de Corrientes donde reside actualmente. Autor de una vasta obra cuentística, en la que se destacan "El patrón del Chamamé" (Premio Educa en San José, Costa Rica) y "Entre Eros y Tánatos" (Premio Tiflos, Madrid) ya ha incursionado también en la novela  con "Ivo el emperador" y "Víspera negra" (Premio Ciudad de Alcalá de Henares). En Sevilla España, ganó el VII Premio Alberto Lista de narraciones breves y recientemente obtuvo el Tercer Premio Municipal  de la ciudad de Buenos Aires- Ricardo Rojas.
Otro premio para el prolífico escritor José Gabriel Ceballos | http://www.primeraedicionweb.com.ar/s...



jueves, 21 de abril de 2011

ADRIANA AGRELO: Tres poemas



Adriana Agrelo y yo compartimos la inigualable experiencia de participar en el taller del escritor Antonio di Benedetto después de los años de dictadura militar y, siempre, de tanto en tanto, otras actividades literarias que nos acercan y renuevan nuestro vínculo. Estos poemas,   que son parte de su libro "Como gota en el agua"  -editado en el 2007 en El taller del Poeta en Pontevedra, España- tienen el tono y la frescura de los versos  celebratorios de la naturaleza entroncados  posiblemente  en la tradición del "Canto resplandeciente" de los guaraníes,  tienen  cierto  toque mítico y una luminosa rusticidad.    
                                             


 POEMAS DE TITAYEYE

I

Soy esta ansiedad que se inclina como ramas de sauce
sobre el río
cuando la bruma se levanta con el viento y forma
espirales
nubes pequeñitas arremolinadas
esta ansiedad biguá negro que hunde su pico   se sumerge
vuela bajito y desciende en sombras sobre las casuarinas
Siento el pinchazo de sus agujas sobre la piel desnuda
y mis ojos se tornan roble de otoño
la mirada paisaje sepia serpenteando el pasado
mancha fucsia de azaleas flor abierta mi alma
canoa que boga sobre estrechos canales
sobre las ondas de su propio cauce recorro su laberíntico
delta
protejo las raíces de sus magnolias con tierra nueva
soy clavel del aire
prendido a los haces de luz que se filtran en el follaje
mi deseo es una copa antigua
un cielo estrellado
canto de grillos aroma de madreselvas
soy colibrí libando néctares y atardeceres
muelle que espera el abordaje soy orilla que el agua
apenas ha erosionado

II
Soy el Titayeye
marrón lodo de río
hecha de sones y grillos
Titayeye soy de croar de ranas
con voz espantacuises
arrastro camalotes
troncos bogantes
mis cabellos lianas espumosas
Mi nombre es Titayeye
culantrillos crecen en mis extremidades
Titayeye es mi nombre
silbo entre álamos
mi cuerpo ahuecada canoa
mis deseos pechos redondos
como ojos de agua
naranjas silvestres nueces
néctar de madreselva
mi sudor
Soy Titayeye elemental terrana maternal
mi abrazo abarca cada criatura
mi palabra brebaje alivia tu sed
Titayeye soy y te convoco
Multiplicándome como delta sin cauce
me expando


III

Azul húmedo de hortensias mi sexo
abierto de pétalos mi vientre verdesombra
poblado de pájaros y sueños
Soy Titayeye cuerpo y sudor
calor que asciende de la tierra
enredadera enamorada devorainsectos
mi cuerpo libador agridulce
ojos negro carbón  con doradas hebras de sol
Titayeye soy
siente este son esta marea burbujeante siente
el gorgoteo de río entre raíces
mis manos hornos de barro y sal
sumergidas en blanca levadura
brota con mi calor
sé vaho en mi asiento de rosa silvestre
Mi nombre es Titayeye
me prolongo y me tiendo como muelle
Soy mascarón de proa
Guitarra suspendida
mi cintura de río.



Adriana Agrelo nació en Avellaneda, Pcia. de Buenos Aires . Licenciada en Letras (U.B.A.), Técnica Universitaria en Gestión Cultural (UNMDP) asistió a varios talleres literarios, como los de Antonio Di Benedetto, Silvia Álvarez, Mayte Alvarado, Gloria Pampillo y Silvia Schmid. Ha coordinado varios talleres de escritura e impartido clases de literatura como docente de enseñanza para adultos. Y gestiona actividades culturales a través de su ong CREARTEDUCA (Creatividad, Arte y Educación) fundada en el año 2000.-
Sus textos han sido antologados, entre otros, en los libros Desde el cuarto A (Ediciones Taller Fe de Erratas, 1986), Redes de cuentos (Grupo Editor Moriana, 2000), así como publicados en diversos sitios en Internet. En el año 2008 publicó su primer libro de poemas Como gota en el agua, Ediciones El taller del poeta, España.
Diseñó y editó la revista mensual Moriana, en colaboración con los escritores del taller de Silvia Schmid y colaboró con sus textos en los números de la revista Morimbia, del mismo taller, que se editó hasta el año 2007.
Desde el año 2004 trabaja en la Biblioteca del Congreso de la Nación, donde realizó hasta el año 2008 actividades de promoción de la lectura y talleres de capacitación docente en el Bibliomóvil en el marco del programa "Cultura en Movimiento", así como también participó en varias oportunidades en el programa "La provincia en estado público de lectura" y "La fiesta de la lectura" dependiente del Instituto Cultural de la Pcia. de Buenos Aires. Paralelamente continúa dictando talleres de escritura y lectura en la Biblioteca del Congreso.

                                      Obra de la artista plástica María del Carmen Cerezal
                                                            Adriana Agrelo  en su taller literario

      

domingo, 27 de marzo de 2011

INÉS LEGARRETA: TRISTEZA DE VERSE LEJOS

 He leído tres de los libros editados por Inés Legarreta en forma correlativa, a medida que fueron apareciendo y debo decir que cada libro me pareció literariamente superior al anterior. Este es un hecho raro, Ricardo Piglia suele decir que en términos de creación artística no hay progresión asegurada. Sin duda Inés Legarreta parece ser la excepción que confirma la regla. Estamos frente a una escritora en el sentido más cabal de la palabra, leerla es participar de un concepto de escritura,de la elaboración de un trabajo exquisito, profundo, sutil.  Lo que sigue es una aproximación crítica a su último libro: "Tristeza de verse lejos",  que es un relato extenso  al que Legarreta cataloga de  "nouvelle",  para mí es una novela, quizá su extensión no sea la habitual para este género, pero "El amante" de Maguerite Duras no  es más extenso que este libro que sinceramente merece ser leído y releído.


LA EXPERIENCIA DE LO SUBLIME EN UN MUNDO CERRADO

  Hay una frase muy resonada en psicología que dice: “Bailar es la realización vertical de un deseo horizontal”,  esta frase alude lógicamente al deseo sexual. Aquí en su novela “Tristeza de verse lejos”, Inés Legarreta nos despliega situaciones en las que no es precisamente lo sexual a lo que se aspira sino que la premisa parece invertirse. Lo vertical que es la columna vertebral del cuerpo, el eje primordial que da forma a la estilización de la danza del tango, tiende hacia arriba, busca lo absoluto. Lo horizontal es el mundo,  ese otro escenario que está afuera del espacio mágico llamado  milonga. Ya desde el inicio de la novela la imagen del mundo es la del caos, es el infierno, dice la narradora y ese mundo se abandona enseguida, en la primera página se produce el pasaje al otro lado. Es casi un deslizamiento sin mediación, sin previo aviso. Del otro lado está la milonga, ese sitio mágico  que estaba allí listo para ser habitado, como la madriguera de Alicia en el país de las maravillas.
    La voz que narra merodea, busca, vacila, se pregunta, esa voz  también es un cuerpo  que se prepara para bailar. Hay un tono  tal vez de cuchicheo, de confesión apagada. El movimiento de la prosa es plástico. Es una prosa que baila, pero ajustadamente, sin el más mínimo desborde, sin detallismos, con mesura. La voz del narrador ronronea, masculla, un tono en voz baja, una voz con silencios, con omisiones justas, necesarias que le dan al texto un nivel absolutamente literario,  pareciera que hablar mucho significara de salir del código tanguero. La voz que replica habla de lo que escribe, de lo que va a escribir, de lo que quiere escribir y se plantea la imposibilidad de escribir con cierta pena o angustia. Es una voz ligera que se pregunta, flota, se sumerge. El tono de este relato no deja de sorprender, de inquietar,  se sitúa en el borde, da la impresión de estar marcado por el registro atento en parte fascinado y en parte huidizo de quien narra.  Se trata de un hallazgo literario, sin duda. Toda la novela es un acto de indagación sobre lo que se muestra y lo que se oculta y quien narra -la mujer que narra- está poniendo en juego mucho de sí misma al estar allí, al participar del entramado de las relaciones humanas que el acto de ir a bailar impone. En este proceso peligroso y atrapante, la narradora establece un contrapunto entre este mundo  al que ha ingresado con respecto al otro, al que dejó atrás: lo que se espera de la milonga y lo que se encuentra en ella.  Es sumamente significativo el movimiento de la mirada de la narradora que   observa desde afuera. Lo que ve es el movimiento externo de  los cuerpos y se empeña en ver también eso que está detrás, eso que intenta alcanzar, eso que se merodea que es un alto grado de significación, lo que ella persigue y busca interpretar con su mirada. “Nadie lo vio, nadie fue capaz de verlo así”, dice. El derrotero de una mirada insiste en profundizar con agudeza,  se empeña en atravesar lo que  se muestra en la superficie. Posiblemente con esto nos está diciendo que el acto de bailar es participar de un ritual delicado y majestuoso y eso,  inevitablemente, tiene su precio.
    Lo que constituye la masa del relato son esos cuerpos en el escenario privilegiado de la milonga. Pero esos cuerpos no tienen nombres propios sino apodos, han sido rebautizados (la reina, el amigo escritor, el flaco, la madama, los austríacos, etc.) Estos nuevos nombres han surgido por un rasgo sobresaliente de la conducta o del aspecto físico de los personajes, algo parecido a los alias de los grupos marginales de ciertos barrios, un nombre popular, un nombre social, no un nombre familiar, nombres que han nacido  cuando la imagen de la persona se socializó. Estos nombres escogidos  importan más por su función dentro de la figuración del drama milonguero que por su identidad fuera de allí. La necesidad de rebautizar, de renombrar a la gente  nos lleva a considerar que el haber ingresado en ese espacio implica  la pérdida de una antigua identidad y el nacimiento de otra, como si tomara de los mitos clásicos  los ciclos de muerte y resurrección que los caracteriza. Hay un solo personaje que   aparece hacia el final de la novela  que tiene un nombre de pila y  es Leonardo. No deja de indicar un indicio por ser el único nombrado de esta forma. Su origen nos remite al león: aquel que es fuerte y audaz como un león. Daría la impresión de que en este nombre se cifra el perfil del espacio de la milonga, ese sitio poderoso e inigualable.
    La estructura del relato es episódica, el recorrido de la mirada en su afán indagatorio, en su auscultación, en  su profundización le va dando un curso que acerca a la novela a los textos que siguen el modelo de la investigación y no del viaje.
    Pero qué es este espacio realzado por la mirada de la narradora, ese sitio llamado “la milonga”, que se opone por su rutilancia al mundo cotidiano que no entra ni en una milésima parte en él. Es ante todo un mundo regido por leyes propias, un lugar sublime que a la vez se maneja con un código básico, tribal, territorial. La narradora menciona constantemente la importancia de respetar estos códigos  -“los códigos de la milonga”, dice- dando por sobreentendido que están asentados, firmemente consolidados y que por supuesto exigen el  acatamiento de todos los que ingresan allí. Posiblemente el código de la milonga se asemeje al de un clan.  Sin ser del todo mafioso supone pertenencia o exclusión como dos instancias posibles y únicas, de modo que pertenecer es casi un imperativo de supervivencia, pero de la supervivencia del alma. Lo interesante es que dichos códigos se dan por sentados, pero no se enuncian, sólo  están implícitos. Se habla de ellos únicamente cuando son transgredidos por los que participan de la milonga. La sensación de quebrantamiento de ese orden supone de un modo velado una gran transgresión. La milonga es un mundo cerrado dentro del mundo que tiene la capacidad de preservarse a sí mismo. La milonga es un espacio virtual que apaga el mundo de afuera, que lo opaca. Lo cierto es que en un espacio con semejantes características las situaciones aparecen en forma de misceláneas, fragmentariamente, la voz del narrador las toma y las suelta para volver a filosofar, para darle lugar  a lo trascendente que hay en el acto de bailar., pero también para obtener de esta experiencia la posibilidad de escribir. Hay un texto que se está escribiendo mientras la narradora vive la experiencia del cuerpo que danza, mientras las relaciones humanas dibujan una tenue trama que no produce desenlaces contundentes. Y ese texto que es motivo de interés y preocupación instaura  otra dimensión dentro de la novela. Podemos reconocer tres de estos espacios:
      a)   El de la milonga
      b)  El de la imaginación y los procedimientos mentales que es un espacio muy delineado y potente
     c)   El de la escritura que se va haciendo, que se promete, que amenaza con ser pospuesto, un espacio frágil que es  preciso proteger de cualquier amenaza de aniquilación.
  Estos tres espacios conviven entre sí, se rozan, a veces entran en fricción. La narradora los mide y los coteja constantemente. Pero el que lo pulsa todo es el de la milonga, mental, física y emocionalmente.
      Ahora bien: ¿Qué pasa con los cuerpos el lenguaje de los gestos? El  cuerpo, desde ya,  habla más que las palabras que son generalmente escasas, sólo surgen las necesarias, las imprescindibles.  Este es uno de los códigos implícitos en la milonga. Hay una frase en Mitología de Rolland Barthes que dice: “Los gángsters y los dioses no hablan, mueven la cabeza y todo se cumple”. Esto da cuenta de que  prevalece un código muy instaurado, de que existe una clara cohesión de los miembros de un grupo quienes que ya no necesitan de palabras para entenderse. Aquí  en la milonga ocurre lo mismo: están tan cimentadas las costumbres, las pautas, eso que la narradora llama códigos que la ausencia de palabras o la escasez de palabras no hace más que enfatizar lo consolidado que el grupo, en tanto comunidad cerrada y auto-fortalecida, posee. La palabra  clave  ante el no cumplimiento o transgresión de estos códigos podría ser “traición”. Y lo sugestivo es que este espacio del dominio de los cuerpos despierte en la narradora la necesidad de pensar continuamente en ese espacio que ella concita y diagrama: el de la escritura.
   Cuando la palabra aparece  dentro de la milonga llega principalmente  para sintetizar lo que antes realizó un largo camino de elucubración en la mente de la narradora. La palabra no tiene devaneos, no  realiza movimientos innecesarios. La palabra nombra, bautiza una firme realidad. La realidad de la milonga es demasiado contundente, no se la puede malograr, tengamos en cuenta que cuando se adjetiva  en exceso se parte de un concepto pobre de la realidad, por eso hay que adornarla, por el contrario aquí la realidad  se presenta majestuosa, con solo nombrarla alcanza y sobra.
   Sin embargo este espacio del tango es el inspirador  del otro, el de la literatura y ella, la narradora,  lo usa para alimentar  ese otro que está en formación incesante que es el de lo literario. Por lo visto es tan cabal y poderosa la milonga que no puede ser modificada, es tan contundente y mítica que puede convertirse en alimento a otros espacios, es  algo semejante a un patrón poderoso e inalterable. Y en ese lugar mitificado sólo es factible ser parte de él o estar afuera. Se es o no se es milonguera, como si se tratara de una capacidad intrínseca de la persona, una entidad que se posee naturalmente, no  una cualidad que se adquiere que no se aprende,  se trata de una condición del ser, ya que estamos en un espacio mítico sus integrante deben estar a la altura de ese nivel.  Pero de alguna forma la milonga se torna subsidiaria de lo literario en tanto la milonga nutre el mundo en  gestación de lo literario.   Así las personas de la milonga son vistas como personajes en función de una trama que está por escribirse, que es la argamasa de la tan mentada escritura, la literatura  es concebida a la manera de un espacio en perpetua conformación.
    La novela consta de cuatro  partes o capítulos, la  última se titula “Papelitos plateados”.   Aparece un escenario  teatral donde se baila tango y los papelitos plateados llueven de pronto desde arriba. En la palabra “plateados” está el Río de la Plata, lugar de nacimiento del tango. La escena nos conecta con el origen en esta novela en la que se trabajó constantemente con lo mítico y simbólico, con la representación de los distintos órdenes de la vida y la búsqueda de una instancia superior, la de la escritura. Los  papelitos caen en el escenario desde otro lugar, también pueden ser dorados, son un sucedáneo de luces o condecoraciones, simbología de lo sagrado, caen desde arriba como si fuera una bendición, una celebración, lo dorado y lo plateado simbolizan planos superiores y tocan los cuerpos  terrenales de los que están bailando. Así lo que ha estado elevado desde el principio del relato encarnado en el espacio sublime de la milonga se une con la terrenalidad de los cuerpos. Los cuerpos que han ritualizado el espacio, que le han cambiado su condición mediante el movimiento de la danza del tango se sacralizan una vez más mediante este contacto con lo superior. Los papelitos plateados, a veces dorados, cayendo refuerzan el sentido mítico. Esos cuerpos cotidianos que fueron elevados por la danza del tango mantienen su valor simbólico.
   Y como el mito es circular, la narradora describe una línea envolvente que la regresa al origen: ella toma clases de tango otra vez  reiniciando así el camino ya  emprendido con anterioridad. Ella renace de alguna forma, sigue el trazado del retorno al inicio, continúa un movimiento que se renueva insistente e impecablemente, este  hecho está reforzado  en la imagen del muchacho que se eleva finalmente adquiriendo la actitud del  varón: el niño se ha vuelto hombre.  Mediante esta metáfora la autora encarna el mito de héroe en la figura de este personaje que se transforma gracias a la prueba a la que fue sometido.  Lo vertical y lo horizontal en tanto representación de lo religioso  (la cruz cristiana)  con una  recta que apunta hacia el cielo y  otra que mantiene la línea temporal  que se han cruzado permanentemente en la novela, también  lo hacen en este final.
     Entonces aparece el mar, el viaje al mar. El mar es la representación del universo, de la vastedad, de la totalidad, del círculo del mito se dirige hacia el Todo. En este sentido la novela que se presenta como fragmentaria es perfecta, el proceso de tensión entre dos universos se funde en la totalidad. Dos universos: milonga y escritura  mediante el tamiz es el tercer espacio: la mente, la imaginación.
      Ahora bien, cuando parecía que el  relato había alcanzado un desenlace apacible, de la placidez del mar, sin mediar tamiz alguno, la narradora pasa a la referencia de la locura en la figura de la madre que tiene Alzhéimer como si no se tolerara semejante perfección. Da un viraje hacia lo opuesto en tanto la locura es desorden, pérdida de ritmo, lo opuesto al mar y al tango, lo que no tiene el equilibrio del mito o de lo sagrado.  Con la locura de la madre inesperadamente ha surgido un laberinto. Y nuevamente se sigue el trazado del mito en una de sus innumerables manifestaciones
    Ella ahora baila en el tercer espacio, el espacio mediador, el de su mente, no en el de la milonga. Así el espacio interior se instaura  en forma  dominante, este es el lugar donde se gesta lo literario y el interior se perfila  de esta manera como un espacio absoluto.
   Tristeza de verse lejos” es sin duda una novela singular, casi única, difícil de catalogar, que atrapa e invita a innumerables lecturas, una novela que merece un lugar destacado en medio de la actual producción Argentina.
    

Inés Legarreta nació y reside en Chivilcoy, Provincia de Buenos Aires. Su libro de cuentos “En el bosque” (Ed. Gel, 1990) obtuvo el Premio Iniciación otorgado por la Secretaria de Cultura de la Nación y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Tres años después ganó la Beca Creación del Fondo Nacional de la Artes. En 1997 publicó “Su segundo deseo” (Ed. Emecé), libro de cuentos que mereció el tercer premio de Literatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aire y una Mención de Honor en el Premio Ricardo Rojas del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires. En el año 2000 le otorgaron medalla de Plata como Mujer Destacada Bonaerense. En 2004 publicó “La dama habló” (ed. Sigmur), libro de cuentos que mereció en 2008 el  Premio Único de la categoría inéditos (bienio 2022-2003) del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires. En 2008 publicó, también en Nuevo Hacer (Grupo Editor Latinoamericano) la nouvelle “El abrazo que se va”. Ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales, entre ellos el Primer Premio Nacional de Los cuentos de la Granja, Segovia, España en dos oportunidades, año 1989 y 1993. Desde 2055 co-dirige la revista Literaria en Fledermaus. Ha sido traducida al inglés y al alemán.


lunes, 7 de marzo de 2011

SUSANA AGUAD: UN RELATO


                                          

         Tuve la fortuna de leer a Susana Aguad antes de conocerla personalmente. Había leído su libro de cuentos “Extraña Europa” y me había gustado tanto que quedé atrapada por los climas y esos  personajes marcados por la perplejidad y el desarraigo. En sus relatos prevalecen un tono de incertidumbre y una cierta melancolía y sus personajes están siempre    allí mirando alguna clase de orilla que se encuentra lejos.  Entonces una noche en una lectura pública escuché que la nombraban y me acerqué.  Tuve suerte:  la persona real estuvo a la altura de la calidad de sus cuentos. En este relato que sigue a continuación  aparece esa pulsación exacta entre lo dicho y lo callado y, por supuesto, la continuidad de aquel clima que me atrapó.


 

TANTE  LISBETH


            Nunca se me ocurrió pasar por la estación de trenes en el horario de trabajo de tante Lisbeth, que es vieja y todavía trabaja. No quiero verla con su uniforme de limpiadora de letrinas, sino con un vestido limpio, impecable, como en su casa, donde le alquilo una habitación. De modo que subo al tranvía sólo por pasearme, después  de mi  trabajo en la carnicería de Franz,  y podría pasar a  verla, pero no lo hago. Veo, cada tarde,  las calles muertas, las casas grises manchadas por el smog.  Veo a los turcos dirigiéndose a sus hospedajes. Los veo cuando van en el tranvía al hospital, muy a menudo, con sus caras patibularias que parecen salidas de Los mendigos,  de  Brueghel, un cuadro que vi en el Louvre antes de embarcarme para Alemania. Todavía no he cruzado una palabra con un turco. ¿En qué idioma lo haría? Turquíshe  Gastatte es lo único que sé decir.
            El lunes agredieron a Lisbeth. Estaba limpiando el excusado de la galería de la estación, en el que todavía el excremento de paloma del  último verano era tanto, y estaba tan endurecido por el frío y aplastado por las pisadas, que formaba una alfombra sólida y  gruesa. El olor era insoportable. Lo sé porque después del hecho, después de la terrible vejación que sufrió Lisbeth, entré allí, y salí maldiciendo, asqueado. Antiguamente las casas tenían excusado y un pico por piso para proveerse de agua.  Pero es increíble que aún ahora subsistan esos pozos, que no haya un baño decente en la estación, provisto de lavatorio y agua suficiente. No es que les falte dinero para hacerlo.
            Los  skinheads que agredieron a Lisbeth  lograron escapar. Querían encerrarse en el retrete y se toparon con la vieja tía. La desalojaron a patadas y sus gritos alertaron a los guardias. Ella les dio el teléfono de la carnicería y yo llegué a la estación con mi patrón que cerró el boliche y me llevó en su coche. No puedo describir el estado en que encontramos a Lisbeth. Tan mal estaba que me pasé dos días al lado de su cama. Pensé mucho en mamá y  era como si la estuviera cuidando a ella. Una noche se me ocurrió escribir un poema, y me salió la letra de un tango. Decidí no intentar nuevamente. Hoy quise  esbozar el argumento de un cuento y resulta que  ni siquiera logro mover la mano para escribir una línea que tenga que ver con la ficción, con algo inventado, imaginado.  Le digo a mi amigo Thomas, que siempre se ríe de los argentinos, que me siento perdido en su tierra y lo toma como una ofensa, pero riéndose un poco, y sugiriéndome que me tire un lance con una alemanita de las que van a patinar al lago Werden. Eso de estar tan ceñido por la realidad, y no pensar  más que en los objetos y las personas reales, me tiene preocupado. No soy capaz, actualmente,  de imaginar un domingo de sol porque aquí siempre llueve, o un pedazo de tierra donde clavar mis banderitas porque ¿dónde está la tierra?

           
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Susana Aguad  nació en Córdoba,  y reside actualmente en Buenos Aires.
Es autora de dos novelas, Herrumbre y oro (Editorial Letra Buena,1992) y Detrás del muro (Ed.Grupo Editor Latinoamericano 1999). Su  libro de cuentos Extraña Europa fue  publicado por Ediciones Corregidor en noviembre de 2002. En marzo de 2006 publica Ayer – cuentos y relatos- (Editorial Biblos) Jardín Nocturno, cuentos-  fue editado por Sigmur en  noviembre de 2008.
- Extraña Europa recibió una  Mención Honorífica en el certamen literario  Premio  Especial Ricardo Rojas, bienio 2001-2003
 -Varios de sus cuentos obtuvieron premios literarios entre otros Misterio cruel, segundo premio en cuento en el certamen Nacional Junin, 2004.
 -Ha colaborado en la revista Ñ de diario Clarín con notas sobre Dostoievski, Faulkner y Proust.
Sus cuentos aparecieron en numerosas antologías, entre ellas las siguientes:-
- Convergencia Nacional de Cuentos-JuninPais 2004
- Antología Internacional S.A.D.E.-Cuento Breve-2005
-XII Certamen Internacional de Poesía  y Narrativa Breve-Editorial Nuevo Ser-2006
-Narrativa  argentina contemporánea- Editorial Arte-2006
-Literatura argentina contemporánea- Instituto Cubano del Libro-2007-

                                    

jueves, 13 de enero de 2011

MARIA ELENA WALSH


La primera vez que la vi yo tendría siete u ocho años. Me llevó mi tía, Dora Prince, que entonces era su amiga y  fue en un camarín del Teatro Municipal San Martín, aquí, en Buenos Aires.  Mi tía me dijo:
    -Esta es la señora que escribió el libro que te regalé, la que canta las canciones que te gustan.
    No recuerdo que  aquella tarde hayamos visto la función de “Canciones para mirar”, sí  tengo muy presente  el encuentro en el camarín cuando aún en el teatro San Martín permitían las visitas.  Entonces María Elena Walsh era una mujer joven, pero mis pocos años no me la mostraron así. Tampoco tenía yo muy claro qué era eso de ser autora. Más o menos veinticinco años después yo le recordé aquel episodio en una carta que le envié a María Elena acompañando mi primer libro publicado. Creo que le mencioné que en aquella temprana época de mi vida yo no tenía mucha noción de qué era ser una autora, de modo que esas canciones y aquel ejemplar de “Tutú Marambá” con ilustraciones en sepia que aún conservo,  para mí no habían sido inventados por nadie, simplemente existían.
   María Elena me contestó con una postal muy elogiosa y llamó a mi casa por teléfono.  Es curioso. Las canciones infantiles  de María Elena vienen cada tanto y se instalan y no dejo de canturrearlas. Por supuesto que en su debido momento llegaron a mi vida los  Longs Play con los temas sobre los ejecutivos. No tardé en darme cuenta que muchas de esas canciones parecían haber sido escritas para unas cuantas etapas de mi vida. “La canción del diccionario”, “Barco quieto” o “Como la cigarra” yo las sentía escritas para mí y me las apropié, ingenuamente sentía eso p aunque  a medio mundo debió pasarle lo mismo, especialmente en la Argentina.  Ahora  recuerdo especialmente una noche que regresé a casa y me sentía desolada, ya no  sé cuál era la causa, la cuestión es que  me puse  a escuchar las canciones infantiles interpretadas por María Elena, de repente todo mi mundo cambió, las redescubrí al tiempo que esas canciones me rescataron. Es raro que una persona que apenas fue la imagen de una mujer en el camarín de un teatro se volviera alguien tan cercano, un ser que fue capaz de interpretar mi propia vida, mi manera de sentir y de acompañarme así, tan generosamente, tan piadosamente.
   Creo que le hice llegar  a María Elena cada uno de los libros que fui publicando. Los de chicos, los de adultos.  Supongo que fue como un ritual. Los empleados de su edificio ya estaban acostumbrados a recibir paquetes “para María Elena” y lo hacían con una sonrisa.
   Unos cuantos años después, una amiga, Graciela Perosio, que además de ser vecina frecuentaba la casa de María Elena me llevó con ella, íbamos a comer, a almorzar. Y claro, la siempre presente advertencia de que yo soy vegetariana, levantó el avispero, como diría mi abuela. Así fue cómo aquel mediodía mientras me preparaba para salir sonó el teléfono. Era la inconfundible voz de María Elena que me preguntaba por eso que yo comía.  . Como en vez de carne creo que surgió la frase “pollo” o pescado que los vegetarianos estamos acostumbrados a escuchar, para ser más explicita le dije que yo no comía nada que tuviera ojos. Un pollo o un pescado pertenecen al mundo animal, no sólo una vaca o un cordero. Y esa frase mía fue motivo de risa y de humoradas posteriores. La ternura con que esta mujer me preguntaba si yo comía ravioles de verdura me conmovió. Y por supuesto aquel día comimos ravioles de verdura. Y allí estaba ella en su luminoso departamento rodeada de cuadros de Carlos Alonso a quien llamaba Carlitos, haciendo bromas sobre sus malestares físicos, con su inteligencia y esa compasión hacia los seres humanos que ella disfrazaba de muchas otras cosas. Yo diría que en María Elena se combinaban esas dos fuertes tendencias: su humor irónico nacido de su espíritu crítico  y su compasión implicada, como cobijada dentro de ella misma, esa compasión a veces convertida en dolor o en  cuestionamiento es la que sostiene la cosmovisión de su obra única. María Elena Walsh era una artista completa, tenía formación musical, teatral, pictórica, literaria. Me recordó de inmediato a un intelectual francés, al estilo de Simone de Beauvoir. Fue poeta y ensayista, además de música. Yo diría  que María Elena es inencuadrable. Brillante, talentosísima, tan argentina. Su obra infantil a pesar de los excelentes autores que hay en la Argentina no ha podido ser superada, es de un buen gusto y de una riqueza que sigue sosteniéndose a lo largo de las generaciones. No tuve la dicha de ser amiga de ella, sí la fortuna de haber compartido unas cuantas veces sus ravioles de verdura, su calidez, su inteligencia y le tomé mucho cariño. Nos encontramos también en alguna reunión de la editorial Alfaguara si no me equivoco. Sin embargo de alguna manera para mí María Elena permanece en mi memoria como una mujer sentada, así la vi en el camarín, así en su casa, como si ese trono de genialidad estuviera siempre con ella. Y esto también es raro porque justamente recuerdo que alguna vez me comentó lo importante que es para alguien que canta estar bien parada. Y ella es por sobre todo una mujer que canta. Hoy, que  María Elena ha partido, tengo la impresión de que ya en sus últimos años la leyenda de  su nombre le hizo sombra a su persona real. Es tan profusa y profunda su obra que tengo la certeza de que no es fácil saber dónde ubicarla. Su obra la trascendió demasiado temprano, todo en ella desbordaba aún en su propia casa, delante del mantel blanco con los ravioles de verdura. Siento mucha, mucha pena de que no pueda verla más de repente en la televisión o en la calle o en cualquier otra parte. Y al mismo tiempo sé que eso no importa demasiado, mi vida y la de muchos otros fue nutrida por su quehacer, por su inteligencia, su contenida ternura, su espíritu crítico. Hoy todos somos amigos de María Elena, todos nos sentimos cómplices de su manera de ver el mundo. Y yo aquí hoy más que nunca veo surgir la imagen de una mujer sentada que me extiende un plato de ravioles de verdura sobre el mantel blanco en la mesa de su casa..



IRMA VEROLÍN

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viernes, 17 de diciembre de 2010

SEGUNDO ENCUENTRO DE ESCRITORES EN SANTO TOMÉ



El sábado 4 de diciembre se realizó el segundo  Encuentro de Escritores de escritores en Santo Tomé. Se trata de una modalidad iniciada este año en donde un reducido grupo de autores comparten una jornada para poder leerse, escucharse y debatir de literatura e ideas afines.

En este segundo  Encuentro (que se realizó en el estudio de Crespi y Antognazzi en Santo Tomé) participaron escritores de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe: Irma Verolín, Marta L. Pimentel Álvarez, Aurora Bianchi, Ricardo Maldonado y Julio Luis Gómez.
Como en el Primer  Encuentro, en este  se conversó y discutió sobre literatura y los circuitos culturales, se leyeron trabajos, se intercambiaron libros, se degustaron chorizos de campo, quesos y empanadas regados con abundante vino tinto (salvo una escritora vegetariana, que aportó su propio menú), se escucharon composiciones para guitarra de Ricardo Maldonado.

Antecedentes de los participantes:



Irma Verolín . Buenos Aires, 1953). Escribe para niños y adultos. Publicó los libros “Hay una nena que gira” (1988), “La fantástica familia Fursatti” (1989), “La casa del cedro azul” (1991), “El misterio del loro” (1992), “El puño del tiempo” (1994), “Una luz que encandila” (2009). "La escalera del patio gris" (1998), "La lluvia sobre el mundo".  Obtuvo, entre otros, los premios Emecé (novela), Fondo Nacional de las Artes (cuentos), Mercosur de Novela, Premio de Cuento “Ciudad El Colorado”. Fue finalista de los premios Fortabat, La Nación y Planeta Argentina.

Carlos O. Antognazzi (Santa Fe, 1963). Ha publicado “Historias de hombres solos” (1983), “Punto muerto” (1987), “Ciudad” (1988), “El décimo círculo” (1991), “Llanura azul” (1992), “Narradores santafesinos” (1994), “Apuntes de literatura” (1995), “Cinco historias” (1996), “Mare nostrum” (1997), “Zig zag” (1997), “Road movie” (1998), “Inside” (1998), “Al sol” (2002), “Arte mayor” (2003), “Los puertos grises” (2003), “riverrun” (2005), “Señas mortales” (2005), “Triplex” (2008), “Ahab” (2009), “Interludio” (2010), “Leve aire” (haikus, 2010). Obtuvo, entre otros, los premios «Alcides Greca» 1992 y 2007; XII Premio «Ciudad de Huelva» (España, 2003); VII Premio «Tiflos» Novela (España, 2004); el “José Rafael López Rosas” 2009. En 2004 fue declarado «Ciudadano Santafesino Destacado» por el HCM de Santa Fe.

Luisina C. Crespi (Santa Fe, 1976). Ha publicado los poemarios “Derrotero en la ausencia” (2004), “De los dedos” (2006), “Canciones nocturnas” (2010). Fue finalista del premio “Onofre Rojano” 2004 (Sevilla, España), para libros de poesía inéditos, y obtuvo, entre otros, el “José Rafael López Rosas” 2006 y el IADE 2010.

Aurora Bianchi (Paraná, Entre Ríos, 1952). Docente y periodista. Publicó el poemario “Runas” (2009).

Ricardo Maldonado (Gral. Galarza, Entre Ríos, 1958). Editor, poeta, músico, docente. Dirige las Ediciones del Clé en Entre Ríos. Dirige desde hace 20 años la revista “El tren zonal”. Publicó los libros “El aire nuestro” (1982), “La memoria impresionada” (1984), “Las palomas de la tierra” (1984), “El sonido del hombre” (1986), “Canción o barbarie” (1988), “Solar sostenido” (1998), “Madera y cuerda” (2000), “La mudanza” (2003), “Del junto movimiento” (2004), “Escalón para musinga” (2005), “Mansa Tuca” (2009). Obtuvo, entre otros, el Premio Fray Mocho.

Julio Luis Gómez (Santa Fe, 1949). Abogado y juez, poeta. Ha publicado los libros “El tiempo iluminado” (1977), “Que la nostalgia habite la esperanza” (1985), “Soñada derrota de la pena” (1995), “Razón de mí” (2006). Obtuvo el Premio Anual de la Asociación Santafesina de Escritores (ASDE).

Marta L. Pimentel Álvarez (Paraná, Entre Ríos, 1958). Publicó los libros “Desde todos los cielos” (1995), “Gabriel, el enviado” (1998), “El eterno ausente” (Moscú, Rusia, 1998), “El vértice de las cosas” (Córdoba, 2004), “Los cuentos de tía Ernestina” (CD, obras completas, 2004), “De las simples cosas” (2004), “Los versos de Juana”, “L’ Argentina”. Ha publicado en antologías de México, Costa Rica, Uruguay, Brasil, Perú y Cuba. Es autora de los blogs http://hijanativa.blogspot.com y http://poesiadeentrerios.blogspot.com/


El  primer encuentro se había realizado el sábado 30 de octubre  y participaron Gladys Frutos Faloni (Santa Fe), Miguel Ángel Federik (Villaguay, Entre Ríos), Lisandro González (Rosario) y Orlando Valdez (Rosario), además de los anfitriones y organizadores, Luisina C. Crespi y Carlos O. Antognazzi (Santo Tomé).


                                


Páginas personales de Carlos Antognazzi, organizador de los encuentros:
http://www.elfisgondigital.com/fsgnw/arte/nota.vsp?nid=58104 http://www.castalia.es/Shop/Detail.asp?IdProducts=1324 http://www.mundoculturalhispano.com/spip/auteur.php3?id_auteur=142 http://axxon.com.ar/wiki/index.php?title=Antognazzi%2C_Carlos_O. http://www.tyhturismo.com/data/destinos/argentina/literatura/escritores/Antognazzi/Antognazzi.html