Espiral de Saraswati

domingo, 27 de marzo de 2011

INÉS LEGARRETA: TRISTEZA DE VERSE LEJOS

 He leído tres de los libros editados por Inés Legarreta en forma correlativa, a medida que fueron apareciendo y debo decir que cada libro me pareció literariamente superior al anterior. Este es un hecho raro, Ricardo Piglia suele decir que en términos de creación artística no hay progresión asegurada. Sin duda Inés Legarreta parece ser la excepción que confirma la regla. Estamos frente a una escritora en el sentido más cabal de la palabra, leerla es participar de un concepto de escritura,de la elaboración de un trabajo exquisito, profundo, sutil.  Lo que sigue es una aproximación crítica a su último libro: "Tristeza de verse lejos",  que es un relato extenso  al que Legarreta cataloga de  "nouvelle",  para mí es una novela, quizá su extensión no sea la habitual para este género, pero "El amante" de Maguerite Duras no  es más extenso que este libro que sinceramente merece ser leído y releído.


LA EXPERIENCIA DE LO SUBLIME EN UN MUNDO CERRADO

  Hay una frase muy resonada en psicología que dice: “Bailar es la realización vertical de un deseo horizontal”,  esta frase alude lógicamente al deseo sexual. Aquí en su novela “Tristeza de verse lejos”, Inés Legarreta nos despliega situaciones en las que no es precisamente lo sexual a lo que se aspira sino que la premisa parece invertirse. Lo vertical que es la columna vertebral del cuerpo, el eje primordial que da forma a la estilización de la danza del tango, tiende hacia arriba, busca lo absoluto. Lo horizontal es el mundo,  ese otro escenario que está afuera del espacio mágico llamado  milonga. Ya desde el inicio de la novela la imagen del mundo es la del caos, es el infierno, dice la narradora y ese mundo se abandona enseguida, en la primera página se produce el pasaje al otro lado. Es casi un deslizamiento sin mediación, sin previo aviso. Del otro lado está la milonga, ese sitio mágico  que estaba allí listo para ser habitado, como la madriguera de Alicia en el país de las maravillas.
    La voz que narra merodea, busca, vacila, se pregunta, esa voz  también es un cuerpo  que se prepara para bailar. Hay un tono  tal vez de cuchicheo, de confesión apagada. El movimiento de la prosa es plástico. Es una prosa que baila, pero ajustadamente, sin el más mínimo desborde, sin detallismos, con mesura. La voz del narrador ronronea, masculla, un tono en voz baja, una voz con silencios, con omisiones justas, necesarias que le dan al texto un nivel absolutamente literario,  pareciera que hablar mucho significara de salir del código tanguero. La voz que replica habla de lo que escribe, de lo que va a escribir, de lo que quiere escribir y se plantea la imposibilidad de escribir con cierta pena o angustia. Es una voz ligera que se pregunta, flota, se sumerge. El tono de este relato no deja de sorprender, de inquietar,  se sitúa en el borde, da la impresión de estar marcado por el registro atento en parte fascinado y en parte huidizo de quien narra.  Se trata de un hallazgo literario, sin duda. Toda la novela es un acto de indagación sobre lo que se muestra y lo que se oculta y quien narra -la mujer que narra- está poniendo en juego mucho de sí misma al estar allí, al participar del entramado de las relaciones humanas que el acto de ir a bailar impone. En este proceso peligroso y atrapante, la narradora establece un contrapunto entre este mundo  al que ha ingresado con respecto al otro, al que dejó atrás: lo que se espera de la milonga y lo que se encuentra en ella.  Es sumamente significativo el movimiento de la mirada de la narradora que   observa desde afuera. Lo que ve es el movimiento externo de  los cuerpos y se empeña en ver también eso que está detrás, eso que intenta alcanzar, eso que se merodea que es un alto grado de significación, lo que ella persigue y busca interpretar con su mirada. “Nadie lo vio, nadie fue capaz de verlo así”, dice. El derrotero de una mirada insiste en profundizar con agudeza,  se empeña en atravesar lo que  se muestra en la superficie. Posiblemente con esto nos está diciendo que el acto de bailar es participar de un ritual delicado y majestuoso y eso,  inevitablemente, tiene su precio.
    Lo que constituye la masa del relato son esos cuerpos en el escenario privilegiado de la milonga. Pero esos cuerpos no tienen nombres propios sino apodos, han sido rebautizados (la reina, el amigo escritor, el flaco, la madama, los austríacos, etc.) Estos nuevos nombres han surgido por un rasgo sobresaliente de la conducta o del aspecto físico de los personajes, algo parecido a los alias de los grupos marginales de ciertos barrios, un nombre popular, un nombre social, no un nombre familiar, nombres que han nacido  cuando la imagen de la persona se socializó. Estos nombres escogidos  importan más por su función dentro de la figuración del drama milonguero que por su identidad fuera de allí. La necesidad de rebautizar, de renombrar a la gente  nos lleva a considerar que el haber ingresado en ese espacio implica  la pérdida de una antigua identidad y el nacimiento de otra, como si tomara de los mitos clásicos  los ciclos de muerte y resurrección que los caracteriza. Hay un solo personaje que   aparece hacia el final de la novela  que tiene un nombre de pila y  es Leonardo. No deja de indicar un indicio por ser el único nombrado de esta forma. Su origen nos remite al león: aquel que es fuerte y audaz como un león. Daría la impresión de que en este nombre se cifra el perfil del espacio de la milonga, ese sitio poderoso e inigualable.
    La estructura del relato es episódica, el recorrido de la mirada en su afán indagatorio, en su auscultación, en  su profundización le va dando un curso que acerca a la novela a los textos que siguen el modelo de la investigación y no del viaje.
    Pero qué es este espacio realzado por la mirada de la narradora, ese sitio llamado “la milonga”, que se opone por su rutilancia al mundo cotidiano que no entra ni en una milésima parte en él. Es ante todo un mundo regido por leyes propias, un lugar sublime que a la vez se maneja con un código básico, tribal, territorial. La narradora menciona constantemente la importancia de respetar estos códigos  -“los códigos de la milonga”, dice- dando por sobreentendido que están asentados, firmemente consolidados y que por supuesto exigen el  acatamiento de todos los que ingresan allí. Posiblemente el código de la milonga se asemeje al de un clan.  Sin ser del todo mafioso supone pertenencia o exclusión como dos instancias posibles y únicas, de modo que pertenecer es casi un imperativo de supervivencia, pero de la supervivencia del alma. Lo interesante es que dichos códigos se dan por sentados, pero no se enuncian, sólo  están implícitos. Se habla de ellos únicamente cuando son transgredidos por los que participan de la milonga. La sensación de quebrantamiento de ese orden supone de un modo velado una gran transgresión. La milonga es un mundo cerrado dentro del mundo que tiene la capacidad de preservarse a sí mismo. La milonga es un espacio virtual que apaga el mundo de afuera, que lo opaca. Lo cierto es que en un espacio con semejantes características las situaciones aparecen en forma de misceláneas, fragmentariamente, la voz del narrador las toma y las suelta para volver a filosofar, para darle lugar  a lo trascendente que hay en el acto de bailar., pero también para obtener de esta experiencia la posibilidad de escribir. Hay un texto que se está escribiendo mientras la narradora vive la experiencia del cuerpo que danza, mientras las relaciones humanas dibujan una tenue trama que no produce desenlaces contundentes. Y ese texto que es motivo de interés y preocupación instaura  otra dimensión dentro de la novela. Podemos reconocer tres de estos espacios:
      a)   El de la milonga
      b)  El de la imaginación y los procedimientos mentales que es un espacio muy delineado y potente
     c)   El de la escritura que se va haciendo, que se promete, que amenaza con ser pospuesto, un espacio frágil que es  preciso proteger de cualquier amenaza de aniquilación.
  Estos tres espacios conviven entre sí, se rozan, a veces entran en fricción. La narradora los mide y los coteja constantemente. Pero el que lo pulsa todo es el de la milonga, mental, física y emocionalmente.
      Ahora bien: ¿Qué pasa con los cuerpos el lenguaje de los gestos? El  cuerpo, desde ya,  habla más que las palabras que son generalmente escasas, sólo surgen las necesarias, las imprescindibles.  Este es uno de los códigos implícitos en la milonga. Hay una frase en Mitología de Rolland Barthes que dice: “Los gángsters y los dioses no hablan, mueven la cabeza y todo se cumple”. Esto da cuenta de que  prevalece un código muy instaurado, de que existe una clara cohesión de los miembros de un grupo quienes que ya no necesitan de palabras para entenderse. Aquí  en la milonga ocurre lo mismo: están tan cimentadas las costumbres, las pautas, eso que la narradora llama códigos que la ausencia de palabras o la escasez de palabras no hace más que enfatizar lo consolidado que el grupo, en tanto comunidad cerrada y auto-fortalecida, posee. La palabra  clave  ante el no cumplimiento o transgresión de estos códigos podría ser “traición”. Y lo sugestivo es que este espacio del dominio de los cuerpos despierte en la narradora la necesidad de pensar continuamente en ese espacio que ella concita y diagrama: el de la escritura.
   Cuando la palabra aparece  dentro de la milonga llega principalmente  para sintetizar lo que antes realizó un largo camino de elucubración en la mente de la narradora. La palabra no tiene devaneos, no  realiza movimientos innecesarios. La palabra nombra, bautiza una firme realidad. La realidad de la milonga es demasiado contundente, no se la puede malograr, tengamos en cuenta que cuando se adjetiva  en exceso se parte de un concepto pobre de la realidad, por eso hay que adornarla, por el contrario aquí la realidad  se presenta majestuosa, con solo nombrarla alcanza y sobra.
   Sin embargo este espacio del tango es el inspirador  del otro, el de la literatura y ella, la narradora,  lo usa para alimentar  ese otro que está en formación incesante que es el de lo literario. Por lo visto es tan cabal y poderosa la milonga que no puede ser modificada, es tan contundente y mítica que puede convertirse en alimento a otros espacios, es  algo semejante a un patrón poderoso e inalterable. Y en ese lugar mitificado sólo es factible ser parte de él o estar afuera. Se es o no se es milonguera, como si se tratara de una capacidad intrínseca de la persona, una entidad que se posee naturalmente, no  una cualidad que se adquiere que no se aprende,  se trata de una condición del ser, ya que estamos en un espacio mítico sus integrante deben estar a la altura de ese nivel.  Pero de alguna forma la milonga se torna subsidiaria de lo literario en tanto la milonga nutre el mundo en  gestación de lo literario.   Así las personas de la milonga son vistas como personajes en función de una trama que está por escribirse, que es la argamasa de la tan mentada escritura, la literatura  es concebida a la manera de un espacio en perpetua conformación.
    La novela consta de cuatro  partes o capítulos, la  última se titula “Papelitos plateados”.   Aparece un escenario  teatral donde se baila tango y los papelitos plateados llueven de pronto desde arriba. En la palabra “plateados” está el Río de la Plata, lugar de nacimiento del tango. La escena nos conecta con el origen en esta novela en la que se trabajó constantemente con lo mítico y simbólico, con la representación de los distintos órdenes de la vida y la búsqueda de una instancia superior, la de la escritura. Los  papelitos caen en el escenario desde otro lugar, también pueden ser dorados, son un sucedáneo de luces o condecoraciones, simbología de lo sagrado, caen desde arriba como si fuera una bendición, una celebración, lo dorado y lo plateado simbolizan planos superiores y tocan los cuerpos  terrenales de los que están bailando. Así lo que ha estado elevado desde el principio del relato encarnado en el espacio sublime de la milonga se une con la terrenalidad de los cuerpos. Los cuerpos que han ritualizado el espacio, que le han cambiado su condición mediante el movimiento de la danza del tango se sacralizan una vez más mediante este contacto con lo superior. Los papelitos plateados, a veces dorados, cayendo refuerzan el sentido mítico. Esos cuerpos cotidianos que fueron elevados por la danza del tango mantienen su valor simbólico.
   Y como el mito es circular, la narradora describe una línea envolvente que la regresa al origen: ella toma clases de tango otra vez  reiniciando así el camino ya  emprendido con anterioridad. Ella renace de alguna forma, sigue el trazado del retorno al inicio, continúa un movimiento que se renueva insistente e impecablemente, este  hecho está reforzado  en la imagen del muchacho que se eleva finalmente adquiriendo la actitud del  varón: el niño se ha vuelto hombre.  Mediante esta metáfora la autora encarna el mito de héroe en la figura de este personaje que se transforma gracias a la prueba a la que fue sometido.  Lo vertical y lo horizontal en tanto representación de lo religioso  (la cruz cristiana)  con una  recta que apunta hacia el cielo y  otra que mantiene la línea temporal  que se han cruzado permanentemente en la novela, también  lo hacen en este final.
     Entonces aparece el mar, el viaje al mar. El mar es la representación del universo, de la vastedad, de la totalidad, del círculo del mito se dirige hacia el Todo. En este sentido la novela que se presenta como fragmentaria es perfecta, el proceso de tensión entre dos universos se funde en la totalidad. Dos universos: milonga y escritura  mediante el tamiz es el tercer espacio: la mente, la imaginación.
      Ahora bien, cuando parecía que el  relato había alcanzado un desenlace apacible, de la placidez del mar, sin mediar tamiz alguno, la narradora pasa a la referencia de la locura en la figura de la madre que tiene Alzhéimer como si no se tolerara semejante perfección. Da un viraje hacia lo opuesto en tanto la locura es desorden, pérdida de ritmo, lo opuesto al mar y al tango, lo que no tiene el equilibrio del mito o de lo sagrado.  Con la locura de la madre inesperadamente ha surgido un laberinto. Y nuevamente se sigue el trazado del mito en una de sus innumerables manifestaciones
    Ella ahora baila en el tercer espacio, el espacio mediador, el de su mente, no en el de la milonga. Así el espacio interior se instaura  en forma  dominante, este es el lugar donde se gesta lo literario y el interior se perfila  de esta manera como un espacio absoluto.
   Tristeza de verse lejos” es sin duda una novela singular, casi única, difícil de catalogar, que atrapa e invita a innumerables lecturas, una novela que merece un lugar destacado en medio de la actual producción Argentina.
    

Inés Legarreta nació y reside en Chivilcoy, Provincia de Buenos Aires. Su libro de cuentos “En el bosque” (Ed. Gel, 1990) obtuvo el Premio Iniciación otorgado por la Secretaria de Cultura de la Nación y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Tres años después ganó la Beca Creación del Fondo Nacional de la Artes. En 1997 publicó “Su segundo deseo” (Ed. Emecé), libro de cuentos que mereció el tercer premio de Literatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aire y una Mención de Honor en el Premio Ricardo Rojas del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires. En el año 2000 le otorgaron medalla de Plata como Mujer Destacada Bonaerense. En 2004 publicó “La dama habló” (ed. Sigmur), libro de cuentos que mereció en 2008 el  Premio Único de la categoría inéditos (bienio 2022-2003) del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires. En 2008 publicó, también en Nuevo Hacer (Grupo Editor Latinoamericano) la nouvelle “El abrazo que se va”. Ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales, entre ellos el Primer Premio Nacional de Los cuentos de la Granja, Segovia, España en dos oportunidades, año 1989 y 1993. Desde 2055 co-dirige la revista Literaria en Fledermaus. Ha sido traducida al inglés y al alemán.


lunes, 7 de marzo de 2011

SUSANA AGUAD: UN RELATO


                                          

         Tuve la fortuna de leer a Susana Aguad antes de conocerla personalmente. Había leído su libro de cuentos “Extraña Europa” y me había gustado tanto que quedé atrapada por los climas y esos  personajes marcados por la perplejidad y el desarraigo. En sus relatos prevalecen un tono de incertidumbre y una cierta melancolía y sus personajes están siempre    allí mirando alguna clase de orilla que se encuentra lejos.  Entonces una noche en una lectura pública escuché que la nombraban y me acerqué.  Tuve suerte:  la persona real estuvo a la altura de la calidad de sus cuentos. En este relato que sigue a continuación  aparece esa pulsación exacta entre lo dicho y lo callado y, por supuesto, la continuidad de aquel clima que me atrapó.


 

TANTE  LISBETH


            Nunca se me ocurrió pasar por la estación de trenes en el horario de trabajo de tante Lisbeth, que es vieja y todavía trabaja. No quiero verla con su uniforme de limpiadora de letrinas, sino con un vestido limpio, impecable, como en su casa, donde le alquilo una habitación. De modo que subo al tranvía sólo por pasearme, después  de mi  trabajo en la carnicería de Franz,  y podría pasar a  verla, pero no lo hago. Veo, cada tarde,  las calles muertas, las casas grises manchadas por el smog.  Veo a los turcos dirigiéndose a sus hospedajes. Los veo cuando van en el tranvía al hospital, muy a menudo, con sus caras patibularias que parecen salidas de Los mendigos,  de  Brueghel, un cuadro que vi en el Louvre antes de embarcarme para Alemania. Todavía no he cruzado una palabra con un turco. ¿En qué idioma lo haría? Turquíshe  Gastatte es lo único que sé decir.
            El lunes agredieron a Lisbeth. Estaba limpiando el excusado de la galería de la estación, en el que todavía el excremento de paloma del  último verano era tanto, y estaba tan endurecido por el frío y aplastado por las pisadas, que formaba una alfombra sólida y  gruesa. El olor era insoportable. Lo sé porque después del hecho, después de la terrible vejación que sufrió Lisbeth, entré allí, y salí maldiciendo, asqueado. Antiguamente las casas tenían excusado y un pico por piso para proveerse de agua.  Pero es increíble que aún ahora subsistan esos pozos, que no haya un baño decente en la estación, provisto de lavatorio y agua suficiente. No es que les falte dinero para hacerlo.
            Los  skinheads que agredieron a Lisbeth  lograron escapar. Querían encerrarse en el retrete y se toparon con la vieja tía. La desalojaron a patadas y sus gritos alertaron a los guardias. Ella les dio el teléfono de la carnicería y yo llegué a la estación con mi patrón que cerró el boliche y me llevó en su coche. No puedo describir el estado en que encontramos a Lisbeth. Tan mal estaba que me pasé dos días al lado de su cama. Pensé mucho en mamá y  era como si la estuviera cuidando a ella. Una noche se me ocurrió escribir un poema, y me salió la letra de un tango. Decidí no intentar nuevamente. Hoy quise  esbozar el argumento de un cuento y resulta que  ni siquiera logro mover la mano para escribir una línea que tenga que ver con la ficción, con algo inventado, imaginado.  Le digo a mi amigo Thomas, que siempre se ríe de los argentinos, que me siento perdido en su tierra y lo toma como una ofensa, pero riéndose un poco, y sugiriéndome que me tire un lance con una alemanita de las que van a patinar al lago Werden. Eso de estar tan ceñido por la realidad, y no pensar  más que en los objetos y las personas reales, me tiene preocupado. No soy capaz, actualmente,  de imaginar un domingo de sol porque aquí siempre llueve, o un pedazo de tierra donde clavar mis banderitas porque ¿dónde está la tierra?

           
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Susana Aguad  nació en Córdoba,  y reside actualmente en Buenos Aires.
Es autora de dos novelas, Herrumbre y oro (Editorial Letra Buena,1992) y Detrás del muro (Ed.Grupo Editor Latinoamericano 1999). Su  libro de cuentos Extraña Europa fue  publicado por Ediciones Corregidor en noviembre de 2002. En marzo de 2006 publica Ayer – cuentos y relatos- (Editorial Biblos) Jardín Nocturno, cuentos-  fue editado por Sigmur en  noviembre de 2008.
- Extraña Europa recibió una  Mención Honorífica en el certamen literario  Premio  Especial Ricardo Rojas, bienio 2001-2003
 -Varios de sus cuentos obtuvieron premios literarios entre otros Misterio cruel, segundo premio en cuento en el certamen Nacional Junin, 2004.
 -Ha colaborado en la revista Ñ de diario Clarín con notas sobre Dostoievski, Faulkner y Proust.
Sus cuentos aparecieron en numerosas antologías, entre ellas las siguientes:-
- Convergencia Nacional de Cuentos-JuninPais 2004
- Antología Internacional S.A.D.E.-Cuento Breve-2005
-XII Certamen Internacional de Poesía  y Narrativa Breve-Editorial Nuevo Ser-2006
-Narrativa  argentina contemporánea- Editorial Arte-2006
-Literatura argentina contemporánea- Instituto Cubano del Libro-2007-

                                    

jueves, 13 de enero de 2011

MARIA ELENA WALSH


La primera vez que la vi yo tendría siete u ocho años. Me llevó mi tía, Dora Prince, que entonces era su amiga y  fue en un camarín del Teatro Municipal San Martín, aquí, en Buenos Aires.  Mi tía me dijo:
    -Esta es la señora que escribió el libro que te regalé, la que canta las canciones que te gustan.
    No recuerdo que  aquella tarde hayamos visto la función de “Canciones para mirar”, sí  tengo muy presente  el encuentro en el camarín cuando aún en el teatro San Martín permitían las visitas.  Entonces María Elena Walsh era una mujer joven, pero mis pocos años no me la mostraron así. Tampoco tenía yo muy claro qué era eso de ser autora. Más o menos veinticinco años después yo le recordé aquel episodio en una carta que le envié a María Elena acompañando mi primer libro publicado. Creo que le mencioné que en aquella temprana época de mi vida yo no tenía mucha noción de qué era ser una autora, de modo que esas canciones y aquel ejemplar de “Tutú Marambá” con ilustraciones en sepia que aún conservo,  para mí no habían sido inventados por nadie, simplemente existían.
   María Elena me contestó con una postal muy elogiosa y llamó a mi casa por teléfono.  Es curioso. Las canciones infantiles  de María Elena vienen cada tanto y se instalan y no dejo de canturrearlas. Por supuesto que en su debido momento llegaron a mi vida los  Longs Play con los temas sobre los ejecutivos. No tardé en darme cuenta que muchas de esas canciones parecían haber sido escritas para unas cuantas etapas de mi vida. “La canción del diccionario”, “Barco quieto” o “Como la cigarra” yo las sentía escritas para mí y me las apropié, ingenuamente sentía eso p aunque  a medio mundo debió pasarle lo mismo, especialmente en la Argentina.  Ahora  recuerdo especialmente una noche que regresé a casa y me sentía desolada, ya no  sé cuál era la causa, la cuestión es que  me puse  a escuchar las canciones infantiles interpretadas por María Elena, de repente todo mi mundo cambió, las redescubrí al tiempo que esas canciones me rescataron. Es raro que una persona que apenas fue la imagen de una mujer en el camarín de un teatro se volviera alguien tan cercano, un ser que fue capaz de interpretar mi propia vida, mi manera de sentir y de acompañarme así, tan generosamente, tan piadosamente.
   Creo que le hice llegar  a María Elena cada uno de los libros que fui publicando. Los de chicos, los de adultos.  Supongo que fue como un ritual. Los empleados de su edificio ya estaban acostumbrados a recibir paquetes “para María Elena” y lo hacían con una sonrisa.
   Unos cuantos años después, una amiga, Graciela Perosio, que además de ser vecina frecuentaba la casa de María Elena me llevó con ella, íbamos a comer, a almorzar. Y claro, la siempre presente advertencia de que yo soy vegetariana, levantó el avispero, como diría mi abuela. Así fue cómo aquel mediodía mientras me preparaba para salir sonó el teléfono. Era la inconfundible voz de María Elena que me preguntaba por eso que yo comía.  . Como en vez de carne creo que surgió la frase “pollo” o pescado que los vegetarianos estamos acostumbrados a escuchar, para ser más explicita le dije que yo no comía nada que tuviera ojos. Un pollo o un pescado pertenecen al mundo animal, no sólo una vaca o un cordero. Y esa frase mía fue motivo de risa y de humoradas posteriores. La ternura con que esta mujer me preguntaba si yo comía ravioles de verdura me conmovió. Y por supuesto aquel día comimos ravioles de verdura. Y allí estaba ella en su luminoso departamento rodeada de cuadros de Carlos Alonso a quien llamaba Carlitos, haciendo bromas sobre sus malestares físicos, con su inteligencia y esa compasión hacia los seres humanos que ella disfrazaba de muchas otras cosas. Yo diría que en María Elena se combinaban esas dos fuertes tendencias: su humor irónico nacido de su espíritu crítico  y su compasión implicada, como cobijada dentro de ella misma, esa compasión a veces convertida en dolor o en  cuestionamiento es la que sostiene la cosmovisión de su obra única. María Elena Walsh era una artista completa, tenía formación musical, teatral, pictórica, literaria. Me recordó de inmediato a un intelectual francés, al estilo de Simone de Beauvoir. Fue poeta y ensayista, además de música. Yo diría  que María Elena es inencuadrable. Brillante, talentosísima, tan argentina. Su obra infantil a pesar de los excelentes autores que hay en la Argentina no ha podido ser superada, es de un buen gusto y de una riqueza que sigue sosteniéndose a lo largo de las generaciones. No tuve la dicha de ser amiga de ella, sí la fortuna de haber compartido unas cuantas veces sus ravioles de verdura, su calidez, su inteligencia y le tomé mucho cariño. Nos encontramos también en alguna reunión de la editorial Alfaguara si no me equivoco. Sin embargo de alguna manera para mí María Elena permanece en mi memoria como una mujer sentada, así la vi en el camarín, así en su casa, como si ese trono de genialidad estuviera siempre con ella. Y esto también es raro porque justamente recuerdo que alguna vez me comentó lo importante que es para alguien que canta estar bien parada. Y ella es por sobre todo una mujer que canta. Hoy, que  María Elena ha partido, tengo la impresión de que ya en sus últimos años la leyenda de  su nombre le hizo sombra a su persona real. Es tan profusa y profunda su obra que tengo la certeza de que no es fácil saber dónde ubicarla. Su obra la trascendió demasiado temprano, todo en ella desbordaba aún en su propia casa, delante del mantel blanco con los ravioles de verdura. Siento mucha, mucha pena de que no pueda verla más de repente en la televisión o en la calle o en cualquier otra parte. Y al mismo tiempo sé que eso no importa demasiado, mi vida y la de muchos otros fue nutrida por su quehacer, por su inteligencia, su contenida ternura, su espíritu crítico. Hoy todos somos amigos de María Elena, todos nos sentimos cómplices de su manera de ver el mundo. Y yo aquí hoy más que nunca veo surgir la imagen de una mujer sentada que me extiende un plato de ravioles de verdura sobre el mantel blanco en la mesa de su casa..



IRMA VEROLÍN

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viernes, 17 de diciembre de 2010

SEGUNDO ENCUENTRO DE ESCRITORES EN SANTO TOMÉ



El sábado 4 de diciembre se realizó el segundo  Encuentro de Escritores de escritores en Santo Tomé. Se trata de una modalidad iniciada este año en donde un reducido grupo de autores comparten una jornada para poder leerse, escucharse y debatir de literatura e ideas afines.

En este segundo  Encuentro (que se realizó en el estudio de Crespi y Antognazzi en Santo Tomé) participaron escritores de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe: Irma Verolín, Marta L. Pimentel Álvarez, Aurora Bianchi, Ricardo Maldonado y Julio Luis Gómez.
Como en el Primer  Encuentro, en este  se conversó y discutió sobre literatura y los circuitos culturales, se leyeron trabajos, se intercambiaron libros, se degustaron chorizos de campo, quesos y empanadas regados con abundante vino tinto (salvo una escritora vegetariana, que aportó su propio menú), se escucharon composiciones para guitarra de Ricardo Maldonado.

Antecedentes de los participantes:



Irma Verolín . Buenos Aires, 1953). Escribe para niños y adultos. Publicó los libros “Hay una nena que gira” (1988), “La fantástica familia Fursatti” (1989), “La casa del cedro azul” (1991), “El misterio del loro” (1992), “El puño del tiempo” (1994), “Una luz que encandila” (2009). "La escalera del patio gris" (1998), "La lluvia sobre el mundo".  Obtuvo, entre otros, los premios Emecé (novela), Fondo Nacional de las Artes (cuentos), Mercosur de Novela, Premio de Cuento “Ciudad El Colorado”. Fue finalista de los premios Fortabat, La Nación y Planeta Argentina.

Carlos O. Antognazzi (Santa Fe, 1963). Ha publicado “Historias de hombres solos” (1983), “Punto muerto” (1987), “Ciudad” (1988), “El décimo círculo” (1991), “Llanura azul” (1992), “Narradores santafesinos” (1994), “Apuntes de literatura” (1995), “Cinco historias” (1996), “Mare nostrum” (1997), “Zig zag” (1997), “Road movie” (1998), “Inside” (1998), “Al sol” (2002), “Arte mayor” (2003), “Los puertos grises” (2003), “riverrun” (2005), “Señas mortales” (2005), “Triplex” (2008), “Ahab” (2009), “Interludio” (2010), “Leve aire” (haikus, 2010). Obtuvo, entre otros, los premios «Alcides Greca» 1992 y 2007; XII Premio «Ciudad de Huelva» (España, 2003); VII Premio «Tiflos» Novela (España, 2004); el “José Rafael López Rosas” 2009. En 2004 fue declarado «Ciudadano Santafesino Destacado» por el HCM de Santa Fe.

Luisina C. Crespi (Santa Fe, 1976). Ha publicado los poemarios “Derrotero en la ausencia” (2004), “De los dedos” (2006), “Canciones nocturnas” (2010). Fue finalista del premio “Onofre Rojano” 2004 (Sevilla, España), para libros de poesía inéditos, y obtuvo, entre otros, el “José Rafael López Rosas” 2006 y el IADE 2010.

Aurora Bianchi (Paraná, Entre Ríos, 1952). Docente y periodista. Publicó el poemario “Runas” (2009).

Ricardo Maldonado (Gral. Galarza, Entre Ríos, 1958). Editor, poeta, músico, docente. Dirige las Ediciones del Clé en Entre Ríos. Dirige desde hace 20 años la revista “El tren zonal”. Publicó los libros “El aire nuestro” (1982), “La memoria impresionada” (1984), “Las palomas de la tierra” (1984), “El sonido del hombre” (1986), “Canción o barbarie” (1988), “Solar sostenido” (1998), “Madera y cuerda” (2000), “La mudanza” (2003), “Del junto movimiento” (2004), “Escalón para musinga” (2005), “Mansa Tuca” (2009). Obtuvo, entre otros, el Premio Fray Mocho.

Julio Luis Gómez (Santa Fe, 1949). Abogado y juez, poeta. Ha publicado los libros “El tiempo iluminado” (1977), “Que la nostalgia habite la esperanza” (1985), “Soñada derrota de la pena” (1995), “Razón de mí” (2006). Obtuvo el Premio Anual de la Asociación Santafesina de Escritores (ASDE).

Marta L. Pimentel Álvarez (Paraná, Entre Ríos, 1958). Publicó los libros “Desde todos los cielos” (1995), “Gabriel, el enviado” (1998), “El eterno ausente” (Moscú, Rusia, 1998), “El vértice de las cosas” (Córdoba, 2004), “Los cuentos de tía Ernestina” (CD, obras completas, 2004), “De las simples cosas” (2004), “Los versos de Juana”, “L’ Argentina”. Ha publicado en antologías de México, Costa Rica, Uruguay, Brasil, Perú y Cuba. Es autora de los blogs http://hijanativa.blogspot.com y http://poesiadeentrerios.blogspot.com/


El  primer encuentro se había realizado el sábado 30 de octubre  y participaron Gladys Frutos Faloni (Santa Fe), Miguel Ángel Federik (Villaguay, Entre Ríos), Lisandro González (Rosario) y Orlando Valdez (Rosario), además de los anfitriones y organizadores, Luisina C. Crespi y Carlos O. Antognazzi (Santo Tomé).


                                


Páginas personales de Carlos Antognazzi, organizador de los encuentros:
http://www.elfisgondigital.com/fsgnw/arte/nota.vsp?nid=58104 http://www.castalia.es/Shop/Detail.asp?IdProducts=1324 http://www.mundoculturalhispano.com/spip/auteur.php3?id_auteur=142 http://axxon.com.ar/wiki/index.php?title=Antognazzi%2C_Carlos_O. http://www.tyhturismo.com/data/destinos/argentina/literatura/escritores/Antognazzi/Antognazzi.html

      

martes, 30 de noviembre de 2010

MARÍA LYDA CANOSO: UN CUENTO

 

MARÍA LYDA CANOSO:  UN CUENTO

 

La original obra de Marily Canoso tiene la virtud de construir espacios inauditos, inconmensurables y a la vez cotidianos, yo diría que hay un cruce entre lo fantástico y lo costumbrista, pero lo costumbrista con una vuelta de tuerca que lo sitúa más allá de lo establecido por la tradición. Entonces se produce una interesante combinación donde los personajes con rasgos curiosos, a veces desopilantes, un poco absurdos, un poco caricaturescos, desnudan su condición humana. Estamos frente a una obra singular, una obra de espesura, de capas y capas de significación, de profundidades y al mismo tiempo campea en el humor con gracia. Los relatos de Marily Canoso siempre sorprenden y abren puertitas, no sólo esas puertitas, las de una casa provinciana,  esas  que atraviesan sus personajes entrando y saliendo de sitios inesperados sino las de la escritura entendida como un arte.



LA IGUANA

El día que Baltazar se apareció con una iguana capturada por los chiquilines de la costa de entre esa verdadera maraña que era el tremendo camalote que, flotando desde sabe Dios qué húmeda espesura, entre latas y maderas y hojas podridas y naranjas bajara por los rápidos del imprevisible Paraná, logró que doña Mima abandonara por un rato el vaivén de su mecedora vienesa, los rezos y blasfemias y hasta ese malhumor que la impulsaba a ordenar arbitrariamente esto o aquello a sus holgazanes sirvientes imaginarios, entre los que por sus trapacerías se destacara el Rubio, querubín de mala entraña que, por el solo placer de atormentarla, liberaba a los canarios de su Alhambra de alambre y confundía al loro al punto de que, siendo todos los habitantes de la casa partidarios de la revolución libertadora, el ave inocente champurreaba en agudos la marcha peronista.

Tras dos largos días de agonía, y sin razón aparente, el Duke remolón de los pies de la cama había sido encontrado ya en las últimas con un empacho de muerte. Doña Mima una vez más no dudó en atribuir esa verdadera tragedia a las malas artes del Rubio.
Inútil fue llamar a Filomena que, abarcando un campo mucho más amplio que el estrictamente científico, de medicina sabía casi tanto como el Dr. Verídico, vuelta a vuelta mechaba su rutina de tender camas y pasar el espadol por los mosaicos de la clínica, con la aplicación del conjuro en tinta china que por meses resistiría al jabón y lavandina, en pacientes a quienes poco les importaba exponerse a la burla de los escépticos, con esas nítidas crucecitas dibujadas a mano alzada sobre sus lomos desbordantes y chichas voluptuosas, imposibles de ocultar bajo traje de baño alguno en la pileta del Social.
Esta trabajadora de la Salud llegaría con su maletín de paramédica, imaginando que la enferma debía ser Mima. Razones no le faltaban para pensarlo,  argumentó que la había visto varias veces grave, por ejemplo cuando ésta se pasara de la raya con yemitas glaceadas. Ni qué decir cuando se atascó con el budín de pan: fue entonces cuando a fuerza de masajes la Filo pudo hacer que el bolo circulara en sentido correcto, devolviendo a doña Mima su facultad respiratoria.
Apenas Filomena llegó a la casa hubo de palmearla, diciendo con aire campechano: “A ver si esta preciosa me saca bien la lengua”. Doña Mima la miró como en Babia, y la Filo ni siquiera advirtió que Baltazar con ojos insistentes le indicaba el almohadón de terciopelo donde, sumergido panza arriba, agonizaba el Duke.
Si bien con el felino ya nada pudo hacerse, Filomena debió aplicar a doña Mima la inyección para los nervios, ya que simulaba arrojarse a un precipicio con los ojos volteados, vociferando contra el Rubio y toda esa sarta de malvados que, desde hacía años, le venían haciendo la vida imposible impulsándola a comer esas bolitas dulces con total desenfreno.


Doña Mima miró a la iguana con cierta familiaridad y le pareció reconocerse en la papada. Así fue cómo, por esas cosas de la piel, doña Mima hubo de encariñarse con el batracio que, si bien no llegaría jamás a ocupar el almohadón por ser éste un medio demasiado seco, privado ya de su paisaje fluvial, hiciera suya la bañera que, decorada con las plantas acuáticas que los chicos de la costa hubieran de entregarle a Baltazar a cambio de un puñado de caramelos, y algunas otras plantas del porche que, por estar en macetas pequeñas, entraban cómodamente en el baño, desde ese día, vino a convertirse en un burdo remedo del torrentoso Paraná.
Bastante tiempo duró la diversión de doña Mima. Ya no pasaba los días en la hamaca sino que arrastraba su corpulenta humanidad a través de los cuartos, apoyada en el trípode que no se animara a abandonar después de la caída de Frondizi.
Fue gracias a la iguana que Baltazar se permitió desgranar algunas tardes en el Social y las restantes en el Oriente de frente a la plaza. Eufórico arregló el mundo con partidarios y viajantes, otras veces calmo y pensativo vio perderse en el aire innumerables volutas de humo, mientras del otro lado del cristal el bullir de humareda del arranque de los  micros sobresaltaba a los apacibles novios hasta que nuevamente todo era una quietud incendiada.
                                                                                                                            
Pero la iguana no era feliz. Su primitivo regodeo en la bañera se había transformado en indiferencia. Desde el antepecho miraba quietecita el agua con sus adormecidos ojos de huevo y se quedaba así,  esperando algo impreciso. De repente tremolaba la papada en la que doña Mima se reconociera, chasqueaba la cola y corría a esconderse por entre las macetas o tras el inodoro. La Iguana miraba con indiferencia a doña Mima que por complacerla desmigajaba esos corazoncitos que en crujiente caja le regalara Baltazar, modelando con la punta delicada de sus dedos pequeñas confituras esferoidales.
A simple vista la iguana parecía adelgazar cada vez más. Varias veces desapareció hasta la noche, y algún vecino la encontró vagando entre las plantas del fondo contenidas por el tapial encalado que miraba hacia el río.
Cuando en algún momento Baltazar le dijera: “Venga, mmamma... veeengasé para ddentro”... doña Mima no haría sino vistear con el cuchillito de su índice en el aire, sentenciando: “son cosas del Rubio”, o “ese ladino todavía tiene el tupé de hacerme morisquetas”...
La noche en que se hicieron las once y todo fue órdenes y linternas, conos luminosos que se desplazaban lentos, olor de azahares y a pasto pisoteado, humedad y grillos, oscuridad y la luz y la oscuridad, Baltazar hubo de revisar hoja por hoja, tronco por tronco, hasta llegar al convencimiento de que efectivamente la iguana se había ido. 
Doña Mima, desde lo alto de la breve escalera de acceso a la galería y apoyada en su trípode, con el marco italiano de pilares de balaústres, no hizo sino declamar incoherencias quejándose todo el tiempo de ese Rubio oscuro, ladino, que con sus tretas una vez más le hacía la vida imposible.
Baltazar dejó la linterna en la baranda y trató de apaciguarla con la promesa de que no bien aclarara reanudarían la búsqueda. Mientras tanto en la cocina Filomena preparaba una tisana que,  luego de beberla, obraría tal efecto sobre Mima que por mucho tiempo sería recordada. Nadie olvida los artilugios que se tuvieron que hacer para convencerla de que bebiese el cocimiento que le presentaban en majestuosa taza, para luego trasvasárselo a su vez al jarrito de plata.
Cuando más de uno ya estuvo al borde del colapso y, tras agregarle el azúcar, que era lo que el cuerpo de doña Mima reclamaba, por fin el líquido fue pasando lentamente de la taza a su garganta de iguana, y, sin dejar de clamar por la iguana, doña Mima se fue amodorrando, y en esa duermevela pidió que se la ayudara a desplazar el trípode de pieza en pieza haciendo que los chicos buscaran debajo de las camas. Una vez que recorrió la casa, como borracha, aún vestida y siempre ayudada por varios de nosotros, se desplomó en la cama del baldaquino que se mantuvo firme por los refuerzos de fierro forjados por Baltazar, quien a esa altura pedía en la cocina  beber el mismo cocimiento.
Vestida como estaba y murmurando insultos al Rubio, instruyendo órdenes que rayaban el delirio y desafiando, ya instalada en ese medio sueño que paulatinamente fuera tornándose en ronquido, al fin dejamos a doña Mima tendida en la cama.
Pasaron días en que la casa estuvo quieta porque nadie osaba acercarse temiendo despertar a la durmiente que se mantenía viva a fuerza del suero que le regulaba Filomena. Comenzamos a preocuparnos y, pasadas dos semanas largas en las que todos fuimos cayendo progresivamente en la desesperación, alguien sugirió llamar al ilusionista animador de fiestas que, a poco vino con sus artefactos de producir la magia y una despampanante secretaria a lo Marilyn Monroe que fue el furor entre los habitués del Oriente. Estaba escrito que Baltazar se enamoraría perdidamente de ella.
Todo fue en vano: ni aún con esta deliciosa mujer serruchada al medio, ni con esos chistes de políticos que nos hicieran a más de uno mover el vientre de la risa, logró el ilusionista traer a doña Mima a la conciencia. Tanto Mima como la iguana jamás regresaron.

Un viajante que vino de Rosario contó como hecho curioso que, más allá del Saladillo, alguien de la Isla había visto en un recreo cercano a un rápido del río, a un joven rubio con dos iguanas: una grande, bien torpe, y una pequeña de ponderable agilidad, amenizar reuniones de parroquianos con la desopilante pantomima acuática. Y sólo por la comida que, en el caso de las iguanas pedía el rubio que fuera más bien tirando a dulce, que salada.




APUNTES DE MI BIOGRAFÍA LITERARIA.

Nací en Casilda, cerca del Carcarañá. Estudié Bellas Artes en Rosario y de inmediato en uno de esos viajes de aprendizaje, estudié durante casi un año Vitrales en Londres.
¿Qué tendrá que ver esto del Carcarañá, la plástica y los vitrales?, dirás.
Bueno. Creo que fue de ese promedio que se me construyó una mirada. También transité otros caminos, hasta la Arquitectura. Al fin me di cuenta de que, como diría mi nieta Sofi, la escritura es lo mío. Aprendí y enseñé. Y en el medio escribí varios libros, en este orden:

Telegramas azules (Cuentos) Editorial Corregidor.
Por qué te niegas al olvido -  Editorial Torres Agüero. Premio Cuento 1987, Fondo Nacional de las Artes.
Biarritz (Novela).
Corazón de Manhattan (Novela).
Contra el brillo final (poemas).
                                                     
                                                               María Lyda Canoso

lunes, 8 de noviembre de 2010

APROXIMACIÓN A DOS NOVELAS DE MARÍA TERESA ANDRUETTO



 Suelo hacer apuntes cuando leo un libro de ficción, generalmente con lápiz en la primera página en blanco. A veces las distintas frases van tomando la forma de algo parecido a un ensayo, otras veces apenas son un esbozo para una indagación posterior. En este caso, leí las dos novelas de María Teresa Andruetto, una luego de la otra. Vuelco aquí esos apuntes para que, con un poco de buena voluntad e imaginación, a algún  posible lector  le despierte el deseo de leerlas también. Las  novelas  son "La mujer en cuestión", Editorial Sudamericana, Buenos Aires 2003 y"Lengua Madre, Ed Sudamericana, Buenos Aires 2010

LA MUJER EN CUESTIÓN
   La novela “La mujer en cuestión” es un texto que remeda un informe que tiene el aspecto de un  escrito gubernamental, a medida que el informe va creciendo se van creando  los climas, los indicios y surgen los pormenores  que nos trazan el perfil de un personaje. Se habla de la dictadura por omisión, de la misma forma en que se vivía por aquellos años. De esta  manera el texto  nos acerca a la noción básica de la dictadura como al pasar, de un modo tangencial y amenazante. El efecto que este recurso produce es el del icerberg, lo no expuesto en forma evidente atenta desde las sombras y genera lo siniestro en el sentido freudiano.
  La historia se va construyendo mediante la aproximación al personaje que paulatinamente   discurre con esa voz imparcial, la del que redacta el informe,  el registro de las diferentes miradas  están teñidas por el tamiz del criterio del informante, lo que va constituyendo a su vez un subtexto. Es una voz que recoge testimonios,  en esta recopilación de hechos el relato va avanzando desde los márgenes hacia el centro. Hay algo que captar y quien habla está en la orilla, que es el lugar de la observación. En ese avance desde las orillas hacia el centro  el narrador   alimenta nuestra necesidad de conocer, la despierta y la nutre,  la historia que se va armando a la manera de un rompecabezas donde se combinan  los retazos de información que obtiene el que narra, quien en todo momento mantiene el perfil del que está en el margen y avizora, del que se acerca e indaga sin perder la distancia propia de quien permanece afuera, en su desconocimiento, en su  aproximación a medias.  Quizá lo más interesante es que  ese centro hacia el cual avanza el narrador desde los límites se mantiene ininteligible hasta el final. De este modo se va involucrando al lector en la historia, una historia que siempre tiene aspectos y perfiles que se nos escapan porque quien relata no es del todo confiable, es un tanto limitado,  aquí el narrador no es el que sabe sino el que intenta averiguar e,  indiscutiblemente, padece  de cierta torpeza.  Podría afirmarse que el contraste está dado por la inmensidad de esa historia que se adivina y la relativa incapacidad del informante-narrador para captarla. Ahí está el juego más interesante de esta novela, calificado como “irónico” por uno de los dos análisis teóricos que están al final en su última edición. Digamos que el contraste está también dado por  la posición aparentemente imparcial y distante del narrador, ese tono del que no se involucra, del que mantiene una gran distancia y por el contenido intenso de lo que se relata limitadamente, de lo que prácticamente se dice por omisión.  El relato se sostiene en ese delgado límite entre lo que se desconoce y lo que se intenta conocer. Hay un crescendo de intensidad que no  se produce por la intensificación de los hechos o por la tensión de los sucesos tramados en el relato sino por algo más intangible como un proceso de profundización de ese mecanismo de contrastes, es decir está producido mediante los procedimientos narrativos y no por el  desarrollo de la historia. Podríamos pensar que ese no saber del narrador  - el informante-, lo ubica en el lugar de la conciencia colectiva de los argentinos durante la dictara militar de los años setenta en la Argentina. Ese avance desde los lados, ese acercamiento al personaje crea intrigas, de esta forma el narrador se convierte en un merodeador.
    Es tan sutil el trabajo literario que en alguna medida maravilla. El grado de contención y de tirantez, de implosión producido por el relato no puede menos que remitirnos a aquellos  años que padecimos la vida cotidiana en la Argentina dominada por la última dictadura militar,  nos devuelve al clima interno de un país sofocado, eso que las palabras no consiguen relatar,  eso que sólo una construcción poético narrativa como “La mujer en cuestión” logra hacer que el lenguaje se convierta en lo que ya no sirve para comunicar sino para simbolizar,  nada menos ni nada más que hacer  literatura. Después de leída la novela sigue acechando y produciendo sus oleajes en la memoria siempre un poco turbada y a la vez intacta de aquellos años a los que los argentinos no estamos dispuestos a volver.
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LENGUA MADRE
   El texto está articulado bajo el modelo de la investigación. Hay una voz que hurga en el pasado, que va tocando pistas, que roza un extremo, apenas lo roza y  sigue de largo. Una voz que se oscila entre la sospecha y la incertidumbre. Se trata del movimiento metonímico del que hablaba Lacan, el movimiento del deseo que nunca se completa.
Está muy vivo el texto, se detecta un movimiento del discurso atravesado por la fugacidad, por la fragilidad del tiempo que transcurre. Eso está antes, después y mientras tanto a lo largo de toda la novela. La voz de quien narra es vacilante, sabe que no puede confiar en ninguna  clase de certeza y esa vacilación  le da el pulso  a una visión del mundo. 
 Es llamativa la manera en que el narrador se acerca y se aleja del personaje, este movimiento no hace más que consolidar una  cosmovisión que nos dice que nada es verdaderamente apresable. De este modo el personaje va siendo compuesto, asediado, armado, construido. Podría afirmarse que la construcción del personaje es un atributo del narrador mientras va  contando la historia y aún así el saber  resulta  esquivo, la construcción se siente imperfecta, insuficiente y el narrador ostenta este hecho de manera natural. Frente a la literatura realista que todo lo agota, esta visión del personaje es transformadora y superadora de una visión patriarcal. El narrador no sabe, el narrador apenas puede perfilar la historia en un panorama literario que ha reflotado en los últimos años una literatura de corte positivista lógico en la que el que narra todo lo sabe sin cortapisas, en la que no hay vacilación o incertidumbre.
   Otro elemento interesante es el peso de lo testimonial, pero lo testimonial también resulta esquivo. Frente al documentalismo literario que ha hecho que la literatura se acerque cada vez más a la noticia, al periodismo o a ciencias extraliterarias como  la historia o la biografía, Andruetto nos instala en la plena incertidumbre. Así por momentos la historia parece reacia a ser tramada, es un patch work, tengamos en cuenta que  el patch work originalmente es una manta cosida por las mujeres de extracción campesina que, a falta de una tela completa, utilizaban restos que quedaron de otras prendas y cosían todas juntas formando ronda. La novela es un patch work: la creación de voces colectivas que al ensamblarse pueden mostrar una imagen que necesita de la distancia de la mirada para ser apreciada.
   Por otra parte hay un efecto residual del armado de esta historia. Efecto de fragmentación. No hay construcción edípica sino estructura mosaico, la estructura edípica, la de la novela tradicional que tiene un hilo que atraviesa todo el relato se corresponde con una visión del mundo ordenado, optimista, que confía en el poder de la voluntad y la razón. Y especialmente que confía en el poder de la palabra como un medio unívoco de comunicación. En el mundo de esta novela a lo único que se puede aspirar es a  rasguñar algunos sentidos que luego nos permitirán acercarnos a  un puñado de interpretaciones de la historia.
  El relato no trabaja la tensión porque al no haber una trama urdida, la tensión no aflora. Nada fue tensado previamente en “Lengua madre”, que   al desplegarse mediante la estructura mosaico se librera del imperativo propio de la estructura edípica organizada en torno a la fuerza de la tensión, la estructura mosaico   justamente por desarrollarse de modo horizontal, cobra su sentido en la combinación y conexión de los hechos. El lector debe participar en  esa sutil acción de enhebrar  que realiza el narrador, debe ser cómplice de ese  acto de merodeo ante la vida buscando pistas que le permitan armar la historia.  En el ir y venir del relato se va dando vueltas cíclicamente sobre la historia. Un movimiento lunar, horizontal, de energía femenina en contraposición al movimiento edípico  que supone una continua ilación de causa y efecto que es vertical.
   A veces, durante la lectura, es preciso sortear la incomodidad el fragmento que se plantea como un desafío al comportamiento de la memoria que tiende al hilvanar y hasta a llenar los huecos de lo que no se sabe con invenciones, acostumbrada a  la cómoda linealidad de causa y efecto. Aquí la novela nos obliga a aceptar los cortes, las escisiones,  el perturbador quiebre de la vida., aunque también la disrupción de una memoria que se quebró incesantemente como los cuerpos. Lo fragmentario puede volverse incómodo, pero ante eso  no es errado decir que la novela se lee del mismo modo en que se percibe la vida.
 La belleza despojada de algunos tramos de  “Lengua madre”, nos inserta en una idea de inmensidad., la de la vida o de la compresión de la vida que se nos escapa.  Leemos en la  página 146: “Los datos, las circunstancias, la localización, el tiempo en que las cosas suceden le parecen factores de importancia, ya desde niña intentaba comprender las razones de las personas y tenía –con una fascinación que aún hoy no puede explicar- clara percepción de la relatividad de todo, conciencia de la imposibilidad de saber en profundidad nada de nadie, temprano percibir el desconocimiento que nos asiste a todos antes las razones profundas de cada uno.”  Y un poco más adelante: “Lo cronológico, lo topográfico, los sencillos datos biográficos dan estructura a una vida y sin embargo la vida, la suya –la vida de cualquiera- no alcanza jamás a definirse por ninguna circunstancia, siempre se le escapa”. La propuesta estética de la novela pone al lector frente a esa verdad, la imposibilidad del conocimiento que es en este principio del siglo XXI una de las pocas certezas con las que contamos, hecho que se constata con la repetición de palabras en un mismo renglón, ese movimiento cíclico es el intento de apresar lo inapresable,   de aprehender o descifrar lo que continuará teniendo significados ocultos, verdades apenas rasguñadas, historias silenciadas, cuerpos ocultos, siempre ajenos ante tanto vacío y tanto desborde.




     
María Teresa Andruetto
Nació en A° Cabral, Córdoba, Argentina, en 1954. Publicó
novelas, libros de cuentos, poemarios, ensayos, obras
de teatro y libros para niños. Entre ellos, las novelas La
mujer en Cuestión (DeBolsillo, 2009, traducida al alemán),
Lengua Madre (Mondadori, 2010), Stefano (Sudamericana,
1998) y Tama (Alción, 2003), la nouvelle
Mi madre sobre todo 9/20/10 5:39 PM Página 131
Veladuras (Norma, 2005), el libro de cuentos Todo movimiento
es cacería (Alción, 2002), los poemarios Pavese/
Kodak, Beatriz, Sueño Americano y numerosos libros
para niños, entre los que se encuentran El anillo encantado,
La mujer vampiro, El País de Juan, El incendio,
Campeón, La durmiente y El árbol de lilas.Obtuvo entre
otras distinciones, Premio Novela del Fondo Nacional
de lasArtes, Lista de Honor de IBBY, finalista de los premios
Clarín y Sent Sovi/ Ediciones Destino y en 2009 el
Premio Iberoamericano a la Trayectoria en Literatura
Infantil/Juvenil SM, por la totalidad de su obra para
niños. Modera el blog http://narradorasargentinas.blogspot.
com/www.teresaandruetto.com.ar