Espiral de Saraswati

viernes, 11 de mayo de 2012

MABEL PAGANO: UN RELATO


  La  prosa de Mabel Pagano se caracteriza por el vigor y la fluidez y también, como en el cuento que puede a leerse a continuación, por un sutil  empleo de la intriga y de una adecuada dosis de silencio que convierte a sus relatos en un espacio atrapante. Su característica básica es el  manejo de la narratividad, marcada por esa fluidez que indica un  alto dominio del oficio de escribir.



                                                  SENTENCIA
  Ella los miraba durante el día, despacio, atentamente, fijándose en cada cosa: así; como su abuelo le había enseñado a mirar en su infancia. Les pegaba los ojos cuando los veía moverse por todo el destacamento, siempre apurados, siempre nerviosos, dando órdenes unos, recibiéndolas los otros, igual de duros estos y aquellos, con el cuerpo rígido y la boca apretada. Al principio se había preguntado cuál de ellos sería el que de noche se llegaba sigiloso hasta donde estaba durmiendo, o hacía como que, para echársele encima. Era bruto y mudo, pero, por suerte, hacía lo suyo muy rápido y se alejaba  cuando apenas le había salido de la boca el último espasmo. Descontaba que será un oficial, porque el pabellón destinado a los soldados estaba del otro lado de las barracas donde se arracimaban los prisioneros y sólo podía acercarse a ellas para llevarles la comida y hacer la guardia. Las precauciones se acentuaban en el sector de los detenidos peligrosos –como ella, por ejemplo- que a causa de eso, tenían celdas separadas. No le importaba demasiado la categoría del asaltante, porque ni siquiera había llegado a la adolescencia cuando ya tuvo a uno de uniforme arriba. Ella y todas las mujeres del pueblo y sus alrededores habían aprendido, al poco tiempo de que el ejército instalara su campamento en la zona para  cazar guerrilleros, cómo serían las cosas de ahí en más. Cuando aparecían por las casas, dejarlos que revisaran, contestar siempre no vi a nadie sospechoso por aquí y después, abrir las piernas. Inevitable. Cualquiera. Todos. Desde el que mandaba la partida, hasta el último soldado. Total, n había nadie que pudiera defenderlas. Sólo habían quedado los viejos y los chicos después de que muchos hombres s e fueran  para el monte cuando empezó la revolución y los que quisieran sacarle el cuerpo lo mismo se jodieron, o peor, porque los engancharon los milicos y los metieron en sus filas –a veces hasta por la fuerza- para enseñarles a pelear defendiendo no sabían qué ni para qué.
  Pasado un tempo, se había cansado de mirarlos; la aburrió verlos hacer siempre lo mismo, repetir  las órdenes, llevarse la mano a la cabeza, ir y venir en los camiones, trayendo nuevos prisioneros que ocupaban los lugares de los que fusilaban en las madrugadas. El hastío la hizo apartar de ellos los ojos, para volverlos a las cosas que le había enseñado a mirar su abuelo cuando era chica y aunque el paisaje estaba recortado, lo mismo podía ver las montañas y el cielo cruzado por el vuelo de los pájaros, e imaginar el río que continuaba corriendo, libre, más allá de barracas y alambrados. Sin embargo, un día y casi sin quererlo, por un detalle apenas, se dio cuenta de que visitante de algunas noches, era nada menos que el propio General.

Trató de que no se notara, escondiéndose detrás de la indiferencia, de esa apatía que poco a poco había ido ganándolos a todos y a la que sólo podía sacudir el miedo cuando, después de algunas semanas de tranquilidad, en las que ellos  parecían haberse olvidado de que existían, retornaba los fusilamientos de la madrugada. No le fue difícil disimular porque si bien en las noches las visitas no se interrumpieron, durante el día era raro que el General apareciera por las barracas. Sólo se acercaba a visitarlos, como él decía, cuando se recibían noticias de acciones guerrilleras. Entonces, se les paseaba  por delante con grandes pasos y hablaba de emboscadas, muertes y ejecuciones, dando nombres mientras los miraba fijamente, para sorprender cualquier reacción. En la barraca de los hombres, mencionaba especialmente a las mujeres que, según él, habían participado y muerto en un ataque y en las mujeres, hacía lo contrario, para ver si el dolor superaba la barrera del control. Algunos no podían contenerse, aun cuando sabía lo que les esperaba. A ella le tocó una mañana, un buen rato después de que el eco de lejanos disparos se aquietara detrás de las montañas. El General se había detenido a su lado para hablar de la captura de quien mandaba el grupo de guerrilleros que ese amanecer pretendieran copar un campamento militar apostado en la orilla de la Salina Grande. Era el hombre con quien vivía en el momento que la tomaron prisionera y que había logrado escapar gracias a los tiros con que ella, apostada en el techo de la casa, recibió a la partida que venía a buscarlo. El General, que se le había acercado aún más, mordió despacio las palabras de la muerte, mientras la miraba fijamente. Soportó el peso de esos ojos sin apretar los puños ni los labios, sin mover las manos ni bajar la cabeza. Pero, algo en su expresión dio la voz de alarma, no referida al anuncio, sino a las visitas de la noche. Y fue entonces cuando él supo que ella lo sabía.

El General lo dijo un día que estaba en el patio. Andaba de recorrida junto a un coronel y un mayor. Al llegar a su lado se detuvo y la enfrentó, pero sólo la miró unos momentos; enseguida volviéndose a sus acompañantes dijo ésta no es tan bruta como las otras y supongo que los meses que lleva aquí adentro le habrán calmado los ánimos. Vean que hoy mismo la trasladen. Por lo menos que se ocupe de mis cosas; estoy harto de la torpeza de los soldados.
Durante ese tempo que pasó haciéndole la comida, tendiéndole la cama y lavando y planchando su ropa, el General le dijo varias veces sos muy calladas vos y eso es lo peor, porque nunca se sabe qué pensás. Sin embargo, no tomó más precauciones que las que ya existían a su alrededor cuando ella se mudó al edificio central del cuartel y ni siquiera hacía cerrar con llave el cuartito que le destinó para dormir y en el que continuó  visitándola con la misma frecuencia que lo hacía cuando estaba en la barraca. Ella comprendió el por qué, una noche en que mirándola mientras le servía la comida, él le dijo ¿Sabés que no creo que seas peligrosa? Vos hiciste lo que hiciste para salvar a tu hombre y agregó, mientras sacudía la cabeza, imbécil como todas las mujeres… Por un momento se preguntó si valía la pena contestar y enseguida decidió que no.
Un domingo aparecieron, hundidas en el fondo de un gran auto de vidrios oscurecidos rodeado de soldados en moto, la mujer y las dos hijas del General. Ella había recibido esa mañana la orden de no moverse de su cuarto hasta nuevo aviso. Desde allí las vio llegar, escuchó los gritos de él, seguidos de largos silencios y las miró cómo se iban, con los labios fruncidos y sin mirar para atrás. A la mañana siguiente, cuando entró en la habitación del General, se di cuenta de que había pasado una mala noche. Junto a la cama, totalmente deshecha, había dos botellas vacías.

Un par de semanas después de la visita, se empezó a hablar del cambio en todo el destacamento. Al principio, ella no entendió gran cosa., porque desde que estaba ahí habían circulado muchos rumores a los que trataba de no prestar demasiada atención, para no correr el riesgo de volverse loca. Sin embargo, esa vez, ante la persistencia de las versiones, se detuvo a escuchar. Antes de fin de año habría elecciones. Exterminada la guerrilla, los militares habían decidido entregar el gobierno a los civiles, presionados por un desastre económico que ya no podían controlar. Había que empezar a poner las cosas en orden y prepararse para volver a casa. A partir de entonces, las palabras borrar y limpiar, pasaron a ser las más corrientes. Trabajaban de noche. Primero cargaron en camiones –que salieron sabe Dios para dónde- todo lo que había en los sótanos y después los lavaron durante más de una  semana, para que desaparecieran hasta el último rastro de sangre. Cuando terminaron con eso, empezaron a quemar todos los papeles con órdenes dadas y recibidas y cuanto informe llegó y salió en esos años. La  parte final fue el traslado de los prisioneros peligrosos hacia ninguna parte, como todos comprendieron desde la primera vez, al escuchar la ráfaga de ametralladora, cuando aún no habían pasado ni quince minutos de la partida del camión. Ninguna había pasado los límites de Cañadón Seco.
En el transcurso de esos días, ella volvió a mirarlos como al principio. Seguían igual, nerviosos, apurados, duros, gritones. Pero algo se les había agregado. Una inquietud que no podían disimular y de la que sólo el General parecía no haberse contagiado. Una noche los reunió a todos en el patio. Desde el coronal hasta el último soldado. Les gritó que no fueran maricas, carajo, que él  siempre daría la cara, pasara lo que pasara que nunca renegaría de su responsabilidad por cuanto ocurriera en ese Distrito, auque, eso sí, ellos debían recordar que todos, todos sabían y por lo tanto… Para finalizar, mencionó la existencia de ese pacto que nadie había firmado, pero que continuaba vigente y que los uniría para siempre en el silencio.
Cuando llegó el aviso del arribo del General que venía con sus hombres a hacerse cargo del destacamento, ella se preguntó qué iba a pasar, cuál sería su futuro. ¿La muerte? ¿La libertad? No tardó mucho en enterarse, porque una noche, cuando empezó a levantar los platos de la mesa donde él terminaba de comer, lo escuchó ordenándole un omento, no te vayas; tengo algo que comunicarte. Y lo que dijo fue que había llegado el momento de volver a casa y que si ella no había seguido el destino de los prisioneros peligrosos se lo debía únicamente a él, aunque todavía estaba a tiempo de cumplir con sus deberes… Le clavó los ojos y se quedó en silencio. Finalmente, despegó los labios para decir, muy despacio salvo que aceptes venir conmigo, tengo un campo en la Florida. Vos decidís.

 Estaba parado  junto a la ventana. Allí había pasado la mayor parte de los días desde que conociera la decisión del Tribunal. Ella, que lo rondaba en silencio, observándolo siempre, recordaba cuando todo aquello había empezado, unos pocos meses atrás y no debido a que alguien hubiera escuchado los reclamos y las denuncias de las gente, sino porque a un cagón se le ocurrió abrir la boca y después apareció otro y otro más, todos diciendo cosas parecidas, admitiendo las torturas y las ejecuciones, mostrándose arrepentidos, hablando de la conciencia que no los dejaba dormir. Una mierda, todos una mierda, decía El General en las reuniones con antiguos camaradas que iban a visitarlo, o frente al televisor, o mientras leía los diarios que le sargento iba buscar al pueblo.
Desde que regresara y sin pisar siquiera su casa de la Capital se había instalado en el campo de la Flor4ida. Y ella con él. Menos mal que te traje, le dijo a poco de llegar, cuando se enteró, por boca de un sargento que tomara a su servicio cuando el Ejército le dio la baja por haber perdido un brazo que, salvo unos pocos hombres, los más viejos, todos se habían ido para la revolución y sus mujeres con ellos y ninguno regresó hasta ahora, mi General.
La instaló en la casa principal, en el cuarto de ocupaba la mucama de su mujer, en las épocas en que la familia pasaba allí todo el verano y durante los primero tiempos pareció que nada cambiaría la rutina establecida entre ellos en el destacamento. Lavar y planchar la ropa, tender la cama, hacer la comida, abrir las piernas, lo mismo que allá. Él pasaba sus días recorriendo el campo a caballo o yendo de caza junto a sus perros.
Fuera de los gritos de cagones y son todos una mierda, que soltaba cada vez que escuchaba o leía algo referido al pasado, el General no se mostraba afectado por cosa alguna y reaccionaba ante lo que había empezado a suceder, como si él nunca hubiera estado en aquel escenario sobre el que el telón se descorría lenta pero firmemente. La ausencia de la mujer y las hijas, que desde la vuelta habían ido sólo tres fines de semana a visitarlo, tampoco parecía entristecerlo demasiado. La última vez que estuvieron, las había despedido abriéndoles la puerta, mientras les decía ustedes son como ellos, basura, sólo basura. Si tienen tanto miedo, váyanse y no vuelvan más.
Ni ellas volvieron ni él las esperó. Mirándolo ir y venir, comer, dormir y agitándose sobre su pecho, como siempre, ella se preguntaba qué tendría que pasar para que algo cambiara. El anuncio de los juicios fue la esperanza. Él se sorprendió al enterarse. Primero, serían los comandantes de la Junta quienes se sentaran frente a los jueces y luego le tocaría el turno a los generales que hubieran tenido a su cargo las principales zonas militares en el período de la revolución. Están yendo demasiado lejos, opinó y la única preocupación evidenciada fue seguir la marcha de los procesos a través de las visitas, que cada vez llegaban con caras más sombrías. Ni siquiera pareció conmoverse cuando le tocó el turno a él. Tal como lo había decidido desde tiempo atrás, no se presentó al Tribunal y fue juzgado en rebeldía. El cambio que ella esperaba tanto, iba a llegar el día que se conoció la sentencia.

Cuando lo supo apretó los dientes y golpeó con el puño cerrado sobre la mesa. Prisión perpetua informaron. Igual que a los comandantes de la Junta. Principal responsable de los hechos de Cañadón Seco. ¡Hijos de puta, los salvamos de los comunistas y ahora nos mandan presos! Eso les dijo a los oficiales que habían estado bajo sus órdenes cuando fueron a verlo. Y les repitió lo mismo que había jurado desde el primer momento. Yo no voy a ir a la cárcel. Si quieren ponerme entre rejas, primero tendrán que venir a buscarme.
Como sus visitantes habían ofrecido ayuda para cuando fuera necesario ni bien supo que una partida iría por él, obedeciendo las órdenes de los jueces, los llamó para que cumplieran su palabra. Llegaron una noche y se instalaron en las caballerizas y los galpones de herramientas. Nadie le va a tocar un pelo, General, mientras nosotros estemos aquí, dijeron decididos, mientras mostraban las armas que habían llevado, una de las cuales entregaron al sargento, después de que éste asegurara que no se movería de la puerta de la casa, para matar al que se atreviera a pisar un escalón.
Empezó a dormir poco y pareció olvidarse de ella. Pasaba largas horas junto a la ventana del comedor, desde donde se veía el camino, sin separarse de su fusil, cargaba también un revólver en la cintura, que ponía debajo de la almohada al acostarse. Además de leer los diarios, miraba los noticieros del anochecer, para enterarse de todos los problemas que su actitud había generado en el país. Algunos de los principales miembros del Ejército se pronunciaron a favor del General, como lo habían hecho cuando los comandantes fueron puestos entre rejas, porque tomaban las sentencias como un ataque contra toda la institución. Otros prefirieron guardar silencio, pero ninguno se mostró públicamente de acuerdo con la decisión del Tribunal. El pueblo, en tanto, que había festejado ruidosamente en las calles de la Capital cuando se enteró de las sentencias, presionaba por todos los medios para que el General –que era el único de los condenados que aún estaba libre- fuera encerrado cuanto antes. El Gobierno, metido en sus inseguridades y temiendo una reacción militar que lo pusiera en peligro, dilató lo más que pudo –en nombre de formalismos que parecían no tener fin-el cumplimiento del mandato judicial. Pero, finalmente, señores, los ojos del mundo nos miran, hubo que actuar y la anunciada partida de soldados salió una mañana para la Florida.

Los hombres que custodiaban al General, recibieron a tiros a los soldados, obligándolos a tomar posiciones seguras y a estudiar la forma en que se acercarían a la casa para cumplir su misión. Así pasó la tarde. Él, enterado desde la noche anterior por los noticieros de lo que iba a ocurrir ese día, se reunió muy temprano con los oficiales que lo defendían y reiteró que no saldría de su casa para ir a una celda. Luego, cuando ellos se fueron para ubicarse en los lugares acordados, se sentó junto a la ventana del comedor, con el fusil entre las piernas y allí se quedó, sin moverse y sin hablar. Sólo abrió la boca para pedirle un café y decir, cuando se lo sirvió, sin quiera levantar los ojos, que no se le ocurriera salir de la casa por ningún motivo. Ella, como lo venía haciendo desde que supo, contuvo sus ganas de decirle ¡tantas cosas! Y se las tragó, no por miedo, sino porque siempre pensó que su silencio –ése con el que contestaba algunos comentario de él y a veces sus preguntas- lo molestaba más que cualquier frase que pudiera decirle.
Al mediodía se sentó a comer sin abandonar el fusil y luego volvió a la ventana. La tarde pasó interrumpida sólo por alguna corrida y un par de disparos. Ella se dio varias vueltas por el comedor, con la excusa de ver si necesitaba algo, simplemente para ver cómo aumentaba su inquietud a medida que se acercaba la noche. Su vida entera le pasó por la mente en esas horas. La infancia, la adolescencia, su familia, aquel amor del que nunca más tuvo noticias. Volvió a ver las caras del hambre, las del horror y las de la muerte. Concentró todo en ese hombre que esperaba junto a la ventana. Sus recuerdos, su dolor, su odio. Y comprendió que el final que había ansiado tanto, estaba muy cerca.
A las nueve, le ofreció la comida sabiendo de antemano que la iba a rechazar. Él había ordenado que no se prendieran las luces de la casa y que sólo encendieran un par de velas lejos de la ventana. Lo miró en la penumbra, entrecerrando los ojos. Como si percibiera su mirada, el General se volvió para pedirle hacé café y acompañame a tomarlo. Ella apretó los dientes y se fue para la cocina. Cuando regresó con las tazas, él se acercó a la mesa y le señaló una silla. Después del primer sobro y mientras giraba la cabeza hacia la ventana, le preguntó ¿tenés miedo? Contestó que no. Así me gusta, dijo, sí hay algo que no soporto es la cobardía. ¿Sabés? Los hombres de mi familia fueron todos militares. A mí ni siquiera me preguntaron cuando era chico, qué iba a ser de grande…
Interrumpió la frase y se quedó callado. Luego, recogió el fusil que había dejado sobre la mesa y volvió a su lugar. Ella lo conocía bastante como para darse  cuenta de que estaba haciendo un gran esfuerzo par ano derrumbarse.
Un  rato después empezó el tiroteo que duró casi un cuarto de hora. Cuando se hizo el silencio, el General la llamó para decirle andá a mi dormitorio y traé el revólver que está en la mesa de luz. Si se acercan demasiado, vos también va a ayudarme.
Regresó muy pronto empuñando el arma; la luz de las velas se hizo aún más vacilante. Al escuchar sus pasos él dijo, sin apartar los ojos de las sombras, por lo que recuerdo, vos lo usás muy bien, así que no te hacen falta lecciones ¿verdad? En lugar de contestarle, ella empezó a acercársele. Se detuvo junto a la mesa y sacó el seguro del revólver. Fue entonces cuando él se volvió. Le bastó encontrar su mirada para comprender todo. No abrió la boca ni hizo ademán alguno. El primer tiro le bajó la noche sobre los ojos.
                                               Relato incluido en "Ocho misterios", Ediciones Último Reino- Buenos Aires 1998.


Mabel Pagano nació en Lanús Oeste, provincia de Buenos Aires, el 6 de mayo de 1945. Ha publicado diecisiete novelas, entre ellas “El país del suicidio”, “Martes del final”, “La calle del agua”, “Lorenza Reinafé, o Quiero en la barranca de la tragedia”, “Malaventura”, “Luisa Martel de los Ríos”, la fundadora”, “Martina, montonera del Zonda”. “Felicitas Guerrero de Álzaga”, “Último encuentro de Fanny Navarro y Gary Cooper”, “El amor es atroz” y dos biografía noveladas: “Eterna”  (Vida de Eva Perón) y “El museo, mi casa” (Historia del Museo de Alta Gracia). Ocho libros de cuentos, entre los que figuran “El cuarto intermedio”, “Enero es un largo lunes”, “Trabajo a reglamento”, “Lo peor ya pasó”, “Ocho misterios” y “Siete por uno siete”, dos volúmenes de cuentos infantiles: “Los chicos que hicieron la historia” y “Cartas con historia” y una novela juvenil “ Panchito López, la última batalla”.
  Participó, además, en diversas antologías, una de ellas “Editoras argentinas contemporáneas”, publicada en Estados Unidos y otra “Cuentos inéditos II”, editada en España. Coordinó y participó en la antología de “Mujeres con pelotas, cuentos inspirados en el fútbol”.
Ha ganado importantes premios literarios. Entre los más destacados: Concurso de cuentos Editorial Atlántida, Fundación Fortabat, Premio Internacional de Novela El Cid Editor, Premio Emecé, Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Municipal de la Ciudad de Córdoba, Fondo Nacional de las Artes y Gobierno de San Luis. Por su trayectoria literaria recibió distinciones de la Cámara de Senadores y la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires y el Municipio

                             

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