Espiral de Saraswati

sábado, 28 de enero de 2012

IRMA VEROLÍN: Textos

                                                                      Dibujo de Escher



                
   Entre los espacios de la tridimensionalidad, ese conjunto de situaciones, hechos y objetos que percibo con mis cinco sentidos  y mi escritura literaria existe un cordón delgado que los vincula y a veces los distancia, lo que con el correr del tiempo no ha dejado de sorprenderme. Tuerzo continuamente lo llamado “real” y así reinvento el mundo.  Como esos matrimonios mal avenidos  no soy fiel a los  acontecimientos, pero me resulta imposible despegarme de ellos. En estos textos desperdigados que no mantienen una línea argumental hay una mujer y hay una casa: una de mis obsesiones, mujeres y casas entrelazadas como si el destino las hubiera creado la una para la otra con una exclusividad agobiante. Literariamente me interesan los espacios, me gusta desvirtuarlos, cambiarle las leyes, como esa casa de mi novela “El puño del tiempo” que comenzó a crecer porque alguien, un personaje tartamudo, dijo la palabra “muerte” en un patio enorme. Como hinduista que soy y estudiante de canto védico creo firmemente que las palabras actúan sobre la materia densa, participan ambas de la misma cualidad,  pertenecen a la misma especie, quizá por eso mis personajes padecen  el hecho de ser un poco prisioneros de los espacios  que a la vez que los cobijan, los oprimen. Los humanos  somos esencialmente seres  pensantes, nuestros pensamientos son palabras en germen, son palabras aún no desplegadas y cuando habitamos un espacio lo cargamos con la liviandad o pesadez de  esas palabras implicadas. No sé si logré transmitir algo de esto en los textos que siguen a continuación. Lo que sí sé es que la fricción entre las palabras y los hechos alimenta mi escritura.
                   
                 
                                   ESCRITOS DE LA CASA NUEVA

          Esta es la historia de una mujer que compró una casa vieja. Una casa para remodelar. Yo soy esa mujer y esta es la casa, la historia y la casa van juntas. Y siempre digo, mientras me canso de trajinar yendo y viniendo con una brocha en mano de una punta a otra de esta decrepitud: Cuando cumpla mis cincuenta años voy a terminar. Lo digo a cada rato para convencerme o para que el tiempo se estire y  perdure, para que el tiempo se haga más grande que la casa, para que el tiempo se ensanche, sólo así  tendré el espacio  y podré mejorar lo que por ahora parece inmejorable.
                 La casa ha sido vieja durante demasiado tiempo, por eso resulta tan difícil procurar que no lo sea más. Las paredes repletas de grietas se burlan de mi buena voluntad, de mi empeño por rejuvenecer y hacer bello lo que es vetusto. Cuando vi por primera vez estas paredes sentí el desafío. Yo, que soy una mujer que comienza a ser vieja, pretendo que al menos lo que me rodea deje de serlo. Es lo único que me alivia y me ayuda a vengarme del castigo de ver mi cuerpo así, tan distinto a lo que era. Aquella primera vez en presencia de la dueña que mostraba en sus ojos el deseo ferviente de que yo fuera la compradora de su casa vieja, vi los techos agujereados por culpa de la lluvia y me dio tanta pena por la casa, tanta pena que decidí comprarla y cerré rápido los ojos y dije “sí”, como si se tratara de un casamiento.
                Compré una casa vieja, una casa que tuviera algo para decirme.
                                                              &&&&&&&&&&&&&&&&&&                      

           Una mañana descubrí que los pinceles que yo tenía para pintar eran más viejos que las paredes. Los miré un largo rato, los toqué, los estudié en silencio. Las paredes tenían una rugosidad que había terminado por contagiar a los pinceles. ¿Qué hacía? ¿Compraba pinceles nuevos o tiraba las paredes abajo?
                                         &&&&&&&&&&&&&&&&&&        

        El esplendor de una pared recién pintada es el único esplendor que puedo imaginar por ahora. Pero la pared es como un mapa absurdo con ondulaciones y excavaciones de inusitadas profundidades. El esplendor no está en ninguna parte o mejor dicho, está en el futuro de la pared. Yo trato de ver más allá de este presente cuando miro la pared, imagino mi mano pasando mil veces sobre la superficie rugosa, mil millones de veces. Y mi mano pasando, más el tiempo  que vendrá sumado o acumulado en ese sitio inconcebible donde comúnmente se repliega el tiempo, hacen de la pared ese esplendor, como si yo mirara a través de las capas de aire y allí estuviera el futuro, mi pared en el futuro. Entonces yo seré la más vieja y frente a la suavidad de la pared,  surgirá la rugosidad de mi mano. Tal vez ya  tendré cincuenta años cuando eso ocurra, porque eso debe ocurrir, no hay nada más importante en el desfiladero de los sucesos que ese esplendor de pared que me espera del otro lado del aire.
                                                     &&&&&&&&&&&&&&&&&&

             Durante un tiempo, desde aquel día en que compré la casa, estuvieron unos hombres trabajando. Tiraron abajo paredes, levantaron otras y la fisonomía original de la casa cambió, aunque no demasiado. Por la noche yo venía hasta aquí y, a falta de luz eléctrica, entraba tanteando y reconociendo el espacio paso a paso. La oscuridad ocultó para mí la nueva fisonomía de la casa. La oscuridad era más grande que la casa en aquellos días en los que la casa no era de nadie,  o mejor dicho, en aquellos días en los que la casa le pertenecía a la oscuridad y entrar en ella era como entrar en un agujero del alma.
                                      &&&&&&&&&&&&&&&&&&


     Por fin logré subirme al techo. Fue un relámpago, un vértigo que jamás imaginé. El resplandor del sol golpeó contra el  zinc plateado y la luz me pegó en los ojos. Y el mundo quedó boca abajo. Alcancé a apoyar el otro pie y la escalera  dio la impresión de hundirse en un abismo que perforaba el mundo. Caminé temblando, la calle se veía lánguida y colegial y del otro lado un paredón y lejos, más lejos, la iglesia con su campanario. Los árboles. Los árboles. Más techos y nadie, ninguna persona en ningún lado. No bien caminé un poco encontré un pájaro muerto, seco, desplumado, muerto desde quién sabe cuánto tiempo atrás. Habiendo tantos lugares en la ciudad el pájaro tuvo que venir a morirse justo sobre mi techo, seguramente la luz también lo golpeó a él,  el pobre pájaro debió confundir la superficie plateada con un lago. Se veía como una cosa estrellada contra la nada, las alas abiertas y la cabeza hacia un costado. Lo dejé ahí para que continuara secándose.
                                                  &&&&&&&&&&&&&&&&&&

       Pinto las paredes con un reglamentario y estropeado equipo: un pantalón decolorado y una camisa a cuadros que una vez fue la camisa de mi cita de amor. Me la compré exclusivamente para ir a esa confitería y decirle al hombre que lo amaba. Los colores de los cuadros eran más vivos que ahora y supongo que elegí la camisa para darme ánimos, la cara del hombre al escuchar mi declaración no fue lo que yo esperaba. El dijo que lo pensaría y lo siguió pensando por lo visto mientras yo seguí usando la camisa año tras año, hace ya tantos. Y la sigo usando ahora que he dejado de pensar en él, ahora que ni siquiera me pregunto si él piensa en mí. De todos modos aquel hombre ya no podrá encontrarme, me he mudado y las paredes oscuras antes de la pincelada apenas contrastan con los colores de los cuadros de la camisa.
                                            &&&&&&&&&&&&&&&&&&   

     Cuando estoy arriba, en el último escalón de la escalera, la casa se siente tan profunda que me asusta pensar que yo  vivo metida adentro de semejante profundidad. Me tiro al suelo y me extiendo como una lagartija, me extiendo tanto que creo hundirme más abajo de todo, entonces el arriba y el abajo que son parte de este mundo me llenan de contrariedad y mi cabeza estalla. Mi pobre cabeza hecha de barro, que se convertirá en cenizas, se siente tan cerca de la casa que me dan ganas de llorar.
                                                          &&&&&&&&&&&&&&&&&&                                      

       Estaba cansada de subir y bajar las escaleras llevando y trayendo cosas, trayendo y llevando. Entonces cuando debí bajar el colchón y unos cuantos almohadones los tiré desde lo alto y cayeron al fondo del patio, blandos y decisivos. Qué alivio, qué placer. Así comprendí a las mujeres que luego de echar a sus maridos de casa, tiran su ropa por el balcón.
                                         &&&&&&&&&&&&&&&&&&

         Los albañiles me explicaron que existen dos clases de escaleras. Las que dan cara al cielo y las que están encerradas dentro de las casas, bajo un techo que a veces las cobija y otras las aprisiona.  Las escaleras que permanecen a la intemperie tienen los escalones inclinados hacia abajo, con un desnivel para que lluvia se resbale cuando cae, cuando se precipita sobre las ciudades. Las otras, en cambio, están hechas con escalones lisos, rectos, de una horizontalidad endemoniada, porque la lluvia no entra en las casas, se queda sobre los techos y se escurre por canaletas blancas   por fuera y  negras por dentro. Mi escalera, me explicaron también, pertenece al primer tipo. “Vea- me dijo el albañil número uno- Vea qué desnivel.” “Espere a que llueva y observe la languidez que tendrá el agua gracias a ese declive”, agregó el albañil número dos, aunque lo dijo con palabras menos estilizadas. No esperé para ver semejante cosa, sino que teché el patio entero y la escalera entonces pasó a formar parte del segundo grupo, de las cobijadas o aprisionadas, según se mire. Ahora bien, el conflicto es que el declive de los escalones se ha vuelto completamente inútil y ha dado nacimiento a una enorme contrariedad. Las escaleras internas como esta, la mía ahora, son bajadas y subidas en estado de despreocupación por esa creencia que existe de que la casa propia es segura, por lo propia, por lo encerrada. Las escaleras de la intemperie suelen subirse y bajarse con el cuidado de los que saben que están en terreno ajeno. Mis pasos entonces no se corresponden con el declive de esos escalones que dos por tres me empujan hacia el suelo como si yo estuviese hecha de agua. La escalera y mis pasos tienen ahora un severo conflicto de identidad. Así es la vida. Las cosas nunca encajan completamente donde deben encajar, ya que si  fuese de otra manera en vez de mundo estaríamos habitando un paraíso. Lo cierto es que habitamos este crudo mundo con los pies que tenemos y la escalera que nos legaron, la que vino con la casa.  Y no hay más remedio
                                        &&&&&&&&&&&&&&&&&&
                                      

            El albañil me dice que no importa, que no se va a notar. Yo miro la cara del albañil y miro a la vez los azulejos  que acabo de conseguir que son de un blanco distinto al de blanco angustiado de las paredes. Me cuesta creerle a este hombre que pierde su vista bonachonamente en esa lejanía de pared, pero él insiste, me explica que con el tiempo todo se va a asimilando porque la compañía contagia y así este blanco blanco se irá volviendo gastado como el de las paredes. ¿Por qué no le creo? ¿Por qué sospecho que quiere terminar cuanto antes el trabajo?  Es que me cuesta creer que el tiempo doblega mi voluntad y hace  de las suyas, ya sea  en las paredes, en los colores o en la piel de mi cara. Le digo entonces al albañil, luego de escaparme furibunda de la inmensidad de mis pensamientos, que proceda a terminar el trabajo, que mezcle esos dos blancos como si jugara con el tiempo y pusiera de una buena vez sobre el tapete la conclusión a la que no quieren llegar mis pensamientos. Veo que el hombre se encorva sobre el balde  lleno de un mejunje gris y  cubre la contratara del azulejo y luego lo apoya sobre la pared ¡Con cuánto desparpajo lo hace! Qué falta de conciencia. El tiempo, subrepticiamente, se ha deslizado por detrás de su espalda y nos desabrigó a los dos. Y aquí estamos y allí está mi pared y el mundo sigue andando.
                                        &&&&&&&&&&&&&&&&&&

                     Cuando llega la noche pienso en los albañiles. Sus manos rugosas, su forma de encorvarse para comer. Toda la espalda cóncava encerrando el bocado de comida y esos ojos de gente de techo ajeno y esa  odiosa forma de hablarme con tono condescendiente cuando les pregunto algo sobre el comportamiento de las  paredes, como si yo fuese una niña a la que hay que explicarle todo y ellos estuvieran cansados de contestar cosas tan simples de entender. Siento celos, ellos y la casa guardan un secreto, un profundo conocimiento del que estoy excluida. Después recuerdo el hueco que sus espaldas forman a la hora de comer y ya no me importa. Creo que tienen un hambre muy grande  y sus bocas  intentan ocultarlo,  del mismo modo en que las paredes esconden ese misterio de materia dura, esa extraña forma de vivir que tienen las casas en su interior.
                                       &&&&&&&&&&&&&&&&&&


 (Estos relatos pertenecen al libro "Una luz que encandila" editado en Formosa en 2009. Premio Ciudad de El Colorado.)

                                   
----------------------   ------  Derechos reservados- En caso de reproducir citar la fuente


lunes, 12 de diciembre de 2011

SUSANA SZWARC: UN RELATO



 Conocí la escritura de Susana Szwarc una vez poesía hace ya muchos, muchos años  cuando compré un libro suyo de poesía. Pronto quedé fascinada por ese clima abismal en el que una niña se movía desoladamente en un mundo cautivante y levemente atroz. Poco después me llegaron sus relatos y pacté con ellos, con sus dobleces y la capacidad de demostrarnos que los relatos pueden ir más allá del esquema recortado con que aún se pretende ceñir al cuento.  Descubrí una prosa que se aleja deliberadamente de lo atildado, una prosa salvaje, que oscila entre la crudeza y la inocencia y que nos deja ahí, suspendidos apenas en un hilo gracias a su deslumbrante parquedad. Szwarc es escritora de profundidades, ciertamente exquisita, sabe llevar a la palabra a su expresión más apretada y desde allí volverla vacilante y sugestiva al mismo tiempo. Comparto con ustedes este relato  en el que  su autora se da el lujo de vulnerar la logicidad del relato, llegando casi a la abstracción del acontecimiento.


                                                  

                                                   JABALÍ


Habían llegado los plomeros y miraban la biblioteca. Decían que Borges había tenido en el sótano de su casa un cuerpo de magia. Después vieron el libro “Esma.Fenomenología de la Desaparición” y dijeron que los militares habían hecho lo posible para desprenderse de cuerpos extraños. No les discutí y les ofrecí café. Finalmente eran trabajadores y hacía frío. Pero me puse a llorar. No quería que esa gente estuviera en mi casa. Les pedí que se fueran y me puse a buscar “El dolor” de Vladimir Holan. Necesitaba leerlo, que me abrazara y ese abrazo me hacía llorar más. Pero me distrajo una gillette que estaba como un pétalo entre las páginas.

Cuando era chica me gustaba llevar una gillette en la mano izquierda. Unas amigas me habían enseñado su uso: guardarla en la mano apretada y al acercarse un jabalí, abrir la mano. Era maravilloso llevar esa especie de arma, de adorno, sobre todo porque no había ningún jabalí cerca de mi casa. Sin embargo, una vez me hice una enorme cicatriz en el dedo pulgar. La sangre no dejaba de salir y yo quería ocultarla de los ojos de mis padres. Nunca me gustó dar explicaciones, creo.
Cuerpos extraños no es lo mismo que extraño los cuerpos.
Seguía llorando. Miré el pulgar de la infancia. Había dejado de sangrar y la cicatriz había desaparecido, ¿cuándo? Antes se veía esa línea, ahora la cicatriz estaba sola en la memoria. Sin cuerpo. Sin mancha. A la deriva.

La cabeza sobre la gillete. Me adormecí. Un jabalí gigante se acercaba, era mi oportunidad de usar lo aprendido, pero sabía que estaba en un sueño y que además me había vuelto completamente escéptica como para creer en jabalíes o en la esquelética figura del sentimiento. Sabía -también en el sueño - que este no creer me daba una apariencia de creyente, me volvía bondadosa porque me apiadaba de todos, personas, plantas, animales, piedras. En fin, me apiadaba de mí. Increíblemente la piedad es útil, se puede escuchar todo (todo) con una especie de dulce desdén. En ese “dulce desdén”, el otro se aferra siempre sólo a la dulzura. Entonces, ¿Por qué seguía llorando en el sueño? Dormida, escuché la voz de Holan: “los cementerios crecen y te rebasan debido a la misma muerte”, gritaba muerto y con la botella en la mano. Y dio tres suspiros, se enderezó el cabello. Quería despertarme, ponerme de pie. Estás muerto, le dije, y yo estoy cansada y no me das ninguna pena. Holan se largó a reír: “¿Creés que no soy más mortal que mi cuerpo, querida?” Y agarró una hoja, una lapicera. Escribió: El pensamiento perdido en los ojos del ciervo / reaparece de nuevo en la risa del perro.

Me desperté. Estaba ofendida, me había alejado de mi jabalí.
-¿hay más vino?
-No
Entonces golpearon a la puerta Isa y Lili.
-Pasábamos por aquí. Vimos la luz. Trajimos vino.
Pusimos la casa en penumbras. Ellas caminaban, Holan suspiraba. Extrañábamos los cuerpos.
Mis amigas se fueron cuando se vaciaron las botellas. El último trago fue para Holan que sacó la gillete de mi mano y la pasó en caricias por la piel del jabalí, mientras decía: “nunca hay bastantes lágrimas”.
-Pero igual tengo hambre- y nos fuimos a buscar el pan.



Susana Szwarc  nació en Quitilipi (pcia. del Chaco), Argentina.
Algunos de sus libros son: El artista del sueño, En lo separado, Trenzas, Bailen las estepas, Bárbara dice, El azar cruje, Una Felicidad liviana. Y en literatura infantil: Había una vez una gota, Había una vez un circo,Tres gatos locos. Su obra teatral ha sido representada en diferentes teatros del país así como el kamishibai (teatro de papel).
Obtuvo el  Primer Premio Nacional -Iniciación- de Poesía, Premio Antorchas a la Creación Artística, Premio único de poesía inédita de la Municipalidad de la ciudad de Bs.As., Premio internacional de Cuentos J. Cortázar, entre otros. 
Algunos de sus cuentos y poemas se tradujeron al alemán, inglés, catalán, francés y al chino-mandarín.
El músico Cristian Varela compuso una ópera con el cuento No camines en el barro que se estrenó en Córdoba el agosto de 2011.




    

viernes, 18 de noviembre de 2011

LIBERTAD DEMITRÓPULOS: DOS POEMAS

.

Libertad Demitrópulos (izquierda)  en la ciudad de Santa Fe invierno 1989

Libertad Demitrópulos tenía con la palabra una relación extraordinaria. Algunas páginas de su novela “Río de las congojas” producen un efecto de deslumbramiento e incertidumbre al mismo tiempo. He llegado a pensar que la relación a veces extrema, a veces de inquietud, otras tantas de tensa incomodidad que Demitrópulos sostuvo a la largo de su vida con su propio cuerpo, le enseñó algo peculiar en este oficio de enhebrar y desenhebrar palabras. Libertad solía decir que si su cuerpo no le hubiera puesto  tantas vallas y limitaciones quién sabe cuán desbordante hubiese sido su proceder.  Las palabras de sus textos relucen y se contienen a la vez de un modo inigualable. Lo grande y lo pequeño del mundo tironean entre sí, como esas mujeres de sus relatos que con una honda dimensión de su interior pelean sus necesidades ante  unos hombres que se explayan sobre el mundo  con voracidad.

Estos son dos poemas que integran su libro “Muerte, animal y perfume” (Ediciones del Dock Bs As 2008, primera edición 1951)



Cada vez que te amo

 Cada vez que te amo me suceden las cosas
más tristes, me aprisionan de lejos,
me golpean a espaldas, veo mariposas.

Cada vez que cumplo con mi sangre en morir
estoy sin perros, paseándome en espejos.
 No puedo consolarme ni dejar de sufrir.

Cuando no te amo y ya me he muerto,
me siento alegre porque me has dejado
crecer de noche y en lo descubierto.

Grito cuando te olvido, sin embargo.
Soy un caballo en pelo y desbocado.
Yo me persigo en un bosque largo.

……..

Bailarina de Delfos

Me alejo de mi corazón
y de pronto la alegría me deja sorda.
Corro ciega, hechizada por el cuerpo,
en un empuje del alma
y los mirlos de mis ojos
arden con un olor de ébano.
Así como si en Siria o en el Líbano,
o en la roja Delfos, el sol se estremeciera,
es el clamor de mi sangre negra.
Quiero gritar, irme volando,
                  retenerme en mi espíritu,
                  amarme como nunca, asesinarme.
                  Y me agita la música
                  sin mi mortal corazón,
                  en medio de toda la tristeza.
                 ¡Con qué pasión el movimiento
                  me contiene sin el tiempo!
                  Mas la tristeza
                 es siempre la nota más profunda,
                 aunque mi locura de alegría
                 ruede en el desorden de mi alma
                 y me aniquile
                 como una música.
                Yo conozco otra tarde en este cuerpo,
                 otra tristeza más muerta.





LIBERTAD DEMITRÓPULOS: DOS POEMAS

.

Libertad Demitrópulos (izquierda)  en la ciudad de Santa Fe invierno 1989

Libertad Demitrópulos tenía con la palabra una relación extraordinaria. Algunas páginas de su novela “Río de las congojas” producen un efecto de deslumbramiento e incertidumbre al mismo tiempo. He llegado a pensar que la relación a veces extrema, a veces de inquietud, otras tantas de tensa incomodidad que Demitrópulos sostuvo a la largo de su vida con su propio cuerpo, le enseñaron algo peculiar en este oficio de enhebrar y desenhebrar palabras. Libertad solía decir que si su cuerpo no le hubiera puesto  tantas vallas y limitaciones quién sabe cuán desbordante hubiese sido su proceder.  Las palabras de sus textos relucen y se contienen a la vez de un modo inigualable. Lo grande y lo pequeño del mundo tironean entre sí, como esas mujeres de sus relatos que con una honda dimensión de su interior pelean sus necesidades antes  unos hombres que se explayan sobre el mundo  con voracidad.

Estos son dos poemas que integran su libro “Muerte, animal y perfume” (Ediciones del Dock Bs As 2008, primera edición 1951)



Cada vez que te amo

 Cada vez que te amo me suceden las cosas
más tristes, me aprisionan de lejos,
me golpean a espaldas, veo mariposas.

Cada vez que cumplo con mi sangre en morir
estoy sin perros, paseándome en espejos.
 No puedo consolarme ni dejar de sufrir.

Cuando no te amo y ya me he muerto,
me siento alegre porque me has dejado
crecer de noche y en lo descubierto.

Grito cuando te olvido, sin embargo.
Soy un caballo en pelo y desbocado.
Yo me persigo en un bosque largo.

……..

Bailarina de Delfos

Me alejo de mi corazón
y de pronto la alegría me deja sorda.
Corro ciega, hechizada por el cuerpo,
en un empuje del alma
y los mirlos de mis ojos
arden con un olor de ébano.
Así como si en Siria o en el Líbano,
o en la roja Delfos, el sol se estremeciera,
es el clamor de mi sangre negra.
Quiero gritar, irme volando,
                  retenerme en mi espíritu,
                  amarme como nunca, asesinarme.
                  Y me agita la música
                  sin mi mortal corazón,
                  en medio de toda la tristeza.
                 ¡Con qué pasión el movimiento
                  me contiene sin el tiempo!
                  Mas la tristeza
                  es siempre la nota más profunda,
                  aunque mi locura de alegría
                  ruede en el desorden de mi alma
                  y me aniquile
                  como una música.
                  Yo conozco otra tarde en este cuerpo,
                   otra tristeza más muerta.





miércoles, 9 de noviembre de 2011

CARLOS CHERNOV: ANATOMÍA HUMANA


  

    Me he cruzado con Carlos Chernov  en algunas oportunidades en estos encuentros literarios y hasta en una reunión en la casa de una escritora. Es una persona cálida y agradable y, por supuesto, un estupendo escritor, como ya sabemos, que ha obtenido muchísimo reconocimiento a lo largo de los años. Desde su primera novela, que apareció estruendosamente al ganar el Premio Planeta en el año 1993, ha seguido produciendo y obteniendo más premios. No puedo dejar de decir que  una novela mía fue finalista junto con la de Carlos Chernov aquel año en el que  la suya obtuvo el premio. De modo que leerla fue para mí un motivo de gran interés. Esta aproximación crítica la escribí en el verano de 1994, no bien concluí su lectura. No fue publicada, sí recuerdo que se la entregué a Chernov impresa en computadora, las primeras computadoras que nos deslumbraron. Él fue muy amable y me devolvió su impresión telefónicamente. Pasaron muchos años, siempre pasan los años entre las cuestiones de importancia y nosotros navegamos en el medio de tanta pequeñez y destaque. La vida, como en la novela en cuestión, la vida misma.


                        EL DERRUMBAMIENTO DE LO COTIDIANO
                                          (“Anatomía Humana”-Carlos Chernov-  Ed. Planeta-Bs. As 1993)

      La novela “Anatomía humana” de Carlos Chernov es la huida de un hombre frente a un mundo apocalíptico en el que quedan únicamente mujeres. La propuesta es atrayente y  atrapante desde el inicio. Para aquellos que conocen el psicoanálisis el texto le hace continuamente guiños cómplices. Podría afirmarse que “Anatomía humana” es la gran puesta en escena del cuerpo y sus avatares. Es una ficción construida con seres femeninos que tienen comportamientos masculinos.  Esto ejerce una suerte de fascinación. Se trata de la fascinación de lo extraño y de lo familiar,  es el tan mentado efecto siniestro que se produce al ver de pronto lo que inconscientemente fue ocultado. Tal vez se deba a que en esos seres femeninos que actúan masculinamente se condensa lo femenino-masculino y por ese motivo se produce ese estado fascinante de descubrir que las mujeres perdieron su condición y encarnan lo  masculino travestidamente. Hasta podría pensarse que no son mujeres sino hombres disfrazados de tales. Esto descartando que en la novela se  despliega una gama muy amplia de fantasías eróticas.
     Resulta obvio que desde el punto de vista estrictamente psicológico la novela tiene muchas posibilidades de análisis;  aunque impresiona especialmente la gran intuición de Chernov al poner en escena la problemática básica de fin de siglo: la gran crisis de lo masculino y el avance de lo femenino en un mundo que parece haber agotado las experiencias de poder bajo la égida de lo masculino o, en todo caso, en un mundo en el que ha entrado en crisis un modelo patriarcal, que viene mostrando desde hace bastante tiempo sus fisuras. Sin pretender citar a la new age que ha sido bastante vapuleada por enfoques antagónicos y que le propone a la humanidad desarrollar sus aspectos femeninos tales como la ternura, la sutileza, la intuición, el sentido de protección, una mirada subjetiva o interior, para contrarrestar la agresividad, la competencia, la búsqueda de poder, características típicamente masculinas, dejando de lado también la astrología que nos habla del final de la era pisciana y el nacimiento de la acuariana, podemos decir que desde un punto de vista llamémoslo sociológico, en esta novela se habla del avance de las mujeres en cierto planos al menos nominalmente, de un crecimiento personal que ha dejado a los hombres en un estado de anonadamiento con respecto a su clásico rol. En este sentido la novela de Chernov constituye un acierto. También es un acierto el tono mesurado y melancólico con que nos relata la historia terrible, tremebunda y hasta con  aspectos efectistas. Es una voz que se desliza suavemente y que por momentos parece ahogada, un modo de narrar extraño y natural a la vez que pareciera traducir la propia relación que tenemos con la muerte. Este narrador tan aplacado, tan apaciguado ante el mundo que evoca, está frente a un universo que tiene un peso tan poderoso que no produce espanto, ni siquiera angustia, sino que conduce a un estado de reflexión. El contraste entre la estridencia de la historia y el tono sosegado con que se cuenta va envolviendo y atrapando al lector. Por momentos el relato  nos recuerda a los testimonios de las personas que acaban de salir de la droga: un narrador de grandes ojos y de manos atadas. Los ojos del narrador se deslizan y el efecto está dado por su impotencia, porque si bien es un narrador en tercera  persona parece ubicado en un nivel intermedio, muy cerca del personaje. Es la voz del que está asfixiado por el peso de lo vivido y apenas puede asomar la cabeza para contarlo. No hay el menor atisbo de asombro y sí una enorme dosis de desidia. Es como si alguien recitara algo que había olvidado, algo que estaba preparado para conocer  y vivir desde hace mucho tiempo. Nuevamente es lo extraño de lo familiar.
     La novela trabaja sobre muchos ejes: la relación del ser humano con la muerte, con su cuerpo, con el sexo, la propia identidad, el sentido de la existencia y la idea del amor. El impacto producido por el derrumbamiento de lo cotidiano es un elemento atrayente. Lo cotidiano, la intimidad de lo cotidiano y la repetición, ese soporte de nuestra vida, en la novela ha sido derribado y el personaje no parece buscar nada ni intentar reconstruir lo   irreconstruible sino huir, huir de lo femenino. ¿De lo femenino? ¿O de lo masculino encarnado en cuerpos femeninos?
      Aunque haya atracción y esporádicas búsquedas y deseos eróticos, lo que predomina es la huida. El personaje protagónico, que no hace más que dar pie a la manifestación de un mundo y de lo masculino travestido, se llama Mario, el correlato masculino de María, el nombre que simboliza lo femenino por antonomasia, el equivalente de la Madre Tierra en Occidente. En su vida antes del derrumbe Mario fue mago, es decir el oficio del que simula la verdad, del que procura crear la ilusión, del ilusionista. En el curso de la novela se enfrenta a la verdad cruda: lo real es la destrucción, es la muerte. Pero no es sólo la muerte del mundo conocido, sino la muerte del Padre, la falta de ley, es la pérdida de todos los valores éticos. A medida que el personaje va peregrinando en su huida,  se encuentra con pequeñas sociedades femeninas donde la ley cambia, donde las pautas de convivencia son otras. Es sin duda un fresco del mundo actual de este fin de milenio, desconsiderando, lógicamente, que las mujeres no pueden ser consideradas seres violentos, aunque eso no importa, importan las fuerzas puestas en escena que son las mismas que están moviéndose en este momento. Sabemos que en las características de lo específicamente femenino no figura la lucha por el poder sino la búsqueda de la integración. Se descarta desde ya cualquier parangón entre el universo de la novela y su correlato femenino–masculino  en un referente real, ya que sería simplista analizarla desde la óptica del feminismo machismo. Los personajes son sólo fuerzas que encarnan lo femenino y lo masculino. En este extenso desfile de personajes, digamos que femeninos, no se detectan matices ni sutilezas. El perfil es siempre de un solo trazo. Las mujeres son salvajes y así permanecen, no evolucionan, están fijas en su rol, un solo rasgo las recorta de lleno, son fuerzas que actúan para impulsar al protagonista a que continúe su peregrinación.
    El concepto de ser humano que subyace es el del ser humano biológico y sexuado. El ser humano llevado a su condición más animal: cuando se plantea la búsqueda de la trascendencia aparece ridiculizada o raya con la locura. Da la impresión de que frente a los grandes colapsos no existiera la menor posibilidad de redención sino el agotamiento de la carne. Esto lleva a pensar que la única salida con la que  cuentan los personajes de la novela es quedarse encerrados entre dos alternativas opuestas e irreconciliables, aún cuando las dos puedan constituir salidas válidas. Como ha sucedido siempre en todos los órdenes de la vida, debe producirse un proceso de caída de lo viejo para que lo nuevo tenga su espacio,  aunque posiblemente produzca un cierto rechazo pactar con universos literarios en los que las resoluciones son tan unilaterales. Toda crisis a lo largo de la historia dio lugar a una transformación de la mentalidad humana. En este sentido  podría pensar que el libro parcializa la visión de los hechos, en tanto está constreñido a una visión   cientificista, aunque observado desde otro ángulo, podría decirse que siguiendo la tradición de la novela existencialista, la pintura del desamparo del hombre en su condición, la desolación que es la falta de esperanza, le dan vuelo. Claro que siempre queda flotando la ausencia de ese algo más, que tal vez sea la imposibilidad de construir una ilusión y es lo que produce finalmente el efecto estético..
     En este fresco tremebundo de la novela, en el mejor sentido literario de la palabra, a veces la narración decae en lo meticuloso y explicativo, en aclaraciones que bien podrían haberse obviado. El texto pierde eficacia al acercarse al informe sanitario o al caso clínico. El discurso literario ve diluida de pronto su eficacia al deslizarse hacia otras zonas. Como resultado el texto tiene  una belleza digna de una película de Antonioni y en otros fugaces momentos ciertos detalles parecen vagos pantallazos de una película grotesca. Me atrevería a decir que esa insistencia machacona responde a la visión muy focalizada: la gran manifestación de la materia: el cuerpo, el sexo, el alimento. La ausencia de todos los otros planos del ser humano produce probablemente ese efecto de fascinación, reforzado por el descenso a la condición animal, hábilmente tratado por un narrador que se aleja del de la ciencia ficción tradicional gracias a un tono distante que roza apenas la parodia para mantener en todo momento esa mesura. Tanta acumulación de derrumbes, al cabo de cuatrocientas páginas, genera una suerte de alivio. Se tiene la sensación de hundir la mano en el texto y encontrarlo todo como en un retrato de El Bosco. Es lo desmesurado, es lo esperpéntico relatado con cierta suavidad, como si ya no importara nada. Es el efecto de lo terrible, lo devastador, lo cruel, lo violento, lo puramente animal sin la presencia de ningún contraste estético. Seguramente lo que cautiva es la presencia desnuda del mal que finalmente crea una armonía en la que no hay disonancias.
    Esta novela expresa el punto más alto de un modelo de pensamiento que está casi por precipitarse en la hondonada que le permitirá tomar impulso y producir un cambio. El imaginario social con su pérdida de valores éticos, su extremo individualismo, su confusión de roles sexuales, sus amenazas atómicas, su terrorismo y desequilibrios ecológicos, encuentra en el imaginario de esta novela su correspondencia. Aún está por contarse la historia desde el otro lado, con una mirada feminizada y no necesariamente escrita por una mujer sino desde una óptica femenina. Este narrador que mira la vida desde la trastienda, nos ha pintado un aspecto interesante del panorama de fin de milenio,  mostrando una  visión que al parcializarse deja afuera a los que confiamos en que la crisis del racionalismo está dando paso a la profunda transformación en la visión del mundo, a una visión más integradora en la que el ser humano no es sólo materia y psiquis sino algo más. Como toda etapa final de un proceso de evolución en la mentalidad humana, este momento de derrumbe dará cabida a otro que será afortunadamente superador. Y es esta visión la que va a permitir la supervivencia de la especie y no otra. De modo que ocuparse  de esta novela que obtuvo el Premio Planeta de Argentina a principios de los noventa  y que además fue reeditada posteriormente, no carece de vigencia, ya  que es ante todo un signo de estos tiempos. Podríamos incluso comparar los recursos que utiliza la novela y los de las series televisivas para descubrir que aunque se parecen, el efecto producido es diferente. Lo que impacta es la visión del mundo y del ser humano que hasta en sus más mínimos detalles expresa a la mayor parte de la humanidad: nos presenta a un hombre maniatado que mira la lucha por el poder. El protagonista se convierte aquí en espectador del mundo, de un mundo caído, pero de un mundo al fin. Ese es el lugar que ocupa cada ciudadano relativamente anónimo, el lugar que ocupan las mujeres y muchos otros grupos que conforman minorías de cualquier índole. Paradojalmente en la novela está ausente todo carácter femenino, podría decirse que es casi una novela sin mujeres: es una novela que plantea la imposibilidad del amor, es decir en la que triunfa la muerte. No hay ley, no hay Padre, no hay amor. En este sentido, además del hallazgo del tono del narrador y sus momentos fulgurantes, “Anatomía humana” es una muy buena alegoría de nuestro estado de conciencia en este particular momento histórico.
                                                              

Carlos Chernov (Buenos Aires, 1953) es médico psiquiatra y psicoanalista. Ganador del Premio La Otra Orilla 2008, Ganador del Premio Planeta de Argentina 1993.Autor de cuentos y novelas, ha publicado los libros de relatos Amores brutales (1992; Punto de Lectura, 2005), que recibió en 1992 el Premio Quinto Centenario del Honorable Concejo Deliberante, y Amor propio (Alfaguara, 2007); y las novelas Anatomía humana (1993; Punto de Lectura, 2005), Premio Planeta de la Argentina 1993, La conspiración china (1997), La pasión de María (Alfaguara, 2005) y El amante imperfecto (2008, Premio La Otra Orilla). Por la novela El desalmado ha recibido el Premio Único de Novela Inédita de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. Sus textos han sido traducidos al inglés, al italiano y al francés. Reparte su tiempo entre el ejercicio de la literatura y el psicoanálisis.


                     

                                     Derechos reservados-en caso de reproducir citar la fuente

martes, 25 de octubre de 2011

GRACIELA PEROSIO: CUATRO TEXTOS POÉTICOS


  Conozco a Graciela Perosio desde hace muchos años, compartimos intereses, búsquedas, situaciones de vida. Graciela es esencialmente poeta, además de ensayista y docente, sin embargo a estos textos se los puede  ubicar en un límite donde lo poético y lo narrativo se rozan. Escenas recortadas en las que se irradia un momento crucial. La intimidad profunda de la vida.
1.-

 Era peligroso pero sus ojos sabios lo habían decidido y lo seguí.
Las pocas luces que no dormían se fueron diluyendo entre los árboles. Finalmente bajamos al río. Su ondulante cola se hundía en la oscuridad. No le resultaba difícil, era una noche blanda. Orión se geminaba en el río: curva etérea un gigante, pez indeciso el otro. Cielo y agua en una gran boca abierta.
Ya no lo veía y entonces estaba en todas partes. Dos o tres chasquidos en el agua, las iguanas ¿Se asustaría el gato?
Traté de olvidarlo. Me recosté en la arena de la orilla para rendirme a los brazos azules del guerrero. Y cuando quieta, me sentí cielo, noche, río, me sorprendí pensando: ¿Y si no vuelve?
                              ………..
2-

 
El ómnibus, entre brumas grises, me lleva sobre el mar
que baña la bahía de Río de Janeiro.
El puente te acerca a  Río Bonito y conecta, por el otro lado,
con la Rodoviaria da Tijuca.
Llovizna. En la niebla oigo íntimamente la voz de mamá:
-¿Qué vas a pedir de regalo de Reyes?
-Quiero ese disco que pasan por la radio:
Manha tan bonita, manha, de un dia feliz che chegou.
En el verano del 59 todos hablaban de Orfeo Negro.
-¿Estás segura? ¿Y para qué querés esa música?
-Para llorar, mami.
La madre se queda tiesa, muda ante esta niña difícil
con la que no sabe qué hacer. (¡Tan distinta a sus ansias!)
Mientras cruzamos el puente canto para mí,
una y otra vez, mm mmm,
con boca cerrada, labios prietos,
el tema principal de la película.  
Por suerte, la intuición paterna
llegó oportuna desde el otro cuarto:
- Ningún problema, hija, tendrás el disco.
- Es que esa mujer tiene una voz de misterio.
Me gusta y me da miedo. Mucho, papi.
-Vas a  aprender esa canción,
quien canta es Maysa Matarazzo.
Ojalá  tengas un decir como el de ella.¡Maravillosa!
Pero te voy a pedir algo.
Y su aprendida virilidad contuvo las lágrimas
que igual brillaban en los ojos. (Yo las vi y no olvidé.)
-Te pido que la cantes siempre pero
no vivas así, no, nunca, te pido.
Mm mmm mmm mmmmm mmm,
¡Oh! papá: todo está gris en Río.                                             
                                
          (mientras pensaba este poema, los diarios  del mundo anunciaban la muerte de  Amy Winehouse) 

              ………..
3-
 Mi diente se hinca en la suave y crujiente
corteza del dátil
que resiste levemente la incisión.
Se abre la pulpa jugosa.
Hundo mi lengua en su carne agazapada,
apenas arenosa.
-Es una duna húmeda, diría Alicia
desde su desierto maravilloso.
Rodeando el carozo, hacia el corazón,
me sorprende un cierto amargo alimonado.
Y la memoria azul
en el turbante que envuelve
la noche de la infancia.
                   
………..
4-
                                “el viento mueve, esparce y desordena”
                                                          Garcilaso de la Vega

En la tarde de viento helado
avanza por la calle Cerviño,
una mujer delgada de unos 50 años.
El pelo ensortijado, rubio y largo,
se arremolina azotando su rostro cabizbajo.
Vestida completamente de negro,
camina a paso regular y decidido,
sosteniendo (tal un pequeño cuerpo yerto
y con una mano en cada extremo)
una rosa roja de tallo largo
que va de una a otra cadera.
Al acercarnos mutuamente con la marcha,
                                  puedo ver que llora,
que, contenidamente, llora,
mientras mira la fragante rosa roja
o la daga intacta
de un poema amputado.


Graciela Perosio nació en Buenos Aires  en 1950. Escritora. Profesora Universitaria en Letras. Recibió la Beca Nacional de investigación del Fondo Nacional de las Artes para estudiar la obra de Carlos Latorre, sobre la que ha escrito dos ensayos. Publicó siete libros de poesía: del luminoso error, Brechas Muro, La varita del mago, La vida espera, La entrada secreta, Regreso a la fuente, Sin andarivel. Su libro Balandro, permanece inédito. Su obra está siendo traducida a varios idiomas, ha recibido interpretaciones de artistas plásticos, músicos pintores, escultores. Muchos de sus poemas se han difundido de blog en blog por la red, tanto aquí como en el extranjero