Espiral de Saraswati

lunes, 23 de diciembre de 2013

LILIANA ALLAMI: "LA VUELTA DEL DESEO"- LIBRO DE CUENTOS


                                      
                            


                                             ENTRE LO PROFUNDO Y LO TRIVIAL

                                      “La vuelta del deseo” Liliana Allami, Editorial Vinciguerra. Buenos Aires 2013.



            “La vuelta del deseo”, el nuevo libro de cuentos de Liliana Allami sostiene el tono de su anterior obra “Novia que te veamos” en el que el trabajo sobre el clima alcanzó su mayor desafío, sin embargo aquí hay un  leve viraje, el acento parece estar puesto en el desarrollo de la historia, en la estructura cuentística en sí misma sin que el hallazgo del tono haya  mermado en su aporte. Una voz honda que habla al pasar de cosas en apariencia intrascendentes pero que a lo largo del relato van  perdiendo la cáscara de la superficie. De esta manera el  juego entre lo profundo y lo trivial tiene cabida y el conflicto ser hace presente,  siempre de un modo tenue en la voz de un narrador que parece parapetarse en el filo entre  un extraño asombro y el miedo.
   El  espacio estrecho de cuatro paredes  es de pronto  irrumpido por el afuera y del impacto entre esos dos mundos, surge el conflicto y se desarrolla la trama. El constante contrapunto entre la interioridad y las  acaso crudas pautas mundanas, un enfrentamiento entre ilusión y decepción, el contraste entre el antes y el ahora así como entre el adentro y el afuera marcan el ritmo de estas historias que se desarrollan sin que los opuestos logren enfrentarse cabalmente gracias a una ambigüedad que pulsa el entretejido de los acontecimientos.
   Otro de los rasgos que diferencia este libro de cuentos del anterior es el empleo de un fino  humor que a veces roza la sorna: Una mujer que tiene problemas en su lengua y no puede pronunciar correctamente en una reunión social de fonoaudiólogos,  un padre que no hace otra cosa que dormir  es observado con ironía, un marido que sufre porque no gana River, las mangas de un vestido,  último recurso para ocultar la gordura,  que se ensucian con la comida de una mesa estupendamente servida, una melena de canas rebeldes en situaciones tratadas con sentido del ridículo.
    Personajes atrapados en su pequeño universo, mujeres balbuceantes, opacadas, que deletrean historias relatadas con un tono que elude  el desborde cuyo desenlace se resuelve en el desaliento, la decepción. Aunque la ambigüedad  es un rasgo bastante destacado en la producción de la autora, se detecta una voz más vibrante, la atmósfera evanescente de su producción anterior ha dado lugar a situaciones menos difusas que suelen tener un grado mayor de contundencia. Hay un  característica que parecer ser el común denominador de estos personajes y es la percepción de la propia existencia, captada en un momento de vacilación, de quiebre, de evaluación o riesgo. Mujeres y hombres en un recodo de la vida, asediados por una sensación de  vacío que no encuentra su representación.  Estos relatos van más allá de una pintura social, de un perfil de género,  mediante un discurso sutil ahondan en la condición humana con sus matices, sus claros y oscuros y su trágica y en parte paródica manera de ser en el mundo actual que nos toca vivir.





Liliana Allami nació en Buenos Aires. Es Licenciada en Química, egresada de la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado los libros de cuentos "Para mí que fue por eso" (1997); "Un impulso escondido" (2001), "Eso sin nombre" (2004), "Novia que te veamos" (2008) distinguido por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y finlista del Premio Internacional de Cuento "Juan José Manauta"-
Sus cuentos han sido premiados en el Concurso Municipal de Literatura Manuel Mujica Lainez (2011) y en el Certament Internacional Toledano Casco Histórico (2013, España). También han sido incluidos en distintas antologías

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jueves, 21 de noviembre de 2013

FEDERICO JEANMAIRE: DOS FRAGMENTOS DE NOVELA



Federico Jeanmaire es un creador de climas, de situaciones envolventes, sus relatos muestran un buen manejo de ambigüedad. Leí en los noventa “Prólogo anotado”, un libro lleno de guiños, según las palabras del autor "un gran juego lúdico sobre aspectos de los libros que me gustaban".  En sus narraciones no está ausente lo poético, se diría que lo poético las articula desde cierto lugar quebrado por el efecto de sorpresa. En su producción posterior en novelas como “Papá” o “Más liviano que el aire”  se acerca más al realismo, pero siempre es un realismo al que podría calificar de metafórico. Suelen predominar esos narradores con voces cuidadas, musitadas en la que la palabra alcanza su vibración justa, una escritura armónica  alejada de menor estridencia. 


                           Dos fragmentos 

Un dedo gigante de mujer abre un surco sobre la arena tibia. Un dedo inmenso, que pasa dejando olas de viento arenoso a sus costados. Remolinos de arena se levantarán y saldrán a correr. Desde lejos del lugar, se creerá en un círculo, en lo absoluto del viento, en la única posibilidad de remolinos y de arena. Desde cerca del lugar, el círculo se abrirá hasta el infinito con algún esfuerzo. Pero, lo cierto, es que debajo de ese dedo, no se creerá en nada. En absolutamente nada. La mujer, entonces, querrá quedarse a vivir allí, aplastar la lógica con el resto de su mano, acabar con lo implícito y lo perecedero; querrá quedarse a vivir allí, para siempre, justo adentro de su círculo divino, y regodearse con los remolinos y con la arena y con el viento. También pretenderá, desde los desechos de la lógica ya destruida, que crezcan flores amarillas, salten conejos anaranjados, nazcan infinidad de cosas. Sin embargo, la galera del mago, distraída, permanecerá inmóvil junto al tronco pelado de un eucalipto.

El dedo índice gigante de una mujer termina de cerrar el círculo sobre la arena tibia. El horizonte comienza a hacerse más pequeño. Mucho más pequeño. Entonces, ese dedo se achicará hasta su naturaleza de dedo índice de mujer y cesarán de inmediato las olas de viento arenoso a sus costados. Los remolinos de arena se detendrán. Desde lejos del lugar, se observará un círculo. Desde cerca del lugar, se creerá en los dedos, en la arena, en los enanos de circo y en la mujer. Las flores no pararán de cambiar de color, los conejos saltarán sin ninguna necesidad de hacerlo y la galera del mago brillará sobre la tumba rosa pálido de la lógica.
        De “Desatando casi los nudos”. Ed. Seix Barral. Buenos Aires 2007



 Hoy mi padre no quiso en todo el día que abriéramos la cortina de tiritas plásticas que cubre el ventanal de la habitación. No nos dejó. No soportaba la luz. Quería dormir, sólo quería dormir, que por favor no lo molestáramos. Casi no habló y, lo poco que habló, resultaba prácticamente incomprensible si no iba acompañado de las señas y de los gestos explicativos correspondientes. Pero igual comió. No todo, pero algo comió.
Sopor.
Creo que la palabra más justa, para definir la escasa vida que vivió mi padre durante ese día, es la palabra sopor.
Sopor, soporte, soportar.
Una jodida familia de palabras.
Los ojos cerrados, la respiración muy ruidosa, la sensación de estar a miles de kilómetros de distancia de su lucha íntima contra la enfermedad o contra el tiempo, no sé, y la paradoja de que cualquier mínimo movimiento dentro de la habitación alcanzaba para perturbarlo, para incomodarlo; cualquier mínimo movimiento lo hacía levantar inmediatamente los párpados e intentar enfocar  hacia la región desde donde suponía provenía la molestia: sus pupilas se mareaban demasiado rápido en un mar cada vez más amarillo y, mucho antes de descubrir lo que buscaban, parecían cansarse y volvía presurosas a encerrarse hasta la mínima próxima vez.
Mi hermano mayor había vuelto al pueblo porque necesitaba realizar algunos trámites. Entonces nos turnamos con mi madre para atenderlo y creo que en unas pocas horas lo acaricié bastante más de lo que lo había acariciado en toda mi vida, con la impunidad que me daba saberlo dormido. También le hablaba en voz muy baja, le hacía bromas sin esperar respuesta, por supuesto; seguro, completamente seguro, de que mi padre no me escuchaba.
Pero tenía miedo, mucho miedo.
Un miedo raro que no podía contarle ni a mi madre ni a los parientes o amigos que llegaban de visita. Tenía miedo de quedarme solo con él, de que se muriera frente a mi soledad y yo no estuviera a la altura de las circunstancias. Que solo no lo pudiera soportar, quiero decir.
Soportar, soporte, sopor.
Muchas veces, a lo largo de la vida, me he puesto a pensar en la valentía, en la cobardía.
Muchas veces.
Demasiadas, quizás.
El mundo no es de los cobardes, repetía mi viejo cuando yo era chico, y, ante cada nueva repetición, yo estaba todavía más convencido, incluso más convencido que la vez anterior que lo había escuchado, de que el mundo nunca sería mío. Jamás. Estaba convencido de que el mundo sería siempre de los valientes, de los otros, de las personas  como mi padre, en definitiva. Que era una lástima no haber nacido tan valiente como para merecer el mundo, pensaba. Y atribuía buena parte de mi inclinación hacia la escritura a esa profunda cobardía para con el más allá de mi encierro.
Prefería las palabras a las cosas que esas palabras nombraban.
Siempre.
Las palabras dependían de mi decisión de invocarlas o de transcribirlas en una cierta sucesión sobre el papel; el mundo, en cambio me resultaba inabarcable, un asunto lejano, casi imposible de abordar. Era un cobarde rodeado de valientes. Un chico que buscaba seguridades, que únicamente se sentía a resguardo en los lugares conocidos y que, ante la inesperada irrupción de lo desconocido,  sólo atinaba a forzar la situación hasta convertirla en familiar y, si no lo lograba, se escapaba de ella lo más rápido que sus piernas o sus pensamientos se lo permitían. Tardé mucho tiempo en descubrir que el mundo no era de nadie, o al menos no era de nadie conocido; que los hombres, como género, funcionaban a pesar del miedo o desde el miedo mismo, que tanto sus creaciones como sus construcciones le debían bastante más a la cobardía que al valor y que mi inclinación  hacia la escritura no me hacía más o menos cobarde que los demás, que apenas si era un lugar como cualquier otro, el lugar elegido por mí; el soporte desde donde hacerme con el mundo, el soporte a partir del cual podía ser valiente o al menos no demostrar con tanta facilidad mi desgraciada cobardía. Un soporte como cualquier otro, la escritura.
Soporte, sopor, soportar.
Me voy de la clínica muy tarde, por la noche. Al rato de que le inyecten un calmante y la insulina, me voy. Y camino varias cuadras en la oscuridad arbolada de Colegiales. Camino pensando, abstraído del afuera. Recién después de dejar atrás varias paradas subo al colectivo y me cuesta avisarle al conductor el precio del boleto que necesito. Me cuesta. Me sigue costando mucho el mundo a pesar de los años. Bastante más que las palabras.
Tal vez por eso estoy escribiendo, ahora mismo.
Tal vez porque ya es muy tarde y fui un cobarde durante todo el día. Y también porque tal vez esconda la zonza esperanza de que al menos esta noche las palabras sean las cosas.
Las cosas.
Durante mi niñez me divertía mucho escuchar a mi padre pidiéndome, por ejemplo, que le alcanzara esa cosa que estaba encima de aquella otra cosa, la alargada, la que estaba al lado, justo al lado, de la cosita esa que usábamos para limpiar las suelas de los zapatos cuando volvíamos del campo, que por favor, que le alcanzara esa cosa verde que estaba en el patio. Y enseguida, que no me hiciera el boludo que no me riera, que yo entendía perfectamente a qué cosa se estaba refiriendo, que se la alcanzara, que la necesitaba rápido, que se la alcanzara ya mismo o me rompía la risa de una trompada.
Las cosas.
Por eso creo que estoy escribiendo.
Porque por un rato necesito sentirme a resguardo entre las palabras, a salvo dentro del más familiar de mis ambientes. Y porque, además esta noche necesito ser valiente, de alguna manera.
                     De “Papá”,  Emecé editores, Buenos Aires, 2007 (páginas 118 a 112)


Federico Jeanmaire es licenciado en Letras y ha sido profesor en la Universidad de Buenos Aires,   en la cátedra de Beatriz Sarlo. Investigador del Siglo de Oro, fue becado en 1990 por el Ministerio de Relaciones Exteriores de España para trabajar en la Sala de Manuscritos de la Biblioteca Nacional, en Madrid.
Ese mismo año su libro Miguel, una biografía ficticia de Cervantes , resultó finalista del  Premio Herralde de Novela y publicado por la editorial Anagrama  Con su novela Mitre, obtuvo el Premio  Municipal Especial Ricardo Rojas. Asimismo, después de 20 años de estudio, publicó Una lectura del Quijote (Seix-Barral, 2004), un ensayo que lo confirmó como uno de los mejores especialistas y lectores de Cervantes. Algunas de sus obras: Desatando casi los nudos, Norma, 1986 (Seix Barral, 2007) Prólogo anotado, Sudamericana, 1993, Montevideo, Norma, 1997, Mitre, Norma, 1998 (Seix Barral, 2006), Papá, Sudamericana, 2003 (Seix Barral, 2007), Una lectura del Quijote, Seix Barral, 2004, Más liviano que el aire, Alfaguara/Clarín, 2009, Las madres no les decimos esas cosas a las hijas, Seix Barral, 2012



domingo, 27 de octubre de 2013

MARÍA NEDER: UN CUENTO

                         

María Neder, conocida como poeta y periodista cultural  y difusora de obras literarias argentinas, es además narradora. Han sido varios los críticos y lectores que han encontrado como  elementos constantes en su obra la presencia de la  música y el erotismo. En un reportaje reciente ella misma  dijo que siente la poesía corporalmente y que luego de haber escrito ciertos poemas y hasta algún cuento ha quedado en un estado de contractura física.  Haciendo referencia al proceso de producción confiesa que a medida que va escribiendo  se siente  entrar en un canal que le impone una vibración y  se instala en el cuerpo. Y es precisamente el cuerpo el personaje central de este relato, el cuerpo de la mujer que narra, las palabras se presentan por momentos como una fuerza extraña porque lo que comanda el ir y venir de los sucesos es ese cuerpo que  pulsa el mundo circundante, el eje vertical  de este relato en el que se maneja lo eludido y lo aludido en un contrapunto llevado con precisión. El primer párrafo podría ser considerado un microrrelato en sí mismo, pero sumado al resto adquiere gran significación. El texto tiene una respiración de corto alcance que se  desplaza, de pronto interrumpe y  después se renueva, un ritmo peculiar, el relato como el beso se encierra en sí mismo.


La visita
En aquel momento le pedí besame. Su mano tenaza caliente fue a mi cintura y con el otro brazo comenzó a presionarme la espalda hasta hacerme cimbrar, la mano de ese brazo se movió enloquecida rastreándome, llegándome al cuello y subiendo agazapada entre mi pelo. Había un impulso detestable, una urgencia rozando la belleza, porque mordía mis labios con la pasión no cotidiana, casi anclados los dos en la vereda y la gente caminando y el taxi habría pasado frente a nuestros cuerpos y su lengua buscando mi garganta en un ahogo maravilloso mientras la saliva me goteaba y su barba se dejaba humedecer y me  achiqué en su cuerpo, acepté el abuso y me dejé y sus diente tironearon hasta el último dolor insoportable, me temblaban las rodillas pero él estaba pisándome los pies para contener mi caída, la ilusión de no ver más, alguien lo había dicho antes y yo lo sentí, era real, que era suya, que lo fui en todo momento, en el ahogo y la sangre brutal, volcánica, ya con baba y todo fue un mismo líquido. Alguien (que habrá pasado frente a nosotros) dijo mirá mirá. Neil se separó dulcemente y escupió mi lengua hacia el cordón de la vereda. Después buscó un pañuelo y me tapó la boca.

Dos días antes Paul llegaba, de Francia, sin aviso y haciendo sonar el timbre del portero eléctrico en medio de un desayuno casi idílico, y sin exageraciones. Uno sabe de qué halo se cubren las cuestiones de rutina para lograr tener tintes idílicos. Con semejante timbre desafinado, yo me había asustado más que Neil porque últimamente nos perseguía la mala racha (dos días antes, a la misma hora, habían venido del Juzgado para entregar una citación). Paul tuvo que subir, porque somos atentos, porque ni Neil ni yo sabemos decir no,  porque qué bien Paul aquí, desde tan lejos. Porque no sé qué mecanismos Paul estaba sentado en uno de los sillones tomando café y diciéndole a Neil que estaba acá porque yo había estrenado una obra de teatro y yo pensando qué mierda le habré dicho a este Paul y no recordaba y no hubo caso, aún no lo recuerdo, aunque con seguridad debo haberle comentado en la única carta que le envié que mis planes, que una obra, que algo por el estilo. Neil sostuvo su cara de póker lo más que le da y yo inventé sonrisas y complacencias ridículas por alguno de sus mecanismos contradictorios. Neil se fue a la oficina y el dulce Paul nos invitó a cenar.
Por la noche fue Neil, que aun con su muela ausente y después de un helado postodontólogo, eligió un buen restaurante a su gusto, dispuesto a comer como en una gran noche. Paul habrá gozado el buen vino pero olvidó su invitación y Neil desembolsó nuestros billetes. Después hubo café bohemio, buen regreso con promesas y planes para el sábado. Entonces Paul debe haberse sentido grande muy grande. Como sin querer suele uno hacer sentir a cierta gente. Como sin querer le sale a uno esa puta modalidad, tan puta sensual que brinda placer más placer al otro y ni siquiera se toma el tiempo de sentir lo asqueroso que resulta que un tipo como Paul esté gozando a costa de sus anfitriones. Callé mil preguntas y calmé a Neil de sus, vulgares más que lógicas, suposiciones. En algún momento me sentí molesta o invadida o exigida. En algún momento Neil no soportó a Paul. En algún momento Paul no soportó su papel de simple visitante, simplemente de paso e igualmente atendido por cualquiera de nosotros.
El día siguiente fue sábado de Centro Cultural y galería de fotos, charla tonta e intercambio cuidadoso de chistes que no ofendieran demasiado a nuestras nacionalidades. Hubo excelente música, como Paul no está acostumbrado en su pueblo, con caricias de Neil a mi pierna y de mi mano al cuello de Neil. Habrá –también- habido alguna mirada celosa y caliente de Paul a nosotros.
Después del jazz y mi alegría musical hubo cena que Neil decidió, aunque por suerte para nosotros Paul usó su tarjeta internacional. Y allí sí comenzaron los sablazos verbales. Paul traía deseo encima  entonces pensé que mejor aguantar ya que faltaba poco. También deseaba que Neil me poseyera con su mirada, como acostumbra a hacerlo en público  yo me mojo. Pero hubo corolario de café. Caminamos unas seis cuadras hacia la avenida, tal vez para sentir el sábado o la gente o para llenarnos de extranjeros noctámbulos. La noche no estaba ventosa. Daba gusto. Final de café con más estupideces en forma de palabras y Paul que se anima a dar su estocada espléndida, con los ojos brillosos, con toda su sonrisa atragantada lo mira a Neil contándome que cuando yo lo llamé, no sé qué cosa.
Mutismo es también brutalidad, cuando no se dice lo que se tiene que decir. Por ejemplo mirar a Neil y sonreírle y recordar que es cierto, que algún día que en ese momento sabía cuál yo había llamado a Paul por no escribir una carta, porque quería saber cuándo venía, porque Neil y yo no estaríamos en la ciudad, por la locura altera todos los renglones de la memoria y los mecanismos terrosos de Neil, y también los mecanismos de elección de ciertos minutos fatales, algo como un derramamiento de silencio, la locura natural o circunstancial que uno no sabe, que uno no piensa que puede modular palabra y no lo hace mientras mira a Paul y le dice sin decir qué mierda pretende con lo que dijo o qué mala leche le ataca y desde qué hora de ese maldito día. Pero no, sin palabras. Entonces Paul dice que se irá al hotel porque mañana debe viajar y si nosotros nos quedamos ahí, en el bar. Neil dice nos vamos y nos vamos los tres.
Y en la vereda nos despedimos, paramos un taxi para Paul, porque nosotros vamos caminando, le dijimos.
El sonriente de Paul no había cerrado aún la puerta del taxi cuando Neil y yo comenzamos a caminar, lo tomé de la mano. Supe que hervía en imágenes por aquel llamado. No me gustó su cara pétrea. En aquel momento pedí besame.
                                                   de "Entre los huecos"- Ediciones del Dock, Buenos Aires 1994


María Neder ha publicado los libros de cuentos “Contra corazón” (Torres Agüero Editor 1993), “Entre los huecos” (Ediciones del Dock, 1994). En poesía: “Cuando octubre (Ediciones del Dock, 1997) y “Fisura de boca” (Alción editora, noviembre. 2003, libro que obtuvo excelentes críticas al igual que su novela “Reading Edge lector a domicilio” (Alción Editora, 2006). Es autora de los ensayos “El misterio es abanico”, sobre la obra de Felisberto Hernández (Ediciones El Arca, 1996) y “Una orquestación de palabras” sobre la obra de Daniel Moyano (1999).
Vivió en varias provincias argentinas dedicada a la gestión cultural. En Villa de Merlo (San Luis) fundó la Asociación Civil Puerto Almendro (difusión literaria) entidad que actualmente preside, siendo directora Artística de Conciertos y del Festival Guitarras del Mundo en esa localidad, como Sede regional.
Desde 1997 produce y realiza el programa cultural Puerto Almendro en los Estudios AM América (buenos Aires) FM Alternativa y en la radio de la UCA, Salta. Dirigió la revista en papel La idea fija, declarada de interés por la Secretaría de Cultura de la Nación. Colaboró en la Revista Ñ (2006-2010), Nómada, (UNSAM) y en otras publicaciones argentinas y latinoamericanas. Cuentos, poemas y capítulos de sus novelas integran antologías nacionales y extranjeras. Fue traducida parcialmente al inglés, italiano, alemán, croata y francés. Parte de su poesía y minificciones  fueron  publicadas en revistas extranjeras y en dossiers de literatura argentina.  Fue  Becaria del Fondo Nacional de las Artes en el año 2011, en el área de investigación, música y literatura. Vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Su página en la web: http://www.marianeder.com.ar/

viernes, 20 de septiembre de 2013

IRMA VEROLÍN: LA EXPERIENCIA DE LO ABIERTO A LA HORA DE ESCRIBIR


  


      LA EXPERIENCIA DE LO ABIERTO A LA HORA DE ESCRIBIR

   Durante el acto de escribir o más precisamente de hacer literatura se percibe, quizá con mayor intensidad, el hecho de que la conciencia vigilante, la mente racional opera sólo en un porcentaje  limitado durante el proceso. Somos conscientes de que  intervienen otras instancias que  necesitamos convocar pero que no podemos controlar. Tradicionalmente se habla de las musas, una metáfora que ha permitido resumir eso tan ignoto y no fácilmente decodificable. A través de los mails una amiga escritora me cuenta que ha comenzado a escribir un texto nuevo que adivina será una novela. Me dice algo que yo ya he pensado o dicho: ¿Lo podré sostener? ¿Lograré mantener en vilo este tono, esta vibración a lo largo de la extensión de todo el texto? ¿Continuaré el relato? Le contesto que generalmente cuando escribo experimento a diario yo también la  penosa sensación de estar en un hilo finito que amenaza con  echarme de prepo al otro lado y quedar fuera del texto. Ejercer este oficio es mantener un delicado equilibrio. Hay un concierto que debe hacerse presente, que requiere ser propiciado en el momento de escribir, de lo contrario, como le escuché decir a un  narrador argentino terminaremos escribiendo en “piloto automático”. ¿Pero qué es eso otro, intangible, prácticamente inmanejable que va a permitir que mi escritura sea literaria y no una simple redacción? La palabra está llena de dobleces, de frunces inusitados, de desproporciones y vacíos, hay que sacarle el jugo, como decía mi abuela, y para eso es preciso contar con las fuerzas invisibles de aquel espacio que por ahora no tiene nombre.
Durante años hemos intentado quitarle el dejo romántico al acto de escribir, esa idea anticuada de que hay algo que está más allá y así fuimos testigos del invalorable aporte de los talleres literarios,  del estructuralismo, del desconstructivismo, de los concienzudos análisis con que devanamos sesos y descuartizamos textos. Sin embargo, hoy por hoy, nadie puede sacarme de la cabeza que el resultado de un texto literario sólo deviene de esa capacidad de permanecer en el límite sin caerse del todo para el otro lado. Alguna vez en una mesa de debate dije que ese límite está ubicado entre el saber y el no saber y que la cuota de no saber y su buen manejo  nos conducen al deseado feliz resultado. Recuerdo que puse el ejemplo de la filmación de la película “Casablanca”,  la que comenzó a rodarse sin que el guión estuviese terminado, al parecer los actores iban a reclamarle al director por esa especie de proyecto de guión con el que se veían obligados a trabajar, lo que  los sumió en la incertidumbre. Esa incertidumbre, precisamente, fue la que diferenció a  la película “Casablanca” de las otras, la historia de amor tiene una dosis de vaguedad, de imprecisión, los actores no se instalaron en el código de las películas de amor porque temían, vacilaban, dudaban y ese temor los volvió vulnerables, vulnerabilidad que los actores llevaron a sus personajes. Nada mejor que ese estado de fragilidad de seres que se aman en plena guerra. Me intereso por el proceso de producción de las películas porque tengo la impresión de que como es un arte que incluye distintas ramas y oficios  tropieza con obstáculos muy materiales, pone en evidencia de un modo más tajante las dificultades y los pasos que todos los artistas escamoteamos y transitamos en nuestra labor. ¿El no saber, el disminuir el ego frente al acto creador abre las puertas de ese misterioso espacio desconocido? Ahora, años después, habiendo husmeado en la física cuántica, sé que la materia se percibe densa pero es puro vacío: lo lleno es lleno precisamente por su calidad de vacío.  El saber nos vuelve soberbios, nos  aleja de la actitud  despejada hacia lo inconmensurable, lo abierto, lo nuevo, sólo esa cuota de no saber nos rescata de lo establecido o remanido. ¿Pero cómo se dimensiona esa cantidad? ¿De qué modo podemos manejarla además de cuantificarla?  Mantenernos atentos ante ese misterio a la hora de escribir convierte a nuestra escritura en una obra literaria y no en un simple rejunte de palabras. Ahora bien, no existe nada más difícil para un ser humano que soportar la existencia del no saber, esa es la causa de que surja el chismorreo y el rumor social cuando no hay datos  concretos que corroboren una sospecha: frente al desconocimiento, como no lo toleramos, inventamos una historia que llene nuestro hueco de desinformación.  Posiblemente por ese motivo el acto creador se vuelve tan peligroso, tan atrayente y reactivo al mismo tiempo. Supongo  que esta es una de las causas por las que hacer literatura de ficción nos canse tanto,  debido a que entran en juego no sólo las emociones –que de por sí absorben gran caudal de energía- sino la vigilia permanente para que esa puerta que nos conduce a lo abierto  permanezca entornada. Es como tener un ojo cerrado y otro a plena luz. Escribir es mantener el equilibrio en un borde muy incómodo. Y cuando digo “incomodidad de la escritura” me surge un memorable texto de Clarice Lispector que asocia el acto de escribir con un parto, claro que no del modo burdo con que lo expreso yo en este momento. Y justamente la metáfora del parto viene a resolver este enigma del límite difuso entre el saber y el no saber: sabemos que nacerá un bebé pero todo es desconocido desde cierto lugar, el de las emociones, aunque seamos capaces de describir los pasos del nacimiento, todo es nuevo empezando por la criatura que pronto va a ver la luz del mundo. Lo que  precisamente debe  sostener el enigma es nuestra relación con las palabras y su carácter tangible, determinante, cargado de la oposición a la que nos remite, si confiamos en ellas –esas prostitutas que van con cualquiera como diría Abelardo Castillo- estaremos perdidas, perdidos de ante mano. Como un detective policial ante el cuerpo del delito, los escritores debemos  custodiar el estado de alerta frente al cuerpo del lenguaje que por un lado tironeará para que las palabras se acomoden en su sentido más literal, o más  apoltronado o más ligado al uso común o más trillado, y por otra, se aventuren hacia la zona desconocida o que al menos la rocen conservando su capacidad de evocar y de revolucionar nuestra percepción al mismo tiempo. Una parte de nosotros, en nuestro profundo interior tironea para que la costumbre y lo establecido confirmen o reafirmen o refunden el universo conocido, pero como estamos intentando rebautizar el mundo entonces  procuramos que el otro lado, ese sitio cargado de lo que aún no transitamos  se asome por la rendija. Es difícil no caer en la tentación de definir en qué consiste ese no saber, claro que si lográramos definirlo desaparecía su cualidad de misterioso, de modo que se trata una vez más de permanecer en el límite, para que el otro lado muestra sólo un perfil, así es que acariciamos, vislumbramos ese filo del cuchillo, ese margen que orillea dos abismos, ese lugar incómodo,   como ya se ha dicho, pero el único lugar posible para producir un texto que merezca el nombre de literario.
   
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lunes, 9 de septiembre de 2013

SELVA ALMADA: FRAGMENTO DE NOVELA





  Rescaté este texto de la novela “El viento que arrasa” quizá por la mirada o quizá porque tiene una  cierta autonomía o porque desde Kakfa en adelante me interesa el modo en que aparece la animalidad en los relatos. Obviamente aquí hay un trabajo sobre el lenguaje que es lo que ha llamado la atención sobre la escritura de esta autora nacida en Entre Ríos. Un suave desplazamiento de la mirada, las cosas son y sin embargo parecen estar enfocadas desde un perfil vagamente inesperado, con un toque leve, como si el foco estuviera siempre un poco corrido. Resulta inevitable la referencia a Carson McCullers en parte por el ambiente y en parte por esa mirada entre inocente y despiadada, es en ese límite donde se ubica el foco, no se mueve de allí, no hay desgarramiento pero tampoco absoluta ingenuidad. Hay un conocimiento previo, algo ya sabido y que el narrador da por sentado y en esa franja se mueve como si lo que ocurre no tuviera relevancia. Lenguaje parco, cristalino, depurado, produce una especie de vacío y silencio que envuelve al relato en un clima único.




“El perro bayo se sentó de golpe sobre las patas traseras. Estuvo todo el día echado en un pozo, cavado esa mañana temprano. El hoyo, fresco al principio, e había ido calentando en su letargo.
  El Bayo era una cruza con galgo y había heredado de la raza la elegancia, la alzada, las patas finas y veloces, la fibra. De la otra parte, madre o padre, ya no se sabía, había sacado el pelo duro, semilargo, amarillo y una barbita que le cubría  la parte superior del hocico y le daba el aspecto de un general ruso. Al Bayo a veces también le decían el Rusito, pero por el color del pelo nomás. La sensibilidad se habría ido perfeccionando tras décadas y décadas de mestizaje. O le habría venido sola, sería un rasgo propio ¿por qué no? ¿Por qué en los animales ha de ser diferente que en los hombres? Este era un perro particularmente sensible.
Aunque sus músculos habían estado quietos todo el día, la sangre que seguía bombeando como loca en su organismo había ido calentando el agujero en la tierra, al punto de que ni las pulgas lo habían soportado: saltando como los osos bailarines  sobre una chapa caliente, se habían largado de ese perro a otro perro o a la tierra suelta a esperar que apareciera un anfitrión más benevolente.
Pero el Bayo no se sentó de repente porque sintiera el abandono de sus pulgas. Otra cosa lo había arrancado del sopor seco y caliente y lo había traído de vuelta al mundo de los vivos.
Los ojos color caramelo del Bayo estaban llenos de lagañas, la delgada película del sueño persistía y le nublaba la visión, distorsionaba los objetos. Pero el Bayo no necesitaba ahora de su vista.
Sin moverse de su posición alzó levemente la cabeza. El cráneo triangular que terminaba en las sensibles narinas tentó el aire dos o tres veces seguidas. Devolvió la cabeza a su  eje, espetó un momento, y volvió a olfatear.
Ese olor era muchos olores a la vez. Olores que venían desde lejos, que había que separar, clasificar y volver a juntar para develar qué era ese olor hecho de mezclas.
Estaba el olor de la profundidad del monte. No del corazón del monte, si no de mucho más adentro, de las entrañas, podría decirse. El olor de la humedad del suelo debajo de los excrementos de los animales, del microcosmos que palpita debajo de las bostas: semillitas, insectos diminutos y los escorpiones azules, dueños y señores de ese pedacito de suelo umbrío.
El olor de las plumas que quedan en los nidos y se van pudriendo por las lluvias y el abandono, junto con las ramitas y hojas y pelos de animales usados para su construcción.
El olor de la madera de un árbol tocado por un rayo, incinerado hasta la médula, usurpado por gusanos y por termitas que cavan túneles y por los pájaros carpinteros que agujerean la corteza muerta para comerse todo lo vivo que encuentran.
El olor de los mamíferos más grandes: los osos mieleros, los zorritos, los gatos de los pajonales; de sus celos, sus pariciones y, por fin, su osamenta.
Saliendo del monte y ya en la planicie, el olor de los tacurúes.
El olor de los ranchos mal ventilados, llenos de vinchucas. El olor a humo de los fogones que crepitan bajo los aleros y el olor de la comida que se cuece sobre ellos. El olor a jabón en pan que usan las mujeres para lavar la ropa. El olor de la ropa mojada secándose en el tendedero.
El olor de los changarines doblados sobre los campos de algodón. El olor de los algodonales. El olor a combustible de las trilladoras.
Y más acá el olor del pueblo más cercano, del basural a un kilómetro del pueblo, del cementerio incrustado en la periferia, de las aguas servidas de los barrios sin red cloacal, de los pozos ciegos. Y el olor del mburucuyá que se empecina en trepar postes y alambrados, que llena el aire con el olor dulce de sus frutos babosos que atraen, con sus mieles, a las moscas.
El Bayo sacudió la cabeza, pesada por tantos olores reconocibles. Se rascó el hocico con un pata como si de este modo limpiase su nariz, la desintoxicase.
Ese olor que era todos los olores, era el olor de la tormenta que se aproximaba. Aunque el cielo siguiera impecable, sin una nube, azul como en la postal turística.
El Bayo volvió a levantar la cabeza, entreabrió la quijada y soltó un larguísimo aullido.
Se venía la tormenta.





miércoles, 12 de junio de 2013

PATRICIA SUÁREZ: DOS FRAGMENTOS




Literatura construida de a saltitos y con zarpazos geniales. En los relatos de Patricia Suárez el mundo se despliega contradictorio, huidizo, insoportable. El mundo es un ave de presa que no se deja domesticar y, además, por si fuera poco está encantado: cambia a cada instante. Versatilidad, ocurrencia, golpes brillantes, estallidos y la cuota imperiosa de melancolía que muestran al trasluz la pequeñez de la especie humana.  Merece un aparte el tratamiento de los espacios donde el campo suele ser ese otro lugar, punto de referencia, de partida o regreso en contrapunto con la ciudad o las ciudades. Aunque si se trata de desentrañar alguna clave tal vez sea el rasgo insólito, la mirada entre ingenua y lacerante, un deslizamiento de la perspectiva habitual, el movimiento continuo y la presencia de lo inesperado que colocan a sus textos en un sitio destacado en la literatura argentina actual. Historias a veces desopilantes, con humor y poesía dan cuenta de una estética difícil de catalogar, una nueva voz  reconocida en su originalidad.


 Y la hache, pensó Lena releyendo el cuento que había escrito y enviado a La Voz, la gaceta en español de Vancouver. La letra hache era todo un asunto. ¿Por qué era muda? ¿Para qué la tenían? Servía específicamente para hacer un sonido, el ch. Ése era un sonido constitutivo del castellano, a tal punto que se había dado aires de condestable, convirtiéndose en una letra aparte del alfabeto. La ch. Pero ahora ya no lo es. No hay más ch. Sucumbió a la democracia. ¿Y por qué? La w (doble u, doble uve, como la llaman en el mundo, y doble ve, como la llamaban ellos en la Argentina), ¿de dónde fue traída? ¿Del inglés? ¿Y por qué? ¿Quién la pidió? ¿Quién la quería? La w, ¿era una inmigrante o ya tenía los papeles legales de residencia en la lengua? Encima no sonaba siempre de la misma manera: a veces como v, otras como u. Era mudable, inconstante: era una cortesana La w era capaz de abrigarse con un tapadito de chulengo. Nada de zorro azul, nada de visón: tapadito de piel de rata, de vicuña herida, de llama viva. No queremos la w en nuestra lengua; tenemos con qué hacer ese sonido: en el Siglo de Oro español. Bien que Quevedo y Cervantes se la arreglaban sin la w. Pero ahora no podemos: necesitamos  la w, la computadora, el teléfono, el avión. ¿Es lo que llamamos “progreso” o lo que llamamos “invasión? ¿Era la w un pájaro cuclillo? ¿Qué huevos había puesto en el nido de la lengua? ¿Se criaba entre pichones de águilas patagónicas, entre halconcitos pampa? Este mundo es insoportable. Uno debe hablar como puede o pegarse un tiro. Ahora tenemos más signos escritos, una especie de lujuria. La Real Academia Española consigna veintiuna palabras que empiezan con w. ¿Qué palabras que valgan la pena escribimos con w? La verdad. Whisky y watt. Whisky y watt, concluyó Lena, dos formas insufribles de dominación, Te tomas un whisky y lees tu libro alumbrado por sesenta watts. Por supuesto, agregó ella, la w estaba en el medio del nombre Owen y al comienzo del apellido Wallace. Pero a ella, ¿Owen Wallace le gustaba?
                                      Extractado de “Perdida en el momento”- Alfaguara  Bs. As. 2004
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Al llegar la primavera, mi padre hizo inseminar las ciervas y esperaba con ansiedad el nacimiento de los cervatillos. Era la tercera primavera que pasábamos en el campo y no enfrentamos en una pelea a gritos. Pedí que me entregara  la parte de mi padre que me correspondía en herencia y él dijo que recién lo haría cuando yo cumpliera dieciocho años y fuera mayor de edad. Mientras tanto era mejor que lo conservara él: yo no sabría qué hacer con el dinero y seguro lo desperdiciaría. Compró una vaca lechera: ahora tendríamos leche y queso y manteca gratis. Como ninguno de todos nosotros supo cómo utilizar el suero en los quesos, enseguida se pusieron rancios. Don Lucas y mi padre viajaron a Esperanza para informarse correctamente sobre la producción de lácteos y esa noche yo abrí mi ventana por última vez Los postigos estaban herrumbrados, tanto hacía que no la abría, y chirriaron. Al otro lado, las ciervas contestaron bramando. Imaginaban, tal vez, que se trataba de un ciervo que las requería de amores. Había un dinero que mi padre había dejado sobre la mesada de la cocina, para pagar al proveedor de alfalfa y yo pensaba robarlo e irme al día siguiente en el primer ómnibus hacia la ciudad. Pero esa noche Fido se paró delante de mi ventana, estuvo un tiempo así, muy quieto y pareció que el tiempo se estiraba y duraba enormidades. Luego se sacó prenda por prenda y yo vi todo lo que anhelaba ver, y me causó profunda impresión. Su cuerpo tan blanco y esas astas que parecían los huesos de la cadera justo debajo de su cintura. Me acordé de las palabras del rey Gunter cuando ve a Brunilda en camisa de dormir por primera veza: “Heme aquí con todo lo que he deseado toda la vida”. Dejó sus ropas en el suelo y empezó a reírse. Entonces yo me tenté y traté de salir por la ventana hacia donde él estaba; pero el marco estaba muy alto y me golpeé las espinillas. Cuando estuve fuera, las ropas de Fido seguían en la tierra pero él ya no estaba. Alcancé a ver el espectro de su cuerpo blanco en la oscuridad yendo hacia el bosquecito de acebos. Me quedé entonces a esperarlo allí mismo y un cuarto de hora después lo llamé a grandes voces, pero él no contestaba. Era una noche cálida y había luna creciente. Lo busqué un rato por los alrededores y al fin lo vi alejarse de la casa, muy rápido, desnudo y montado en una de las ciervas. Iba camino al monte, hacia sus Oscuros. Cuando padre volvió al día siguiente montó en cólera y acusó a Fido de ingrato. Él lo había tratado como a un hijo, se quejó amargamente, y así era correspondido ahora por ese indio, ese loco, ese retrasado mental, ese ladrón que se había llevado a una de sus hermosas ciervas mansas. Mañana mismo, dijo mi padre, habría que contratar un peón de algún pago para ayudar en las tareas de la chacra, y costaba mucho mantener un peón. Todo esto era culpa de ese indio loco de Fido, ese infeliz.
Yo me quedé a esperarlo toda la primavera y el verano, y luego todo el otoño y el invierno hasta la primavera siguiente en que cumplí dieciocho años y mi padre me dejó marchar. Tenía la certeza de que Fido iba a volver; él creció tanto que el bosquecito de acebos le había quedado pequeño y muy justo. Eso él lo había aprendido en un libro que yo le regalé y él llevaba siempre consigo.  La mayor parte de las cosas que sé las aprendí leyendo libros; es casi lo único que yo hacía mientras mi madre vivió, además de bailar danzas clásicas. Pero cuando ella murió vino todo lo demás, la vida en la chacra y los cerdos y el fracaso del criadero, las ideas locas de mi padre y las ciervas. Y estuvo el muchacho a quien miré y me miró y por quien fui casi tocada. Casi tocada; aunque seguía igual de fuerte y de pura que Brunilda antes de Sigfrido y mi fortaleza y mi virginidad me pesaban tanto que me hacían débil frente a todo lo demás. La ciudad, anhelaba yo en ese entonces, me daría todo lo que me faltaba. En la ciudad cifraba yo mis esperanzas.
                 Fragmento del cuento “Las ciervas” de “Esta no es mi noche”- Bs. As. Alfaguara 2005

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viernes, 17 de mayo de 2013

CARLOS ANTOGNAZZI: APROXIMACIÓN AL UNIVERSO NARRATIVO DE SU OBRA






                                    LA AMBIGÜEDAD Y LO EXTRAÑO


A la manera de la comedia humana de Balzac, el mundo de García Márquez o en el entramado de relatos del propio Saer, el universo compacto trazado por la obra de Antognazzi se dispersa en situaciones y personajes que se van desarrollando a lo largo de distintas obras, se diría que  las historias se van completando a través del tiempo en una serie de relatos que da la impresión de no concluir nunca, dejando así la evidencia de que  la solidez de la gran estructura reposa justamente en esa coherencia, en ese estado de compactación  que  suele ser una de las exigencias para construir un universo que se sostenga por sí mismo. De este modo el bicho, un gran animal marino –en algunos relatos indicado como ballena-,  que un buen día es descubierto en la playa para sorpresa y luego entretenimiento de todos, vuelve a ser el eje de un nuevo relato en otro libro o la pareja un tanto perversa que vive en  una localidad de la costa  reaparece como parte de un relato en el que se ahonda su perfil de personajes. Esto está rubricado en varios gestos: la aparición de dossiers que hablan del proceso de producción al final de cada libro, textos que dan cuenta de versiones anteriores de los relatos contenidos en los libros, reconocimientos que hablan además de la relación entre escritura y vida, cruces de unos textos con otros, o su vinculación con el sistema literario o el aparato editorial que   manifiestan una intención de totalidad en la factura del objeto libro que se corresponde con la voluntad expresada en este “sin fin” de los relatos, planteados como un sistema inacabado que promete redondearse infinitamente.
  La presencia del agua  es en los relatos de Carlos Antognazzi un elemento del paisaje que incide en la trama  y afecta el desarrollo de la historia. Por momentos hay algo irreal en el paisaje y no sólo por el empleo de la técnica del extrañamiento sino porque el agua en sus diferentes formas (río, mar, océano, lluvia) adquiere un valor simbólico, ese bicho que aparece ante la vista de todos en la playa no podía sino provenir del agua si confiamos en la coherencia de este peculiar universo narrativo. Podría pensarse que el tratamiento del paisaje hay un gesto pavesiano: Si la colina es en los relatos de  Cesare Pavese el lugar mítico, lo es en la misma medida el río en los de Antognazzi. A través de la imagen del río se funda un espacio con leyes propias, leyes que se van consolidando, perfeccionando en cada libro a lo largo de un tiempo prolongado. El río oculta y devela. El río es un espejo: “Se entretenía observando su propia figura reflejándose en el mundo líquido del río” (1). El río permite construir la propia identidad, ya que verse reflejado en un afuera no supone sólo mirarse sino reconocerse en una individualidad a través de la percepción de la propia imagen. El agua en su movimiento cubre, oculta o delata. Es el movimiento de la vida misma que realiza sin interrupción dos acciones: Encubrir- descubrir. A esa fuerza no manejable ni previsible están sometidos los personajes. Entonces el espacio del relato es un espacio en continua transformación, determinado  especialmente por el agua que se mueve, que da y despoja según sea su ir y venir.  La clásica antítesis “ciudad- campo”, parece ser reemplaza en estos relatos por “ciudad- río”. Digamos entonces que el espacio de lo que no es ciudad está dominado por la presencia del río. O en todo caso el océano que tiene la misma función que el río. El río ha  bajado, ha dejado de ser río desapareciendo de improviso y al hacerlo ha puesto en  la luz lo que antes fue ocultado. El océano en su proceso de retroceder amenaza con la destrucción completa, la ausencia de la vida misma. Algo similar a la  falta de lluvia planteada como amenaza en “Llanura azul”.
El río que usualmente muestra su perfil piadoso, calmo,  es una presencia positiva en este universo de los relatos de Antognazzi, tanto es así que la inminencia del Apocalipsis está marcada por su ausencia. Ese río muerto es acaso  la carencia de vida, gente como sonámbula, espectros que van, un pueblo, los desposeídos. Aquí el río seco  de alguna forma puede funcionar como metáfora del país.
    La ineludible presencia del agua  -río, mar y otras variantes- nos lleva a sentir que los personajes se mueven en un mundo acuoso, sometidos a las cualidades de lo líquido: fluyen, flotan, pierden su voluntad frente a la morbidez que los contiene. En todo caso en el mundo de estos personajes la vida tiene el movimiento oscilante de un río con subidas y bajadas, de un mar que amaga y retrocede, los personajes sujetos a ese vaivén, saben que están doblegado a esa constante que no depende de ellos.
Con demora, lentitud y el tiempo suficiente para meditar las decisiones los personajes se enfrentan a un hecho ineludible, abandonar el espacio familiar, ya sea porque se transfigura o porque  se  ha vuelto expulsivo, para ocupar otro  que es desconocido  y que tiene el sello de lo ajeno. Los personajes presencian el cambio con cierto estupor. En este sentido el enfoque se aleja del regionalismo clásico donde el terruño es aquello poseído, lo propio, lo incanjeable e inajenable. En el universo de los relatos de Antognazzi,  el lugar de pertenencia aunque  al principio tenga la huella personal y refleje la identidad,  resulta arrebatado por lo general mediante la decisión del personaje porque no tiene otra opción que la de partir.  Lo propio se vuelve ajeno en virtud de una transformación del paisaje. Mar en retroceso, río en bajante, casa invadida por los médanos,  así que con frecuencia, con mucha frecuencia hay que dejarlo todo para irse. A veces se trata de otra clase de huida, el viaje –en moto, bicicleta, piragua- indica el abandono de una etapa de la vida, niñez o adolescencia, como una forma más de extranjería.
  No es casual la alusión al director de cine  Roman Polansky en uno de los relatos de “Cinco historias”.  La  estética de Polansky  puede ser una clave para desentrañar la propuesta literaria de esta extensa obra.  Ciertos rasgos como lo tortuoso, lo amenazante pero presentados al sesgo, ocurriendo  con suavidad, delicadeza, con absoluta ambigüedad,   vale decir sin perder su escozor, como en  un segundo plano que acecha todo el tiempo la lisa tersura del primer plano y da la impresión de que en un  desplazamiento trágico puede pasar a  ocuparlo completamente. Y lo interesante es que esto nunca ocurre.
 La obra de Antognazzi  bien podría ubicarse en lo que tal vez se llame un “realismo extraño”.  Un realismo que se escapa de su marco y avanza hacia lo infrecuente para mantenerse en el borde. Lo extraño puede surgir no sólo por el retroceso del mar o la bajada del río, por un animal instalado fuera de su hábitat, por dos lunas que caen contra la tierra o la amenaza de raros seres llamados “gorgones” sino  por la elección del tono del relato y en el tratamiento de la historia, en la forma de presentar a los personajes y resolver los conflictos. Ese desplazarse tocando fondo sin ponerlo al descubierto es un plus que enriquece los relatos. Lo extraño es llevado a su máxima expresión en la situación de verse desalojado del propio lugar, la pérdida de la pertenencia se transforma de ese modo en el emblema de lo no familiar. De alguna manera se refiere a un mundo en continua disolución que deja extraviados a los personajes quienes en verdad son extranjeros en su propia existencia. Pero lo extraño adquiere muchas vestimentas en sus múltiples matices: edificio con características muy particulares que es también un mundo en sí mismo y que como el mar impone sus condiciones, a la manera de un gran ser que domina (2) o unos libros ofrecidos en consignación que se vuelven valiosos por su escasez y de un modo fortuito perjudican al vendedor (3),  o de formas que alguien reproduce en este y en  otro continente sin explicación (4). Entre  estos dos márgenes, el de lo fantasmal y el de las certezas orillea  constantemente sin anclarse en ninguno  y  es ese ir y venir inestable el que le otorga a los textos su magia y su perfume, la necesaria dosis de incertidumbre que los hace literarios.  Va y viene, se difumina, juega con la imprecisión, deja flotando la acechanza que no termina de disolverse pero que tampoco da la batalla final, lo que hace del texto un espacio de riqueza de significados, borra sus orillas evocando infatigablemente un más allá, un más acá, una posibilidad de impensados sucesos.
Este es apenas un intento o tal vez un punto de partida para futuros enfoques  que no logra abarcar una obra extensa y valiosa que se configura en sí misma con una serie de  marcas y hallazgos propios que la recortan  y destacan dentro del conjunto de producciones literarias de la Argentina actual.


(1)   de “Cinco historias”: “El lento abrazo del mar” pag. 83
(2)   De “Cinco historias”. “La construcción del imperio” pag 11
(3)   De  “Mare nostrum” “Un artista de la inmortalidad- pag 75
(4)   De “Interludio”  “Donde el río termina”, pag. 81

  Bibliografía:
  “Al Sol”- Asociación santafesina de escritores. Santa Fe 2002
  “Cinco historias”- Ediciones Tauro- Santa Fe 1996
  “Interludio”- Ediciones Tauro- Santa Fe 2010
  “Mare nostrum”- Ediciones Tauro- Santa Fe 1997
   “Llanura azul"- UNL- Santa fe 1992.




Carlos O. Antognazzi nació en Santa Fe (Argentina) el 14 de mayo de 1963. Reside en Santo Tomé.
Publicó los libros Historias de hombres solos (Cuentos, 1983), Punto muerto (Cuentos, 1987), Ciudad (Novela, 1988), El décimo círculo (Cuentos, 1991), Llanura azul (Novela, 1992), Narradores santafesinos (Ensayo, 1994), Apuntes de literatura (Ensayos y entrevistas, 1995), Cinco historias (Nouvelles, 1996), Mare nostrum (Cuentos, 1997), Zig zag (Cuentos, 1997), Road movie (Cuentos, 1998), Inside (Poesías, 1998); Al sol (Cuentos, 2002); Arte mayor (Poesías, 2003), Los puertos grises (Novela, 2003); riverrun (Poesías, 2005); Señas mortales (Novela; Castalia, Madrid, 2005); Triplex (Nouvelles, UNL, 2008); Ahab (Poesías, 2009); Interludio (Cuentos, 2010); Leve aire (Poesías, haikus, UNL, 2010); Las estaciones (Poesías, 2012).
Obtuvo los primeros premios «Diego Oxley» 1984; «Mateo Booz» 1985; «Nacional de cuento» 1986; Nacional de cuento inédito «Más Allá» 1987; «Anual de novela» 1987; «Trayectoria destacada» 1988; provincial «Alcides Greca» 1992; internacional «Felisberto Hernández» 1993; «Los destacados» 1994; «Santo Tomás de Aquino» 1997; nacional «Juana Manuela Gorriti» 1997; «Instituto Argentino de la Excelencia, IADE» 1997; nacional «Olegario Víctor Andrade» 2000; provincial «Mutual de los integrantes del Poder Judicial de Santa Fe» 2001, ASDE-Lux 2002; «Instituto Argentino de la Excelencia, IADE» 2003; XII Premio «Ciudad de Huelva» (España, 2003); VII Premio «Tiflos» Novela (España, 2004); Premio SATO 2005 (Rotary Club); provincial «Alcides Greca» 2007; interprovincial «José Rafael López Rosas» 2009.
Fue finalista del Premio Nacional de Literatura de la Secretaría de Cultura de la Nación, promoción 1993-1996, por Narradores santafesinos, rubro “Ensayo Literario y Crítica Literaria”; del premio de novela fantástica “Tristana” (Ayuntamiento de Santander, España, 2004); del premio "Vivendia" (Guadalajara, España, 2006), del premio internacional “Crepúsculo” 2007 Y 2010 (Fundación Tres Pinos y UBA, Buenos Aires), y nuevamente del premio de novela fantástica “Tristana” 2008 y "Tristana" 2010. Obtuvo, además, numerosas menciones.
En 2004 fue declarado «Santafesino Destacado» por el Honorable Concejo Municipal de la ciudad de Santa Fe.
Fue becario del Fondo Nacional de las Artes, la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe, del Gobierno de España (CEULAJ, para asistir al Primer Encuentro Iberoamericano de Escritores Jóvenes, en Mollina, Málaga) y del Gobierno de Venezuela (CONAC, para asistir al Primer Taller Internacional de Jóvenes Escritores Latinoamericanos, en Barquisimeto). En 1997 obtuvo, también por concurso, el “Subsidio a la Creación Artística”, de la Fundación Antorchas, para editar Road movie.
Cuentos suyos fueron traducidos al italiano y al inglés. Algunos circulan en Internet. Integra antologías en España, Estados Unidos, Italia, México y Argentina. Ha dado conferencias y presentado ponencias en congresos y encuentros de escritores. 




lunes, 22 de abril de 2013

PATRICIA SEVERIN: UN CUENTO





Narradora y poeta y ahora editora, Patricia Severin no ha dejado de asombrarme con su literatura. Relatos donde el tono alcanza la medida justa y profundiza al mismo tiempo. Hace ya muchos años varios escritores  fuimos invitados a su entonces lugar de residencia, la ciudad de Reconquista a presentar  su libro de relatos “Las líneas de la mano”. Ocurrió algo interesante. Primero leímos el libro libremente, luego surgió la idea de que participáramos en esa presentación y a prácticamente todos los escritores nos ocurrió lo mismo: la segunda lectura nos dio un sentido de profundidad que nos impresionó por la coincidencia. Eso ocurre con la literatura de Severin, capas y capas de  significación se van desgajando a medida que se profundiza el texto que en apariencia se presenta liso, ágil, suelto. Hay un efecto de levedad, de fluido acontecimiento que  poco a poco nos va mostrando su hondura, una suerte de levedad intencional que parece indicar que la mirada  sobre la existencia juega ese doble matiz, revela sus dones y sus oscuridades con sutileza y particular  brillo.


                                         LA VENTANA DE PAPÁ
                                                               
       Mi papá  fumaba cada día un cigarrillo después del almuerzo. Sólo uno. Fumaba un cigarrillo y miraba por la ventana del comedor hacia la calle, mientras el humo daba tres vueltas en círculos alrededor de su cabeza.
Mi papá miraba a la gente que pasaba por la calle desde arriba. Mi casa queda en la planta alta; en la planta baja hay dos garages y un negocio que vende inodoros, bidets, bañaderas (bañaderas no, me dijo la dueña, se dice bañeras), y percheros de distintos colores para colgar toallas. No hay espejos ni otra cosa. Es un negocio aburrido y de feo nombre: "Sevlo". Nosotros alquilamos ese local y uno de los garages para tener otra entrada, dice mi mamá, que siempre organiza los dineros de la casa.
Mi mamá pensaba que mi papá no sabía hacer plata. Por eso ella tenía que renegar para que no faltara la comida en casa.
En casa no faltaba la comida, pero faltaban muchas cosas que mi papá no podía comprar porque en el campo nunca nada iba bien. Si no era la sequía, era la inundación, si no era la inundación habían bajado los precios del trigo y nada alcanzaba para nada.
Una siesta mi papá  dejó de fumar un cigarrillo todos los días después de comer. Empezó a fumar también uno antes de almorzar y otro antes de cenar. No fumes tanto, le decía mi mamá, que vas a enviciar a los chicos con el mal ejemplo. Mi papá no decía nada. Miraba por la ventana del comedor, desde la planta alta, a la gente que pasaba por la calle; después se iba al campo. A veces volvía al rato porque la camioneta se le había descompuesto y otras veces no volvía por muchos días.
Entonces mamá decía, este hombre me va a volver loca. Y cuando papá llegaba a casa, en realidad parecía una loca que gritaba.  Papá se ponía a mirar por la ventana y prendía otro cigarrillo.
Un día le dijo a mi mamá, no puedo respirar.  Mamá fue a la farmacia y le trajo un aparatito que él apretaba y largaba un rocío adentro de su boca. Desde entonces mi papá fumaba y usaba el aparatito. Pero a veces seguía diciendo, no puedo respirar.
Mi mamá, mientras tanto, hablaba de posibles negocios que debían hacerse para tener más entradas, de todo lo que necesitaba comprar, de las cosas que nos faltaban y de los programas de la tele. De vez en cuando, de lo mal que le salía la comida, porque siempre andaba regateando algún ingrediente, o de las vacaciones que soñaba.
Hasta que un día llegué de la escuela y mamá estaba llorando. Me abrazó y me mostró a papá acostado sobre el sillón rojo. Fui a darle un beso pero él no se movió. Tenía un ojo medio abierto y el otro cerrado. Mamá empezó a gritar como cuando se ponía loca, mientras repetía, que nos espera, que nos espera. Fui a sacudir a papá para que se levantara pero se le cayó el brazo hacia el costado y tampoco se movió. Mi mamá  dijo, ya basta, ya basta, y me llevo hacia la puerta, te vas a quedar en la cocina con tus primos. Mis primos no hablaban, me miraban de reojo y yo me aburría. Después entraron las tías cuchicheando; lloraban y me abrazaban. Algunas salieron con el café y  yo me fui al comedor y me puse a mirar por la ventana.
Desde entonces no puedo salir de ese lugar. Veo todo pequeño y diferente. Veo las espaldas  y me pongo a contarlas.
Es posible que todas esas espaldas lleven como una marca invisible la mirada de papá.

                                                                   Del libro ”SOLO DE AMOR”- Ed. Lux- 1999


Patricia Severín es poeta y narradora. Vive actualmente en la ciudad de Santa Fe.
 Publicó:
 “La loca de ausencia” -poesía- Faja de Honor SADE 1992-Ed. Tierra Firme
“Amor en mano y cien hombres volando” –poesía- escrito junto a Graciela Geller y Adriana Díaz Crosta. Ed. Tierra Firme
“Las líneas de la mano”  - cuentos - Faja de Honor SADE  1998- Ed. UNL
“Sólo de amor” –cuentos- Premio Único Publicación ASDE 1999-Ed Lux y ASDE
“Poemas con Bichos”- poemas- Premio Fondo Nacional de las Artes 2001 y Premio Municipalidad de Buenos Aires para obra editada, bienio 2002-2003. Ed. Vinciguerra
“Libro de las certezas”-poemas-Mención Única Premio Macedonio Fernández 2008-Ed. Grupo Editor Latinoamericano
“Una isla en la isla”-poesía- Ed. Latin Heritage Foundation 2010- Antología
“Poemas inolvidables”-poesía- Ed. Latin Heritage Foundation 2011- Antología
"El universo de la mentira"- poesía- Ed. Palabrava 2011
“Poemas con bichos”-poesía- (2da. Edición) Ed. Palabrava 2011
El Programa Nacional de Alfabetización publicó, en el 2011, su cuento “Algún día va a dejar de llover”
“Anuela y la niña” –poesía- Ed. Palabrava 2012
 Junto a Graciela Prieto y Alicia Barberis, creó Editorial PALABRAVA, para jerarquizar el oficio del escritor y la literatura santafesina.
 Ha obtenido, entre otros, el Primer Premio en cuento en el Concurso Nacional Alicia Moreau de Justo; Primer Premio en cuento Las Tierras Planas; Premio Publicación Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe; Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores -por dos veces-; Tercer Premio Poesía del Fondo Nacional de las Artes 2001, y Premio Municipalidad de Buenos Aires, con la obra “Poemas con Bichos”; Premio Macedonio Fernández, Mención Única para “Libro de las certezas”.
Sus textos se hallan en numerosas antologías nacionales e internacionales.