Espiral de Saraswati

viernes, 17 de diciembre de 2010

SEGUNDO ENCUENTRO DE ESCRITORES EN SANTO TOMÉ



El sábado 4 de diciembre se realizó el segundo  Encuentro de Escritores de escritores en Santo Tomé. Se trata de una modalidad iniciada este año en donde un reducido grupo de autores comparten una jornada para poder leerse, escucharse y debatir de literatura e ideas afines.

En este segundo  Encuentro (que se realizó en el estudio de Crespi y Antognazzi en Santo Tomé) participaron escritores de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe: Irma Verolín, Marta L. Pimentel Álvarez, Aurora Bianchi, Ricardo Maldonado y Julio Luis Gómez.
Como en el Primer  Encuentro, en este  se conversó y discutió sobre literatura y los circuitos culturales, se leyeron trabajos, se intercambiaron libros, se degustaron chorizos de campo, quesos y empanadas regados con abundante vino tinto (salvo una escritora vegetariana, que aportó su propio menú), se escucharon composiciones para guitarra de Ricardo Maldonado.

Antecedentes de los participantes:



Irma Verolín . Buenos Aires, 1953). Escribe para niños y adultos. Publicó los libros “Hay una nena que gira” (1988), “La fantástica familia Fursatti” (1989), “La casa del cedro azul” (1991), “El misterio del loro” (1992), “El puño del tiempo” (1994), “Una luz que encandila” (2009). "La escalera del patio gris" (1998), "La lluvia sobre el mundo".  Obtuvo, entre otros, los premios Emecé (novela), Fondo Nacional de las Artes (cuentos), Mercosur de Novela, Premio de Cuento “Ciudad El Colorado”. Fue finalista de los premios Fortabat, La Nación y Planeta Argentina.

Carlos O. Antognazzi (Santa Fe, 1963). Ha publicado “Historias de hombres solos” (1983), “Punto muerto” (1987), “Ciudad” (1988), “El décimo círculo” (1991), “Llanura azul” (1992), “Narradores santafesinos” (1994), “Apuntes de literatura” (1995), “Cinco historias” (1996), “Mare nostrum” (1997), “Zig zag” (1997), “Road movie” (1998), “Inside” (1998), “Al sol” (2002), “Arte mayor” (2003), “Los puertos grises” (2003), “riverrun” (2005), “Señas mortales” (2005), “Triplex” (2008), “Ahab” (2009), “Interludio” (2010), “Leve aire” (haikus, 2010). Obtuvo, entre otros, los premios «Alcides Greca» 1992 y 2007; XII Premio «Ciudad de Huelva» (España, 2003); VII Premio «Tiflos» Novela (España, 2004); el “José Rafael López Rosas” 2009. En 2004 fue declarado «Ciudadano Santafesino Destacado» por el HCM de Santa Fe.

Luisina C. Crespi (Santa Fe, 1976). Ha publicado los poemarios “Derrotero en la ausencia” (2004), “De los dedos” (2006), “Canciones nocturnas” (2010). Fue finalista del premio “Onofre Rojano” 2004 (Sevilla, España), para libros de poesía inéditos, y obtuvo, entre otros, el “José Rafael López Rosas” 2006 y el IADE 2010.

Aurora Bianchi (Paraná, Entre Ríos, 1952). Docente y periodista. Publicó el poemario “Runas” (2009).

Ricardo Maldonado (Gral. Galarza, Entre Ríos, 1958). Editor, poeta, músico, docente. Dirige las Ediciones del Clé en Entre Ríos. Dirige desde hace 20 años la revista “El tren zonal”. Publicó los libros “El aire nuestro” (1982), “La memoria impresionada” (1984), “Las palomas de la tierra” (1984), “El sonido del hombre” (1986), “Canción o barbarie” (1988), “Solar sostenido” (1998), “Madera y cuerda” (2000), “La mudanza” (2003), “Del junto movimiento” (2004), “Escalón para musinga” (2005), “Mansa Tuca” (2009). Obtuvo, entre otros, el Premio Fray Mocho.

Julio Luis Gómez (Santa Fe, 1949). Abogado y juez, poeta. Ha publicado los libros “El tiempo iluminado” (1977), “Que la nostalgia habite la esperanza” (1985), “Soñada derrota de la pena” (1995), “Razón de mí” (2006). Obtuvo el Premio Anual de la Asociación Santafesina de Escritores (ASDE).

Marta L. Pimentel Álvarez (Paraná, Entre Ríos, 1958). Publicó los libros “Desde todos los cielos” (1995), “Gabriel, el enviado” (1998), “El eterno ausente” (Moscú, Rusia, 1998), “El vértice de las cosas” (Córdoba, 2004), “Los cuentos de tía Ernestina” (CD, obras completas, 2004), “De las simples cosas” (2004), “Los versos de Juana”, “L’ Argentina”. Ha publicado en antologías de México, Costa Rica, Uruguay, Brasil, Perú y Cuba. Es autora de los blogs http://hijanativa.blogspot.com y http://poesiadeentrerios.blogspot.com/


El  primer encuentro se había realizado el sábado 30 de octubre  y participaron Gladys Frutos Faloni (Santa Fe), Miguel Ángel Federik (Villaguay, Entre Ríos), Lisandro González (Rosario) y Orlando Valdez (Rosario), además de los anfitriones y organizadores, Luisina C. Crespi y Carlos O. Antognazzi (Santo Tomé).


                                


Páginas personales de Carlos Antognazzi, organizador de los encuentros:
http://www.elfisgondigital.com/fsgnw/arte/nota.vsp?nid=58104 http://www.castalia.es/Shop/Detail.asp?IdProducts=1324 http://www.mundoculturalhispano.com/spip/auteur.php3?id_auteur=142 http://axxon.com.ar/wiki/index.php?title=Antognazzi%2C_Carlos_O. http://www.tyhturismo.com/data/destinos/argentina/literatura/escritores/Antognazzi/Antognazzi.html

      

martes, 30 de noviembre de 2010

MARÍA LYDA CANOSO: UN CUENTO

 

MARÍA LYDA CANOSO:  UN CUENTO

 

La original obra de Marily Canoso tiene la virtud de construir espacios inauditos, inconmensurables y a la vez cotidianos, yo diría que hay un cruce entre lo fantástico y lo costumbrista, pero lo costumbrista con una vuelta de tuerca que lo sitúa más allá de lo establecido por la tradición. Entonces se produce una interesante combinación donde los personajes con rasgos curiosos, a veces desopilantes, un poco absurdos, un poco caricaturescos, desnudan su condición humana. Estamos frente a una obra singular, una obra de espesura, de capas y capas de significación, de profundidades y al mismo tiempo campea en el humor con gracia. Los relatos de Marily Canoso siempre sorprenden y abren puertitas, no sólo esas puertitas, las de una casa provinciana,  esas  que atraviesan sus personajes entrando y saliendo de sitios inesperados sino las de la escritura entendida como un arte.



LA IGUANA

El día que Baltazar se apareció con una iguana capturada por los chiquilines de la costa de entre esa verdadera maraña que era el tremendo camalote que, flotando desde sabe Dios qué húmeda espesura, entre latas y maderas y hojas podridas y naranjas bajara por los rápidos del imprevisible Paraná, logró que doña Mima abandonara por un rato el vaivén de su mecedora vienesa, los rezos y blasfemias y hasta ese malhumor que la impulsaba a ordenar arbitrariamente esto o aquello a sus holgazanes sirvientes imaginarios, entre los que por sus trapacerías se destacara el Rubio, querubín de mala entraña que, por el solo placer de atormentarla, liberaba a los canarios de su Alhambra de alambre y confundía al loro al punto de que, siendo todos los habitantes de la casa partidarios de la revolución libertadora, el ave inocente champurreaba en agudos la marcha peronista.

Tras dos largos días de agonía, y sin razón aparente, el Duke remolón de los pies de la cama había sido encontrado ya en las últimas con un empacho de muerte. Doña Mima una vez más no dudó en atribuir esa verdadera tragedia a las malas artes del Rubio.
Inútil fue llamar a Filomena que, abarcando un campo mucho más amplio que el estrictamente científico, de medicina sabía casi tanto como el Dr. Verídico, vuelta a vuelta mechaba su rutina de tender camas y pasar el espadol por los mosaicos de la clínica, con la aplicación del conjuro en tinta china que por meses resistiría al jabón y lavandina, en pacientes a quienes poco les importaba exponerse a la burla de los escépticos, con esas nítidas crucecitas dibujadas a mano alzada sobre sus lomos desbordantes y chichas voluptuosas, imposibles de ocultar bajo traje de baño alguno en la pileta del Social.
Esta trabajadora de la Salud llegaría con su maletín de paramédica, imaginando que la enferma debía ser Mima. Razones no le faltaban para pensarlo,  argumentó que la había visto varias veces grave, por ejemplo cuando ésta se pasara de la raya con yemitas glaceadas. Ni qué decir cuando se atascó con el budín de pan: fue entonces cuando a fuerza de masajes la Filo pudo hacer que el bolo circulara en sentido correcto, devolviendo a doña Mima su facultad respiratoria.
Apenas Filomena llegó a la casa hubo de palmearla, diciendo con aire campechano: “A ver si esta preciosa me saca bien la lengua”. Doña Mima la miró como en Babia, y la Filo ni siquiera advirtió que Baltazar con ojos insistentes le indicaba el almohadón de terciopelo donde, sumergido panza arriba, agonizaba el Duke.
Si bien con el felino ya nada pudo hacerse, Filomena debió aplicar a doña Mima la inyección para los nervios, ya que simulaba arrojarse a un precipicio con los ojos volteados, vociferando contra el Rubio y toda esa sarta de malvados que, desde hacía años, le venían haciendo la vida imposible impulsándola a comer esas bolitas dulces con total desenfreno.


Doña Mima miró a la iguana con cierta familiaridad y le pareció reconocerse en la papada. Así fue cómo, por esas cosas de la piel, doña Mima hubo de encariñarse con el batracio que, si bien no llegaría jamás a ocupar el almohadón por ser éste un medio demasiado seco, privado ya de su paisaje fluvial, hiciera suya la bañera que, decorada con las plantas acuáticas que los chicos de la costa hubieran de entregarle a Baltazar a cambio de un puñado de caramelos, y algunas otras plantas del porche que, por estar en macetas pequeñas, entraban cómodamente en el baño, desde ese día, vino a convertirse en un burdo remedo del torrentoso Paraná.
Bastante tiempo duró la diversión de doña Mima. Ya no pasaba los días en la hamaca sino que arrastraba su corpulenta humanidad a través de los cuartos, apoyada en el trípode que no se animara a abandonar después de la caída de Frondizi.
Fue gracias a la iguana que Baltazar se permitió desgranar algunas tardes en el Social y las restantes en el Oriente de frente a la plaza. Eufórico arregló el mundo con partidarios y viajantes, otras veces calmo y pensativo vio perderse en el aire innumerables volutas de humo, mientras del otro lado del cristal el bullir de humareda del arranque de los  micros sobresaltaba a los apacibles novios hasta que nuevamente todo era una quietud incendiada.
                                                                                                                            
Pero la iguana no era feliz. Su primitivo regodeo en la bañera se había transformado en indiferencia. Desde el antepecho miraba quietecita el agua con sus adormecidos ojos de huevo y se quedaba así,  esperando algo impreciso. De repente tremolaba la papada en la que doña Mima se reconociera, chasqueaba la cola y corría a esconderse por entre las macetas o tras el inodoro. La Iguana miraba con indiferencia a doña Mima que por complacerla desmigajaba esos corazoncitos que en crujiente caja le regalara Baltazar, modelando con la punta delicada de sus dedos pequeñas confituras esferoidales.
A simple vista la iguana parecía adelgazar cada vez más. Varias veces desapareció hasta la noche, y algún vecino la encontró vagando entre las plantas del fondo contenidas por el tapial encalado que miraba hacia el río.
Cuando en algún momento Baltazar le dijera: “Venga, mmamma... veeengasé para ddentro”... doña Mima no haría sino vistear con el cuchillito de su índice en el aire, sentenciando: “son cosas del Rubio”, o “ese ladino todavía tiene el tupé de hacerme morisquetas”...
La noche en que se hicieron las once y todo fue órdenes y linternas, conos luminosos que se desplazaban lentos, olor de azahares y a pasto pisoteado, humedad y grillos, oscuridad y la luz y la oscuridad, Baltazar hubo de revisar hoja por hoja, tronco por tronco, hasta llegar al convencimiento de que efectivamente la iguana se había ido. 
Doña Mima, desde lo alto de la breve escalera de acceso a la galería y apoyada en su trípode, con el marco italiano de pilares de balaústres, no hizo sino declamar incoherencias quejándose todo el tiempo de ese Rubio oscuro, ladino, que con sus tretas una vez más le hacía la vida imposible.
Baltazar dejó la linterna en la baranda y trató de apaciguarla con la promesa de que no bien aclarara reanudarían la búsqueda. Mientras tanto en la cocina Filomena preparaba una tisana que,  luego de beberla, obraría tal efecto sobre Mima que por mucho tiempo sería recordada. Nadie olvida los artilugios que se tuvieron que hacer para convencerla de que bebiese el cocimiento que le presentaban en majestuosa taza, para luego trasvasárselo a su vez al jarrito de plata.
Cuando más de uno ya estuvo al borde del colapso y, tras agregarle el azúcar, que era lo que el cuerpo de doña Mima reclamaba, por fin el líquido fue pasando lentamente de la taza a su garganta de iguana, y, sin dejar de clamar por la iguana, doña Mima se fue amodorrando, y en esa duermevela pidió que se la ayudara a desplazar el trípode de pieza en pieza haciendo que los chicos buscaran debajo de las camas. Una vez que recorrió la casa, como borracha, aún vestida y siempre ayudada por varios de nosotros, se desplomó en la cama del baldaquino que se mantuvo firme por los refuerzos de fierro forjados por Baltazar, quien a esa altura pedía en la cocina  beber el mismo cocimiento.
Vestida como estaba y murmurando insultos al Rubio, instruyendo órdenes que rayaban el delirio y desafiando, ya instalada en ese medio sueño que paulatinamente fuera tornándose en ronquido, al fin dejamos a doña Mima tendida en la cama.
Pasaron días en que la casa estuvo quieta porque nadie osaba acercarse temiendo despertar a la durmiente que se mantenía viva a fuerza del suero que le regulaba Filomena. Comenzamos a preocuparnos y, pasadas dos semanas largas en las que todos fuimos cayendo progresivamente en la desesperación, alguien sugirió llamar al ilusionista animador de fiestas que, a poco vino con sus artefactos de producir la magia y una despampanante secretaria a lo Marilyn Monroe que fue el furor entre los habitués del Oriente. Estaba escrito que Baltazar se enamoraría perdidamente de ella.
Todo fue en vano: ni aún con esta deliciosa mujer serruchada al medio, ni con esos chistes de políticos que nos hicieran a más de uno mover el vientre de la risa, logró el ilusionista traer a doña Mima a la conciencia. Tanto Mima como la iguana jamás regresaron.

Un viajante que vino de Rosario contó como hecho curioso que, más allá del Saladillo, alguien de la Isla había visto en un recreo cercano a un rápido del río, a un joven rubio con dos iguanas: una grande, bien torpe, y una pequeña de ponderable agilidad, amenizar reuniones de parroquianos con la desopilante pantomima acuática. Y sólo por la comida que, en el caso de las iguanas pedía el rubio que fuera más bien tirando a dulce, que salada.




APUNTES DE MI BIOGRAFÍA LITERARIA.

Nací en Casilda, cerca del Carcarañá. Estudié Bellas Artes en Rosario y de inmediato en uno de esos viajes de aprendizaje, estudié durante casi un año Vitrales en Londres.
¿Qué tendrá que ver esto del Carcarañá, la plástica y los vitrales?, dirás.
Bueno. Creo que fue de ese promedio que se me construyó una mirada. También transité otros caminos, hasta la Arquitectura. Al fin me di cuenta de que, como diría mi nieta Sofi, la escritura es lo mío. Aprendí y enseñé. Y en el medio escribí varios libros, en este orden:

Telegramas azules (Cuentos) Editorial Corregidor.
Por qué te niegas al olvido -  Editorial Torres Agüero. Premio Cuento 1987, Fondo Nacional de las Artes.
Biarritz (Novela).
Corazón de Manhattan (Novela).
Contra el brillo final (poemas).
                                                     
                                                               María Lyda Canoso

lunes, 8 de noviembre de 2010

APROXIMACIÓN DE A DOS NOVELAS DE MARÍA TERESA ANDRUETTO



 Suelo hacer apuntes cuando leo un libro de ficción, generalmente con lápiz en la primera página en blanco. A veces las distintas frases van tomando la forma de algo parecido a un ensayo, otras veces apenas son un esbozo para una indagación posterior. En este caso, leí las dos novelas de María Teresa Andruetto, una luego de la otra. Vuelco aquí esos apuntes para que, con un poco de buena voluntad e imaginación, a algún  posible lector  le despierte el deseo de leerlas también. Las  novelas  son "La mujer en cuestión", Editorial Sudamericana, Buenos Aires 2003 y"Lengua Madre, Ed Sudamericana, Buenos Aires 2010

LA MUJER EN CUESTIÓN
   La novela “La mujer en cuestión” es un texto que remeda un informe que tiene el aspecto de un  escrito gubernamental, a medida que el informe va creciendo se van creando  los climas, los indicios y surgen los pormenores  que nos trazan el perfil de un personaje. Se habla de la dictadura por omisión, de la misma forma en que se vivía por aquellos años. De esta  manera el texto  nos acerca a la noción básica de la dictadura como al pasar, de un modo tangencial y amenazante. El efecto que este recurso produce es el del icerberg, lo no expuesto en forma evidente atenta desde las sombras y genera lo siniestro en el sentido freudiano.
  La historia se va construyendo mediante la aproximación al personaje que paulatinamente   discurre con esa voz imparcial, la del que redacta el informe,  el registro de las diferentes miradas  están teñidas por el tamiz del criterio del informante, lo que va constituyendo a su vez un subtexto. Es una voz que recoge testimonios,  en esta recopilación de hechos el relato va avanzando desde los márgenes hacia el centro. Hay algo que captar y quien habla está en la orilla, que es el lugar de la observación. En ese avance desde las orillas hacia el centro  el narrador   alimenta nuestra necesidad de conocer, la despierta y la nutre,  la historia que se va armando a la manera de un rompecabezas donde se combinan  los retazos de información que obtiene el que narra, quien en todo momento mantiene el perfil del que está en el margen y avizora, del que se acerca e indaga sin perder la distancia propia de quien permanece afuera, en su desconocimiento, en su  aproximación a medias.  Quizá lo más interesante es que  ese centro hacia el cual avanza el narrador desde los límites se mantiene ininteligible hasta el final. De este modo se va involucrando al lector en la historia, una historia que siempre tiene aspectos y perfiles que se nos escapan porque quien relata no es del todo confiable, es un tanto limitado,  aquí el narrador no es el que sabe sino el que intenta averiguar e,  indiscutiblemente, padece  de cierta torpeza.  Podría afirmarse que el contraste está dado por la inmensidad de esa historia que se adivina y la relativa incapacidad del informante-narrador para captarla. Ahí está el juego más interesante de esta novela, calificado como “irónico” por uno de los dos análisis teóricos que están al final en su última edición. Digamos que el contraste está también dado por  la posición aparentemente imparcial y distante del narrador, ese tono del que no se involucra, del que mantiene una gran distancia y por el contenido intenso de lo que se relata limitadamente, de lo que prácticamente se dice por omisión.  El relato se sostiene en ese delgado límite entre lo que se desconoce y lo que se intenta conocer. Hay un crescendo de intensidad que no  se produce por la intensificación de los hechos o por la tensión de los sucesos tramados en el relato sino por algo más intangible como un proceso de profundización de ese mecanismo de contrastes, es decir está producido mediante los procedimientos narrativos y no por el  desarrollo de la historia. Podríamos pensar que ese no saber del narrador  - el informante-, lo ubica en el lugar de la conciencia colectiva de los argentinos durante la dictara militar de los años setenta en la Argentina. Ese avance desde los lados, ese acercamiento al personaje crea intrigas, de esta forma el narrador se convierte en un merodeador.
    Es tan sutil el trabajo literario que en alguna medida maravilla. El grado de contención y de tirantez, de implosión producido por el relato no puede menos que remitirnos a aquellos  años que padecimos la vida cotidiana en la Argentina dominada por la última dictadura militar,  nos devuelve al clima interno de un país sofocado, eso que las palabras no consiguen relatar,  eso que sólo una construcción poético narrativa como “La mujer en cuestión” logra hacer que el lenguaje se convierta en lo que ya no sirve para comunicar sino para simbolizar,  nada menos ni nada más que hacer  literatura. Después de leída la novela sigue acechando y produciendo sus oleajes en la memoria siempre un poco turbada y a la vez intacta de aquellos años a los que los argentinos no estamos dispuestos a volver.
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LENGUA MADRE
   El texto está articulado bajo el modelo de la investigación. Hay una voz que hurga en el pasado, que va tocando pistas, que roza un extremo, apenas lo roza y  sigue de largo. Una voz que se oscila entre la sospecha y la incertidumbre. Se trata del movimiento metonímico del que hablaba Lacan, el movimiento del deseo que nunca se completa.
Está muy vivo el texto, se detecta un movimiento del discurso atravesado por la fugacidad, por la fragilidad del tiempo que transcurre. Eso está antes, después y mientras tanto a lo largo de toda la novela. La voz de quien narra es vacilante, sabe que no puede confiar en ninguna  clase de certeza y esa vacilación  le da el pulso  a una visión del mundo. 
 Es llamativa la manera en que el narrador se acerca y se aleja del personaje, este movimiento no hace más que consolidar una  cosmovisión que nos dice que nada es verdaderamente apresable. De este modo el personaje va siendo compuesto, asediado, armado, construido. Podría afirmarse que la construcción del personaje es un atributo del narrador mientras va  contando la historia y aún así el saber  resulta  esquivo, la construcción se siente imperfecta, insuficiente y el narrador ostenta este hecho de manera natural. Frente a la literatura realista que todo lo agota, esta visión del personaje es transformadora y superadora de una visión patriarcal. El narrador no sabe, el narrador apenas puede perfilar la historia en un panorama literario que ha reflotado en los últimos años una literatura de corte positivista lógico en la que el que narra todo lo sabe sin cortapisas, en la que no hay vacilación o incertidumbre.
   Otro elemento interesante es el peso de lo testimonial, pero lo testimonial también resulta esquivo. Frente al documentalismo literario que ha hecho que la literatura se acerque cada vez más a la noticia, al periodismo o a ciencias extraliterarias como  la historia o la biografía, Andruetto nos instala en la plena incertidumbre. Así por momentos la historia parece reacia a ser tramada, es un patch work, tengamos en cuenta que  el patch work originalmente es una manta cosida por las mujeres de extracción campesina que, a falta de una tela completa, utilizaban restos que quedaron de otras prendas y cosían todas juntas formando ronda. La novela es un patch work: la creación de voces colectivas que al ensamblarse pueden mostrar una imagen que necesita de la distancia de la mirada para ser apreciada.
   Por otra parte hay un efecto residual del armado de esta historia. Efecto de fragmentación. No hay construcción edípica sino estructura mosaico, la estructura edípica, la de la novela tradicional que tiene un hilo que atraviesa todo el relato se corresponde con una visión del mundo ordenado, optimista, que confía en el poder de la voluntad y la razón. Y especialmente que confía en el poder de la palabra como un medio unívoco de comunicación. En el mundo de esta novela a lo único que se puede aspirar es a  rasguñar algunos sentidos que luego nos permitirán acercarnos a  un puñado de interpretaciones de la historia.
  El relato no trabaja la tensión porque al no haber una trama urdida, la tensión no aflora. Nada fue tensado previamente en “Lengua madre”, que   al desplegarse mediante la estructura mosaico se librera del imperativo propio de la estructura edípica organizada en torno a la fuerza de la tensión, la estructura mosaico   justamente por desarrollarse de modo horizontal, cobra su sentido en la combinación y conexión de los hechos. El lector debe participar en  esa sutil acción de enhebrar  que realiza el narrador, debe ser cómplice de ese  acto de merodeo ante la vida buscando pistas que le permitan armar la historia.  En el ir y venir del relato se va dando vueltas cíclicamente sobre la historia. Un movimiento lunar, horizontal, de energía femenina en contraposición al movimiento edípico  que supone una continua ilación de causa y efecto que es vertical.
   A veces, durante la lectura, es preciso sortear la incomodidad el fragmento que se plantea como un desafío al comportamiento de la memoria que tiende al hilvanar y hasta a llenar los huecos de lo que no se sabe con invenciones, acostumbrada a  la cómoda linealidad de causa y efecto. Aquí la novela nos obliga a aceptar los cortes, las escisiones,  el perturbador quiebre de la vida., aunque también la disrupción de una memoria que se quebró incesantemente como los cuerpos. Lo fragmentario puede volverse incómodo, pero ante eso  no es errado decir que la novela se lee del mismo modo en que se percibe la vida.
 La belleza despojada de algunos tramos de  “Lengua madre”, nos inserta en una idea de inmensidad., la de la vida o de la compresión de la vida que se nos escapa.  Leemos en la  página 146: “Los datos, las circunstancias, la localización, el tiempo en que las cosas suceden le parecen factores de importancia, ya desde niña intentaba comprender las razones de las personas y tenía –con una fascinación que aún hoy no puede explicar- clara percepción de la relatividad de todo, conciencia de la imposibilidad de saber en profundidad nada de nadie, temprano percibir el desconocimiento que nos asiste a todos antes las razones profundas de cada uno.”  Y un poco más adelante: “Lo cronológico, lo topográfico, los sencillos datos biográficos dan estructura a una vida y sin embargo la vida, la suya –la vida de cualquiera- no alcanza jamás a definirse por ninguna circunstancia, siempre se le escapa”. La propuesta estética de la novela pone al lector frente a esa verdad, la imposibilidad del conocimiento que es en este principio del siglo XXI una de las pocas certezas con las que contamos, hecho que se constata con la repetición de palabras en un mismo renglón, ese movimiento cíclico es el intento de apresar lo inapresable,   de aprehender o descifrar lo que continuará teniendo significados ocultos, verdades apenas rasguñadas, historias silenciadas, cuerpos ocultos, siempre ajenos ante tanto vacío y tanto desborde.




     
María Teresa Andruetto
Nació en A° Cabral, Córdoba, Argentina, en 1954. Publicó
novelas, libros de cuentos, poemarios, ensayos, obras
de teatro y libros para niños. Entre ellos, las novelas La
mujer en Cuestión (DeBolsillo, 2009, traducida al alemán),
Lengua Madre (Mondadori, 2010), Stefano (Sudamericana,
1998) y Tama (Alción, 2003), la nouvelle
Mi madre sobre todo 9/20/10 5:39 PM Página 131
Veladuras (Norma, 2005), el libro de cuentos Todo movimiento
es cacería (Alción, 2002), los poemarios Pavese/
Kodak, Beatriz, Sueño Americano y numerosos libros
para niños, entre los que se encuentran El anillo encantado,
La mujer vampiro, El País de Juan, El incendio,
Campeón, La durmiente y El árbol de lilas.Obtuvo entre
otras distinciones, Premio Novela del Fondo Nacional
de lasArtes, Lista de Honor de IBBY, finalista de los premios
Clarín y Sent Sovi/ Ediciones Destino y en 2009 el
Premio Iberoamericano a la Trayectoria en Literatura
Infantil/Juvenil SM, por la totalidad de su obra para
niños. Modera el blog http://narradorasargentinas.blogspot.
com/www.teresaandruetto.com.ar

miércoles, 20 de octubre de 2010

LORELEY EL JABER: UN POEMA

 Coincidentemente con este conjunto de poemas de Loreley El Jaber que acabo de leer, vienen ahora a mi memoria unos relatos de Raúl García Luna. Recuerdo que en  la presentación del libro  le hice  a Raúl  un comentario. El libro era una serie de cuentos cuyas situaciones transcurrían todas en la playa. Y yo le dije: La costa es el espacio de la juventud. A él le pareció un acierto.  La playa  nos trae de inmediato la idea de goce, expansión, libertad. El libro de poemas de Loreley El Jaber se titula justamente La playa y es el escenario en el que se despliegan estos textos sutiles, sugerentes, hondos al mismo tiempo, en muchos  de ellos hay un regreso a la infancia y a otras etapas de la vida. Loreley es doctora en letras,  una joven investigadora universitaria, brillante, con un extenso currículum,  su poesía habla de la niñez, de la juventud o de un  momento que de alguna manera asociamos con lo ligero e inapresable. La playa, el mar, la costa convocan la calidad de escurridizo o evanescente mientras la escena comprendida en cada uno de los poemas es irrepetible, a veces, contundente;   se trata de una gran presencia recortada en medio de esa inmensidad que puede ser el océano, la vida. El contraste está dado entre el peso de la escena que se nos vuelve  única y todo lo otro que la rodea como una orilla de mar, agua cambiante, inquieta, inabordable. Aún así cada escena tiene cierta cualidad de incertidumbre. Intensidad y vacilación en perfecto equilibrio.



LA PLAYA (Acto I)

En el fondo, el mar
digamos azul, digamos fulgurante

A un costado, una mujer morena
casi desnuda
le regala al sol su piel y relame la sequedad de sus labios

Lejos, casi en diagonal, su hija trae agua
para un pozo de arena que no se deja llena

La mujer, digamos la madre,
olvidada de su rol, deja la bikini en la lona
y decide ponerse boca arriba

Una vez que su pecho empieza a ser carcomido por el calor
aparece un hombre nadando mar adentro

Entre gota y gota de sudor, resbala su cabeza a un costado
entonces lo ve
sonríe
y
juguetona como es
quita toda tela de su cuerpo

Desnuda, morena, soleada
la mujer vuelve a mirar hacia el mar
pero esta vez no ve nada

En esa dirección sólo está la niña
que ha empezado a imitarla

Sobre la arena, su cuerpo virgen se revuelca
de pronto la saluda
y ríe

Pero ella no ve el brazo agitándose
ni el balde cansado cerca del pozo
ni la malla enteriza convertida en almohada
Sus ojos sólo alcanzan el mar que se ha vaciado de brazos
y reniegan de ese implacable azul uniforme
que interrumpe su proyectado goce

Entonces la mujer ve
ve a la niña
ve las mallas que ambas empiezan a ponerse
ve el sol que ha dejado marcas rosas en su piel oscura
ve el mar tal como es, sin manchas, y saluda a la hija
                                       /y saca el libro de su cartera y
ordena la imagen.
                      
                               -de La Playa- Loreley El Jaber. Ed. Viajera-Bs.As. 2010-

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Loreley El Jaber nació en Buenos Aires en 1972. Es Doctora en Letras, docente de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Ganó becas de investigación en el área de literatura colonial, campo en el que se desempeña actualmente como investigadora del Conicet. Publicó ensayos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Junto con Graciela Batticuore y Alejandra Laera, compiló el libro Fronteras escritas. Cruces, desvíos y pasajes en la literatura argentina.
  En cuanto a la poesía, ese placer fue siempre algo privado o tan sólo compartido por una muy pequeña comunidad de amigos. Recién cuando el año en el que vivió en Estados Unidos, se decidió y envió algunos poemas a la revista literaria Contratiempo de Chicago, que publicó dos de sus  poemas en marzo de 2007. Desde entonces la decisión de concretar el deseo del libro fue un motor, un proyecto que alimentaron todos los que leyeron sus versos.


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martes, 12 de octubre de 2010

LAURA FAVA: UN CUENTO

  Catalogar la escritura de Laura Fava no es sencillo. En principio se la puede clasificar de realista. Pero  el término resulta esquivo, limitado. Si se la inscribe en el realismo me atrevo a decir que se trata de un hiperrealismo, lo que la ubica en un lugar distinto al de los cánones vigentes y los criterios establecidos. Digamos que su escritura está un paso más allá del realismo. Por un lado nos encontramos frente a la impecable estructura del cuento clásico, irreprochable, con un dominio en el manejo del tempo, la intriga y la tensión, también de la economía, sin embargo por otro lado, el tratamiento produce un efecto de volumen del que no emana ninguna clase de estridencia sino que  tiende a la implosión. Sus relatos son ante todo el escenario de la dimensión del personaje, al punto tal que elude cualquier escenario, prácticamente no se encuentran descripciones del entorno del personaje, se lo ubica en un lugar, pero ese entorno difícilmente tiene atributos o aparece detallado, apenas enunciado. El personaje sobredimensionado en su especial calidad humana, en su  perfil trascendente pero expuesto desde su condición más básica, aprieta el acontecimiento y lo liga a él de un modo visceral. La peripecia está sujeta, cercenada, acotada por un  interior humano abarcador, la percepción del personaje que cubre la dimensión del relato, pero el afuera tensa la situación y quiebra ese poder. El desarrollo de la escritura  lo lleva hasta el final con maestría y hasta podría decirse con delicadeza. El contraste está dado por la dureza de la situación y  lo endeble de lo humano del personaje,  Fava juega todo el tiempo con   ese doblez. Sus textos tienen una profundidad conmovedora. En los últimos años conocer su obra ha sido para mí un descubrimiento, un motivo de satisfacción y goce, precisamente por esa capacidad de tomar una tradición y transgredirla a la vez.


                      HASTA QUE NOS MANDEN LLAMAR

         Pedro era una máquina.  No había parado de vomitar en toda la noche.  Dale que dale. Y nada, porque no tenía nada en el estómago, o sí tenía algo pero era vino de ese, del más barato, del que vendían cerca de la nueve, en la parada del colectivo que va a Campana.  Y bueno… cuatro días tomando y tomando…Cuando se dio cuenta de que la Estela lo había dejado, se metió en el boliche y no la acabó hasta que me avisaron y fui a buscarlo.
         - Che, tu cuñado se está matando en lo de don Tino – me dijo el del carrito, el negro ése que sé que lo conoce porque juegan juntos a las cartas, y yo, que venía de juntar duraznos en la quinta de Anselmo y no podía más con los brazos y la espalda, lo miré con cara de “¿Y? ¿A mí qué me contás?”  Él se encogió de hombros y dijo:
         -  Es tu cuñado ¿no?  Se está matando… - hizo un ruidito con la boca y el caballo empezó a tirar hasta que sacó las ruedas del barro.  Tuvo que hacer mucha fuerza de puro flaco que estaba el pobre.  Me dio bronca de que el negro ese no me dijera: “Subite que te llevo.”, ni siquiera eso, así que le grité:
         -  ¡Dale de comer a ese animal, desgraciado! - pero él no se dio vuelta.  El carro iba haciendo zigzag y él tan tranquilo ahí arriba.
        
Me metí en la casilla a tomar unos mates, pensando en que mi hermana era una degenerada o algo peor.  Dejar al Pedro así, plantado con dos criaturas, y rajar con el primer mocoso que la había calentado.  Le pegaba, bueno, ¿y qué?  Manuel me había roto el alma un par de veces, pero cuando me quiso golpear la tercera, yo había agarrado el cuchillo de carnear y le grité:
         ¡Atrevete, porquería! –  Y nunca más.  Me insultó, dio media vuelta, se fue y nunca más me levantó ni un dedo.  Yo le decía a la Estela que hay que hacerse respetar y no porque viniera a mi casa con los ojos en compota, iba a cambiar la cosa.  “Si no sos capaz de ponerlo en su lugar, aguantátelo.  Tiene sus cosas, pero no toma, es trabajador, manda a los chicos al colegio…¿Qué más vas a pedirle al hombre? “   Pero mi hermana…A ella nunca le importó lo que le dijera nadie y menos yo.  Al final, hasta Manuel tuvo que intervenir y casi se van a las manos con el Pedro.  “Que esta es mi casa, que esta es mi mujer y a vos qué te importa lo que yo hago acá, que acá mando yo, qué joder.”  Decía Pedro y empujaba a mi marido contra el cerquito y Manuel, que también estaba furioso, le decía que la acabara.  “Acabala, carajo, cómo le pegás así a tu mujer, mirále la cara, animal, pendejo.”  Y la Estela lloraba – esa siempre arregló todo con lágrimas – hasta que no tuve más remedio que meterme yo.
         -¡Agarrá al tuyo, tarada ¿qué no ves que se van a matar? – le grité y me colgué del cogote del Manuel y lo arrastré y lo empujé y Estela quiso hacer lo mismo pero Pedro le sacudió un cachetazo y ella se cayó y se golpeó la cabeza contra un poste.  Eso pareció tranquilizarlo y dejó de gritar y amenazar y yo pude llevarme a Manuel que puteó todo el camino de vuelta.
         No volvieron a hablarse hasta que el mío consiguió ese trabajo en el Chaco hace seis meses.  Ahí fue a ver a Pedro para despedirse y se abrazaron largo y Manuel le dijo:
         -Te mando a buscar prontito y se vienen con la gorda.  Nos volvemos todos ¿eh?
         Pero la Estela se fue antes de que Manuel nos mandara la plata para irnos con él.  También… somos un montón: los cuatro chicos más nosotros, los grandes.
         Y bueno ¿qué iba a hacer? ¿Dejar que el pobre hombre se muriera de borracho?   Le avisé al Romancito que me iba a buscar al tío y me caminé las veinte cuadras hasta al boliche.  Había que ver cómo me miraban los tipos en cuanto entré; pero yo, una señora.  Me fui derechito hasta el Pedro que, más que sentado en una silla, estaba tirado encima de una mesita chueca.
         -Vamos,che – le dije.
         Pero él, como si fuera sordo.
         -¡Movete hermano, que te vino a buscar la gorda! – le gritó otro mamado desde el fondo y todos se rieron.  Yo lo miré fijo, fijo, y el tipo se hizo el sonso.  Agarré a Pedro del brazo  y él hizo como que se paraba, pero se fue para adelante y no paró hasta el suelo y ahí se quedó, como muerto.
         Entonces me enojé y yo, cuando me enojo, soy cosa seria.  Les grité de todo a esos tipos, desde maricones para arriba, de todo y me acordé muy bien de sus madres y de todos sus parientes.  Así que entre unos cuantos, lo pusieron de pie y dos me dijeron:
         -Nosotros se lo llevamos, doña – y nos vinimos para acá, ellos sudando y arrastrando al Pedro  que no caminaba y yo, adelante.  Cada tanto me daba vuelta y los veía, a los tumbos entre los terrones, el pobre Pedro sin mover los pies, colgando de los hombros de los otros como un Cristo.
         Y si esa noche no largó las tripas fue porque las tenía pegadas a los huesos.  Los chicos se fueron a dormir afuera y yo me la pasé teniéndole la mano.  Lo cuidé y al otro día, hasta le di de comer en la boca.  Él no decía nada; durante esos días no dijo nada, ni una palabra, pero me miraba todo el tiempo de una manera que me daba miedo.  Hasta que en una siesta en la que los chicos se habían ido a pescar para el lado del río, me apretó contra la pared de la cocinita y yo no quise decirle que no.  Pero todo así, sin hablar, sin pedir permiso, a lo bruto.  Y yo pensé después que mi hermana era una tarada en serio.  Al día siguiente se levantó temprano y me dijo:
         - Voy a ver si consigo una changa – y volvió a la noche con unos pesos que dejó arriba de la mesa.
          Y así estamos.  Trabaja, no toma y ni un gesto de levantarme la mano, tal como yo le había dicho a la Estela.  Pero una noche, cuando nos habíamos acostado, le dije:
         -  Mirá Pedro que esto se acaba en cuanto el Manuel nos mande a buscar ¿eh? -  Él, como siempre, no contestó.  Se dio vuelta y se quedó dormido.

                                   

                                                                          Laura Fava
                                    
                                                             Del libro “Algunas víctimas”  Ed. Ada Korn




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Laura Fava  nació en 1942 en la Ciudad. de Bs. As.  Estudió Historia y Letras en la UBA  y coordinó varios talleres literarios, a nivel particular e institucional.
"Algunas víctimas" fue su primer libro de cuentos editado por Ada Korn y por él recibió en 1987 el Primer premio a la Producción Nacional, otorgado por la sec. de Cultura de la Nación; el segundo Premio Especial Ricardo Rojas otorgado por el Gob. de la Ciudad. de Bs. As. en el género novela y cuento, correspondiente al bienio 1993/95, amen de los numerosos premios que sus relatos han logrado colectiva e individualmente y la publicación de los mismos en diversas antologías tanto en nuestro país como en el extranjero.
Su segundo libros de cuentos, - "Partirse en dos ", Ed. Deldragón - obtuvo el Primer Premio en el certámen literario Premio Especial Eduardo Mallea, género novela y cuento, correspondiente a la producción del bienio 1999/2001, conferido por el Gob. de la Cdad. de Bs. As.
Fue también miembro fundador de la revista literaria "Maniático Textual" y colaboró en la misma desde su aparición en el año 1989 hasta el año 1991.
En la actualidad coordina un taller de lectura e interpretación de cuentos mientras prepara un nuevo libro de relatos.


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