Espiral de Saraswati

sábado, 11 de marzo de 2017

MARTA BRAIER: POESÍA- "EL RÍO SECRETO"



           

  A la manera de un gesto doble “El río secreto” parece decirnos: esto es poesía y al mismo tiempo nos susurra: este es un texto que opera con elementos de la literatura testimonial, de la oralidad, con retazos  traídos del costumbrismo y  a la vez remarca el efecto para indicarnos también que estamos en el territorio de  cierta modalidad de la ficción: literatura en estado puro. Hay un tributo hacia una línea poética coloquialista pero este ingrediente forma parte del mismo juego que se realiza con los géneros literarios en una mezcla integrativa sostenida constantemente en el guiño, la complicidad con un lector que sabe que ha entrado en un espacio donde se quiebran las normas establecidas.  Si pretendiéramos descubrir un hilo conductor no sería errado afirmar que es el despertar de la sexualidad, de allí ese aire de secreto y revelación desplegado insistentemente entre las dos polaridades con las que se tensa el texto. Hay un asomarse a lo desconocido, un husmear en lo prohibido. Lo prohibido y lo descubierto o la transgresión como posibilidad de alcanzar un saber vinculado al cuerpo y a las emociones van forjando un entramado en el que  la interrupción de la voz se tiende sobre el recorte de las imágenes. La misma actitud en la mirada que despierta el cuerpo y eso que no se sabe qué  es,  pero que se supone trascendente opera cuando el sujeto de la enunciación se enfrenta, entre otras situaciones, al colegio Saleciano, el pensionado de monjas de la calle Piedras o la vida de la empleada doméstica fuera del ámbito de la gran casa. En este cruce de géneros, de voces, de miradas  se va produciendo de alguna manera una plasmación plástica de la escena, es la voz la que por lo general revela, la imagen,  en cambio, funciona como puerta entreabierta.
  Libro pensado como una totalidad con piezas que encajan unas con otras entre lagunas de vacío, silencio elocuente, espacio infinito. Distintos escenarios, imágenes parceladas, personajes con estatura dramática que han sido trazados con rapidez como un lápiz que delinea el contorno, matices de una voz que habla de sí misma y otras voces que irrumpen en el texto con su carga emotiva y en más de una ocasión con rasgos naíf. Los personajes  suelen  actuar como conectores en su reaparición, están incrustados en el texto siguiendo  en cierto sentido las leyes de la narrativa. Probablemente la función de estos personajes reafirma el gesto de indagación hacia zonas misteriosas, desconocidas de la que nos habla esta voz que está en un espacio  fronterizo, en un estado de tránsito entre dos  líneas temporales. Esta sensación de que tanto la voz como la mirada están ubicadas en zonas intermedias, marca el lenguaje, lo torna huidizo, cercenado, la voz se interrumpe, crea el espacio blanco que es la parcela de silencio donde todo parece estar contenido en un punto que puede expandirse, de buenas a primeras,  en cualquier momento. Se percibe un grado de parquedad en el lenguaje,  ese despojamiento que esconde y muestra la vida cotidiana en un esplendor  que oscila intermitentemente entre lo melancólico y lo maravilloso.  Distintas tipografías, la presencia de las bastardillas indican otro tono, otro matiz, otra voz, otro discurso abriéndose así al abanico de la diversidad. Hay un desdoblamiento del yo y de las voces en este intento de captar una totalidad recurriendo increíblemente a su contrario, la ausencia, el silencio, lo elidido, tal vez por eso se puede rastrear la implosión en el texto. Un yo que se pronto se transmuta en una tercera persona ocupa el centro y hace eje para que esa voz que muestra (¿desnuda?) el mundo, tenga cabida. Un yo en edad de tránsito, entre la infancia y la adolescencia. No casualmente la cineasta argentina Lucrecia Martel, al hablar del libro, construye una metáfora que alude a una  franja de la conciencia ubicada entre la vigilia y la ensoñación, en un delicado y riesgoso límite. Se trata entonces de traspasar ese límite, de  cruzar una puerta,  la sensación de bordear los márgenes surge a lo largo del libro con insistencia.
  Estamos frente a un texto que parece apoyarse en la asimetría. No es un signo menor que algunos poemas tengan sus títulos al final y entre paréntesis. Pero no todos, sólo algunos, esta voluntad de remarcar la desigualdad entre un poema y otro es un indicio: el universo construido no se alza en una prolija oposición de pares equivalentes, el equilibrio es inestable pero de algún sentido perfecto. Así los títulos se encuentran en un segundo plano en este poemario de planos, de espacios múltiples, de voces dispersas. Si el título no está encabezando el texto podría pensarse que se desplazó, que la cabeza cayó, que hay una media decapitación, que se encuentra entre bastidores pero que, a pesar de eso. El título es la representación del texto así como la cabeza lo es del cuerpo humano. ¿Se trata de desestructurar la forma para acercarla acaso al funcionamiento del recuerdo?  La forma intenta desarticularse de un modo predeterminado tal vez con el propósito de seguir un patrón que armonice más con la vida que con la tradición literaria. Al parecer algo debe ser recompuesto o desordenado para que esa sucesiva aparición de imágenes que surge dispersa en la memoria no traicione su manera de  plasmarse cuando alcanza  una definición en términos estrictamente literarios. Pero al mismo tiempo esos títulos, que por otra parte no son específicamente títulos,  enclaustrados en el paréntesis, se acercan al murmullo, la grafía los ubica en el lugar más secreto de la confesión. ¿sintetizan al poema? ¿intentan simplificar una tematización? ¿Orientan al lector? ¿o introducen al lector en un estado de perpetua vacilación? Me atrevería a decir que están jugando en el mismo nivel de la propuesta estética, enfatizan el gesto, el guiño, el aire de secreto compartido a media voz.
  Dos citas iniciales  que aluden una al cuerpo y otra a la voz, abren el libro. Estos dos elementos estarán en tensión a lo largo de todo el texto, sin embargo esa tensión a veces encuentra un momento de complementariedad, apoyando de esta manera  la propuesta estética, todo lo que en este mundo ha sido desplegado se desintegra un poco, muestra sus tachaduras, sus pequeños hachazos y aún así la totalidad no deja de mostrar su idea de perfección, una perfección en ausencia, una perfección lista para ser devorada por aquello que es capaz de cercenar cualquier cosa. La tangibilidad del cuerpo y la presencia de la voz con su ingrediente lábil irán estableciendo una inteligente oposición que se diluye de pronto frente a algún elemento concluyente, pero concluyente de  manera relativa, no hay ninguna clase de estallido en este texto, todo se resuelve en ese espejear de contrarios en estado permanente de mutación, tal es así que dan la sensación de volatilizarse. Por otra parte la versificación que no se estrecha en lo más mínimo, se extiende hacia los laterales hasta su mayor posibilidad. Una expansión gráfica que entra en oposición con el recurso de elidir y fragmentar, rubricando así el procedimiento de tensionar, oponer y complementar a la vez.
 De cualquier modo hay en este presente aquí una cierta controversia con la tradición, con lo que instituido de los lineamientos poéticos convencionales. La fragmentariedad, por el criterio con  que fueron organizados estos poemas parece hablarnos mucho más de una totalidad callada de lo que podría suponerse, prodigiosamente la forma logró esa apariencia de totalidad en ausencia. Podría decirse que  la estructura mosaico tiene este propósito pero aquí el gesto está remarcado, hay un guiño desde el enfoque que el texto ha adoptado que parece indicarnos que el todo es tan vasto que sólo puede aludirse a él enfocando lo mínimo. En esta parcelación de lo mínimo la totalidad tiembla y en inquietante segundo plano, también vocifera.


"El río secreto", Editorial El jardín de las delicias, Buenos Aires 2016- Obtuvo el Premio Único de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en poesía Inédita (Bienio 2010-2011)

   





Selección de  algunos poemas del libro

  El agua empujó toda la noche… yo la llamaba … después
  entendí que era inútil nombrarla: ella se llamaba a sí misma

  todo esto pensaba cuando observé que el río detrás de los ojos  
  empezaba a secarse

  ahora no puedo bajar los párpados

   qué es esto de estar vigilante todo el tiempo           ayer vinieron
  sonidos apacibles y me dormí

este lugar no lo voy a dejar nunca

                                                                           (el río secreto)


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Deriva de la luz         el aire en el agua del balde
quedarse ahí               jugar con el espejito y no pensar

                              
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No sé si lo dije       esta es una historia que debería estar fuera del 
mundo

no pájaro de suaves alas   

cuervo sobrevolando el ancho espacio del “comedor de lujo”

las cortinas de voile moviéndose al viento en escenario imperial  
bizarro 
       triste


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Ese día Antonia se levanta y me llama decidida           mamá le ha   
ordenado el almuerzo la noche anterior 

habrá que dejar la habitación          bajar la escalera          hacerse la
zonza       disimular el malestar que revuelve el estómago

¿por qué necesita de mí?    ¿por qué?               me basta mirarla para
adivinar su excitación       lo sé por los ojos y la boca          esa boca

el   espectáculo me recuerda  otra cosa y  sé que  no podré  dejar de
mirar

por  eso  cuando  la  Antonia  agarra  el cuchillo de  la  cocina  para
cortarle el pescuezo  a la  paraguaya  me  quedo ahí mirando  como
una pavota

después quedan las plumas esparcidas por el patio


                                                                                 ***********************


Marta Braier nació en San Miguel de Tucumán en 1947. Reside en Buenos Aires. Es Profesora en Letras, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán. Desde 2002 a 2015 dirigió el Taller Literario para jóvenes de la Biblioteca Nacional. Publicó  Gestos de minué (1999) y Esta es la tierra, corazón (2005). El río secreto obtuvo el Premio Único en Poesía Inédita (bienio 2010-2011), otorgado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.




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sábado, 25 de febrero de 2017

OSVALDO MAZAL: "DARWIN POETA"



                                          

                                                         Aproximaciones a una novela inabarcable

“Darwin poeta” es antes todo una novela de confluencias, lo  primero que se intenta confluir  es la ciencia y el arte, al punto que a un científico como Darwin se lo convierte en poeta y narrador. En ese juego sutil y divertido la historia se va tramando en varios  espacios y en distintas épocas. Mediante un tono ameno y la construcción de situaciones imaginativas y atrayentes la voz narrativa se introduce en variantes especulativas sobre acontecimientos y personajes. Puentes, confluencias, conexiones inusitadas, todo tiende a concatenarse y a fluir  en el macro espacio del tiempo y de las geografías terrenales. Desde la Rusia stanilista a un Darwin que recorre las costas del Atlántico en Brasil hasta la Patagonia argentina o retorna al orden victoriano de Inglaterra para recaer en la ciudad de Posadas donde sociedades secretas con marcado tono irónico urden conspiraciones debatiéndose en un límite que roza lo absurdo.
   El narrador como puente entre la historia -en la que lo referencial y lo imaginario se van compenetrando- y un lector que necesariamente debe entregarse a la voluntad de esa voz, tiene por momentos el ropaje del “relator” como esos personajes que introducían la acción “mostrando” y comentando lo que ocurriría en el teatro clásico. El narrador se hace preguntas y opina sobre lo que va narrando. Falsedad y veracidad son dos polos implícitos en una novela que se adentra en el juego lúdico de lo apócrifo. El narrador como mediador, este narrador  que sabe  pero que también desconoce,  se ocupa de facilitar el acceso al conocimiento al lector pero al mismo tiempo expone su desconocimiento que opera como materia de investigación.  Es un narrador versátil, plástico, errabundo,  no le teme a la vacilación sin perder su carácter incisivo. La figura del lector está dentro del relato. El lector es invocado y convocado al movimiento lúcido de mirar que planteó un narrador que adquiere de pronto la condición de un cómplice,  que mira los acontecimientos con cierta indulgencia y un humor ligero o, acaso, blando y que  a través de sus preguntas asume las inquietudes del lector, se ubica en su lugar pero merodea, va y viene, tiene un  tono móvil y juguetón.
   La novela fue edificada sobre una consubstanciación o un parangón constante entre vida y obra de arte y entre ciencia y arte o, si se quiere, entre ciencia y cultura.  Dado que el mecanismo predominante es el de confluir,   confluyen lenguajes en un mismo espacio, el del relato, el lenguaje clásico, mechado con coloquialismos y regionalismos, confluyen también las estéticas, el narrador busca lo semejante y lo expone explícitamente.  Y cuando enuncia las diferencias es en pos de eludir aquello que no está confluyendo para despejar el panorama y seguir buscando coincidencias en todo lo que existe. Esta novela hecha de puentes, conexiones, concurrencias en la que todo tiende a enlazarse y a fluir en el macro espacio del tiempo y de las geografías terrenales nos plantea cruces que encabalgan niveles de escritura, puntos de vista, posturas estéticas y también cosmovisiones. Pero lo que se encauza lo hace mediante constantes bifurcaciones, es un movimiento que resulta de un  proceso indetenible de expansión. Es curioso que esto se haya  logrado sostener a lo largo de una extensa novela sin que se haya perdido el eje. Podría afirmarse que es la mirada, el enfoque el que busca coincidencias, homologaciones, espejos, intentando dar cuenta de un orden universal mientras el procedimiento literario no hace más que dispersarse buscando acaso márgenes cada vez más distantes.
    Por otra parte en esta novela se ponen en escena a través de la voz de un  narrador múltiple, los distintos géneros literarios, subgéneros, recursos, estilos y propuestas estéticas  mediante el matiz del humor, un humor discreto  e inteligente.  El texto se plantea como una confrontación  con ideas estéticas, estructuras literarias clásicas o anquilosadas y la posibilidad de renovación del género, de esta forma la  novela se convierte en una búsqueda y un interrogante sobre esa cuestión planteada en el seno mismo del argumento, entramada en la peripecia como una pericia más, se presenta  así una reflexión sobre el género,  la literatura en general, la ciencia y el arte. 
    Cabe señalar que el humor entre sus muchas funciones cuenta con la de ser conector de nociones opuestas, oficiando así de puente entre la polaridad que encapsula los conceptos en antagónicos irreconciliables.  En este sentido el recurso del humor desde la mirada aguda se entronca con la voluntad de integrar y conectar lo disperso. El narrador se hace cargo de los procedimientos y parodia y expone  sus opiniones sobre ellos. Desde la novela sentimental a la policial, desde el esquema de la tragedia clásica al género epistolar, desde la novela psicológica a la de aventuras, desde un discurso joyceano a las pautas genéricas de un realismo mágico, con una actitud divertida y  un resultado sustancioso, van surgiendo las distintas modalidades que han pretendido estructurar los textos literarios a lo largo de la historia.
  Podría afirmarse que es en el tratamiento de los personajes  donde el autor plantea un reto, el enfoque se basa en el empleo de  lo paródico, sin duda. Parodia en tanto texto paralelo que opera en distintos planos: se parodian los géneros, el modo en que fueron presentados los personajes en las distintas novelísticas y también diversos recursos literarios.  El personaje como categoría fundamental de la novela es puesto bajo la lupa. Los personajes son viviseccionados con humor, son una plastilina que el narrador va contorneando a medida que avanza el relato y lo hace ante los ojos lectores, los va diseñando y descubriendo a la vez, como un Golem. Sí, como un Golem, los personajes parecen estar hechos de barro, no es inocente ni casual la mención del Golem a lo largo de toda la novela. El proceso de descubrimiento de los personajes se desarrolla mediante preguntas, indagaciones, auscultamientos que el narrador va realizando sin disimulos. Este es un narrador que sabe lo suficiente como para sostener la historia pero a la vez ignora  algunos otros aspectos  y en esto se equipara al lector, se convierte en cierta medida en el que participa de las características del lector  gracias a este desconocimiento que lo va enfrentado a algo parecido a una sucesión de puertas que podrían abrirse.
    La caracterización del personaje corre paralela a la rigidez también porque los personajes parecen cotejarse con su tradición clásica y el empleo que se hizo de ellos, de allí el recurso de la parodia pero al mismo tiempo no carecen de interés porque son analizados, hay un doble juego  en la forma en que son presentados, se los está midiendo con una tradición ya establecida y por lo tanto un poco remanida y no por eso carecen de atractivo pero por otra parte se los está “descubriendo” como si a pesar de su aspecto ya catalogado pudieran ofrecer aristas novedosas. Resulta difícil no percibir que las escenas de amor entre Darwin y Ofelia, y entre  Víktor   y Elsa no están siendo satirizadas dando por sentado que detrás hay una larga procesión de discursos narrativos, cinematográficos, televisivos y hasta si se quiere fotonovelescos que agotaron sus recursos. El personaje es aquí un poco máscara y un poco humano, la condición autorreflexiva del narrador los van enfocando desde distintos ángulos y uno de ellos es el del estereotipo, están sujetos al estereotipo parece decirnos el narrador pero no por eso han perdido su vitalidad. La marca en la escritura del estereotipo encontró en el apodo que va mutando según el peso del argumento opera sobre los personajes. Los apelativos adjudicados a un personaje van cambiando a medida que la trama los ubica en situaciones diversas y en esa calificación inmediata y volátil el personaje se aleja inconmensurablemente de la estatura de una Ana Karenina, de una Madame Bovary, de un Papá Goriot, porque  el narrador  satiriza su perfil al categorizarlos con tantos apodos, de este modo se  los torna frágiles y tornadizos, los desdramatiza, los hace tambalear  en el pedestal donde se supone ubicaríamos a los personajes de una novela cabal. Isaac Newton, el poeta Maiakosky, Franz Lizt también son personajes en esta novela y son tratados de la misma forma. Hasta Dios es un personaje más calificado en su cualidad un tanto inmutable alternativamente con apodos como: el inefable, el inasible, el idem, el impertérrito, el todopoderoso, el arquitecto, nada escapa a esta voracidad de incluir el todo en el marco del formato novela que busca casi con frenesí ampliar sus límites. Este procedimiento obtura el sentido para que se despliegue la apertura del mismo por otras vías, como si nos indicara desde una clara propuesta de lectura que no busquemos lo que un lector de novela clásicas buscaría. El movimiento es doble aquí también, la duplicidad de ciencia y arte hace espejo con esta manera de encarar a la categoría personaje.
    Llama la atención   a la multiplicación, a la expansión, a la germinación pero a la vez en lucha declarada contra esa otra fuerza, la de la tradición con la que el narrador parece haber establecido un diálogo empedernido y exigente, a veces demoledor en su insistente intención de desafiar o enfrentar lo instituido, el lugar común. El gesto anticonvencional se refuerza hacia el final de la novela  donde es evidente que  nada se puede cerrar. Considerando que  en una novela  tradicional el cierre sería como un broche que anuda, aquí el texto continúa abriéndose o presentando nuevas posibilidades de expansión, en este final  que se resiste a ser tal,  el gesto del narrador es de apertura, las posibilidades de la trama son infinitas, las motivaciones de los personajes no siempre pueden ser captadas por el narrador, esto da por sentado desde ya la separación de esta novela con cualquier tradición decimonónica pero es además un juego, uno más que sella la postura escogida. Dice Ricardo Piglia que en el cierre de un texto se  manifiesta el sentido de la forma. Y aquí la forma remarca su gesto paródico y el planteo de lo inabarcable demorando el desenlace mediante el empleo de varios epílogos. El último de los epílogos, el quinto, se refiere a las imágenes y de algún modo se entronca con uno de los espacios y de los tiempos de la novela, la de Rusia de Sklovski  y su vinculación directa  con  los formalistas rusos que definieron a la literatura como un pensamiento por imágenes. La novela se afianza entonces como un laboratorio que emplea la ficción para ahondar en las cuestiones del quehacer literario, para indagar poéticas y recursos parándose frente a la tradición con un gesto iconoclasta. Así, las opciones y los planteos que presenta el texto no pueden agotarse nunca.
  En cierto sentido el discurso como tal se presenta pantagruélico pero lo que opera todo el tiempo es eso inasible del sentido que busca dispersar cualquier posible interpretación concluyente. Sólo es posible, si es que algo  resulta posible, es el dejarse envolver por las inagotables variaciones que el texto plantea.
    "Darwin poeta" tiene un movimiento de oleadas que envuelve al lector, resulta significativo que hacia el final el narrador equipara el género novela con el ulular de una víbora que curiosamente es la representación de la vida que se renueva constantemente, muerte y renacimiento adjudicados a un animal que cambia su piel en secuencias temporales, como esa Kundalini que según  la tradición hinduista sigue la columna vertebral  del cuerpo humano y conecta el adormecimiento del cuerpo con el despertar de la conciencia, con ese mismo movimiento fuimos conducidos desde un no saber a un saber relativo que abrió nuevos espacios de conocimiento y desconocimiento a la vez y que continúa operando porque el cierre del relato no fue un cierre en un sentido cabal sino simplemente la interrupción de una suma de historias que en alguna otra  parte continúa  su desarrollo. Los lectores fuimos testigos que se asomaron a una vastedad que no puede ser recortada ni delimitada ni cercenada y que apenas nos mostró  un espectro reducido de sus muchos perfiles. El concepto de saber que en el siglo XXI terminará en algún momento por superar el antiguo esquema decimónico apoyado en el positivismo lógico,  se expresa  en “Darwin poeta” literariamente de un modo magistral.

Transcripción de los primeros párrafos de esta novela.

  1. El libro verde ruso

    El libro estaba en la biblioteca de mi viejo. Cualquier inglés reivindicaría como propio el color de la tapa, pero para mí fue siempre verde ruso. Como otros textos de “Sendero”, una de las editoriales del P.C. argentino allá por los años cuarenta y cincuenta. El título, La situación en el darwinismo. Una traducción de las actas taquigráficas de la sesión ordinaria de la Academia Lenin de Ciencias Naturales de la U.R.S.S., celebrada en épocas de un estalinismo tan saludable como furioso, entre el 31 de julio y el 7 de agosto de 1948 en Moscú, en el por entonces novísimo edificio central de la Academia, de unos veinte pisos. Lo llamaban “el cerebro dorado” por el revestimiento de bronce labrado de diez metros de alto que lo envolvía como un capuchón en su parte superior y mostraba imágenes de la revolución de octubre,  de científicos en sus laboratorios y de trabajadores en el campo. El friso de bronce se reflejaba en el río Moscú con vivos dorados o rojos según la estación del año y la posición del sol, parecía la llama de un inmenso fósforo que de a ratos inflamaba las aguas a puro realismo socialista con los colores de la bandera de la U.R.S.S. Si el arquitecto pretendió mostrar que en la Nueva Sociedad estaría siempre encendido ese fueguito revolucionario que hermana el saber al trabajo, esa llamita independiente de los vientos de la historia y que gozaría de la solidez del bronce y del hormigón, similar a la de la eternidad, algo falló en sus cálculos. Un transeúnte como Viktor Sklovski, diestro a esa altura de su vida en identificar las ironías que el mundo nos presenta a cada paso, seguramente conjeturaría al caminar por la vereda del río Moscú contemplando el edificio, que esa clase de solideces hiperbólicas suele esconder un monstruo, una especie de Golem listo para salirse de control, comerse a sus mejores hijos y después desaparecer entre crujidos. Lo móvil e impreciso de los reflejos del edificio en el río era capaz de anticipar, a ojos de esta clase de lúcidos  pero desencantados  transeúntes, una fragilidad más verosímil (Los reflejos de las cosas a veces son más proféticos que las cosas mismas). Esas imágenes que hacían la plancha sobre la superficie del agua y ondeaban con ella, escenificaban en su levitar una evanescencia que cuestionaba la duración excesiva de cualquier proyecto.
     Grave error arquitectónico o más bien ideológico  -estará pensando ese pragmático observador que mira desde la orilla como si contemplara las vicisitudes de la Historia sentado en un palco privilegiado. El del que edificó tamaña pretensión  de permanencia a la vera de una movilidad que sí es eterna, la del dialéctico río que nunca persona y que, a la manera de un demonio serpenteante o de una novela esquiva, distorsiona toda solidez, y con una media sonrisa que el tal Sklovski seguramente compartiría emocionado, se divierte devorando cualquier deseo desmedido de trascendencia. 1


  1. Marcel, el memorioso, decía en una nota al pie de El tiempo recobrado, que ni a los hombres ni a sus obras les ha sido prometida la vida eterna, hay que resignarse a morir. En nuestro caso, ya Sklovski y la revolución rusa no existen más que en la historia. El edificio de la Academia aún subsiste, pero las imágenes labradas en el bronce ya casi no se identifican, y mucho menos sus reflejos en el agua, donde solo puede verse, en los días de mucho sol, una especie de gran marcha informe.




     "Darwin poeta" (una novela inclasificable) publicada por  Aurelia libros Rivera.-Buenos Aires 2016, mereció el primer Premio del Fondo de las Artes  del año 2014 a la categoría novela, La comisión asesora de dicho premio estuvo integrada por Gabriela Cabezón Cámara, Washington Cucurto e Iosi Havilio



Osvaldo Mazal nació en Posadas, Misiones. Argentina, el 20 de abril de 1955. Se recibió de ingeniero civil en la UBA y de licenciado en letras y magíster en semiótica discursiva en la Universidad Nacional de Misiones. Actualmente es Profesor de Teoría Literaria en la UNAM. PublicóMundos- Diálogos-Silencios” (Coedición Libros de Tierra firme y Editorial Universitaria de Misiones), mereció el 2º Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes en 1993, y participó en varias antologías de poesía. En 1993 y 1996 le fue otorgado por la ciudad de Posadas el Premio Municipal de Letras “Arandú”, primero como autor inédito y luego por la obra editada. Como productor y conductor de programas radiales, entre los años 1994 y 1998 ganó cuatro premios Martín Fierro, otorgados por APTRA en el rubro cultural-educativo para el interior del país, por su programa literario De Cronopios. “Darwin poeta” es su primera novela.


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martes, 14 de febrero de 2017

NANCY MONTEMURRO: RUMBOS DEL VIENTO

               


  “Rumbos del viento”: Un texto que parece brotar de la esfera planetaria,  apoyado en los cuatro puntos cardinales: Este, sur, oeste, norte. Desde la tradición numerológica pitagórica el número cuatro es la representación del mundo, soporte, sostén, anclaje, enraizamiento. El cuatro: la casa del mundo,   sin embargo aquí esa solidez del número cuatro es antes que nada  la mutación en aire y viento, un mundo que se despliega horizontalmente. Desde el este hacia el norte, el libro finaliza con el norte, como brújula que indica un camino. Sin duda hay una trayectoria, un bucear que manifiesta una búsqueda: “Voy hacia la poesía/ como quien camina hacia la noche constelada:/ una telaraña viscosa/ donde: la letra me devore”, búsqueda que en medio de lo brumoso intenta establecer alguna clase de límites recurriendo a establecer parámetros, pero el espacio no tiene bordes, ni límites, no hay certezas. Estamos frente al cuerpo de una geografía terrenal, una geografía que  se prolonga hacia lugares inciertos o simbólicos en grado superlativo. Lo cierto es que hay un espacio que circunscribe el recorrido de la voz poética, un espacio que se transfigura y migra hasta llegar a convertirse en una prenda de vestir : “Puntada tras puntada/ mi madre zurce/ las medias rotas./Con cuanta precisión/ la aguja toma un punto, otro,/ y la herida se obtura”. Pero es un espacio que da la impresión de socavar su propio escenario a medida que la voz avanza. Lo interesante es que estamos frente a un libro que aunque intentó precisar la delimitación de un territorio,  a lo largo de sus páginas no hace más que disolverse, perder presencia, lo sólido cede su contextura a lo que se encuentra en estado permanente de desintegración una y otra vez.
 Una geografía terrenal nacida para el recorrido de los espacios interiores o una interioridad volcada hacia un territorio donde reina el fragmento. Hay un orden pero es un orden que aunque parezca sólido se vuelve volátil como si la materia mostrada sus otras condiciones y rompiera así con  viejos conceptos. A una interioridad cercenada, hecha de huecos y silencios,  le corresponde un espacio geográfico que no sigue trazados rígidos aunque se escude en sus nombres, el territorio por momentos se deshace haciéndole eco a las voces de esas hondas interioridades.
  La voz de estos poemas se debate entre la intensidad y la ambigüedad. La continua indagación deja traslucir, de tanto en tanto, alguna verdad que surge al sesgo. Una voz con un contenido tono confesional que busca aquello que necesita ser dilucidado en medio de ese clima tenue y acaso brumoso en el que relumbran los poemas. El libro se cierra con un intertexto de Italo Calvino sugestivamente integrado a “Las ciudades invisibles”, esa cualidad del viento y del aire que le dio carnadura a estos poemas sólo puede ser clausurado -si es que existe alguna forma de clausura- con la intrusión de otra voz que nos evoca otras intangibilidades, quizá porque nada puede ser cerrado en un conjunto de poemas que se abre y se abre a la fuerza de una marca misteriosa que continúa operando antes y después de todo.

Selección de poemas:


Origen de la historia:

la hija  
pide al padre
una manzana
Dan vuelta cada rincón 
y no hallan
ni migas de pan

En el hambre no hay paraíso

Eva, distraída,  
se paseaba desnuda

                           *********

Entra oblicua la luz  
por la ventana
a las dos de la tarde
y despliega
su temprano abanico de sombras
En la tenue opacidad
una vida se instala
taza de café sobre la mesa
mansa,
esperando
que en el calor del rayo
alguien la consuma

                                                      *********

En los días de abril   
preferí la intemperie
de la lluvia   
Su canto, sobre el cuerpo
caló mis huesos  
buscó unirse al latido
de mi corazón
para elevarlo al mundo
en el ciclo continuo de las aguas.

                                                      *********
El miedo  
nos ha llevado
a temblar
como  hojas en el viento
Temblemos corazón 
hasta que nuestras corazas  
se derrumben

                                                      *********

Soy una mujer que envejece  
aquí, frente al papel
Los años pasan  
y arrebatan
aquello que no quiero perder
Enhebro 
la última palabra pronunciada,
retomo desde ahí
el discurso,
pero la vista falla
El ojo de la aguja
no es el mío
por eso veo
al mundo deforme
Debería  
ajustar la mirada 
a la esencia de las cosas
atrapar su belleza 
y serenarme


        




Nancy Montemurro nació el 7 de julio de 1961 en Provincia de Buenos Aires. Es docente y traductora. Fue miembro fundador de la Cooperativa Editorial Nusud. Actualmente integra el staff de la Galería de Arte Contemporáneo Torres Barthe como coordinadora de prensa y redacción. Publicó su poesía en la plaquette A doncella (Nusud 1988) y en los libros  Craquelage  (Nusud 1993), Arcanos mayores (Edición Artesanal para Bibliófilos, 1999 y Ediciones del Citrino, 2011). Rumbos del viento (Ediciones del Dock, 2016)


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jueves, 19 de enero de 2017

SUSANA AGUAD: LOS NÁUFRAGOS

  “Los náufragos”- novela - Susana Aguad- Editorial Paradiso- Bs As 2015 
                                       

                                             
                                                   TRADICIÓN Y RUPTURA 
Hace muchos años leí en un novela un párrafo que juraría fue escrito por Gloria Pampillo en el que se asociaba a la Argentina con un barco, un país que flota en el agua, en la inestabilidad del agua, en lo imprevisible y cambiante. Lo busqué y no lo encontré, obviamente esta búsqueda fue originada por la lectura de “Los náufragos” de Susana Aguad que ha escrito una novela de factura impecable que se inscribe en una cierta tradición literaria por un lado pero al mismo tiempo plantea una fractura con respecto a esa tradición.
Ya desde las primeras líneas  de “Los náufragos” aparecen las señales del status y la cultura. Todo tiene rúbrica, se dice expresamente en el texto a qué marca pertenece tal o cual producto, sea un coche, un vino o una prenda de vestir. El nombre del objeto como marca es un indicador  de una clase social, de cultura y un grado de poder. Registros de la palabra, marcas culturales, nombres como rúbrica de esa exclusiva pertenencia. La marca convierte a la cosa en algo más de lo que es.  Le da un plus que es pura fantasía, ilusión aunque suponga excelencia en su realización, la marca del producto en la sociedad moderna se ha convertido en un sello que nos habla de aquello en lo que creemos convertirnos por el peso de la industrialización. Los nombres de las mercancías como signos de opulencia y clase social selecta van siendo enumerados a lo largo de esta novela en medio de un lenguaje terso, estilizado. La carga irónica está muy por detrás, más que irónica es crítica pero en un plano lejanísimo o sutil.  Se percibe un guiño en este narrador cuando la mano toma una con un vino que lleva inscripto su nombre como un personaje más. También  desde el principio aparece el río como emblema nacional: el Río de la Plata. Es también una marca de nuestra cultura nacional, pero no surge a través de su identificación sino simplemente como el río. Curiosamente los objetos tienen nombre distintivo, el río lo extravió. No es  mencionado en forma identificatoria en ningún momento mientras  las marcas de los objetos no dejan de ser enumeradas continuamente. Las palabras señalan lo que está detrás: poder, prestigio, status. Son   signos de pertenencia a una clase y a una sociedad mercantilista que de algún modo convierte a las personas en objetos al subyugarlas con la errónea idea de que la marca exterioriza identidad social. Los objetos entonces se convierten en trofeos. Como ya dije, de manera discretísima  opera un juicio de valor detrás del texto. La riqueza, la opulencia crean un clima espectral y sensual alrededor de los personajes. La proliferación de marcas de los objetos suntuosos, sobresale en el discurso de la novela incluso gráficamente, son como  llamadas en el texto que producen escozor al punto de  transformar a las personas en una suma de etiquetas.  Resultaba inevitable citar el famoso libro “No logo” o “El Fin de las marcas” como se editó en castellano. Detrás de un objeto suntuoso hoy sabemos que se esconde la contratacara de la explotación del trabajo, el saqueo al planeta o la profundización de un mundo estigmatizado por la desigualdad en todas sus formas.
   ¿Qué ocurre con las palabras en esta novela? La mesura del narrador en su lirismo establece una compulsa distendida con la ampulosidad de la mirada del personaje central: Rodolfo Bodino (su nombre tiene cinco letras o, la letra o espesa, compacta, corpórea),  todo en torno a él tiende a la exteriorización del poder a través de los objetos que lo rodean y con los que se identifica.  De un modo correlativo el narrador valoriza las palabras, las hace casi corpóreas, sensoriales en el discurso de la novela. A ese mundo de objetos se le corresponden las palabras del narrador, intensas, valorizadas, bien escogidas y precisas con su cuota de lirismo, cargadas de sensorialidad.  Podríamos afirmar que estamos frente a un universo de percepciones, la sensualidad de ver y poseer el mundo entero al alcance de la mano. Lo que llama la atención en las primeras páginas es lo grande, lo fastuoso, lo inconmensurable contado con tanta mesura y placidez que nos deja casi sin aliento. Este trabajo sobre el lenguaje alcanza mayor brillo cuando se trata de  dar cuenta de la atmósfera de los personajes directamente ligados a su nivel social.
Podría afirmarse que la novela  “Los náufragos” se apoya en la construcción de la metáfora. Navegar la vida es una metáfora de origen medieval: el correr de la vida equiparada al río que fluye y cambia, de allí que naufragar sea el equivalente a fracasar, de sucumbir en el seno de la vida. Las aguas de la vida que en el siglo XIX fueron sustituidas por el viaje en tren como sinónimo de avanzar y trazar una ruta personal de la existencia, en este sentido Aguad vincula al texto con en una tradición más arcaica o más ancestral. Quizá tenía que aparecer el agua en tanto contraste con la tecnificación y los artículos suntuarios con que está plagada la novela1 para sostener el relato y no alisarlo. Los escenarios son el agua y la tierra y un recorte de la ciudad el novísimo barrio de Puerto Madero ligado al agua por su ubicación. Volvemos a la metáfora inicial de esta aproximación: La Argentina como país que flota en el agua y por lo tanto sujeta a cambios imprevistos e inmanejables. Sin embargo siguiendo esta línea simbólica de análisis, podemos considerar que agua y tierra son energía femeninas en oposición a las masculinas: fuego y aire. Si bien estamos frente a una obra de carácter realista y que incluso roza cierto grado de costumbrismo, hay por parte del narrador una voluntad de mostrar hábitos y costumbres, pintar el perfil del país, por esa tendencia a insistir sobre rutinas, modos de relación humana y empleo de artículos relacionados con una clase social acomodada, no escapa el vuelo metafórica que se enfatiza en el desenlace. La novela está construida sobre la metáfora del país agroexportador y el país que se aventura en el juego financiero internacional. Esta tensión entre los dos países se metaforiza en la imagen de los dos amigos que rivalizan  Rodolfo Bodino y César Forni. Sucumbe lo segundo. De alguna manera no pude dejar de pensar en filiaciones literarias, la primera de carácter nacional: La novela “La Bolsa” de Julián Martel, a fines del siglo XIX que panea la situación económica cultural de una Argentina  devorada por la pasión de la especulación monetaria y  está emparentada  con “Los náufragos” por el planteo de la crisis económica como eje del relato, por el tratamiento simbólico y por los personajes que se salvan y los que lo pierden todo ante el desastre.  Y la otra “El número uno” de John Dos Passos por su develar los entretejidos del poder en este caso de la clase política en ascenso pero podría relacionársela con una serie de obras inscriptas en cierta tradición de narrativa norteamericana en varios registros que cuestiona el consumismo especialmente a partir de los años cincuenta,  que encuentra después en el hipismo la expresión social de ese desencanto y en el Beatnik más específicamente su cuestionamiento mayor.
Por otra parte y siguiendo este juego de tensiones que le otorgan ritmo y movimiento a la novela, podría afirmarse que la historia fluctúa entre lo macro y lo micro.  Lo pequeño del detalle en la ropa, la ornamentación, la comida, la vida diaria  juega su tensión con la coyuntura político económica del país, los tejes y manejes del mundo financiero  que actúan como un macro. La escena donde César expresa que los diseños de sillas de Laura son una pequeñez sintetizan esta tensión. Lo pequeño se elije, se moldea. Lo macro domina y forja la vida pequeña, no es tan controlable, aunque  siguiendo el planteo de la novela  cierta clase pudiente también  logra moldear lo macro.  Especialmente focalizada la historia en torno a una determinada clase social, hay sólo una mención del pueblo en plena crisis del 2001 a través de la mirada de uno de los personajes que sale de su fundo, su zona de protección, el barrio de Puerto Madero y se aventura a ir al microcentro en la zona bancaria y ve los rostros de los sumergidos en pleno exteriorización de protesta e ira. El país se asoma como un flash, y también en los peones que hacen en asado en El rodeo, el campo de Rodolfo. Estos flashes son funcionales a la novela y permiten un trazado del marco donde se desarrolla esta acción a la que podríamos llamar no estrictamente de historia amorosa, el personaje de Rodolfo enamorado de Laura aspira a algo más que encuentra en Laura una expresión de esa suerte de hambre, encuentra en esta relación un lirismo que no había en su vida. Pero el nivel metafórico de la novela trasciende la historia amorosa. Encapsulados en su propia clase social, veremos que en el desenlace  de la historia que unos son expulsados de esa burbuja por la crisis y otros,  por la muerte.
    Más allá del nivel simbólico planteado en la novela encuentro claves los espacios del relato: río- Campo-Puerto Madero. Buenos Aires se caracteriza por estar de espaldas al río. En esta novela el río es un escenario importante de la acción, aparece al principio en el Tigre, en el disfrute del personaje durante la navegación aunque ahí también está la marca del estatus al hablar de las embarcaciones. El título metafórico también nos remite al agua. La tradición literaria argentina tomó este rasgo como una marca y construyó un tópico literario, en esta novela encuentro confluencias y divergencias con esa tradición. El Río de la Plata, no es referido por su nombre se liga al del país: Argentina por argentum, plata. De modo que ese río ha venido siendo en  nuestra cultura un emblema en tanto boca de la ciudad puerto, eje del contrabando en sus inicios y conexión con la sobrevalorada Europa, el río a su vez conecta con la inmigración que configuró un perfil de país. Al no ser nombrado pierde su tradición, su seño, su fuste, su envergadura. Sin duda ese río se vincula fuertemente con nuestra argentinidad. Al omitir el nombre, se omite su identidad como símbolo de una Argentina tragada por la voracidad de la especulación, la de fines de los noventa.  Aún así Buenos Aires se ha devorado todo. En ese sitio del devorar se instala el nudo de la acción de la novela. Aguad invierte así esta tradición y hace mirar a la ciudad al río y viceversa. Hasta podría decirse que la ciudad está ausente, no es la megalópolis, la ciudad de los sueños vista por escritores de provincia que dejaron su  huella en la literatura nacional. No sólo se revierte en esta novela la tradición río -ciudad sino que también desaparece el protagonismo de esta ciudad luz equiparada con Paris. Puerto Madero es como una especie de recorte irreal. Ciudad ausente ya no de espaldas al río que adquiere protagonismo. El río es también descripto con majestuosidad igual que los objetos (pag 84) pensemos en la larga tradición de la literatura nacional que habla sobre ese río apodado por Borges como el que tiene color de león. Pero además este río tan particular lo es por ser una orilla. No atraviesa un territorio, es río que se confunde con el mar, no describe una línea como el Paraná o el Pilcomayo. Es un afuera del mundo, una especie de no mundo. El río aquí parece desempeñar el rol de un personaje testigo,   de esta manera los objetos  suntuarios por el valor  que los personajes le confieren a través de la voz del narrador también alcanzan un alto grado de corporeidad. Al invertirse la relación ciudad -río, se revierte la tradición literaria con respecto a estos espacios. Esta pugna entre la presencia del río y los objetos se fusiona en el anhelo de Rodolfo de comprar una lancha de lujo para transitarlo. Y esa fusión es la que finalmente desencadena el desenlace, con eficacia Aguad une el espacio fundamental del relato con el otro leit motiv: la enumeración de objetos. La lancha comprada es el objeto por antonomasia, la síntesis final del pináculo imaginado por Rodolfo como aquello que lo ubicará en lugar destacado ante los ojos de los demás. De la suntuosidad de los sentidos: saborear, palpar, oler, el de la vista ha sido el privilegiado. Cabe señalar que aunque se mueven entre tres espacios: el campo, el río y un recorte de la ciudad, Puerto Madero, la sensación de encierro es muy notoria, todo lo que ocurre lleva al movimiento centrípeto, hacia ese centro que es el origen del poder económico.
         Naufragan los hombres, los que tienen ambiciones. Y paralelamente naufraga un proyecto de país y la pérdida del trabajo de tantos, la energía masculina es la que se hunde con la crisis. Agua y tierra: lo femenino permanecen.  De esa suerte de atemporalidad que es el éxito, con su cuota de adrenalina anestesiadota y embriagadora,  la falta de matices del éxito, planicie en lo alto, lo rígido y lo fijo, la muerte transforma a los personajes, en este sentido la novela  en una línea clásica. Con la irrupción de la muerte aparece el tiempo y su capacidad de transformar, la idea del tiempo conlleva el cambio, en el cambio está replegada la noción de la muerte que implica sabiduría o conocimiento de las leyes de la vida. De esta forma la historia se liga a la de los grandes mitos: la muerte del héroe que transforma a los testigos. Cristianismo y budismo por citar los más relevantes de una serie de relatos en los que la novela decimónica alcanzó su máxima expresión con el personaje que sufre la transformación profunda y realiza un acto de contrición, característica que fue asociada con el discurso y la teología católica. El descubrimiento de la muerte, de la destrucción, el quiebre, o la vejez son los tamices  de esta transmutación. Hasta el personaje de Laura dice: Yo no pensé que iba a envejecer.  (pag 140-141)
     Entonces estamos frente al naufragio como metáfora de toda vida y también como metáfora de un país. Saber que la muerte es inevitable tarde o temprano instala en la conciencia humana la certeza de un final. Para  las culturas antiguas este conocimiento fue un salto evolutivo que está indicado en el surgimiento de los ritos funerarios, para la conciencia de las personas modernas implica salirse del esquema publicitario apoyado en la venta de manufacturas que es la base del capitalismo. Aceptar la muerte, el deterioro, el cambio es lo que se expresa en la India en la figura de Shiva, el destructor. Sin el conocimiento de esa fuerza la persona desconoce la verdad del funcionamiento de las energías fundamentales que rigen al Universo. En esta novela  se llega a ese  saber gracias  a la presencia inesperada de la muerte, una muerte ligada a la crisis económica también. En esta línea de pensamiento la novela tiene un  profundo sentido filosófico. En un plano social lo que naufragó fue un modelo artificial de país sostenido en la idea de una pertenencia a un mundo consumidor y superficial, al apogeo del capitalismo como tal.   La impresión que se tiene desde el principio al leer esta novela es la de cohabitar, ser partícipe, dejarse envolver por el clima,  no sólo por sus marcas culturales sino por su confección, el buen ritmo, el armado impecable, el perfil de los personajes, el planteo de la historia. Formalmente la novela se inscribe en una tradición de la que reconocemos el trazo y eso nos permite sumergirnos sin conflictos en la trama bien planteada para disfrutar en todo momento de una historia atrapante.


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lunes, 5 de diciembre de 2016

LILIANA ALLAMI: "EL VERBO JUSTO"



 

    La primera acción que se realiza en esta narración es la de abrir los ojos. Y luego aparece el  cuerpo humano deteriorado como protagonista principal.  Las palabras  iniciales a las que se aluden son dichas por un médico  y también han sido devaluadas. Cuerpo y palabra en estado de devaluación en la primera página del libro. Y el cuerpo sigue siendo el eje cuando la narradora se presenta a sí misma a través de la propia visión de un fragmento: Sus  pies. Todo se transmite, la ley de continuidad se ha establecido. Del cuerpo de los progenitores al propio, se transmiten pautas, de la vejez del cuerpo del padre a la  de la narradora, patentizada en lo que ocurre con un simple esmalte de uñas: el tiempo lo degrada. Degrada cuerpos, degrada las más elementales operaciones culturales.
      Resulta  interesante observar que el título de la novela alude al lenguaje y que este lenguaje es caracterizado como justo, pero justo tiene un valor ambiguo: es justo por su justeza, es decir por su precisión y al mismo tiempo es justo porque es medido, porque es restringido. El carácter ambiguo del adjetivo que intenta calibrar el sentido, nos introduce en un juego en el que nada es rotundamente cierto y nada es del todo mentira. Esa ambigüedad está sostenida por una mirada entre irónica y desesperanzada, siempre aguda.
      La voz narradora es una voz reflexiva que sopesa los pros y los contras de ese mundo observado con rigor y lucidez. El tono es íntimo, confesional y arrastra al lector a un estado de convivencia muy cercano con lo que se narra allí. La mujer que habla, la que cuenta la historia está desnuda y tendida, sola, en una cama. El cuerpo aparece nuevamente en estado de despojamiento y brutalidad, el cuerpo sometido a la ley del tiempo que es implacable.
     El relato se presenta desde el vamos girando en torno al cuerpo del padre  al que es preciso intervenir quirúrgicamente: la cultura opera o actúa sobre la naturaleza. Ya sabemos que los cuerpos están sujetos al deterioro, ¿pero qué pasa con el lenguaje? ¿El  lenguaje acaso es tan inexorable como esta transmisión ineludible de ADN en cada integrante que se repite en la línea familiar? ¿Las palabras logran su función primordial de comunicar, transmitir?  El lenguaje parece operar bajo la misma ley del tiempo: se vuelve hiriente. El diálogo no es un simple diálogo sino una cruzada verbal. Pero el lenguaje es antes que nada un taparrabo de la verdad. Los cuerpos delatan, por el contrario el lenguaje, encubre. Frente a los cuerpos en evidencia constante, el lenguaje  surge en estado de retaceo. El cuerpo anciano se refugia en la artimaña, se defiende del lenguaje al no poder, al no querer escuchar.  Lo evidente, lo que a todas luces se ve: el cuerpo mismo afrontado  lo que no se puede decir va construyendo la tensión de un texto que fulgura en su capacidad de acotar sin aludir, de crear una atmósfera mediante el empleo de elementos elusivos con un lenguaje depurado y una intriga firme.
      Lo que el lenguaje  muestra cuando aflora en medio del relato es el contraste de interpretaciones y miradas y el absoluto impedimento de una comunicación genuina. La voz narradora tiene un tono de confesión y testimonio que se va abriendo cada vez más y sin pausa hacia lo descarnado de situaciones vinculares. Sin embargo el lenguaje también tiene poder y logra funcionar como un taladro que modifica las conductas.
   El cuerpo sigue hablando cuando la mujer evoca su juventud. Los cuerpos responden a su raigambre,  a su herencia familiar, a su pertenencia, a su cultura. Así son presentados. Palabras exclusivas de una colectividad hacen que los cuerpos se categoricen en un idioma propio. Este paralelismo entre la densidad de los cuerpos y los artilugios del lenguaje atraviesa la novela en un juego sutil pero sostenido desde una trama inteligentemente construida.
       Como los cuerpos son lo importante en esta historia, no podía faltar la presencia de un espejo. Las palabras sin duda pesan, son calibradas una por una por esta narradora que tiene la capacidad de auscultar con los ojos y con los oídos en la misma medida. Es justamente cuando aparece el espejo que la narradora se pregunta en forma directa por su identidad rubricando de este modo un aspecto decisivo del relato: su carácter existencial, ya que el planteo no es sencillamente psicológico, va más allá. Esta encrucijada entre cuerpos y palabras nos remiten a lo más intrínseco de la condición humana. Pero el relato tiene la facultad de hacerlo en voz baja y calando hondo a la vez, una cualidad muy característica de la escritura de Allami. La desnudez del propio cuerpo es como una sombra constante en el relato. ¿Desnudez, vaciarse de lo conocido?, ¿despojarse, desprenderse de aditamentos?, ¿ir a la fuente o volver a nacer?
      Por otra parte la novela parece ponernos delante del juego de todas las imposibilidades: la imposibilidad de encontrar una prenda adecuada para una reunión social o, en otras palabras, la imposibilidad de darle una vestimenta, un perfil, una marca cultural a un cuerpo que no se reconoce a sí mismo, la imposibilidad de encontrar en las palabras una de sus funciones, la comunicacional, la imposibilidad de elegir con libertad. Y por supuesto la de alcanzar la  satisfacción del deseo como la principal imposibilidad.   Esa voz en segunda persona que aflora de pronto  y que se va alternando con la voz inicial es como un testigo pero también opera a la manera de un desdoblamiento de ese yo que se presentó escindido desde la primera página.
     Hacia el final de la novela el mundo del lenguaje y del cuerpo entran en contacto y se podría afirmar que esta tensión entre la densidad de los cuerpos y las funciones de la palabra eclosiona cuando,  con el propósito de quitarle los dientes al padre antes de operarlo dice la enfermera: Sáqueselos cuando estemos todos afuera de la pieza. Justo cuando lo estén por llevar, cuando ya no tenga que dirigirle la palabra a nadie” (pag. 85) y más adelante: “La manera hiriente de entrarle a las palabras como un cuchillo entrándole a la carne( pag. 90). Que justamente la figura paterna, la voz que enuncia la ley y la verdad en la tradición cultural occidental tenga la boca vacía de dientes es todo un símbolo. Los dientes representan la agresividad, el poder, la posibilidad de autodefensa,  una boca vacía ha perdido también el poder de la palabra, lo que en una novela donde una narradora femenina habla de los hombres  en tanto objetos de seducción tiene un poderoso sentido. De los cuerpos masculinos de los que se habla en la novela, cuerpos que atraen por su virilidad, se impone finalmente en el escenario el cuerpo viejo y desvalido del padre enfermo. Un cuerpo que habla a través de sus síntomas y de sus impedimentos reales. Las palabras con su eficacia en esta novela ya hicieron lo suyo, palabras de mujer y de hombre que actuaron sobre los cuerpos y las cosas con su capacidad destructora. La operatoria posterior de las dos hermanas que intentan introducir la dentadura postiza en la boca del padre se convierte en un acto grotesco y piadoso a la vez que posee un alto valor simbólico. Se trata de alejar ese cuerpo de la muerte, de otorgarle su capacidad perdida y así el orden familiar donde cada cual ocuparía su lugar, se restituiría. El símbolo se apoya en el cuerpo, el gran anclaje de este texto. Personajes que fueron presentados desde sus características biotipológicas, una narradora que explícitamente afirma que no le gusta su cuerpo, cuerpo que aparece desnudo como esa boca del padre incapacitada para hablar. Pero es el cuerpo de ese padre a través de su mirada que desdice las palabras de su madre y de su hermana, a través de sus ojos  los que con su mirada le otorgan a la narradora una identidad. Las palabras mienten, encubren, simulan, los cuerpos tienen la palabra.  En este sentido toda la novela es el acto de supervivencia de la identidad de una mujer que intenta reconocerse y que, mediante un proceso interior de decantación y auscultamiento, va produciendo cambios en la percepción de sí misma, el camino hacia el encuentro de la propia identidad halla entonces una vía de acceso. Siguiendo las pautas de la novela clásica podría afirmarse que el personaje medular y  narrador ha evolucionado, el movimiento del texto que tuvo un ritmo y una tensión ajustadísimos describió su forma y estimuló sus sentidos. Este texto que nos introdujo en un estado de complicidad con la voz narradora deja flotando restos de incertidumbre que hacen de un relato el mejor de sus atributos.


La novela "El verbo justo" fue editada por Vinciguerra en Buenos Aires 2016 y obtuvo el Premio Único en su género otorgado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para el bienio 2010-2011 por un jurado integrado por: Àlvaro Abós, Vicente Battista, Elsa Osorio, Jorge Paolantonio y Antonio Requeni.
      



Liliana Allami nació en Buenos Aires.
Es licenciada en Química, egresada de la Universidad de Buenos Aires.
Ha publicado los libros de cuentos "Para mí que fue por eso" (1997), "Un impulso escondido" (2001), "Eso sin nombre" (2004),
"Novia que te veamos" (2008) -que recibió dos premios: el de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires y el Internacional de cuentos "Juan José Manauta" - y "La vuelta del deseo" (2013).
Ha recibido diversos reconocimientos: Municipal de Literatura "Manuel Mujica Láinez", Concurso Iberoamericano de Cuentos "Julio Cortázar" en Cuba. Ha participado en antologías nacionales e internacionales. "El verbo justo" obtuvo el Premio Único de Novela Inédita, bienio 2010-2011 en el prestigioso sistema de Premios que otorga el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.




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