Espiral de Saraswati

lunes, 18 de junio de 2018

PATRICIA SEVERIN: Libro de poemas "MUDA"

                                             
                                                                  En  estado de búsqueda
       
 Foto: Pablo Aguirre


                                                 
   Quizá por el porfiado  intento de inscribir los textos en una corriente determinada,  a medida que leía “Muda” sentía que el libro podría incluirse de alguna forma en la llamada poesía de pensamiento,  ligándose así a una tradición en la que aparecen  Joaquín Giannuzzi, Alfredo Veiravé,  Alberto Girri, Roberto Juarroz, Raúl Gustavo Aguirre y  Jorge Aulicino entre otros. En algunas partes de su anterior poemario “Libro de las certezas”, Severin trazó lineamientos de esta tendencia.   Incluir “Muda” en la corriente de la llamada poesía de pensamiento  probablemente se deba a “esa conciencia enfrentada al mundo” o a esa suerte de experiencia moral que los poemas expresan,  al menos tangencialmente,  o  por  el hecho de que sean encaradas ciertas "condiciones de la época" no del modo directo giannuzziano pero sí dejándolo traslucir   al  permitir que por  circunstancias de  una actualidad punzante que   vulneran  a ese “yo” enunciativo.  Patricia Severin se trepa a su propia voz y escala y desciende caminos que la hacen encontrar y perder lo que persigue intermitentemente. La búsqueda parece ser  el motor en este conjunto de poemas marcados por el  relativo grado de síntesis expresada  en la brevedad de los títulos de los poemas y por una mirada comprometida sobre sí misma y sobre el mundo. El acto de mirar adquiere relevancia. Es una mirada a veces cargada de desconfianza, a veces lapidaria, cruzada por un impulso casi voraz de acceder a alguna forma de comprensión. La  voz no se dispersa ni se aleja del foco. Ausculta, entiende que la exactitud en la expresión es la clave para que no se desborde el vaso de la comprensión, siguiendo este propósito encontramos  en determinados tramos de los poemas enumeraciones en estilo casi telegráfico.  Ceñirse, ajustarse, no desmadrarse hacia los costados: Desde allí hay una propuesta estética, la poesía busca el centro para desentrañar la voz del mundo con su aspereza, su crueldad y su misterio.
   El libro está dividido en tres partes: Muda, Mudar, Mudanza. Como un dejo de declinación en latín los nombres de estas partes o capítulos toman la raíz de una palabra y la hacen declinar, así la palabra muta en sus terminaciones como va mutando esa voz que habla en estos poemas.  Se observan tres clases de palabras diferentes: Muda: Adjetivo – Mudar: Verbo -  Mudanza: Sustantivo.  El adjetivo cualifica y depende de un núcleo que  en algunas funciones es el sustantivo en lo que a gramática estrictamente se refiere. El verbo  funciona como núcleo del predicado, es el eje de estas divisiones, se ubica en el centro de esta tripartición, de modo que podríamos afirmar que  motoriza el cambio. El sustantivo es lo concreto y  es núcleo de varias funciones gramaticales. En este sentido el libro iría desde un parecer, desde una mirada cualificadora (el adjetivo) que a través de la acción (el verbo) llega a la sustancia misma (el sustantivo o lo sustantivo), a la médula, a lo tangible. El verbo  entonces es un tamiz, un puente entre dos instancias, la vida palpable en su accionar permanente. El camino de búsqueda quedó trazado: de la apariencia a la sustancia. Lo que se produce en un plano del lenguaje se articula con la significación de estos poemas. Por otra parte el número  tres es la representación simbólica de la expansión y del equilibrio, en la tripartición de esta obra se representa la superación de la dualidad  simbolizada por el número dos y, por lo tanto, metáfora de la tensión, de la lucha. La tercera parte es la instancia de trascendencia desde lo  interpretativo de ese nivel dual que contiene una tensión que  el número dos nunca resuelve. El número tres como  manifestación de lo que hace posible trascender el estadio de la lucha dual que  en caso de no aparecer puede conducir a la locura,  se resignifica en “Muda” por lo  claramente expuesta que está la exploración  hacia un conocimiento. Pero es preciso considerar  además que el libro está encerrado, quizá encapsulado en dos citas de Buda  propiciando de esta manera una lectura  impregnada por una tradición cultural-espiritual.
      La voz que habla estos poemas  se dirige hacia adentro pero vira y va de pronto hacia el mundo para mostrar sus costuras y sus despliegues de miseria. Este mirar es siempre reflexivo, especulativo. Se tiene la sensación de hundirse en la frondosidad. Para pensar estas voces es necesario ir atravesando distintas capas. Podría hasta decirse que hay cierto grado de inaccesibilidad al sentido en  algunos poemas. Con respecto a esa probable dificultad la respuesta es sí y no. El sentido suele difuminarse pero es posible llegar a él con una lectura que salga de los niveles de la superficialidad. “Muda”  y “Buda”: fonéticamente cercanos, casi especulares abren otras posibles asociaciones que vinculan el ejercicio poético con la filosofía. Aunque cabría preguntarse qué nos están diciendo estos juegos de sonoridades miméticas: muda, Buda, mudar, mudanza. Da la impresión de que las palabras pasan por el tamiz de su propia transformación, de su especial transmutación,  las palabras se deslizan desde un patrón que hace posible el cambio de significante con su consabido cambio de significado, como la vida misma que parte de un patrón y desde allí se ramifica o se modifica hacia su natural senda. Se trata entonces de  ir al encuentro del conocimiento a través del lenguaje. Qué se dice aquí. Qué no se dice. La significación de los poemas a veces obtura saludablemente el sentido. Como no es de fácil acceso,  allí parece estar la clave de la propuesta estética.  Desentrañar hondos significados sin una actitud simplista ante el lenguaje.
     Poesía especulativa, argumentativa con  un tono de cierta sobriedad en la expresión. Poemas iluminados por una luz que a veces ciega y otras abre el camino de la lucidez. Si nos atenemos a su estructura el libro en  su armado nos está haciendo un guiño, ya que al abrirse con la cita inicial de Buda sobre la vida y su accionar y los resultados de esas acciones,  sobre la construcción de la propia existencia,   señala  desde su inicio  un camino de reflexión.  Y  al concluir con otra cita del mismo autor queda señalado un  rumbo interpretativo.  Sin embargo los poemas fluyen y distintos sentidos se abren en  una y otra lectura, porque el libro  admite e invita a varias lecturas como de algún modo lo expresa Laura Yasán en la contratapa.
    “Muda” se presenta como una reflexión sobre la propia existencia pero es también una mirada hacia el mundo, no exenta de aspectos críticos. O  tal vez, mejor aún: un contrapunto entre la reflexión y búsqueda de sentido de la propia existencia y del mundo como una totalidad que pide ser descifrada. Así entra en un poema (Rock, pag. 16) la escena de Charly García tirándose a una piscina desde la ventana de un hotel que nos remite a un suceso ocurrido en lo real, lo referencial resulta inevitable, se deduce esto por el encuadre del poema, el indicio del título y la mención del primer nombre del músico,  episodio que puede funcionar como metáfora de la caída, del descenso humano en otro plano y no en el meramente físico. El mundo es también la ciudad, una ciudad post-industrial en la degradación de recursos, sobrecargadas de restos, residuos, sobrantes, “podredumbre”, humo, mugre (poemas pag. 18, pag. 31).
    En esta primera instancia de búsqueda en la propia existencia aparece un yo, una exploración  del yo emocional, una especie de “yo otro” al estilo de Rimbaud, un mirarse desde afuera como constatamos en uno de los  poemas el  yo  aludido tiene nombre, el nombre de la autora: Patricia. En el movimiento de mudar, de mutar la voz que poetiza gira y se ubica en un afuera como un recurso más de búsqueda en la tentativa de alcanzar una comprensión. El yo intenta definirse en medio de este decir y no decir, de este decirse, nombrarse y abarcarse en su identidad en varios aspectos como puede leerse en el poema de la pág. 26.
    En el poema final se expresa la imposibilidad de recordar y de decir: Lo que no se ha dicho está cargado de sentido y lo que se ha dicho también. Las dos caras de una misma moneda simbolizadas en dos citas que enmarcan un libro. Se ha puesto en escena entonces el gran dilema de la poesía: el silencio y la palabra como materia de indagación en primer plano.
  Hacia el final del libro nos encontramos con  acotaciones y asteriscos  indicadores de otras filiaciones y marcas  que nos remiten a  diversas autorías. Textos sagrados de tradición espiritual y textos poético-literarios. No olvidemos que este libro está encerrado entre dos citas de Buda, lo que como ya dije instaura su contenido en  una sólida tradición. Con estas marcas el libro se encripta de otra manera, aunque señale un afuera que  indica una filiación poética,   señala asimismo que  tiene además  una pertenencia a una  forma particular de ver el mundo, a una cosmovisión determinada, a una mirada  personal que está reforzada doblemente en el uso de las citas de apertura y cierre del volumen.  Patricia Severín en “Muda” con sus distintas capas  ha creado una espesura que le da carácter y nos remite a varias significaciones y a ciertos lenguajes cifrados. Estamos frente a una especie de superposiciones de sentido que le otorgan mayor connotación.
   Todo el libro tiene un cierto carácter de “manifiesto” (en algún poema hacia el final leemos la palabra “testimonio”), manifiesto antes que nada de una interioridad, por esa indagación  constante y reflexiva, un libro que va desde el grito en el primer poema hasta el olvido en el último y en entre esos dos extremos se encuentra la poesía en estado de fluctuación, búsqueda, de transmutación continua, en esta especie de  apuesta decisiva, en este balance sobre las propias cualidades personales y sobre la mirada interior y la mirada hacia afuera. El movimiento de mudar y mutar también se aplica a este ir y venir desde el adentro hacia afuera y viceversa. (Poema pag 24). El saber y el no saber especialmente en la tercera parte en esa persecución del conocimiento y el autoconocimiento se profundizan, sin embargo  lo que cierra  por fin este trayecto es la nostalgia por una palabra olvidada como si lo olvidado contuviera las claves esenciales y sólo quedara la pérdida, el extravío: corolario final y también, a la vez, como la puerta que se abre a nuevas e infatigables indagaciones.
    
                         
Selección de poemas:
                                  
                                diccionario

                             un pájaro no es un gato
y puede diferenciar muy bien
su cardenal en jaula
de la mirada en acecho desde el tapial
o contestar pereza con prontitud
/algunas cosas no tienen duda/
la dificultad  reside en las sutilezas
cuando dice /por ejemplo/
: he amado hasta la asfixia
algo estalla cuando dice
: su corazón de ciénaga
algo acecha desde el tapial

          
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                                         no
                       no quiero que nadie vea
                       si deambulo por la casa
      el zumbido de las moscas     no me da respiro
     desespero al no sabe qué escribiré mañana
las palabras se hacen humo   las invento    las olvido
                      hay algo triste en mí
         una especie de compasión barata
             después brota en el atardecer
la conmiseración (qué palabra tan larga    tan inútil)
          ni siquiera un vestigio de congoja
              nos secretea luz en la mirada
          no puedo huir         no tengo a otra
los vándalos pasan por la calle     sus pisadas arrasan con el cuerpo
                             aniquilan lo que no se ve
                entonces robo ( eso sí)  de buenos libros
las palabras que jamás se me ocurren    las que no puedo decir
                                   las que no debo

                     ∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞
                                
                                          Mudar

                                           I
                         un milagro modesto
                         y aún podré llegar
      aunque en el campo haya sequía
y ya nadie crea en la señora               que subraya las cuentas en rojo
                                       con su lápiz labial
                         iré al mar cuando cese de llorar
             me dijeron/por allí no hay agua muerta/
          sólo un paraíso de humo y un aire denso y liviano
                      cargado de poemas
               en demolición subterránea está mi corazón
                            y quizá no llegue a tiempo


                                          II
                                crujidos de huesos
                fardos de cemento se disparan hacia aquí
                             hacia aquí
                    donde el ganado se junta vitoreando
                        quién sabe a quién
                    dan ganas de subir     ¿a dónde?
                serpiente y serpentina son la misma cosa
         manchas mostazas oscurecen cualquier vestigio
la patria/escozor famélico  vitoreando alrededor de la plaza/

                                             III
                             por fin llegamos    
                   íbamos a tientas en el polvo
              nuestra voz/pausa de algodones/
              alambres prensados con la lengua
                                 llegamos
             nos pusimos la ropa de todos los días
            el trigo fue humareda en las banquinas
                    la tierra se salió de cauce
                     pero por fin llegamos
arañando raíces con la lengua/abriendo surcos en el amanecer
    el mar estaba quieto/allí/en donde quedan los mares

                                             IV
            mi corazón se acomodó bajo la tempestad
                        que no termina nunca de pasar

                                ∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞


                                                       enseñanzas

                       los ojos vendados     la negrura
              la mano izquierda      el corazón en ella
un triángulo desde la frente y en el medio nada
              mi ceguera ve lo que aquí se sabe
          el cuerpo sigue sonámbulo la orden
telarañas azules sobre el universo azul en un paraíso
                            sin escombros
               golpeteo de voz sagrada sobre la nuca
    humildad      palabra inconclusa          extravagante
    llegar al otro lado no es cosa de todos los días
                          el aliento se abre
                                  con fe
                              yo pido.

                      ∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞


                                       mapa

                                        su placer es áspero
                    lleva el recuerdo en una mano
                    y agua en calma sobre el pie

                    es precaria ceniza entre las llamas
                   
                   su cara    un valor animal     que sube por el cuello
                   un público dolor sobre ese ojo

                   él nunca está afuera
                   igual que el frío


          



Del Libro “Muda”. Ediciones del Dock, Buenos Aires 2018.


                      



Patricia Severin es poeta y narradora. Vive en la ciudad de Santa Fe, Argentina.
Publicó en poesía: “La loca de ausencia”, Tierra Firme, “Amor en mano y cien volando” (en coautoría), Tierra Firme, “Poemas con bichos”, primera edición Vinciguerra, segunda Palabrava, tercera edición Ed. Del Dock., “Libro de las certezas”, Grupo editorial Latinoamericano, “El universo de la mentira” y “Abuela y la niña”, Palabrava.
Libros de cuentos editados: “Las líneas de la mano”, U.N.L., “Sala de amor”, ASDE-Luz, “Helada negra” U.N.L.
En el género novela publicó: “Salir de cacería”, Palabrava.
Ha obtenido entre otros, el Primer Premio Alicia Moreau de Justo, Primer Premio cuento Las Tierras Planas, Faja de Honor de la SADE en dos ocasiones, Prmio Poesía Fondo Nacional de las Artes, con “Poemas con bichos” y Premio Municipalidad de Buenos Aires.
Dirige junto a Alicia Barberis Editorial Palabrava
Codirige LECTOBUS Alas de papel.



miércoles, 11 de abril de 2018

IRMA VEROLÍN: "La mujer invisible"

                 



    Mi novela "La mujer invisible" surgió primero de un planteo abstracto: me presenté al Fondo Nacional de las Artes para obtener la beca a la creación artística y,  como en las bases se requería del esbozo de una temática, propuse escribir una novela sobre la ciudad y que apareciera su relación con las provincias de nuestro país. Cuando finalmente obtuve la beca comencé a escribir, pero la vida se interpuso. Ocurrió que mi padre adoptivo enfermó y pasé gran parte del tiempo de aquellos meses en hospitales, centros de salud; también visitaba a mi amiga Libertad Demitrópulos que estaba muy afectada por sus problemas coronarios. Así es que la ciudad -que es el espacio estelar de este relato-  terminó conteniendo espacios interiores que funcionan también como lugares significativos: el hospital y la clínica suburbana, micro espacios que tienen un rasgo equivalente al de la ciudad, caracterizados por su fuerte autonomía.
    Tuve que escribir esta novela en el  lapso prefijado por la entidad que me otorgó la beca, pero el resultado terminó siendo un contrapunto entre el plan inicial y lo que la vida fue pulsando. Esto ocurrió en el año 1998. Presenté el proyecto al Fondo de las Artes poco después que mi padre adoptivo y mi amiga fallecieran. Luego el tiempo se interpuso, como suele sucederme, la novela obtuvo el primer premio municipal Eduardo Mallea, pero  permaneció inédita. Incluso quedó entre las diez finalistas de un concurso que nunca se expidió. Se mantuvo inédita hasta que en 2014 fue una de las diez finalistas del concurso Clarín, que por supuesto no fue escogida. Era hora de publicarla.
      La propia escritura se modifica con el paso de los años, con el ejercicio del oficio, con la mirada y la percepción del mundo. Mi voz no ha cambiado, aunque tal vez podría afirmar que mi prosa se ha aligerado con la influencia de la imagen que en  las dos últimas décadas nos ha introducido en redes sociales y en toda clase de plataformas digitales, así como  nos dio acceso cotidiano a películas en nuestra propia casa. La mirada sobre la ciudad de Buenos Aires que predomina en la novela se me presenta hoy muy marcada por el horror vacui, un sitio que se desborda en sí mismo, una superpoblación de significaciones, un estímulo continuo para la percepción.
    Debo decir que secretamente al escribirla me propuse desarrollar una trama que se rigiera por el valor de la intriga. La intriga obviamente está trazada con la aparición de las cartas,  me refiero específicamente a que quise que la estructura del relato fuese edípica, bien circunscripta a una línea argumental y, por supuesto, me interesó el trabajo sobre el espacio y la incorporación de ciertos personajes como el de la vecina del departamento “B” que, en realidad,  es un arquetipo en mi escritura,  ya que aparece de diferentes maneras en  otros relatos. La vecina entrometida es mi alter ego pero es también la representación del mundo, del mundo con mayúsculas corporizado en lo cotidiano, vale decir obstáculo, desafío, inconveniente, tensión.  Ha sido interesante retomar un texto escrito hace ya dos décadas,  me permitió visualizar con más nitidez el propio camino de escritura, mi búsqueda estética. Lo curioso es que en este caso me trajo un recuerdo que  había olvidado. Muchos años antes de escribir esta novela, a principios de los ochenta e incluso creo que a fines de los setenta, una tarde Beda Docampo Feijóo y yo fuimos al cine a ver una película rusa. Luego tomamos un café y jugamos a inventar una trama. Con sorpresa recordé que la trama que tracé en la mesa de aquel bar era muy cercana a la que terminé plasmando en esta novela. La que  desarrolló Beda, que  años después se convertiría en cineasta, fue –no tengo dudas- la de su película “Debajo del mundo”. De modo que el tiempo que es uno de los temas recurrentes de mis relatos y poemas se cruzó de muchas maneras en  el proceso creativo de esta novela. 


Fragmentos de la obra



"El ruido del ventilador parece un ronroneo de gato, este ruido sumado al del tránsito se mezcla con el del viento que da contra las persianas de madera. El viento crece en los pisos altos de los edificios altos como este: es la respiración del mundo. Y aunque parezca mentira el mundo y yo estamos más cerca gracias a la distancia que brinda la mirada panorámica. Desde esta altura puedo ver el bosque, el gran bosque humano, también puedo distinguir los helicópteros y los aviones, la transparencia del aire y el silbido que produce el viento al colarse entre estrecheces y hendiduras. Desde aquí veo brillar los techos relucientes de los automóviles continuados por el humo gris que borbotea y se aliviana y se difumina hacia lo alto, hacia donde yo estoy mirando este mundo que aquí arriba respira. El cordón de la calle donde titila un poco el sol, las lengüetas de los toldos coloridos haciendo plaf plaf plaf, el resbalón de luz en los cristales de las ventanas. Y las altísimas antenas de televisión, frágiles, elegantes, plateadas sobre ese fondo que no termina nunca y que surge de repente cuando inclino la cabeza hacia atrás para que todo se desvanezca, para que se incendie el bosque del mundo."

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“El sol da de plomo sobre las cosas de esta ciudad. Reverbera sobre las azoteas cubiertas de láminas plateadas, sobre el filo brilloso de las antenas de televisión, sobre las marquesinas de colores apagados, sobre el níquel de las manijas de los automóviles. Brilla el mundo ahora y se destiñe mientras avanzo con mi bicicleta. Atravieso el cono de luz que me corresponde y voy en dirección opuesta a la rotación de la tierra. Mi cabeza da vueltas, está   confundida. Desde el pavimento una ondulación de vibraciones ardientes  va subiendo por mis piernas. El humo de los colectivos me envuelve y sigue oscilando alrededor de mí. La rectangularidad de las manzanas  queda atrás y está  siempre adelante. Los postes de luz  fueron dibujando una simetría que me adormece. Los que caminan por las veredas en dirección opuesta entran de pronto en un punto iridiscente dentro de mi ojo y desaparecen. El sol no tiene forma, no es redondo ni cubre la totalidad de este universo de manzanas cuadradas. Hacia arriba las ventanas abiertas, telas de cortinas que ondean, aire, la ilusión de frescura, la tersa superficie de un vidrio que fulgura. Cristales rotos, balcones de tensas dentaduras y alguna carita que se asoma, que espía algo que se deja espiar entre las copas de los árboles y los inmensos cartelones con mujeres procaces, sonrientes, a medio vestir. Yo me deslizo sobre la suavidad defectuosa de este cono de luz. Mis piernas rotan sobre un eje de metal. Mis ojos están fijos, envuelven a la ciudad y la ciudad los envuelve y el aire nos envuelve a todos haciendo estallar el corazón. De repente, allí adelante, en la calle, creo ver que titila el agua de un mar. Entre el mar y los recortes de cielo, infinidad de cuadrados luminosos y letras y dibujos en tamaños descomunales. Este gusto por la enormidad me desconsuela, también me llena de ternura. La ciudad ha sido hecha para esas mujeres que deben temblar de frío durante las noches de invierno, esas que fueron estampadas en los cartelones y sonríen. La ciudad es para ellas, no para nosotros que atravesamos este mar y nos dejamos deslizar sobre ruedas o entramos inesperadamente en un punto del ojo que mira. Las sirenas de las ambulancias quiebran ese ruido de fondo que se parece a la respiración de un gran animal. Pero las sirenas pasan, se hunden allá  adelante y dejan de hacerse oír.  Giro hacia la derecha, pedaleo con fuerza. Entonces,  surgen los  árboles, están clavados en la tierra e imagino que se encuentran allí desde antes que naciera la ciudad. A un costado de los árboles, tiendo mi bicicleta. Me dejo caer y pienso en el recorrido que hice como en una travesía extraña que me cansa las piernas y hace dar vueltas mi cabeza.”

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Revolviendo entre objetos guardados y papeles viejos encontré otras fotos en las que aparecían rostros de los que no tenía la menor idea de quiénes eran. Colegas, gente del trabajo, ocasionales compañeros de excursiones o viajes cortos, vaya una a saber. También encontré agendas de años anteriores donde nombres ignorados, números de teléfono y direcciones desconocidas me estrujaron el cerebro. ¿Tan fácil resultaba olvidar? Vidas enteras se habían cruzado con la mía sin dejar huella. ¿La mía entonces había pasado al ras sobre la línea de otras vidas con la misma intrascendencia? Mi abuelo, mucho después de haber abandonado su pueblito fronterizo con la vaca y la nieve en Italia, mucho después incluso de haber sumado su grano de arena de inmigrante trabajador para que  las ciudades continuaran creciendo, hubiera dicho que cosas como éstas sólo ocurren en las grandes ciudades. Pensé que mi abuelo y yo y todos nosotros le habíamos dado de comer a la ciudad como si alimentáramos un monstruo que, no bien hubiese crecido lo suficiente, iba a devorarnos con la sencilla estratagema de hacernos desaparecer. Ahora, sin embargo, todos se habían ido, el verano los había echado fuera del cuadrilátero, la ciudad se había transformado en una construcción descomunal que, por más que aumentara mi altura trepándome a una bicicleta, me empequeñecía y me empequeñecía sin cesar.
 Pero en la ciudad siempre había habido gente por todas partes. Dónde estaba esa gente ahora. Sin duda se habían ido los habitantes acaudalados a las playas o al otro lado del mar, ¿y al irse habían arrastrado a un contingente de hambrientos y zaparrastrosos? Miraba y miraba y la gente sólo surgía en mi memoria, diluyéndose en una lejanía que se mezclaba con las películas de Hollywood o los documentales de la televisión. Tomé la bicicleta, me alejé de mi barrio. A medida que pedaleaba tuve la sensación de ir zambulléndome en un tiempo que se desmoronaba hacia atrás. En un espacio ubicado entre la ciudad y mi memoria comenzó a presentarse la gente, la misma gente que ha estado respirando siempre allí, a un paso, delante de los ojos de cualquiera. Gente sola que camina por la calle meneando las manos al viento, gente que vende cosas, innumerable variedad de cosas que se guardan en las alacenas de la cocina o en cajones profundos que jamás se abren, gente que grita, gente que pide que la escuchen, gente que busca con los ojos lo que tal vez no exista en ninguna parte, gente que quiere que pensemos en Dios o en el SIDA, gente que alza sus brazos en un colectivo o en una esquina para mostrar las recetas de los medicamentos que no puede comprar, gente que empuja a sus hijos hacia el filo de las alcantarillas, gente que trabaja, gente que reza en la entrada de los bancos, gente con hongos en los pies y cayos en el alma, gente que tiene hambre, gente borracha o drogada que duerme bajo los puentes o en un banco de plaza, gente que camina, que piensa en voz alta, gente que espera que otra gente le mejore la vida, gente sentada delante de sus casas en una sillita baja, gente desvanecida por dentro y acicalada por fuera, gente que anda en coche, gente que mira y mira, gente que aprieta ansiosa los botones de su teléfono celular, gente que corre en zapatillas blancas entre la marejada de coches y el cordón de la vereda, gente que llora, gente que grita, gente que pasa desapercibida, gente que viaja en subte, gente que habla sola en mitad de la calle, gente que se enamora, gente que compra billetes de lotería, gente gorda cubierta de trapos negros, gente que rumorea valecitos o silba tangos o chacareras o chamamés, gente que va de un lado a otro, gente que cree que mañana llegará el Armagedón, gente que va al supermercado con una bolsa de nylon, gente que se suicida, un tráfico de gente sobre el deslizante panorama de la ciudad que recuerdo, que imagino, que transito mientras hago equilibrio pedaleando para que giren las ruedas de mi bicicleta.”

La mujer invisible. Ediciones Moglia, Corrientes 2018


                                      
                                           http://vivilibros.com/lanzamiento-mujer-invisible-irma-verolin/


jueves, 28 de diciembre de 2017

LILIANA ALLAMI: Libro de cuentos "Las cosas de fondo".


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El cuerpo como protagonista

  El cuerpo de la mujer suele aparecer en los relatos de Allami como un centro de atracción ante la mirada masculina, el cuerpo en tanto objeto en sí, objeto de contemplación que con frecuencia va mostrando sus estadios degradados con el paso del tiempo. Las voces que van narrando las diferentes historias dan la impresión de surgir desde una hondura del personaje, narrador y participante a la vez  en casi todos los cuentos, pero estos narradores tienen una conciencia  y hasta me atrevería a decir  una autoconciencia de su propio cuerpo que lo lleva a convertirse en caja de resonancia del mundo circundante. El cuerpo entonces tiene varias funciones en esta gama de historias que se caracterizan por cierta diversidad en el enfoque aunque estén sostenidas por una escritura que ya adquirió su sello distintivo. Sin embargo pese a matices y diferencias podría afirmarse que es ese cuerpo el protagonista de la mayoría de los relatos. Estamos frente a narradores que detectan en el cuerpo de los seres cercanos las más leves señales, son decodificadores de cuerpos, descifradores de gestos, extraen con su mirada el lenguaje secreto que las personas exteriorizan en sus movimientos, tics, miradas.
Cuerpos enfermos, cuerpos con  agudas percepciones, sensibles al entorno, cuerpos que deben ser bañados, cuerpos en una cama de hospital, cuerpos que expresan el mundo en cada una de sus vísceras y partes. Los lectores estamos frente al mundo íntimo puertas adentro y el más íntimo aún desde una interioridad que tiene una alta conciencia de sí misma. Y desde esa conciencia de interioridad, el otro (la pareja, un amigo, un familiar, un extraño en la calle) se  marcan los límites del propio cuerpo que en muchas ocasiones parece encarcelado por ese límite que la voz que narra intenta franquear. El cuerpo  humano también suele aparecer escindido, asimétrico, ya sea por la posición del observador que narra la historia o porque ha sufrido un accidente doméstico. Esta asimetría juega su polaridad con esa búsqueda permanente del equilibrio estético que manifiestan los narradores como si el cuerpo entablara una sorda lucha contra la cambiante naturaleza como por ejemplo una mujer que estira su cabello y teme a la humedad que puede volver a encresparlo. Las distintas situaciones planteadas en los cuentos parecen organizarse en torno a una búsqueda de perfección o equilibrio que tarde o temprano resulta vulnerada en el devenir de los acontecimientos.  
Vinculada a la hegemonía de la presencia del cuerpo en estos relatos está la comida. La comida aparece como vínculo, agasajo, conexión entre personajes y, por supuesto, como un elemento más del colorido mundo que aviva las percepciones y agudiza los sentidos.
Si bien las señales que emiten estos organismos físicos humanos motorizan y suelen fundar el derrotero de los relatos, es posible detectar en las historias de este libro dos lenguajes predominantes y en constante tensión. El de los cuerpos que hablan en silencio con sus gestos - frente al cual el narrador perfila y ausculta cada emoción humana- y el de las palabras. Las palabras en tanto interrupción de la voz de narrador en forma de diálogo aparecen en muy escasas oportunidades, es la voz de quien narra la que se impone a las de los otros personajes, aunque si bien los diálogos son escasos, cuando el narrador participante cede el espacio a la voz de un  personaje lo que se dice es significativo y afecta de un modo decisivo la acción. Esas palabras pronunciadas tienen peso por su impacto en el desarrollo de los hechos. La voz así, desnuda, desnuda la verdad de los acontecimientos, del mismo modo que el hábil observador del lenguaje corporal ha desnudado simbólicamente a los cuerpos observados. También las palabras escritas, las literarias,  ya sean estas leídas o producidas por sus personajes ejercen el mismo peso sobre la acción y resultan igualmente significativas. Pero el lenguaje de los cuerpos es altamente elocuente, hablan más que las palabras durante tiempos más extendidos del relato. Ahora bien, si aparece el diálogo este se convierte en relevante. A veces estos dos mundos, el estrictamente físico y el simbólico de las palabras suelen encontrar su punto de consustanciación: “Cuando miraba la férula que inmovilizaba parte de mi brazo –desde la base de los dedos hasta unos centímetros por debajo del codo- no sólo se me hacía presente la fractura en la muñeca izquierda, sino también la que, de pronto,  invadía mi pensamiento y se trasladaba , finalmente a mi vocabulario.” (Pag 75).
Se observa un minucioso  trabajo con las técnicas narrativas del género. Los cuentos producen sorpresa en su acabada contextura pero no del modo previsible. En más de una ocasión estamos frente a una vuelta de tuerca como en el cuento  “Cinco corazones verdes” en el que  la autora juega con la tradición y los recursos del cuento clásico pero hace un giro inesperado revirtiendo el desenlace, lo que se supone desde el lugar del lector que es la defraudación de las expectativas del personaje no ocurre, sino que el que termina defraudado en su creencia con respecto al desenlace es el lector que fue llevado a creer durante todo el relato que habría un final predecible.  El efecto sorpresa entonces está producido mediante una alteración en los mecanismos tradicionales del relato. Este trabajo con lo impredecible es un mecanismo que opera de distintas maneras a lo largo del libro. La autora parece estar dialogando con las formas estipuladas para otorgarles un modo de actualización, un movimiento, un enfoque que vitaliza finalmente el relato.
 La mesurada voz que relata  cada uno de estos cuentos tiene la contención necesaria, la justa, la imprescindible para sostener entre los intersticios la intensidad. Ese modo de manifestar la intensidad apretando y comprimiendo es un hallazgo de estilo.  La sobriedad es  prácticamente un telón de fondo que cubre el estallido, el dolor o la crisis, todo eso que no es dicho o que es enunciado de un modo oblicuo se convierte en el eje del relato. La tensión creada entre contención e intensidad es una característica de la prosa de Allami. Lo que se muestra y  lo que se esconde son perfiles simultáneos que van generando un interés en el plano estético que se suma al de la intriga que el relato ha ido trazando.   Llama  asimismo la atención la cadencia del texto, la respiración  de las frases en una armonía sin rispideces como si lo musical respondiera más a la poesía que a la prosa.
   “Las cosas de fondo” es una suma de estupendos cuentos con virajes inesperados que surgen de un entramado sólido  y que no quiebran sino que profundizan la hondura del enfoque. Se caracterizan por una mirada que en su recorrido no deja nada afuera. Ese ojo que mira es lapidario, no se le escapa el menor detalle. Ese mirar el mundo circundante es ante todo un acto de apropiación de cada uno de estos narradores y es al mismo tiempo una búsqueda y un aprendizaje de estos personajes que en muchos casos bordean la angustia.

 El libro “Las cosas de fondo” obtuvo una distinción en el Certamen Internacional de Literatura Sor Inés de la Cruz 2016 y fue  publicado por el Fondo Editorial del Estado de México, 2017.


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.Liliana Allami nació y reside en Buenos Aires, Argentina. Es licenciada en química y se ha desempeñado como docente en la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado los libros de cuentos “Para mí que fue por eso” (1997), “Un impulso escondido” (2001), “Eso sin nombre” (2004), “Novia que te veamos” (2008, distinguido por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y finalista del Premio Internacional de Cuento “Juan José Manauta”), “La vuelta del deseo” (2013) y “Tres cuentos” (2016).
 Sus relatos obtuvieron menciones en el Concurso Municipal de Literatura “Manuel Mujica Láinez” (Argentina, 2011), el Certamen Internacional Toledano Casco Histórico (España, 2013), y El Premio Iberoamericano de Cuento “Julio Cortázar” (Cuba, 2015). Fueron también objeto de estudio por su temática intimista y han sido incluidos en diversas antologías. Su nouvelle “El verbo justo”, con la que obtuvo el Premio Único de Novela inédita (bienio 2010-2011) otorgado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, fue publicada en 2016.







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lunes, 8 de mayo de 2017

OSVALDO MAZAL Y CAROLINA REPETTO: APROXIMACIÓN CRÍTICA A LOS TEXTOS DE IRMA VEROLÍN

Sobre la lectura de textos de Irma Verolín:

En los últimos días Carolina Repetto y yo venimos leyendo con placer una serie de textos -tanto antiguos como recientes- de Irma Verolín. Nos referimos al libro de relatos “Hay una nena que gira”, a poemas y relatos a los que es posible acceder a través del blog: 
 (https://irmaverolin.blogspot.com.ar/), y a otros textos que pudimos recabar vía navegación por Internet. Esas lecturas nos sumergen en un mundo en el que en especial Irma y las mujeres de su familia parecen arremolinarse junto a nuestra piel y revivir todo el tiempo, precisamente por la eficaz insistencia de esos textos en darles vida para siempre. Con un procedimiento aparentemente simple: Afilar la memoria como si se le sacara punta a un lápiz, día tras día, noche tras noche. A fuerza de no contar con otra cosa, de acercarse a la muerte sin demasiado cuidado, es preciso avivar lo acontecido.
Si uno acordara que una de las más esenciales dimensiones que define las condiciones de posibilidad de la escritura literaria es la dialéctica entre la pérdida y la recuperación, siempre mediada por el olvido y la memoria (esas ingratas proles del tiempo), en estos textos esa dialéctica está expuesta sin miramientos y con gran despliegue: todo es pérdida aquí, y todo aquello a lo que accedemos en la dimensión de esta palabra, es improbable y dolorosa recuperación de esa pérdida. En los fragmentos de Irma accedemos a la escenificación siempre repetida de una transformación del pasado (incluso del presente que sólo como pasado puede recuperarse) en un acontecimiento presente y encarnado, en el que vienen a nosotros, fundamentalmente, las mujeres de la familia y del barrio, que se asoman al abismo, comparecen ante el gran agujero de este patio que se columpia en el aire, por eso sus cabezas cuelgan del aire sobre la cima de la pared medianera. En esta fuerte dimensión “familiar y barrial” de su literatura, Irma parece escribir a cuatro manos con sus muertas queridas. Desesperanza, miedo, tristeza, desamparo, humor, grotesco y piedad son convocados pero a la manera de equívocos mimos que el mundo paradójicamente nos hace para alimentar nuestra lucidez (una fuerza machacaba para que yo tomara conciencia, escribe Irma), lucidez acerca de que en la vida –y en la lectura- sólo nos llegan de las cosas y de los seres cintiladas fugaces, reflejos indirectos, refracciones mínimas: Claridades, en el fondo de la calle unos revoltijos de luz, parece que una mano invisible estuviera oscilando y oscilando, lejos, allá adelante.
Los momentos más altos de la poesía de Irma están, como sucede también en sus relatos, en la intimidad de las cosas cotidianas. Hay una forma de ver –una mirada a la vez inocente y rebelde, y muchas veces lindando con lo absurdo- que es siempre pequeña, cercana, atenta, sobre objetos, mascotas, humanos. Pero sobre todo en relación con los discursos que en esa cercanía se distorsionan para mirarlos mejor.  Hay un engarce voluntario de ciertos lugares comunes, de los dichos, del lunfardo porteño, en boca de mujeres que observan las idas y vueltas de un destino previsible munidas de la coraza que lo heredado forma. Lo heredado en forma de discurso, de palabras que protegen contra la angustia o la soledad.
Esas características van conformando una suerte de lúcido "realismo íntimo", donde lo íntimo está relacionado con las cosas y situaciones que viven al alcance de la mano y de la escucha, y que son resignificadas e intensificadas en su escritura. Irma camina en un filo de acero. De este lado, el hecho estético, del otro lado todo aquello que tiene la apariencia de lo banal. Pero el de la banalidad es un espacio con el que los textos de Irma coquetean pero nunca caen. (El mismo equilibrio que Verolín mantiene en otro de los filos por los cuales transita, el de las experiencias más densas de la saga familiar: la fuerte carga tanto autobiográfica como dramática de estos textos jamás se despeña en el abismo de un “narcisismo familiar”). La presencia de la banalidad, en vez de ser una desventaja, un disvalor, se vuelve un valor agregado, porque configura un riesgo de caída que vamos percibiendo, y que sin embargo no se produce. Se trata de una escritura que guarda este secreto y allí tiene su atractivo: el juego con la materia explorada es peligroso, porque podría contagiarse del terrorífico lugar común. Sin embargo, las palabras se sostienen, como decíamos, engarzadas en una inefable ironía, en un humor que juega, que hace juego, con la melancolía, que es explorada en los rincones más cotidianos, porque allí se esconde.
Así desfila ante nosotros –entre nosotros- la bisabuela que, aterrada, a los ocho años tuvo que degollar su primera gallina, y después para ella el mundo se convirtió en una larga marcha hacia la temida meta final, una especie de proliferación infinita de cabezas de animales degollados, maldición que se convierte en familiar: la vida de cada uno de nosotros avanza hacia alguna parte, la de las mujeres de mi familia ha ido en una sola dirección: hacia ese sitio que intentamos esquivar. Y esa abuela que repite y repite lo que todos ya saben porque necesita convencerse de que tuvo una vida, y que luego, en su locura final, pregunta obsesivamente “qué día es hoy”, y con ese gesto mínimo pero que repiquetea en las cabezas de las mujeres presentes, las demuele: Y la idea del tiempo que arrasa con nuestra vida volvió a arrasarnos los pensamientos.
Y la madre, muerta tan a destiempo como el padre, con su vestido amplio, lujurioso, que usaba para disimular la distancia enorme que la separaba del mundo, y ese ruedo vibrante que volaba al viento, la madre que se asegura de dejarle a la narradora unos zapatos nuevos, gracias a los que nada malo podría pasarle en la vida cuando ella ya no estuviera, y a la que el simple hecho de vivir fue enflaqueciendo, la convirtió en una pequeñez que titila en una lejanía inmensa. Por eso, dice la narradora,  la palabra “madre” es demasiado grandota para alguien así. Eso no obsta para que, cuando muera,  la felicidad deje de estar viva y se convierta de una vez por todas en una triste palabra
Y el padre, sola su alma entre todas las mujeres, que vivía preparado para la guerra, y al que parado en el patio el cielo lo llamaba. Y que, observado desde arriba, papá ha debido parecer un pequeño punto blanco encerrado en un cuadrado que, siguiendo la ley primordial del Universo, da vueltas o gira, gira, gira.
Y finalmente la narradora/poeta, ésa que ya se trajo a sí misma ante nosotros junto con todas las otras mujeres. En ella, a la manera de otra escritora que para Verolín es casi de la familia, Alejandra Pizarnik, conviven en la mirada, por una parte una inocencia siempre dispuesta a mirar como por primera vez (como reza el texto de Pizarnik utilizado como epígrafe por Verolín en su primer libro de relatos: Y sobre todo mirar con inocencia, Como si no / pasara nada, lo cual es cierto.), y por la otra una disposición a mirar con penetración e insistencia, enarbolando un proyecto de rebelión frente a la inasibilidad del mundo, a su absurdo. Como también lo deseó Pizarnik: Una mirada desde la alcantarilla / puede ser una visión del mundo / la rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos. Es así que los textos de Irma Verolín nos colocan todo el tiempo con maestría, tanto en su lúcida inocencia como en su rebeldía cósmica, frente a la inminencia -diría Borges- de una revelación que jamás se produce.
                                                                          Osvaldo Mazal- Carolina Repetto


            



Osvaldo Mazal: nació en Posadas, Misiones. Argentina, el 20 de abril de 1955. Se recibió de ingeniero civil en la UBA  y de licenciado en letras y magíster en semiótica discursiva en  la Universidad Nacional de Misiones. Actualmente es Profesor de Teoría Literaria en la Unam. PublicóMundos- Diálogos-Silencios” (Coedición Libros de Tierra firme y Editorial Universitaria de Misiones), mereció el 2º Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes en 1993, y participó en varias antologías de poesía. En 1993 y 1996 le fue otorgado por la ciudad de Posadas el Premio Municipal de Letras “Arandú”, primero como autor inédito y luego por la obra editada. Como productor y conductor de programas radiales, entre los años 1994 y 1998 ganó cuatro premios Martín Fierro, otorgados por APTRA en el rubro cultural-educativo para el interior del país, por su programa literario De Cronopios. “Darwin poeta” es su primera novela.


Carolina Repetto: Licenciada en Letras (UNaM), Magister en Literaturas Española y Latinoamericana (UBA) y Doctoranda en Letras (UNLP), con un proyecto sobre el devenir teatro en la obra de Leónidas Lamborghini a partir de manuscritos de Trento.
Es profesora titular de Literaturas Europeas y de Introducción a la Literatura en la Universidad Nacional de Misiones, donde dicta un seminario de Crítica Genética. Ha obtenido la Beca Saint Exupery y la Beca de la Región de Vienne (Francia) como investigadora invitada en el CRLA/Archivos, Poitiers (Francia). Dirige desde 2012 el proyecto de investigación “Un Mundo Escrito: Construcción de un espacio virtual-institucional para archivos de escritores de Misiones” (UNaM) y es la responsable científica por la UNaM del Proyecto “Teoría, metodología y práctica de los archivos digitales: adaptación y aplicación a los archivos literarios latinoamericanos”, en conjunto con el CRLA (Universidad de Poitiers).