Espiral de Saraswati

sábado, 11 de marzo de 2017

MARTA BRAIER: POESÍA- "EL RÍO SECRETO"



           

  A la manera de un gesto doble “El río secreto” parece decirnos: esto es poesía y al mismo tiempo nos susurra: este es un texto que opera con elementos de la literatura testimonial, de la oralidad, con retazos  traídos del costumbrismo y  a la vez remarca el efecto para indicarnos también que estamos en el territorio de  cierta modalidad de la ficción: literatura en estado puro. Hay un tributo hacia una línea poética coloquialista pero este ingrediente forma parte del mismo juego que se realiza con los géneros literarios en una mezcla integrativa sostenida constantemente en el guiño, la complicidad con un lector que sabe que ha entrado en un espacio donde se quiebran las normas establecidas.  Si pretendiéramos descubrir un hilo conductor no sería errado afirmar que es el despertar de la sexualidad, de allí ese aire de secreto y revelación desplegado insistentemente entre las dos polaridades con las que se tensa el texto. Hay un asomarse a lo desconocido, un husmear en lo prohibido. Lo prohibido y lo descubierto o la transgresión como posibilidad de alcanzar un saber vinculado al cuerpo y a las emociones van forjando un entramado en el que  la interrupción de la voz se tiende sobre el recorte de las imágenes. La misma actitud en la mirada que despierta el cuerpo y eso que no se sabe qué  es,  pero que se supone trascendente opera cuando el sujeto de la enunciación se enfrenta, entre otras situaciones, al colegio Saleciano, el pensionado de monjas de la calle Piedras o la vida de la empleada doméstica fuera del ámbito de la gran casa. En este cruce de géneros, de voces, de miradas  se va produciendo de alguna manera una plasmación plástica de la escena, es la voz la que por lo general revela, la imagen,  en cambio, funciona como puerta entreabierta.
  Libro pensado como una totalidad con piezas que encajan unas con otras entre lagunas de vacío, silencio elocuente, espacio infinito. Distintos escenarios, imágenes parceladas, personajes con estatura dramática que han sido trazados con rapidez como un lápiz que delinea el contorno, matices de una voz que habla de sí misma y otras voces que irrumpen en el texto con su carga emotiva y en más de una ocasión con rasgos naíf. Los personajes  suelen  actuar como conectores en su reaparición, están incrustados en el texto siguiendo  en cierto sentido las leyes de la narrativa. Probablemente la función de estos personajes reafirma el gesto de indagación hacia zonas misteriosas, desconocidas de la que nos habla esta voz que está en un espacio  fronterizo, en un estado de tránsito entre dos  líneas temporales. Esta sensación de que tanto la voz como la mirada están ubicadas en zonas intermedias, marca el lenguaje, lo torna huidizo, cercenado, la voz se interrumpe, crea el espacio blanco que es la parcela de silencio donde todo parece estar contenido en un punto que puede expandirse, de buenas a primeras,  en cualquier momento. Se percibe un grado de parquedad en el lenguaje,  ese despojamiento que esconde y muestra la vida cotidiana en un esplendor  que oscila intermitentemente entre lo melancólico y lo maravilloso.  Distintas tipografías, la presencia de las bastardillas indican otro tono, otro matiz, otra voz, otro discurso abriéndose así al abanico de la diversidad. Hay un desdoblamiento del yo y de las voces en este intento de captar una totalidad recurriendo increíblemente a su contrario, la ausencia, el silencio, lo elidido, tal vez por eso se puede rastrear la implosión en el texto. Un yo que se pronto se transmuta en una tercera persona ocupa el centro y hace eje para que esa voz que muestra (¿desnuda?) el mundo, tenga cabida. Un yo en edad de tránsito, entre la infancia y la adolescencia. No casualmente la cineasta argentina Lucrecia Martel, al hablar del libro, construye una metáfora que alude a una  franja de la conciencia ubicada entre la vigilia y la ensoñación, en un delicado y riesgoso límite. Se trata entonces de traspasar ese límite, de  cruzar una puerta,  la sensación de bordear los márgenes surge a lo largo del libro con insistencia.
  Estamos frente a un texto que parece apoyarse en la asimetría. No es un signo menor que algunos poemas tengan sus títulos al final y entre paréntesis. Pero no todos, sólo algunos, esta voluntad de remarcar la desigualdad entre un poema y otro es un indicio: el universo construido no se alza en una prolija oposición de pares equivalentes, el equilibrio es inestable pero de algún sentido perfecto. Así los títulos se encuentran en un segundo plano en este poemario de planos, de espacios múltiples, de voces dispersas. Si el título no está encabezando el texto podría pensarse que se desplazó, que la cabeza cayó, que hay una media decapitación, que se encuentra entre bastidores pero que, a pesar de eso. El título es la representación del texto así como la cabeza lo es del cuerpo humano. ¿Se trata de desestructurar la forma para acercarla acaso al funcionamiento del recuerdo?  La forma intenta desarticularse de un modo predeterminado tal vez con el propósito de seguir un patrón que armonice más con la vida que con la tradición literaria. Al parecer algo debe ser recompuesto o desordenado para que esa sucesiva aparición de imágenes que surge dispersa en la memoria no traicione su manera de  plasmarse cuando alcanza  una definición en términos estrictamente literarios. Pero al mismo tiempo esos títulos, que por otra parte no son específicamente títulos,  enclaustrados en el paréntesis, se acercan al murmullo, la grafía los ubica en el lugar más secreto de la confesión. ¿sintetizan al poema? ¿intentan simplificar una tematización? ¿Orientan al lector? ¿o introducen al lector en un estado de perpetua vacilación? Me atrevería a decir que están jugando en el mismo nivel de la propuesta estética, enfatizan el gesto, el guiño, el aire de secreto compartido a media voz.
  Dos citas iniciales  que aluden una al cuerpo y otra a la voz, abren el libro. Estos dos elementos estarán en tensión a lo largo de todo el texto, sin embargo esa tensión a veces encuentra un momento de complementariedad, apoyando de esta manera  la propuesta estética, todo lo que en este mundo ha sido desplegado se desintegra un poco, muestra sus tachaduras, sus pequeños hachazos y aún así la totalidad no deja de mostrar su idea de perfección, una perfección en ausencia, una perfección lista para ser devorada por aquello que es capaz de cercenar cualquier cosa. La tangibilidad del cuerpo y la presencia de la voz con su ingrediente lábil irán estableciendo una inteligente oposición que se diluye de pronto frente a algún elemento concluyente, pero concluyente de  manera relativa, no hay ninguna clase de estallido en este texto, todo se resuelve en ese espejear de contrarios en estado permanente de mutación, tal es así que dan la sensación de volatilizarse. Por otra parte la versificación que no se estrecha en lo más mínimo, se extiende hacia los laterales hasta su mayor posibilidad. Una expansión gráfica que entra en oposición con el recurso de elidir y fragmentar, rubricando así el procedimiento de tensionar, oponer y complementar a la vez.
 De cualquier modo hay en este presente aquí una cierta controversia con la tradición, con lo que instituido de los lineamientos poéticos convencionales. La fragmentariedad, por el criterio con  que fueron organizados estos poemas parece hablarnos mucho más de una totalidad callada de lo que podría suponerse, prodigiosamente la forma logró esa apariencia de totalidad en ausencia. Podría decirse que  la estructura mosaico tiene este propósito pero aquí el gesto está remarcado, hay un guiño desde el enfoque que el texto ha adoptado que parece indicarnos que el todo es tan vasto que sólo puede aludirse a él enfocando lo mínimo. En esta parcelación de lo mínimo la totalidad tiembla y en inquietante segundo plano, también vocifera.


"El río secreto", Editorial El jardín de las delicias, Buenos Aires 2016- Obtuvo el Premio Único de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en poesía Inédita (Bienio 2010-2011)

   





Selección de  algunos poemas del libro

  El agua empujó toda la noche… yo la llamaba … después
  entendí que era inútil nombrarla: ella se llamaba a sí misma

  todo esto pensaba cuando observé que el río detrás de los ojos  
  empezaba a secarse

  ahora no puedo bajar los párpados

   qué es esto de estar vigilante todo el tiempo           ayer vinieron
  sonidos apacibles y me dormí

este lugar no lo voy a dejar nunca

                                                                           (el río secreto)


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Deriva de la luz         el aire en el agua del balde
quedarse ahí               jugar con el espejito y no pensar

                              
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No sé si lo dije       esta es una historia que debería estar fuera del 
mundo

no pájaro de suaves alas   

cuervo sobrevolando el ancho espacio del “comedor de lujo”

las cortinas de voile moviéndose al viento en escenario imperial  
bizarro 
       triste


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Ese día Antonia se levanta y me llama decidida           mamá le ha   
ordenado el almuerzo la noche anterior 

habrá que dejar la habitación          bajar la escalera          hacerse la
zonza       disimular el malestar que revuelve el estómago

¿por qué necesita de mí?    ¿por qué?               me basta mirarla para
adivinar su excitación       lo sé por los ojos y la boca          esa boca

el   espectáculo me recuerda  otra cosa y  sé que  no podré  dejar de
mirar

por  eso  cuando  la  Antonia  agarra  el cuchillo de  la  cocina  para
cortarle el pescuezo  a la  paraguaya  me  quedo ahí mirando  como
una pavota

después quedan las plumas esparcidas por el patio


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Marta Braier nació en San Miguel de Tucumán en 1947. Reside en Buenos Aires. Es Profesora en Letras, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán. Desde 2002 a 2015 dirigió el Taller Literario para jóvenes de la Biblioteca Nacional. Publicó  Gestos de minué (1999) y Esta es la tierra, corazón (2005). El río secreto obtuvo el Premio Único en Poesía Inédita (bienio 2010-2011), otorgado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.




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