Espiral de Saraswati

jueves, 13 de enero de 2011

MARIA ELENA WALSH


La primera vez que la vi yo tendría siete u ocho años. Me llevó mi tía, Dora Prince, que entonces era su amiga y  fue en un camarín del Teatro Municipal San Martín, aquí, en Buenos Aires.  Mi tía me dijo:
    -Esta es la señora que escribió el libro que te regalé, la que canta las canciones que te gustan.
    No recuerdo que  aquella tarde hayamos visto la función de “Canciones para mirar”, sí  tengo muy presente  el encuentro en el camarín cuando aún en el teatro San Martín permitían las visitas.  Entonces María Elena Walsh era una mujer joven, pero mis pocos años no me la mostraron así. Tampoco tenía yo muy claro qué era eso de ser autora. Más o menos veinticinco años después yo le recordé aquel episodio en una carta que le envié a María Elena acompañando mi primer libro publicado. Creo que le mencioné que en aquella temprana época de mi vida yo no tenía mucha noción de qué era ser una autora, de modo que esas canciones y aquel ejemplar de “Tutú Marambá” con ilustraciones en sepia que aún conservo,  para mí no habían sido inventados por nadie, simplemente existían.
   María Elena me contestó con una postal muy elogiosa y llamó a mi casa por teléfono.  Es curioso. Las canciones infantiles  de María Elena vienen cada tanto y se instalan y no dejo de canturrearlas. Por supuesto que en su debido momento llegaron a mi vida los  Longs Play con los temas sobre los ejecutivos. No tardé en darme cuenta que muchas de esas canciones parecían haber sido escritas para unas cuantas etapas de mi vida. “La canción del diccionario”, “Barco quieto” o “Como la cigarra” yo las sentía escritas para mí y me las apropié, ingenuamente sentía eso p aunque  a medio mundo debió pasarle lo mismo, especialmente en la Argentina.  Ahora  recuerdo especialmente una noche que regresé a casa y me sentía desolada, ya no  sé cuál era la causa, la cuestión es que  me puse  a escuchar las canciones infantiles interpretadas por María Elena, de repente todo mi mundo cambió, las redescubrí al tiempo que esas canciones me rescataron. Es raro que una persona que apenas fue la imagen de una mujer en el camarín de un teatro se volviera alguien tan cercano, un ser que fue capaz de interpretar mi propia vida, mi manera de sentir y de acompañarme así, tan generosamente, tan piadosamente.
   Creo que le hice llegar  a María Elena cada uno de los libros que fui publicando. Los de chicos, los de adultos.  Supongo que fue como un ritual. Los empleados de su edificio ya estaban acostumbrados a recibir paquetes “para María Elena” y lo hacían con una sonrisa.
   Unos cuantos años después, una amiga, Graciela Perosio, que además de ser vecina frecuentaba la casa de María Elena me llevó con ella, íbamos a comer, a almorzar. Y claro, la siempre presente advertencia de que yo soy vegetariana, levantó el avispero, como diría mi abuela. Así fue cómo aquel mediodía mientras me preparaba para salir sonó el teléfono. Era la inconfundible voz de María Elena que me preguntaba por eso que yo comía.  . Como en vez de carne creo que surgió la frase “pollo” o pescado que los vegetarianos estamos acostumbrados a escuchar, para ser más explicita le dije que yo no comía nada que tuviera ojos. Un pollo o un pescado pertenecen al mundo animal, no sólo una vaca o un cordero. Y esa frase mía fue motivo de risa y de humoradas posteriores. La ternura con que esta mujer me preguntaba si yo comía ravioles de verdura me conmovió. Y por supuesto aquel día comimos ravioles de verdura. Y allí estaba ella en su luminoso departamento rodeada de cuadros de Carlos Alonso a quien llamaba Carlitos, haciendo bromas sobre sus malestares físicos, con su inteligencia y esa compasión hacia los seres humanos que ella disfrazaba de muchas otras cosas. Yo diría que en María Elena se combinaban esas dos fuertes tendencias: su humor irónico nacido de su espíritu crítico  y su compasión implicada, como cobijada dentro de ella misma, esa compasión a veces convertida en dolor o en  cuestionamiento es la que sostiene la cosmovisión de su obra única. María Elena Walsh era una artista completa, tenía formación musical, teatral, pictórica, literaria. Me recordó de inmediato a un intelectual francés, al estilo de Simone de Beauvoir. Fue poeta y ensayista, además de música. Yo diría  que María Elena es inencuadrable. Brillante, talentosísima, tan argentina. Su obra infantil a pesar de los excelentes autores que hay en la Argentina no ha podido ser superada, es de un buen gusto y de una riqueza que sigue sosteniéndose a lo largo de las generaciones. No tuve la dicha de ser amiga de ella, sí la fortuna de haber compartido unas cuantas veces sus ravioles de verdura, su calidez, su inteligencia y le tomé mucho cariño. Nos encontramos también en alguna reunión de la editorial Alfaguara si no me equivoco. Sin embargo de alguna manera para mí María Elena permanece en mi memoria como una mujer sentada, así la vi en el camarín, así en su casa, como si ese trono de genialidad estuviera siempre con ella. Y esto también es raro porque justamente recuerdo que alguna vez me comentó lo importante que es para alguien que canta estar bien parada. Y ella es por sobre todo una mujer que canta. Hoy, que  María Elena ha partido, tengo la impresión de que ya en sus últimos años la leyenda de  su nombre le hizo sombra a su persona real. Es tan profusa y profunda su obra que tengo la certeza de que no es fácil saber dónde ubicarla. Su obra la trascendió demasiado temprano, todo en ella desbordaba aún en su propia casa, delante del mantel blanco con los ravioles de verdura. Siento mucha, mucha pena de que no pueda verla más de repente en la televisión o en la calle o en cualquier otra parte. Y al mismo tiempo sé que eso no importa demasiado, mi vida y la de muchos otros fue nutrida por su quehacer, por su inteligencia, su contenida ternura, su espíritu crítico. Hoy todos somos amigos de María Elena, todos nos sentimos cómplices de su manera de ver el mundo. Y yo aquí hoy más que nunca veo surgir la imagen de una mujer sentada que me extiende un plato de ravioles de verdura sobre el mantel blanco en la mesa de su casa..



IRMA VEROLÍN

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